A
las once de la noche, el vecindario de Pankrác —distrito de Nusle, Praga— está
inhóspito. Una densa neblina cubre la calle y la mitad de los altos edificios.
El paisaje conmueve por su desolación. Por las aceras deambulan los seres
solitarios de las ciudades, los jóvenes que regresan borrachos a casa, los
indigentes que soportan el frío acurrucados en las esquinas. Busco algo de
comer, pero es inútil. Pankrác, hacia la medianoche, parece una ciudad muerta.
Semiocultos por la espesura blanquecina de la niebla —que nunca se irá, que
siempre será parte del paisaje—, cuesta creer que los comercios, los rascacielos,
los hoteles y los complejos habitacionales que parecen sacados de los dramas de
Kieślowski, albergan una vida. Hay un silencio sepulcral que inquieta. Aquí en
diciembre no hay rancheras ni cumbias. No suena el estribillo: «Vamos bailemos
otra vez que vamos para amanecer / Vamos brindemos otra vez que estamos para
amanecer». En su inmenso libro Imágenes de Praga, John Banville
escribió: «El silencio de Praga es más una presencia que una ausencia». Ese
silencio es el único que me acompaña durante la primera noche en Praga.
Sigo
caminando algunas cuadras hasta que encuentro el único lugar abierto. El rótulo
dice "eBar". Como indica su nombre, es un barcito agringado. En la
entrada, donde se aglutinan los fumadores, un rocker fuma un porro de
marihuana. Entro con disimulo. Me doy cuenta de que soy el único extranjero en
este lugar. Rehúyo las miradas que podrían ser percibidas como una sensación
de extrañeza, un ver al Otro de manera esquiva. Me acerco a la barra donde una
pareja baila Knockin’ on Heaven's Door,
en la versión de Guns N' Roses. Pido una Kozel
de medio litro con una timidez que me acongoja. En este lugar cada quién está
en su mesa, pero por momentos los comensales se saludan entre sí. Pienso que no
puede ser de otro modo: debe haber cierta complicidad —historias compartidas, rostros
conocidos, malhumores comunes— entre quienes se juntan en el único sitio a la
redonda para beber cerveza en la noche de un miércoles que es otro cualquiera.
Hace
muchos años, Pankrác también enmudecía. Construida entre 1885 y 1889, la
prisión de Pankrác es uno de los símbolos de este vecindario. En 1926 se
legalizó la pena de muerte mediante la ahorca. Durante toda la ocupación nazi,
la cárcel no solo sirvió para el confinamiento, sino también para realizar
ejecuciones sumarias. No había cámaras de gases ni hornos crematorios, pero sí
una guillotina que los nazis importaron desde Francia. Según los relatos de
Alois Weiss, uno de los verdugos, al menos 1,079 prisioneros fueron
guillotinados. No solo fueron ellos y los nazis: también, desde 1948, cuando
irrumpieron las fuerzas comunistas, la prisión de Pankrác continuó siendo un
lugar de ejecuciones a disidentes y presos políticos. Una miniatura del
estalinismo y sus mecanismos represivos. La prisión también vio callar las
vidas de los marginales de siempre: esquizofrénicos, paranoides, neuróticos y
asesinos en serie. Ahora, un museo conmemora estas vidas truncadas por la razón
que Chéjov describió como nadie: «El aguijón humano es más temible que el de la
serpiente»
Los detalles y pormenores de la prisión de Pankrác no
están magistralmente narrados en un libro de historia, sino en las kafkianas
memorias de Randy Blythe, el vocalista de la banda de heavy metal Lamb of God,
quien estuvo recluido en la prisión de Pankrác en el año 2012, presuntamente
culpable por homicidio, luego de que arrojara a un fan desde la tarima durante
un concierto en República Checa. Blythe saldría inocente del juicio, y
escribiría acaso una de las críticas más lúcidas sobre la burocracia checa y su
sistema penitenciario.
Sin anticiparlo, me hospedo en un vecindario cuya historia está ligada al
aislamiento y al frío de las celdas vacías («mi tumba —al referirse a su cárcel—
es la eternidad del silencio» escribió Louis-Ferdinand Céline en Cartas de la cárcel). El silencio deja
de ser una incógnita y un espectro. Se vuelve un compañero. Se vuelve algo real
en esta primera noche en Praga. Se volverá algo real en las noches por venir.
Regreso
al apartamento después de dos cervezas. Ni la noche ni el lugar son propicios
para el desvelo, ni mi cuerpo —después de un viaje de veintiséis horas— aguanta
más. Salgo a la terraza a fumar un cigarrillo y veo detenidamente el edificio
de apartamentos de enfrente como si fuera James Stewart en Rear Window de Alfred Hitchcock. Pero aquí no pasa nada. Solo está
el frío y veo en el suelo varias ristras de
hojas secas. Sigue habiendo una quietud que estremece. Sin embargo, pienso, ahí
hay gente. Ahí, enfrente, tras los ventanales, hay gente. Ahí, sobre las camas,
soñando, pensando, haciendo el amor, hay gente. Ahí, en la penumbra de los
parques que se divisan al costado, hay gente. Ahí, detrás de las paredes
atiborradas de grafitis con mensajes indescifrables, hay gente. Ahí, detrás de
las fogatas que conquistan el invierno, hay gente. Ahí, en los baños en las
salas en los cobertizos en las cunas en los comedores en los ascensores en los
subterráneos, hay gente. Aunque estoy en Praga, pienso, la vida ordinaria es la
misma en todo el mundo: se trabaja, se está en familia, se viste uniforme, se
carga el equipo, se madruga, se compra comida, se pagan facturas, se duerme, tenemos
pesadillas.
¿Qué
soñaré esta noche en una cama ajena?
Este
viaje recién comienza.