miércoles, 30 de julio de 2025

Una vivienda propia

 

Llevo algunos días viendo entrevistas grabadas en los primeros años de la posguerra. Entrevistas a hombres y mujeres que, al final del conflicto armado, rondaban los treinta, acaso treinta y cinco años. Muchos regresaban del exilio; otros trataban de recomponer sus vidas entre las ruinas de una paz reciente. Artistas, médicos, ingenieros, filósofos: poco importaba la profesión. Todos compartían un privilegio que a quienes hoy rozamos esa misma edad nos resulta cada vez más lejano, casi exótico: una vivienda propia.

No pretendo generalizar. Pero háganse el ejercicio. En esas entrevistas, a menudo aparecen en su casa. No importa si fue heredada o comprada; lo que cuenta es que ya tenían un lugar que podían llamar suyo. Un techo, un espacio íntimo. Hoy, en cambio, las entrevistas suelen ocurrir en cafés, en plazas, en escenarios prestados. Tal vez se deba a una estética, a una convención visual o a una mera comodidad. Pero no deja de ser sintomático: nos cuesta más tener un lugar propio, y no siempre lo decimos en voz alta.

Sé que hay una infinidad de razones para explicar esta diferencia generacional. Tampoco pretendo descubrir el fuego. Que a nuestra generación le cuesta cada vez más adquirir una casa respecto a la de nuestros padres es un hecho. Pero me queda la sensación —incómoda, persistente— de que es un fenómeno que sentimos como algo injusto, incluso como una pérdida, pero al que no le hemos dedicado la reflexión estructural que merece.

Los economistas —y me incluyo— tendemos a explicar el fenómeno como una falla de mercado: cuando no hay competencia suficiente, los precios suben. En este caso, el gran ausente es el Estado. Sin políticas públicas para garantizar el derecho a una vivienda digna, sin límites a la especulación, el mercado impone sus propias reglas. Joan Robinson decía que muchos economistas se concentran en disertaciones elegantes sobre problemas menores, mientras evitan mirar de frente las realidades más desagradables. Y una de esas realidades es que hemos normalizado que un techo sea un privilegio y no un derecho.

Claro que eso es solo una parte del problema. La otra tiene que ver con una fractura más profunda: somos un país partido en dos. El llamado "boom inmobiliario" que vivimos no está pensado únicamente para los salvadoreños que habitan aquí, sino para esos tres millones que viven fuera. A veces lo olvidamos, pero un tercio de nuestra población reside en el extranjero, y sobre todo en Estados Unidos, donde una cuota mensual de 1,200 dólares no resulta impagable. Son casas diseñadas para ese otro mercado —el de la nostalgia, el del retorno imaginado—, que también tiene sus límites. Y cuando esos límites aparezcan, se desinflará la burbuja.

Hay muchas más aristas, difíciles de resumir en pocas líneas, pero una de ellas tiene que ver con las dinámicas del trabajo. Por ejemplo, no solo importa la estrechez de nuestro mercado en términos de compradores potenciales, sino la precariedad de nuestros ingresos. Y no basta con ver el salario nominal: hay que mirar las condiciones de empleabilidad. Los bancos frotan las manos si sos empleado público con plaza fija. Dudan si trabajás en la empresa privada: hoy estás, mañana no. Y ni hablar si sos freelance o trabajador independiente: tu signo es la volatilidad, sin importar que tus ingresos superen los de los otros dos. En esas condiciones, adquirir un crédito con buenos términos es solo un sueño.

Y no olvidemos que también hay transformaciones culturales en juego. Seguimos deseando una casa, sí, pero no necesariamente para vivir solos. Nuestras relaciones han cambiado: las parejas son menos estables, los hijos menos numerosos, los afectos más líquidos. Compartir casa con amigos ya no parece extravagante. A veces es incluso deseable: una forma distinta de vivir y resistir.

Una pareja de amigos compró hace unos años una casa en las afueras de la capital. Les pregunté cómo les estaba yendo en su nueva casa, qué sentían ahora que tenían un espacio propio, un punto de arranque para su nueva vida de casados. Sin mucha emoción me dijeron que más que una casa, lo que tenían era un lugar donde dormir. Se levantaban a las cuatro de la mañana para llegar a sus trabajos. Solían regresar a las 9 de la noche, porque evitaban el tráfico de vuelta. Alguna gente dirá que es una queja, que tener una casa también implica sacrificios, pero el punto es que ese sacrificio debería ser una excepción y no la norma. Después de todo, como dijo uno de los personajes de Muerte de un viajante de Arthur Miller: «trabajas durante toda la vida para pagar una casa, y cuando por fin es tuya no queda nadie para vivir en ella». 

La crisis de vivienda que atravesamos no es un accidente ni una anomalía: es la cristalización de un modelo social y económico que fracasó. La vivienda —ese lugar desde donde se planifica la vida— se ha convertido en un privilegio. La dificultad de conseguir una se convirtió en el signo de una generación – mi generación. En ella vemos los muchos males que arrastramos como sociedad. La falta, por ejemplo, de políticas públicas que pongan en su centro a la vida y no al lucro, o el profundo estancamiento salarial que vivimos, o el de nuestra condición perenne de ser migrantes.

Por eso dolió —y con razón— el escándalo de los créditos blandos otorgados a funcionarios para levantar sus mansiones. Fue una bofetada a la decencia. Una prueba flagrante del cinismo institucionalizado. Que no se nos olvide. Que no lo dejemos pasar.

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