miércoles, 27 de mayo de 2026

Crónica de viajes: Ciudad de México

El aterrizaje

 

Lo había leído, o quizá alguien me lo dijo alguna vez: lo primero que se ve al sobrevolar la Ciudad de México son las interminables filas de casas, más casas, avenidas gigantescas y una nebulosa capa de smog suspendida sobre todo. Miré de un lado a otro por las ventanillas del avión y no encontré ningún límite reconocible. La ciudad parecía no terminar nunca. Una expansión abrumadora. Entonces recordé el título que escogió Juan Villoro para definirla: el vértigo horizontal.

Cuando el avión aterrizó, una señora sentada a mi lado se persignó y le dio gracias a Dios. Aterrizamos en la ciudad de la Virgen de Guadalupe.

 

Hospedaje

 

Nos hospedamos en la calle Sinaloa, entre Condesa y Roma Norte. Según Lalo Villar, creador de La ruta de la garnacha y uno de los mejores guías gastronómicos de la ciudad, la Condesa probablemente sea la colonia más extranjerizada de Ciudad de México. Bastaba caminar unas cuadras para comprobarlo: en sus calles arboladas predominaban los rostros blancos, los acentos extranjeros, los cafés minimalistas y los perros de raza.

Venir del aeropuerto había sido entrar a un caos organizado: embotellamientos, vendedores callejeros, multitudes desplazándose como corrientes humanas. Pero en la Condesa había una quietud extraña. En el Parque España no vimos puestos de esquites ni humo de anafres, sino runners. Como casi toda gran ciudad latinoamericana, Ciudad de México también está partida en dos realidades.

 

Tacos

El expresidente Andrés Manuel López Obrador bautizó al taco como la comida más completa. El mandatario de los “abrazos y no balazos” razonaba así: la tortilla es carbohidrato, la carnita proteína y la salsa vitamina. Las mañaneras podían ser una fábrica de dislates, pero en esto AMLO tenía razón.

A unas cuadras de la estación Sevilla encontramos un puesto llamado Carnitas Parque Luna. El sello de calidad de una taquería mexicana son las filas. Eran casi las tres de la tarde y el lugar seguía repleto. Como principiantes en el arte de pedir carnitas michoacanas, solicitamos ayuda a los comensales.

—Pidan de surtida —nos dijo una señora mientras devoraba un taco de nana.

Hay momentos que uno quisiera volver a vivir por primera vez. En mi caso, elegiría aquella mordida inicial al taco de surtida. La mezcla de maciza, cachete, cuerito, nana y buche; la tortilla recién hecha; la salsa como fuego. No era solo la comida más completa: era el bocadillo perfecto.

Entendí entonces el lema del bloguero Mark Wiens: “yo viajo por la comida”. Las ciudades también se conocen con el paladar.

Después vinieron más tacos: de suadero, pastor, birria estilo Jalisco, cabeza, costilla, espaldilla, migaja. Y el rey absoluto de la casa: el taco de tripa dorada.

Recordé a mi tío, que vivió muchos años en México y advertía a los extranjeros sobre la venganza de Moctezuma. Que mi estómago resistiera más de diez variedades de tacos y sus salsas infernales me hizo sentir parte de la ciudad. Un chilango más.

 

Su presidente

 

Ya es una ley no escrita: donde haya un salvadoreño, alguien preguntará por Bukele.

—Felicitaciones —nos decían.

Pero la velocidad de Ciudad de México no se presta para respuestas pausadas. ¿Cómo explicarles que el hombre que ven en las noticias es un dictador? ¿Cómo decirles que puede encarcelar personas sin juicio ni pruebas? ¿Cómo hacerlo sin miedo a escuchar después algo peor: “no nos importa”?

 

El Zócalo

 

La magnitud de esta ciudad se mide en su plaza central. El Zócalo equivale a siete campos de fútbol.

Si el centro histórico de San Salvador parece empeñado en borrar su pasado, el de México lo exhibe con orgullo. Frente a las ruinas del Templo Mayor recordé la idea de “multitemporalidad” de Silvia Rivera Cusicanqui: distintas capas históricas coexistiendo en un mismo espacio.

La lógica colonial suele ser lineal: destruir el pasado para abrirle paso a la modernidad. Por eso en San Salvador se derriban edificios antiguos para construir estructuras que parecen naves espaciales. En el centro de Ciudad de México ocurre otra cosa. Allí, entre las ruinas de Tenochtitlán y las catedrales coloniales, emerge una nueva figura monumental que anuncia a la “ciudad de la transformación”, vestida incluso con la camiseta de la selección mexicana rumbo al Mundial 2026.

Todo convive. Todo permanece.

 

El metro

 

Uno de los primeros consejos que nos dieron los amigos fue simple:

—Anden buzos en el metro.

Quienes venimos de ciudades sin subterráneos nos impresionamos fácilmente. El metro tiene algo de organismo vivo. Bajo tierra se intensifican los arquetipos de la superficie: el cansancio, la prisa, el comercio, la sospecha, la supervivencia.

El metro de Ciudad de México es otra forma de su caos organizado.

 

El exilio

 

Nos reunimos con unos amigos en la colonia Narvarte. Entre mezcales y cervezas nos contaron su vida mexicana. Una tiene un buen empleo en Santa Fe; su esposo, sin trabajo fijo, hace trading; otra amiga, periodista, vive exiliada.

