Desde hace
cuatro años, I. ha vivido en nuestra casa dependiendo de otros; desde hace dos,
postrada en cama. Ya no sabemos si nos reconoce. Su habla es cada vez más
escueta y gutural. Un «sí»
o un «no» son casi ininteligibles. La vida es compleja: pese a todo, I. todavía
ríe y canta. Sigue las melodías con un tarareo casi exacto. Algunas veces
pienso que I. es como esas plantitas que se abren camino en las superficies
muertas. Una higuerilla, quizá, que crece en los lugares más escarpados. I.
tuvo cinco hijas y cuatro hijos, todos de difícil crianza. Cuidó a un buen
número de nietos, hasta que el cuerpo dijo ya no más. Ahora está en cama con
noventa años encima. Su vida quizá transcurra como la cámara en La escafandra y la mariposa: una
experiencia de encierro. No lo sabremos nunca. «Podría romperme una cadera,
podría ponerme senil; podría quedar postrada en la cama durante años: de ese
tipo de cosas estamos hablando. Reconozco esas posibilidades, pero la cuestión
para mí es esta: ¿por qué habría de imponerle a mi hija la carga de cuidarme?»,
reflexiona Elizabeth Costello en uno de los Siete
cuentos morales de J.M Coetzee. Sentí de pronto estar en uno de estos
cuentos. Son relatos que plantean problemas difíciles como la vida misma. ¿Qué
moral nos permite juzgar a una mujer felizmente casada y felizmente en
constante adulterio? ¿Por qué habríamos de ver mal a quien en su vejez desea
sentirse deseado/a? Una mujer entrada en años dice: «quiero que de nuevo me
miren. Que una o dos veces más en la vida alguien me mire como se mira a una
mujer». También vuelve el dolor de los animales. La analogía se la debemos a la
aguda Elizabeth Costello: los mataderos de pollos como campos de concentración.
Una extensión del mal humano. Los siete
cuentos morales de Coetzee no son sino aquello que decía Pavese sobre la
literatura: una defensa contra las ofensas de la vida.
lunes, 23 de septiembre de 2019
martes, 17 de septiembre de 2019
¿Jesús o Gokú?
Para mis
coetáneos, las clases de religión fueron —cuando menos— una mala
versión de Dragon Ball Z. La anécdota
me pasó a mí y la he oído en no pocas ocasiones de otras personas. Más o menos
en todas un chiquillo pregunta a sus padres o a sus hermanos mayores por qué
Jesús tardó tanto tiempo en resucitar si era el hijo de Dios. Gokú,
naturalmente, lo hizo más de una vez. Y cuando lo hacía era para salvar al
planeta de un villano que amenazaba con destruirlo. ¡Incluso con destruir a la
galaxia entera! El bien contra el mal, con más efectividad y dramatismo.
Me acordé de
esta anécdota común luego de ver la genial introducción de L’ora di religione (Il sorriso di mia madre) —traducida al castellano como La
sonrisa de mi madre—, la gran
película de Marco Bellocchio. En la secuencia, Leonardo, el hijo de Ernesto
Picciafuocco, un pintor ateo poco conocido a quien le acaban de informar que su
madre puede ser canonizada, está peleando con un ser invisible. El niño le
grita: «¡Vete de aquí! ¡Déjame solo!». Irene, su madre, le pregunta: «¿Con quién hablás?». A lo que el
niño responde: «Con Dios. Le dije que
me dejara solo. Siempre está en todas partes, no puedo ser libre ni por un
segundo».
Leonardo, como
nosotros con Jesús y Gokú, estaba bajo los efectos de un relato. Nabokov decía
que la literatura no nació el día en que un niño llegó gritando que viene un
lobo con un enorme lobo gris pisándole los talones, sino cuando llegó gritando
el lobo sin que le persiguiera ninguno. Así con las religiones. Solo nos
adherimos al relato que creemos más convincente.
lunes, 16 de septiembre de 2019
El último dictador
Qué difícil es explicar a Fernando Vallejo sin
recurrir al adjetivo de excéntrico. Quizá en su fuero íntimo no es un
cascarrabias o un genio que llama a Einstein un hippie marihuano. Me daría
miedo invitarlo a un evento social: podría fácilmente desbocarse al ver a una
persona con una cadenita de la virgen. A Vallejo no se le ha escapado casi
nada. En su libro Peroratas, una
especie de tratado filosófico sobre la puesta en práctica de la diatriba,
arremete contra los escritores que escriben utilizando la tercera persona,
contra la religión, contra la sociedad carnívora, contra la política y contra
lo que se pone a su paso. Y si digo que no se le ha escapado casi nada es
porque Vallejo también ha hecho cine —con menos fortuna—, toca piezas de música
clásica para piano, ha escrito un tratado de gramática y ha incursionado
—reinventándolo— en el género de la biografía.
Él había dicho que cuando se muriera David
Antón, el amor de su vida, su pareja y amor incondicional durante cuarenta y
siete años, dejaría todo: México, sus libros, sus fotos, un piano y los
recuerdos, y regresaría a Colombia, ese «país pobre rico en odio» como lo
describió en El desbarrancadero. Y
Fernando Vallejo cumple con su palabra. En 2018 regresó a Medellín y escribió Memorias de un hijueputa (Anagrama,
2019), en la que vuelve a la carga contra sus sempiternos enemigos: las
religiones, los políticos, la familia y la ciencia; pero ahora no lo hace a
través de personajes que regresan a Colombia por problemas familiares o
nostalgias, sino a través de los soliloquios y mandatos de un dictador que le
dicta sus memorias al escribano Peñaranda.
Memorias de un
hijueputa podría
clasificarse como la última novela que se inscribe en la tradición del dictador
latinoamericano que inauguró Valle Inclán con Tirano Banderas; sin embargo, los rasgos que caracterizan a ese dictador
inventado por Vallejo —que fusila a cuatro expresidentes de
Colombia— los hallamos en distintos países occidentales hoy en día. Su tirano es
universal. El dictador de Vallejo es un
hampón que bien podría liderar esa pandilla de embaucadores y tiranuelos
contemporáneos cuyo emblema es el bicéfalo Trumpsonaro.
Vallejo no es el mejor Vallejo. Algunos párrafos
de Memorias de un hijueputa son
calcados de novelas y ensayos anteriores. Si queremos entender a ese dictador
que fusila o incinera a sus detractores y que impone una moral única, conviene
quizá retroceder a La puta de babilonia,
al Manualito de imposturología física
o a Las bolas de Cavendish. Frente al
aburrimiento que prevalece para quien conoce su obra, queda el humor y la
incorrección política. Vallejo siempre nos saca una carcajada con sus injurias.
Y un aviso a navegantes. El dictador de Vallejo
sostiene: «¡Ah, carajo, con estos periodistas
tan brutos! Ya saben que sí y preguntan si no. No los contentan ni las dos
tetas de sus madres. No más entrevistas. ¡Con que el Cuarto Poder! Ya se
sentían el Judicial, queriéndolo juzgar a uno y por eso la preguntadera. El
Judicial, informadores de Colombia, lo integré en el Legislativo y ambos en mí.
No existe aquí un cuarto poder, ni un tercero, ni un segundo, solo uno, uno
solo, yo. Y a mí nadie me juzga». Palabras que pudo haber dicho más
de un presidente, incluyendo —fácilmente—
al nuestro.
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