martes, 17 de septiembre de 2019

¿Jesús o Gokú?


Para mis coetáneos, las clases de religión fueron cuando menos una mala versión de Dragon Ball Z. La anécdota me pasó a mí y la he oído en no pocas ocasiones de otras personas. Más o menos en todas un chiquillo pregunta a sus padres o a sus hermanos mayores por qué Jesús tardó tanto tiempo en resucitar si era el hijo de Dios. Gokú, naturalmente, lo hizo más de una vez. Y cuando lo hacía era para salvar al planeta de un villano que amenazaba con destruirlo. ¡Incluso con destruir a la galaxia entera! El bien contra el mal, con más efectividad y dramatismo. 

Me acordé de esta anécdota común luego de ver la genial introducción de L’ora di religione (Il sorriso di mia madre) traducida al castellano como La sonrisa de mi madre, la gran película de Marco Bellocchio. En la secuencia, Leonardo, el hijo de Ernesto Picciafuocco, un pintor ateo poco conocido a quien le acaban de informar que su madre puede ser canonizada, está peleando con un ser invisible. El niño le grita: «¡Vete de aquí! ¡Déjame solo!». Irene, su madre, le pregunta: «¿Con quién hablás?». A lo que el niño responde: «Con Dios. Le dije que me dejara solo. Siempre está en todas partes, no puedo ser libre ni por un segundo»

Leonardo, como nosotros con Jesús y Gokú, estaba bajo los efectos de un relato. Nabokov decía que la literatura no nació el día en que un niño llegó gritando que viene un lobo con un enorme lobo gris pisándole los talones, sino cuando llegó gritando el lobo sin que le persiguiera ninguno. Así con las religiones. Solo nos adherimos al relato que creemos más convincente.

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