lunes, 23 de septiembre de 2019

Higuerilla


Desde hace cuatro años, I. ha vivido en nuestra casa dependiendo de otros; desde hace dos, postrada en cama. Ya no sabemos si nos reconoce. Su habla es cada vez más escueta y gutural. Un «» o un «no» son casi ininteligibles. La vida es compleja: pese a todo, I. todavía ríe y canta. Sigue las melodías con un tarareo casi exacto. Algunas veces pienso que I. es como esas plantitas que se abren camino en las superficies muertas. Una higuerilla, quizá, que crece en los lugares más escarpados. I. tuvo cinco hijas y cuatro hijos, todos de difícil crianza. Cuidó a un buen número de nietos, hasta que el cuerpo dijo ya no más. Ahora está en cama con noventa años encima. Su vida quizá transcurra como la cámara en La escafandra y la mariposa: una experiencia de encierro. No lo sabremos nunca. «Podría romperme una cadera, podría ponerme senil; podría quedar postrada en la cama durante años: de ese tipo de cosas estamos hablando. Reconozco esas posibilidades, pero la cuestión para mí es esta: ¿por qué habría de imponerle a mi hija la carga de cuidarme?», reflexiona Elizabeth Costello en uno de los Siete cuentos morales de J.M Coetzee. Sentí de pronto estar en uno de estos cuentos. Son relatos que plantean problemas difíciles como la vida misma. ¿Qué moral nos permite juzgar a una mujer felizmente casada y felizmente en constante adulterio? ¿Por qué habríamos de ver mal a quien en su vejez desea sentirse deseado/a? Una mujer entrada en años dice: «quiero que de nuevo me miren. Que una o dos veces más en la vida alguien me mire como se mira a una mujer». También vuelve el dolor de los animales. La analogía se la debemos a la aguda Elizabeth Costello: los mataderos de pollos como campos de concentración. Una extensión del mal humano. Los siete cuentos morales de Coetzee no son sino aquello que decía Pavese sobre la literatura: una defensa contra las ofensas de la vida.

martes, 17 de septiembre de 2019

¿Jesús o Gokú?


Para mis coetáneos, las clases de religión fueron cuando menos una mala versión de Dragon Ball Z. La anécdota me pasó a mí y la he oído en no pocas ocasiones de otras personas. Más o menos en todas un chiquillo pregunta a sus padres o a sus hermanos mayores por qué Jesús tardó tanto tiempo en resucitar si era el hijo de Dios. Gokú, naturalmente, lo hizo más de una vez. Y cuando lo hacía era para salvar al planeta de un villano que amenazaba con destruirlo. ¡Incluso con destruir a la galaxia entera! El bien contra el mal, con más efectividad y dramatismo. 

Me acordé de esta anécdota común luego de ver la genial introducción de L’ora di religione (Il sorriso di mia madre) traducida al castellano como La sonrisa de mi madre, la gran película de Marco Bellocchio. En la secuencia, Leonardo, el hijo de Ernesto Picciafuocco, un pintor ateo poco conocido a quien le acaban de informar que su madre puede ser canonizada, está peleando con un ser invisible. El niño le grita: «¡Vete de aquí! ¡Déjame solo!». Irene, su madre, le pregunta: «¿Con quién hablás?». A lo que el niño responde: «Con Dios. Le dije que me dejara solo. Siempre está en todas partes, no puedo ser libre ni por un segundo»

Leonardo, como nosotros con Jesús y Gokú, estaba bajo los efectos de un relato. Nabokov decía que la literatura no nació el día en que un niño llegó gritando que viene un lobo con un enorme lobo gris pisándole los talones, sino cuando llegó gritando el lobo sin que le persiguiera ninguno. Así con las religiones. Solo nos adherimos al relato que creemos más convincente.

lunes, 16 de septiembre de 2019

El último dictador


Qué difícil es explicar a Fernando Vallejo sin recurrir al adjetivo de excéntrico. Quizá en su fuero íntimo no es un cascarrabias o un genio que llama a Einstein un hippie marihuano. Me daría miedo invitarlo a un evento social: podría fácilmente desbocarse al ver a una persona con una cadenita de la virgen. A Vallejo no se le ha escapado casi nada. En su libro Peroratas, una especie de tratado filosófico sobre la puesta en práctica de la diatriba, arremete contra los escritores que escriben utilizando la tercera persona, contra la religión, contra la sociedad carnívora, contra la política y contra lo que se pone a su paso. Y si digo que no se le ha escapado casi nada es porque Vallejo también ha hecho cine —con menos fortuna—, toca piezas de música clásica para piano, ha escrito un tratado de gramática y ha incursionado —reinventándolo— en el género de la biografía. 
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Él había dicho que cuando se muriera David Antón, el amor de su vida, su pareja y amor incondicional durante cuarenta y siete años, dejaría todo: México, sus libros, sus fotos, un piano y los recuerdos, y regresaría a Colombia, ese «país pobre rico en odio» como lo describió en El desbarrancadero. Y Fernando Vallejo cumple con su palabra. En 2018 regresó a Medellín y escribió Memorias de un hijueputa (Anagrama, 2019), en la que vuelve a la carga contra sus sempiternos enemigos: las religiones, los políticos, la familia y la ciencia; pero ahora no lo hace a través de personajes que regresan a Colombia por problemas familiares o nostalgias, sino a través de los soliloquios y mandatos de un dictador que le dicta sus memorias al escribano Peñaranda. 

Memorias de un hijueputa podría clasificarse como la última novela que se inscribe en la tradición del dictador latinoamericano que inauguró Valle Inclán con Tirano Banderas; sin embargo, los rasgos que caracterizan a ese dictador inventado por Vallejo que fusila a cuatro expresidentes de Colombia los hallamos en distintos países occidentales hoy en día. Su tirano es universal.  El dictador de Vallejo es un hampón que bien podría liderar esa pandilla de embaucadores y tiranuelos contemporáneos cuyo emblema es el bicéfalo Trumpsonaro. 

Vallejo no es el mejor Vallejo. Algunos párrafos de Memorias de un hijueputa son calcados de novelas y ensayos anteriores. Si queremos entender a ese dictador que fusila o incinera a sus detractores y que impone una moral única, conviene quizá retroceder a La puta de babilonia, al Manualito de imposturología física o a Las bolas de Cavendish. Frente al aburrimiento que prevalece para quien conoce su obra, queda el humor y la incorrección política. Vallejo siempre nos saca una carcajada con sus injurias. 

Y un aviso a navegantes. El dictador de Vallejo sostiene: «¡Ah, carajo, con estos periodistas tan brutos! Ya saben que sí y preguntan si no. No los contentan ni las dos tetas de sus madres. No más entrevistas. ¡Con que el Cuarto Poder! Ya se sentían el Judicial, queriéndolo juzgar a uno y por eso la preguntadera. El Judicial, informadores de Colombia, lo integré en el Legislativo y ambos en mí. No existe aquí un cuarto poder, ni un tercero, ni un segundo, solo uno, uno solo, yo. Y a mí nadie me juzga». Palabras que pudo haber dicho más de un presidente, incluyendo —fácilmente— al nuestro.