Uno puede
discrepar con figuras políticas de la talla de Angela Merkel. Sin embargo,
existe un abismo que la separa de las figuras de nuestra política; el ejemplo:
verla de vacaciones en un balcón leyendo un ensayo sobre los villanos en la
obra de Shakespeare.
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Se cumple
un año del establecimiento de las relaciones diplomáticas con la República
Popular de China. Lo que en un inicio se consideró una política guiada por
motivos ideológicos, empieza a verse cada vez más como lo que siempre fue: una
apuesta favorable a la rentabilidad del gran empresariado comercial salvadoreño.
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Las
realidades histórico-políticas de los países centroamericanos tienen varios
puntos en común, pero también diferencias sustanciales. Una de las diferencias
que al menos a El Salvador lo distingue de sus pares regionales, es el
funcionamiento relativamente estable de sus instituciones democráticas desde la
firma de los Acuerdos de Paz. No funcionan a la perfección ni con la transparencia
y eficacia necesaria; pero en nuestro país no hemos tenido golpes de Estado
(Honduras) ni gobiernos abiertamente autoritarios (Nicaragua) ni una captura
tan nefasta del Estado por las élites económicas (Guatemala). Además, el país
no ha necesitado de una Comisión Internacional contra la Corrupción y la
Impunidad para procesar por enriquecimiento ilícito a dos expresidentes y a una
decena de funcionarios. Por lo anterior, el proyecto de la prometida Cicíes
debe contener unos objetivos claramente definidos y debe regirse por nuestra
propia institucionalidad. El combate a la corrupción es un asunto técnico, pero
—sobre todo— político. ¿Qué casos se
investigarán y cuáles no? ¿Cuál será el criterio de selección? ¿Se partirá de
la historia reciente o de lo que estructuralmente ha perjudicado más a la
sociedad?
(Ahora se
sabe que la Cicíes es un proyecto débil, anunciado más por la premura de
cumplir campañas electorales que por construir una estrategia convincente para
combatir la corrupción y la impunidad en el país. Con el añadido de que, en la
presentación de la Cicíes, Nayib Bukele no dejó entrar a periodistas de El Faro y Revista Factum, acentuando el estilo autoritario que se le ha visto
desde que tomó cargo de la presidencia).
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Koselleck
citado por Enzo Traverso: «Si en el corto plazo son los vencedores quienes hacen
la historia, a largo plazo las ganancias históricas de conocimiento provienen
de los vencidos».
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Nos hemos
acostumbrado a los análisis económicos para explicar los desequilibrios
macroeconómicos del país. Es un hecho que la economía rige estos
desequilibrios, pero la solución a estos no necesariamente se debe fraguar en
el campo económico. El desarrollo y el desempeño macroeconómico de un país debe
pensarse como la superposición adecuada de campos sociales, en los que están
los campos de la economía, lo político, lo jurídico, lo ético y lo ambiental.
Las interrelaciones entre estos campos son complejas. Unas veces un campo
determina más a otro y viceversa. El desafío del investigador es comprender
estas determinaciones. Debemos abandonar paulatinamente, sobre todo quienes
pensamos desde la heterodoxia, el sentido determinístico de lo económico (como
infraestructura) hacia el resto de los campos sociales (como superestructuras).
Una idea propia del marxismo-leninismo, pero no marxista.
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Uno puede
tratar de escindir la política del arte (y aun esto puede llegar a presentar
serias dificultades). Pero es imposible escindir la política de la economía,
pues le es consustancial. El economista que se dice a sí mismo apolítico o
libre de política simplemente no ha entendido nada de economía. No pasó la
materia. Como decía el Chavo: «Qué bruto, póngale cero».
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En un
artículo de 1995, la UCA escribía: «El enigma de nuestro
crecimiento económico es que el sacrificio de los pobres sostiene y refuerza el
modelo de mercado, pero el modelo de mercado no sostiene ni refuerza a los
pobres».
Los
aportes de F.J Ibisate son absolutamente necesarios hoy. Reconoce la necesidad
del crecimiento, del desarrollo de las fuerzas productivas, pero sin perder de
vista que lo que debe conducir este despertar de las fuerzas productivas es el
desarrollo de la vida humana en todas sus formas. Para algunos esto es imposible
de lograr en el capitalismo, pero mientras esperan que el capitalismo se
derrumbe, grandes masas de población están sumidas en la miseria más profunda y
una élite privilegiada acrecienta sus ingresos y riqueza. Se necesita un modelo
económico capaz de producir los satisfactores necesarios para que la vida con
dignidad sea posible.
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Concuerdo
con Rafael Gumucio cuando confirma —y defiende—
su catolicismo en tiempos de Trump. En realidad, el humanismo ateo siempre ha
estado muy cerca del catolicismo que toma una postura crítica con la realidad y
que tiene una profunda actitud preferencial hacia los pobres.
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El
artículo de Ricardo Hausmann “No culpen a
la economía, culpen a la política pública” pinta un escenario totalmente
fragmentado para analizar la vida social. Creer que la política pública puede
marchar como un campo autónomo, con su ejército de especialistas, sin
preguntarse seriamente sobre los fundamentos (o el conocimiento proposicional,
como él cita) que le dan vida, es ir a oscuras. Uno puede exigirles a los
estudiantes de políticas públicas que, al igual que los estudiantes de
medicina, pasen algunos años realizando prácticas en un área determinada. Pero,
así como un estudiante de medicina puede dar dos o tres diagnósticos distintos
sobre una enfermedad (dependiendo de sus fundamentos), así el estudiante de
política pública también lo puede hacer. ¿Qué nos asegura que ese diagnóstico
no estará equivocado? Además, y más grave aún, ¿puede diagnosticarse un hecho
social con la misma exactitud con la que se diagnostica un tumor? ¿o con la que
se diagnostica que un puente está a punto de desplomarse?
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