Para mis
coetáneos, las clases de religión fueron —cuando menos— una mala
versión de Dragon Ball Z. La anécdota
me pasó a mí y la he oído en no pocas ocasiones de otras personas. Más o menos
en todas un chiquillo pregunta a sus padres o a sus hermanos mayores por qué
Jesús tardó tanto tiempo en resucitar si era el hijo de Dios. Gokú,
naturalmente, lo hizo más de una vez. Y cuando lo hacía era para salvar al
planeta de un villano que amenazaba con destruirlo. ¡Incluso con destruir a la
galaxia entera! El bien contra el mal, con más efectividad y dramatismo.
Me acordé de
esta anécdota común luego de ver la genial introducción de L’ora di religione (Il sorriso di mia madre) —traducida al castellano como La
sonrisa de mi madre—, la gran
película de Marco Bellocchio. En la secuencia, Leonardo, el hijo de Ernesto
Picciafuocco, un pintor ateo poco conocido a quien le acaban de informar que su
madre puede ser canonizada, está peleando con un ser invisible. El niño le
grita: «¡Vete de aquí! ¡Déjame solo!». Irene, su madre, le pregunta: «¿Con quién hablás?». A lo que el
niño responde: «Con Dios. Le dije que
me dejara solo. Siempre está en todas partes, no puedo ser libre ni por un
segundo».
Leonardo, como
nosotros con Jesús y Gokú, estaba bajo los efectos de un relato. Nabokov decía
que la literatura no nació el día en que un niño llegó gritando que viene un
lobo con un enorme lobo gris pisándole los talones, sino cuando llegó gritando
el lobo sin que le persiguiera ninguno. Así con las religiones. Solo nos
adherimos al relato que creemos más convincente.
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