martes, 17 de diciembre de 2019

Partida


La última vez que estuve en un aeropuerto para conocer, huir, escapar— fue hace doce años. Ahora estoy sentado en una sala de abordaje y todo alrededor me parece un mundo extraño. Como el título de la novela de Ciro Alegría, después de todo, el mundo es ancho y ajeno. Sin embargo, los aeropuertos están llenos de nimiedades, de una no sé qué sustancia común que nos hermana en silencio, de gente que se desplaza como fantasmas anónimos que no cruzan ni siquiera miradas. A mi lado, un adolescente duerme encogido con su cabeza puesta sobre su regazo. Está solo. Melancólicamente solo. ¿Adónde va? Frente a mí, tres hombres discuten sobre Lionel Messi y Cristiano Ronaldo. Una conversación de parque: quién es mejor, por qué el portugués se fue a Turín, por qué el argentino sigue haciendo goles de antología. En otro extremo, un señor con barba aristotélica no lee a Hegel, sino a Dross y su Luna de Plutón. Entonces recuerdo que esta experiencia, esta huida, este escape, recién empieza. Entonces recuerdo que pasaré diez horas en un aeropuerto en Cancún, el lugar donde la nieve es arena blanca. Entonces recuerdo que cruzaré un océano entero: lo que para algunos ya es un trayecto de rutina, a mí me llena de espanto. Pienso que hace cien años —solo cien años— esto era impensable. Los barcos navegaban días y semanas con el temor de ser devorados por monstruos marinos o por la furia de una tempestad. Frente a esa inmensidad que nos separa (y que paradójicamente nos une), recuerdo este poema de María Ester Alonso: «¿Por qué me vine tan lejos? / ¿Por qué este refugio / en el otro extremo? / Norte – Sur, / polos opuestos. / Otro espacio, / otro tiempo, / otra vida…/ ¿Y la que tenía / la traje conmigo? / ¿O una parte late allá, / todavía? / (…) Partir, / partir-se,/ en dos, / en un mil pedazos.../ ¿por qué me vine tan lejos?».

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