Como España o Guatemala, México ha vuelto a convertirse en refugio para salvadoreños perseguidos. Su tradición diplomática de asilo sigue viva, por suerte. Ya no llegan aquí los exiliados de las guerras civiles del siglo XX, sino los expulsados por las nuevas extremas derechas latinoamericanas.

En algún momento de la conversación todos coincidimos en la misma frase:

—Nunca pensamos que nos tocaría a nosotros.

La última cerveza siempre se acompaña con un taco. Esa noche fue un taco de suadero en los famosos Tacos Tony. Nos despedimos con la promesa incierta de volver a encontrarnos pronto.

 

La noche

 

Un amigo jalisciense me había descrito cómo era “irse de peda” en México. Aunque nacido en Jalisco, vivió años en Ciudad de México y ahora reside en Los Ángeles. Llegamos a la avenida Tamaulipas, en plena Condesa, esperando encontrar aquella noche que él narraba. Pero la extranjerización de la zona también había domesticado la fiesta.

Aun así, la ciudad se filtraba por otros lados.

Nos sirvieron tequilas fuera del horario permitido por la ley seca. Dos jóvenes ofrecieron una clase magistral de eclecticismo en el karaoke: empezaron cantando death metal en un idioma irreconocible, siguieron con Timbiriche y terminaron abrazados con Juan Gabriel.

Eso también era México.

 

Coyoacán

 

Pregunté si Coyoacán siempre había sido colorido o si se volvió colorido después de Frida Kahlo y Diego Rivera. Como casi todo en Ciudad de México, la respuesta era sincrética.

Después entendimos mejor el lugar: antigua ciudad colonial, barrio bohemio, refugio de artistas e intelectuales, territorio donde Agustín Lara escribió Farolito.

Coyoacán condensa las grandes revoluciones políticas y artísticas del siglo XX. El recorrido turístico habitual lo demuestra: la casa de Frida y Diego; la casa donde Trotsky pasó sus últimos días antes de ser asesinado; el Anahuacalli, el monumental museo que Rivera imaginó para preservar el arte prehispánico y fundirlo con la modernidad.

También está allí el Centro Cultural Elena Garro, símbolo tardío de la reivindicación de una autora durante años eclipsada por Octavio Paz.

Entrar en esas síntesis históricas abre el apetito. Mientras hablábamos sobre las purgas estalinistas, devoramos tacos en el mercado central.

Coyoacán no solo refrescó los acontecimientos del siglo corto. También dejó la mejor tostada de aguachile con habanero y chiltepín.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Aperitivo mundialista

 

Lo bueno de los mundiales es que son un plato fuerte que viene con entrada.

Salvo Qatar 2022, los últimos Mundiales se han disputado a mitad de año, cuando las principales ligas europeas ya coronaron a sus campeones. El cierre reciente de la Premier League, con el Arsenal campeón después de veintidós años de sequía, podría anticipar un Mundial inusitado. O quizá una nueva forma de entender el juego: como señaló Luis Enrique, el Arsenal ganó no por ser el mejor equipo con el balón, sino por ser el mejor sin él.

Todavía queda otro aperitivo importante: saber si el PSG del entrenador gijonés conseguirá el bicampeonato de la Champions League. Si así fuera, se confirmaría que la orejona también puede ganarse consecutivamente con más fútbol que fortuna sabor a merengue.

Pero, si hablamos de antesalas para la Copa del Mundo, yo elegiría Los héroes numerados, el nuevo libro futbolero de Juan Villoro.

Si Argentina tiene el mejor periodismo deportivo, México tiene al mejor escritor sobre el balompié.

Villoro posee una capacidad inigualable para relacionar las mutaciones del fútbol con las transformaciones de la sociedad. No encuentro mejor voz para contextualizar un Mundial auspiciado, principalmente, por un país gobernado por Donald Trump.

Para Villoro, el fútbol no es ajeno a la política, aunque sí puede convertirse en su anticuerpo. En medio de guerras y tensiones internacionales, Estados Unidos será anfitrión de las esperanzas colectivas. Canadá y México apenas maquillan la evidente repartición geopolítica de favores: si Rusia organizó el Mundial de 2018 y Qatar el de 2022, parecía inevitable que Estados Unidos recibiera la sede de 2026.

En su nuevo libro, el autor de Balón dividido repasa anécdotas del deporte de "las manos suprimidas", pero también dirige su mirada hacia aspectos contemporáneos. Gran admirador de los relatores de fútbol, Villoro analiza las consecuencias del VAR para esos magos de la palabra. Sumados a la euforia de las tribunas, los grandes relatos eran combustible para una emoción desbordada. Sin embargo, observa que hoy un gol anulado por el VAR se parece a un coitus interruptus.

Entre los temas más novedosos del libro, Villoro dedica un capítulo al fútbol femenil, “el que marca la diferencia”. Como bien señala, no es casualidad que en los partidos de mujeres la celebración sea, por lo general, colectiva, sin estrellas ensayando poses individuales ni gestos grandilocuentes o ridículos. La sororidad se traslada al festejo; lo varonil suele demostrarse en solitario.

El fútbol femenil ha despuntado hasta convertirse, en algunos casos, en un espectáculo más atractivo que el masculino. En mi caso, incluso, también ofrece mayores alegrías: el FC Barcelona femenino es una potencia europea, mientras el masculino todavía intenta reencontrarse bajo las órdenes de Flick y su estrella absoluta Lamine Yamal.

La publicación del libro llega en el momento preciso. Estamos próximos a ver nuevamente a nuestros héroes numerados vistiendo la camiseta de sus selecciones. Veremos quién, o quiénes, alcanzarán la inmortalidad.