miércoles, 11 de septiembre de 2019

Notas políticas / Semana 3

Uno puede discrepar con figuras políticas de la talla de Angela Merkel. Sin embargo, existe un abismo que la separa de las figuras de nuestra política; el ejemplo: verla de vacaciones en un balcón leyendo un ensayo sobre los villanos en la obra de Shakespeare. 

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Se cumple un año del establecimiento de las relaciones diplomáticas con la República Popular de China. Lo que en un inicio se consideró una política guiada por motivos ideológicos, empieza a verse cada vez más como lo que siempre fue: una apuesta favorable a la rentabilidad del gran empresariado comercial salvadoreño.

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Las realidades histórico-políticas de los países centroamericanos tienen varios puntos en común, pero también diferencias sustanciales. Una de las diferencias que al menos a El Salvador lo distingue de sus pares regionales, es el funcionamiento relativamente estable de sus instituciones democráticas desde la firma de los Acuerdos de Paz. No funcionan a la perfección ni con la transparencia y eficacia necesaria; pero en nuestro país no hemos tenido golpes de Estado (Honduras) ni gobiernos abiertamente autoritarios (Nicaragua) ni una captura tan nefasta del Estado por las élites económicas (Guatemala). Además, el país no ha necesitado de una Comisión Internacional contra la Corrupción y la Impunidad para procesar por enriquecimiento ilícito a dos expresidentes y a una decena de funcionarios. Por lo anterior, el proyecto de la prometida Cicíes debe contener unos objetivos claramente definidos y debe regirse por nuestra propia institucionalidad. El combate a la corrupción es un asunto técnico, pero sobre todo político. ¿Qué casos se investigarán y cuáles no? ¿Cuál será el criterio de selección? ¿Se partirá de la historia reciente o de lo que estructuralmente ha perjudicado más a la sociedad? 
(Ahora se sabe que la Cicíes es un proyecto débil, anunciado más por la premura de cumplir campañas electorales que por construir una estrategia convincente para combatir la corrupción y la impunidad en el país. Con el añadido de que, en la presentación de la Cicíes, Nayib Bukele no dejó entrar a periodistas de El Faro y Revista Factum, acentuando el estilo autoritario que se le ha visto desde que tomó cargo de la presidencia).

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Koselleck citado por Enzo Traverso: «Si en el corto plazo son los vencedores quienes hacen la historia, a largo plazo las ganancias históricas de conocimiento provienen de los vencidos».
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Nos hemos acostumbrado a los análisis económicos para explicar los desequilibrios macroeconómicos del país. Es un hecho que la economía rige estos desequilibrios, pero la solución a estos no necesariamente se debe fraguar en el campo económico. El desarrollo y el desempeño macroeconómico de un país debe pensarse como la superposición adecuada de campos sociales, en los que están los campos de la economía, lo político, lo jurídico, lo ético y lo ambiental. Las interrelaciones entre estos campos son complejas. Unas veces un campo determina más a otro y viceversa. El desafío del investigador es comprender estas determinaciones. Debemos abandonar paulatinamente, sobre todo quienes pensamos desde la heterodoxia, el sentido determinístico de lo económico (como infraestructura) hacia el resto de los campos sociales (como superestructuras). Una idea propia del marxismo-leninismo, pero no marxista. 

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Uno puede tratar de escindir la política del arte (y aun esto puede llegar a presentar serias dificultades). Pero es imposible escindir la política de la economía, pues le es consustancial. El economista que se dice a sí mismo apolítico o libre de política simplemente no ha entendido nada de economía. No pasó la materia. Como decía el Chavo: «Qué bruto, póngale cero». 

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En un artículo de 1995, la UCA escribía: «El enigma de nuestro crecimiento económico es que el sacrificio de los pobres sostiene y refuerza el modelo de mercado, pero el modelo de mercado no sostiene ni refuerza a los pobres»

Los aportes de F.J Ibisate son absolutamente necesarios hoy. Reconoce la necesidad del crecimiento, del desarrollo de las fuerzas productivas, pero sin perder de vista que lo que debe conducir este despertar de las fuerzas productivas es el desarrollo de la vida humana en todas sus formas. Para algunos esto es imposible de lograr en el capitalismo, pero mientras esperan que el capitalismo se derrumbe, grandes masas de población están sumidas en la miseria más profunda y una élite privilegiada acrecienta sus ingresos y riqueza. Se necesita un modelo económico capaz de producir los satisfactores necesarios para que la vida con dignidad sea posible.
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Concuerdo con Rafael Gumucio cuando confirma y defiende su catolicismo en tiempos de Trump. En realidad, el humanismo ateo siempre ha estado muy cerca del catolicismo que toma una postura crítica con la realidad y que tiene una profunda actitud preferencial hacia los pobres.
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El artículo de Ricardo Hausmann “No culpen a la economía, culpen a la política pública” pinta un escenario totalmente fragmentado para analizar la vida social. Creer que la política pública puede marchar como un campo autónomo, con su ejército de especialistas, sin preguntarse seriamente sobre los fundamentos (o el conocimiento proposicional, como él cita) que le dan vida, es ir a oscuras. Uno puede exigirles a los estudiantes de políticas públicas que, al igual que los estudiantes de medicina, pasen algunos años realizando prácticas en un área determinada. Pero, así como un estudiante de medicina puede dar dos o tres diagnósticos distintos sobre una enfermedad (dependiendo de sus fundamentos), así el estudiante de política pública también lo puede hacer. ¿Qué nos asegura que ese diagnóstico no estará equivocado? Además, y más grave aún, ¿puede diagnosticarse un hecho social con la misma exactitud con la que se diagnostica un tumor? ¿o con la que se diagnostica que un puente está a punto de desplomarse?

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