El
aterrizaje
Lo había leído, o quizá alguien
me lo dijo alguna vez: lo primero que se ve al sobrevolar la Ciudad de México
son las interminables filas de casas, más casas, avenidas gigantescas y una
nebulosa capa de smog suspendida sobre todo. Miré de un lado a otro por las
ventanillas del avión y no encontré ningún límite reconocible. La ciudad
parecía no terminar nunca. Una expansión abrumadora. Entonces recordé el título
que escogió Juan Villoro para definirla: el vértigo horizontal.
Cuando el avión aterrizó, una
señora sentada a mi lado se persignó y le dio gracias a Dios. Aterrizamos en la
ciudad de la Virgen de Guadalupe.
Hospedaje
Nos hospedamos en la calle
Sinaloa, entre Condesa y Roma Norte. Según Lalo Villar, creador de La ruta
de la garnacha y uno de los mejores guías gastronómicos de la ciudad,
la Condesa probablemente sea la colonia más extranjerizada de Ciudad de México.
Bastaba caminar unas cuadras para comprobarlo: en sus calles arboladas
predominaban los rostros blancos, los acentos extranjeros, los cafés
minimalistas y los perros de raza.
Venir del aeropuerto había sido
entrar a un caos organizado: embotellamientos, vendedores callejeros,
multitudes desplazándose como corrientes humanas. Pero en la Condesa había una
quietud extraña. En el Parque España no vimos puestos de esquites ni humo de
anafres, sino runners. Como casi toda gran ciudad latinoamericana,
Ciudad de México también está partida en dos realidades.
Tacos
El expresidente Andrés Manuel López Obrador bautizó al taco como la comida más completa. El mandatario de los “abrazos y no balazos” razonaba así: la tortilla es carbohidrato, la carnita proteína y la salsa vitamina. Las mañaneras podían ser una fábrica de dislates, pero en esto AMLO tenía razón.
A
unas cuadras de la estación Sevilla encontramos un puesto llamado Carnitas Parque Luna. El sello
de calidad de una taquería mexicana son las filas. Eran casi las tres de la
tarde y el lugar seguía repleto. Como principiantes en el arte de pedir
carnitas michoacanas, solicitamos ayuda a los comensales.
—Pidan
de surtida —nos dijo una señora mientras devoraba un taco de nana.
Hay
momentos que uno quisiera volver a vivir por primera vez. En mi caso, elegiría
aquella mordida inicial al taco de surtida. La mezcla de maciza, cachete,
cuerito, nana y buche; la tortilla recién hecha; la salsa como fuego. No era
solo la comida más completa: era el bocadillo perfecto.
Entendí
entonces el lema del bloguero Mark Wiens: “yo viajo por la comida”. Las
ciudades también se conocen con el paladar.
Después
vinieron más tacos: de suadero, pastor, birria estilo Jalisco, cabeza,
costilla, espaldilla, migaja. Y el rey absoluto de la casa: el taco de tripa
dorada.
Recordé a
mi tío, que vivió muchos años en México y advertía a los extranjeros sobre la
venganza de Moctezuma. Que mi estómago resistiera más de diez variedades de
tacos y sus salsas infernales me hizo sentir parte de la ciudad. Un chilango
más.
Su presidente
Ya es una ley no escrita: donde
haya un salvadoreño, alguien preguntará por Bukele.
—Felicitaciones —nos decían.
Pero la velocidad de Ciudad de
México no se presta para respuestas pausadas. ¿Cómo explicarles que el hombre
que ven en las noticias es un dictador? ¿Cómo decirles que puede encarcelar
personas sin juicio ni pruebas? ¿Cómo hacerlo sin miedo a escuchar después algo
peor: “no nos importa”?
El
Zócalo
La magnitud de esta ciudad se
mide en su plaza central. El Zócalo equivale a siete campos de fútbol.
Si el centro histórico de San
Salvador parece empeñado en borrar su pasado, el de México lo exhibe con
orgullo. Frente a las ruinas del Templo Mayor recordé la idea de
“multitemporalidad” de Silvia Rivera Cusicanqui: distintas capas históricas
coexistiendo en un mismo espacio.
