lunes, 30 de diciembre de 2019

Praga - II


La estatua de la Virgen y San Bernardo aparece en un primer plano como una sombra que baja del cielo. El sol alumbra en el horizonte al imponente Castillo de Praga y a las torres góticas de la Catedral de San Vito. Todo lo demás está cubierto por unos nubarrones que parecen anunciar una tormenta. El puente de Carlos —en un tiempo en que era algo más que un puente— está vacío. Todavía el fluir del río Moldava tenía música. Al costado, un navegante se desplaza hacia un destino incierto en una barquita de madera. En esta soledad se ha borrado el pasado bohemio y cosmopolita de Praga. Lector asiduo de Edgard Allan Poe, no es extraño que esta sea la fotografía icónica del puente de Carlos del gran fotógrafo checo Josef Sudek. Una fotografía que revela una Praga fantasmagórica, taciturna, melancólica. Es otra mirada de la que tuvo el poeta Jaroslav Seifert en Vista desde el puente de Carlos: «Día tras día miro agradecido / el castillo de Praga / y su catedral / y no puedo apartar la vista / de esta imagen. / Es mía / y además creo que es milagrosa. / Por lo menos a mí me decidió el destino. / Y cuando cae el crepúsculo / en las ventanas de Praga, / y hay estrellas en las tinieblas transparentes, / escucho siempre su vieja voz / y oigo versos. (…) Hay días en que el castillo / y su catedral / se alzan oscuramente nobles / y parecen construidos / de tristes piedras / traídas de la luna».

Ahora, mientras atravieso el puente, no hay penumbras, ni nubarrones, ni se escucha el fluir musical del Moldava, ni hay navegantes solitarios que se dirigen hacia rumbos desconocidos. El sol está brillante esta mañana de diciembre y alivia del frío. Suenan los cláxones de los carros; en el Moldava, los ferris salen hacia destinos predeterminados. Voy entre los miles de turistas que cruzan este puente a diario (se estima que casi 55 mil turistas lo cruzan cada día). Los turistas que, al menos, paran treinta veces para sacarse una selfi con las treinta estatuas barrocas que tutelan el puente. Que se detienen en los quioscos para comprar souvenirs a un precio que es el doble o el triple que en la Ciudad Vieja o en Malá Strana. Que miran asombrados —como hago yo—a los artistas de toda índole —una bandita de jazz, un saxofonista, un retratista— que animan desde los márgenes del puente, aunque para la gran industria del turismo no son más que accesorios prescindibles. 

El puente de Carlos ya no es el puente de Sudek ni de Seifert. Se ha transformado en un corredor para que los turistas experimenten con el pasado. Veo a mi alrededor agitarse los palitos de selfis, a personas haciendo piruetas y muecas para sacarse una fotografía («vivimos tiempos de la sonrisa boba» escribió Martín Caparrós), a un hombre que carga en sus hombros a su hijo, a una pareja española que discute, el vaho interminable que sale tras cada bocanada de los vaporizadores de asiáticos, latinos, europeos, árabes (¡cuántos andan ese aparatito rocambolesco!). Somos una turbamulta que, vista desde lo alto, ocultamos la piedra pretérita del puente para darle el color que tienen las estampas de las guías de viaje. 

Aunque cada sitio tiene su historia, pienso que no he estado en ningún lugar donde se entremezclen tantas cronologías. Antes de que Carlos IV hiciera poner la primera piedra por la que hoy lleva su nombre, hubo un tiempo en que el puente de Carlos era de madera —uno lo imagina tan frágil entre las tormentas y sobre las aguas del Moldava. En este mismo puente transitaron los alquimistas, magos, cabalistas y místicos de Rodolfo II. Aquí pasó Johannes Kepler para presentar sus Tabulae Rudolphinae (ahora se observa, a orillas del puente, una plaquita que le rinde homenaje).  El puente persistió la maldición de los ochos: en 1948, la toma de poder por los comunistas; en 1968, la invasión de los tanques soviéticos con su medio millón de soldados. 

El puente termina por condensar lo más glorioso y siniestro de la ciudad: desde cabezas decapitadas exhibidas en estacas a la unión mágica entre dos orillas de arquitecturas míticas. El escritor Ivan Klíma, en su libro El espíritu de Praga, ve en el puente de Carlos no solo «el centro material y espiritual de la ciudad», sino el eslabón que representa la unión de las culturas del Oeste y Este de Europa, dos culturas que, pese a sus similitudes y desgracias, no terminan por encontrarse. 

Uno cruza el puente desde la Ciudad Vieja y se adentra hacia las calles estrechas y viejas de Malá Strana, desde donde se divisan las copas de los árboles del parque Vojan, los cuales, ahora en invierno, parecen esqueletos derruidos. Malá Strana ejerce una fascinación inquietante. Sus fachadas son el preludio perfecto para el ascenso al Castillo y sus ecos perennes.  Su gran cronista, el escritor Jan Neruda (de quién el poeta chileno de todos conocido tomaría el seudónimo), la describió como una ciudad de «prodigalidad con rinconcitos poéticos», de carácter «callado, patriarcal e incluso adormilado». Sin embargo, en Malá Strana ahora hay un McDonald’s  y un Starbucks, signos cambiantes de los tiempos. 

No alcanza un día, ni dos, quizá ni un año, para aprehender este puente ubicado en el centro de Europa. En eso tiene razón el poeta Vítězslav Nezval en su poema Praga con los dedos de lluvia: «Nada que pueda ser explicado en términos de belleza o estilo. / No es la Puerta de la Pólvora ni la Ciudad Vieja ni el Puente de Carlos. / (...) Nada que pueda ser pronunciado por una lengua fácil de entender / que pueda ser descrita en una guía turística. (...) Está en todo su ser en su misteriosa disposición. / En cómo un pájaro se posa en tu frente. / En cómo un niño llama a su madre cuando pasa por delante de una estatua barroca. / En cómo un ciclista va por la calle mientras alguien canta». Ese es, pienso, el verdadero espíritu del puente, el verdadero espíritu de Praga. 

Resultado de imagen de Puente de Carlos Josef Sudek
Josef Sudek, Charles Bridge, 1959

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