miércoles, 12 de febrero de 2025

Glosas VIII

 

Esta mañana tomé un Uber para ir al trabajo. Por lo general, intento platicar con el conductor durante el viaje. Me sirve: los Uber son, muy a menudo, como señales del clima emocional de la ciudad. Hoy, sin embargo, no lo hice. Iba leyendo y no me apetecía iniciar una conversación. Pero no pude: me distrajo el programa de radio que iba escuchando el conductor. El programa consistía en pasar una o dos canciones que pedía su público y en el intermedio hablaban de cualquier cosa. Supongo que estaba dirigido a millenials por los temas que sonaron: algo de Panda, algo de David Guetta. Pero quise entender qué hilo dirigía sus pláticas y no pude. Pasaron hablando, cerca de media hora, sobre novios y novias imaginarias. ¿Habrá sido la materia del día? Una locutora confesó que su novio imaginario es Jason Momoa. Supongo que a eso le llamarán entretenimiento. O humor. O ingenio. No lo tengo claro. A veces nos quejamos demasiado de YouTube y Tik Tok y los influencers y su contenido desechable. ¿Y la radio? Me alarmó. Digo, si pasamos —en promedio— dos horas en tráfico escuchando hablar a tres personas sobre sus novios y novias imaginarias, ¿no es también una continuación del brain rot, o podredumbre mental, eso que la Oxford University Press nombró palabra del año 2024?

 

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Pasarelas. De lunes a viernes, durante la hora del almuerzo, me cruzo una calle de dos carriles. La calle tiene varios pasos de cebra, lo cual debería ser suficiente para cruzar a la otra acera sin ningún problema. Pero no. Para solucionar esto, a alguien se le ocurrió hacer una pasarela. «Construye una», habrán dicho. «Esta calle es muy transitada». Entonces yo hago lo que supongo correcto: perder unos cuantos minutos para ir a la pasarela y cruzar. Pero tampoco. Las pasarelas son el símbolo de la irrelevancia del peatón. La lógica es irrefutable: si los autos no paran, que los transeúntes pasen por encima. Asunto arreglado: ni el señor que va a toda prisa en coche tiene que detenerse, ni el peatón corre el riesgo de morir atropellado. Después, claro, vienen otros asuntos. ¿Qué tiene que hacer la persona en silla de ruedas? ¿Y el no vidente? ¿Y los que también van apresurados y tienen que caminar dos o tres cuadras para buscar la susodicha pasarela? En eso, también, se condensa la victoria de lo que André Gorz llamó la ideología social del automóvil.

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Una de estas tardes estaba por finalizar un informe. La maña, pese al transcurso de los años, no se me quita: suelo dejar la redacción de esos informes hasta último momento. Termino enviándolo, vía correo, a los diez minutos antes de cumplir la fecha y hora acordada, o a veces incluso más, sobre la hora, o unos minutos después, con la manida disculpa: «lamento la demora, adjunto encontrará el informe solicitado». Postergué el informe porque no podía pensar sino en la novela que acababa de terminar la noche antes, La luz difícil, sexta novela del escritor Tomás González, y la que lo convirtió en un escritor reconocido. La novela es asombrosa; está escrita, como en las mejores, con una voz que nos suena al mismo tiempo familiar y única. El narrador es un septuagenario pintor que está perdiendo la vista. Y nos relata sus días de vejez mientras también escribe sus recuerdos de cuando su hijo Jacobo puso fin a su vida vía la eutanasia. González construye un notable artificio, pues la novela parece autobiográfica por la intimidad que genera. Tiene oraciones que no parecen inventadas, sino sentidas.

«El infortunio es siempre como el viento: natural, impredecible, fácil…».

«La verdad no existe, además, y el mundo es sólo música».

«Un mundo sin aflicción, pensé, estaría tan incompleto y sería tan poco armonioso, tan feo, como una escultura o un árbol que no tuviera sombra».

