La última vez que estuve en un aeropuerto —para conocer, huir, escapar— fue hace
doce años. Ahora estoy sentado en una sala de abordaje y todo alrededor me
parece un mundo extraño. Como el título de la novela de Ciro Alegría, después
de todo, el mundo es ancho y ajeno. Sin embargo, los aeropuertos están llenos
de nimiedades, de una no sé qué sustancia común que nos hermana en silencio, de
gente que se desplaza como fantasmas anónimos que no cruzan ni siquiera
miradas. A mi lado, un adolescente duerme encogido con su cabeza puesta sobre
su regazo. Está solo. Melancólicamente solo. ¿Adónde va? Frente a mí, tres
hombres discuten sobre Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Una conversación de parque:
quién es mejor, por qué el portugués se fue a Turín, por qué el argentino sigue
haciendo goles de antología. En otro extremo, un señor con barba aristotélica
no lee a Hegel, sino a Dross y su Luna de
Plutón. Entonces recuerdo que esta experiencia, esta huida, este escape,
recién empieza. Entonces recuerdo que pasaré diez horas en un aeropuerto en
Cancún, el lugar donde la nieve es arena blanca. Entonces recuerdo que cruzaré
un océano entero: lo que para algunos ya es un trayecto de rutina, a mí me
llena de espanto. Pienso que hace cien años —solo cien años— esto era
impensable. Los barcos navegaban días y semanas con el temor de ser devorados
por monstruos marinos o por la furia de una tempestad. Frente a esa inmensidad
que nos separa (y que paradójicamente nos une), recuerdo este poema de María
Ester Alonso: «¿Por qué me vine tan lejos? / ¿Por qué este refugio / en el otro
extremo? / Norte – Sur, / polos opuestos. / Otro espacio, / otro tiempo, / otra
vida…/ ¿Y la que tenía / la traje conmigo? / ¿O una parte late allá, / todavía?
/ (…) Partir, / partir-se,/ en dos, / en un mil pedazos.../ ¿por qué me vine
tan lejos?».
No hay comentarios:
Publicar un comentario