Durante ocho horas no paró de llover en Cancún.
Salí a fumar un cigarro; mientras, una mujer abrazaba a otra mujer y a dos
chiquitos. Lloraban desconsoladamente, como si el mundo fuera a acabarse en ese
mismo instante. Los otros viajeros entraban en multitud sacudiéndose los restos
de agua, pero aquellas cuatro personas no se inmutaban. Hacían un círculo, como
si trataran de emular la estampa de Roma
de Alfonso Cuarón. Conjeturo —por los gestos, por la silueta del
cuerpo— que era mamá, hija y nietos. Ya nunca sabré cuáles lazos los unían y
que, como en toda despedida, estaban desatándose de a poco. Esos lazos que nunca se
desatan por completo, sino solo a partir de intermitencias que duelen. Pudo ser
la abuela que se estaba marchando lejos o solo una mujer que, desde hace un
tiempo (podrían ser años), lo ha significado todo. ¿Cómo se sobrellevan los
adioses? ¿Qué pensaban los chiquitos cuando lloraban como si se les iba la vida
o una parte de ella?
Durante la espera en Cancún, vi a dos tipos que eran una réplica del joven Paul Newman y del viejo Werner Herzog. Vi a viajeros solitarios. Vi a músicos. Vi a una pareja discutirse. Vi a una pareja abrazarse. Vi a un padre que parecía decirle a su hijo en una lengua incomprensible: "ya no llores, ya falta poco". Vi a familias enteras desplazarse por las terminales del aeropuerto apartando todo a su paso. Dormí, fumé, injurié. Me encogí de hombros por el hastío de la espera. Miguel de Unamuno tenía razón: «soñar no es
esperar».
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