La lógica colonial suele ser
lineal: destruir el pasado para abrirle paso a la modernidad. Por eso en San
Salvador se derriban edificios antiguos para construir estructuras que parecen
naves espaciales. En el centro de Ciudad de México ocurre otra cosa. Allí,
entre las ruinas de Tenochtitlán y las catedrales coloniales, emerge una nueva
figura monumental que anuncia a la “ciudad de la transformación”, vestida
incluso con la camiseta de la selección mexicana rumbo al Mundial 2026.
Todo convive. Todo permanece.
El
metro
Uno de los primeros consejos que
nos dieron los amigos fue simple:
—Anden buzos en el metro.
Quienes venimos de ciudades sin
subterráneos nos impresionamos fácilmente. El metro tiene algo de organismo
vivo. Bajo tierra se intensifican los arquetipos de la superficie: el
cansancio, la prisa, el comercio, la sospecha, la supervivencia.
El metro de Ciudad de México es
otra forma de su caos organizado.
El
exilio
Nos reunimos con unos amigos en
la colonia Narvarte. Entre mezcales y cervezas nos contaron su vida mexicana.
Una tiene un buen empleo en Santa Fe; su esposo, sin trabajo fijo, hace trading;
otra amiga, periodista, vive exiliada.
Como España o Guatemala, México
ha vuelto a convertirse en refugio para salvadoreños perseguidos. Su tradición
diplomática de asilo sigue viva, por suerte. Ya no llegan aquí los exiliados de
las guerras civiles del siglo XX, sino los expulsados por las nuevas extremas
derechas latinoamericanas.
En algún momento de la
conversación todos coincidimos en la misma frase:
—Nunca pensamos que nos tocaría a
nosotros.
La última cerveza siempre se
acompaña con un taco. Esa noche fue un taco de suadero en los famosos Tacos
Tony. Nos despedimos con la promesa incierta de volver a encontrarnos pronto.
La
noche
Un amigo jalisciense me había
descrito cómo era “irse de peda” en México. Aunque nacido en Jalisco, vivió
años en Ciudad de México y ahora reside en Los Ángeles. Llegamos a la avenida
Tamaulipas, en plena Condesa, esperando encontrar aquella noche que él narraba.
Pero la extranjerización de la zona también había domesticado la fiesta.
Aun así, la ciudad se filtraba
por otros lados.
Nos sirvieron tequilas fuera del
horario permitido por la ley seca. Dos jóvenes ofrecieron una clase magistral
de eclecticismo en el karaoke: empezaron cantando death metal en un
idioma irreconocible, siguieron con Timbiriche y terminaron abrazados con Juan
Gabriel.
Eso también era México.
Coyoacán
Pregunté si Coyoacán siempre
había sido colorido o si se volvió colorido después de Frida Kahlo y Diego
Rivera. Como casi todo en Ciudad de México, la respuesta era sincrética.
Después entendimos mejor el
lugar: antigua ciudad colonial, barrio bohemio, refugio de artistas e
intelectuales, territorio donde Agustín Lara escribió Farolito.
Coyoacán condensa las
grandes revoluciones políticas y artísticas del siglo XX. El recorrido
turístico habitual lo demuestra: la casa de Frida y Diego; la casa donde
Trotsky pasó sus últimos días antes de ser asesinado; el Anahuacalli, el
monumental museo que Rivera imaginó para preservar el arte prehispánico y
fundirlo con la modernidad.
También está allí el Centro
Cultural Elena Garro, símbolo tardío de la reivindicación de una autora durante
años eclipsada por Octavio Paz.
Entrar en esas síntesis
históricas abre el apetito. Mientras hablábamos sobre las purgas estalinistas,
devoramos tacos en el mercado central.
Coyoacán no solo refrescó los
acontecimientos del siglo corto. También dejó la mejor tostada de aguachile con
habanero y chiltepín.