«En este momento, a pesar de los hechos que voy escribiendo, o tal vez por eso mismo, veo que tiendo a divertirme. La verdad es que ha pasado mucho tiempo desde aquello, diecinueve años, y la pena en mi corazón solo en ciertos instantes se hace tan punzante como fue entonces; las llamas y el agobio, sólo por momentos, tan asfixiantes como en esos días. Todavía me abruma lo ocurrido, por supuesto, y me hace fumar y acostarme a dormir un poco, pues fue duro, pero la alegría aflora siempre, o casi siempre, como trozo de madera en el agua, no importa lo profundo del horror de lo vivido».

Y entonces nos damos cuenta de que no: Tomás González escribió la novela de sesenta años, nunca tuvo un hijo al que se le practicara la eutanasia y el relato triste, conmovedor, por momentos gracioso, es nada más que ficción; es decir, lo más auténtico: literatura.

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Una de estas noches soñé con Bukele. No me había pasado, tampoco lo he querido. Contrario a lo que hubiera creído, en mi sueño no quería asesinarlo, ni torturarlo, ni desearle algún mal menor. En mi sueño, yo iba en mi auto camino a casa de mis padres. Entonces lo vi por una cuesta empinada, caminando como cualquier otro, usando gafas oscuras y una gorra para atrás.  Me paré a la par suya y le ofrecí aventón. No hablamos (vaya suerte, qué le hubiera dicho, qué me hubiera dicho a mí), solo subí esa cuesta y doblé para entrar a una colonia y dejarlo en su destino. De pronto, el lugar al que llegué con el señor presidente empezó a derruirse, las paredes de las casas se desvencijaban, los techos se desvanecían, las plantas y los árboles se marchitaban. El lugar se moría. Al despertar, entonces, entendí: ese lugar donde lo dejé era nuestro país.

 

 

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Leo, en un intercambio epistolar, que una reconocida escritora mexicana confiesa que no puede recordar más rostros. La otra escritora, argentina, le dice: «Me gusta eso que dijiste de que tu cerebro probablemente ya no registre más rostros, después de haber visto tantos. ¿No te parece curiosísimo que todos los días de nuestras vidas veamos caras distintas? ¿No te parece extraordinario que existan infinitas combinaciones de ojos narices bocas? Como alias bancarios o patentes vehiculares». Las escritoras son Jazmina Barrera y Camila Fabbri, pero eso no viene al caso para lo que voy a contar. El día de hoy vi un rostro de los cientos nuevos que vemos al día, pero este no lo voy a olvidar. Seguro que no. Almorzaba en un restaurante de comida mexicana. Fue un buen almuerzo: sopa de res, carne suave, bastante verdura, toque de limón. A un costado, dos hombres también almorzaban. Uno de ellos tenía la mitad de la cara cubierta por una gasa blanca. Disimuladamente, alcancé a verlo mejor. Parecía como si la mitad de la cara se le hubiera hundido, o como si no existiera más tejido en esa parte, algo así —pensé— como el rostro de Gus Fring luego de ser explotado por Héctor Salamanca. La mitad de su rostro era un hueco negro —o así parecía—, sin ojo, sin mejilla, sin boca, sin dientes. Justo a la mitad.

 

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No me extraña que, en su última columna, Federico Hernández Aguilar escriba un obituario destacando solo la faceta reprochable de Mauricio Funes. El autor de Síndrome de pulso mantuvo varios desacuerdos durante la gestión del expresidente, quien por cierto se refería a él despectivamente como «el poeta». Las antipatías vienen de tiempo atrás. Federico Hernández siempre ha estado en contra de que el Estado tenga un rol más activo en las esferas económicas. Ese fue su principal móvil de enfrentamientos con el primer gobierno del FMLN, el cual, aun sin ser progresista, no sucumbió a administrar la cosa pública para favorecer a los intereses empresariales. Eso, claro, FHA no lo dice, sino que solo sostiene que Funes «jamás entendió...cómo funcionaba la economía», sin mencionar una sola razón de por qué afirma tal cosa. Su apreciación crítica cae en el lugar común de la crítica sin crítica, esa posición oportunista que Caparrós llama «honestismo», y que consiste en la idea de que la corrupción y la desfachatez de los políticos es la causa de todos nuestros males. Es una posición cómoda porque permite calificar rápido. Nos ahorra el debate de si un programa o un proyecto fue bueno o no, es decir, nos evita pensar. Así cualquiera es malo.

 

 

 

 

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