Qué difícil es explicar a Fernando Vallejo sin
recurrir al adjetivo de excéntrico. Quizá en su fuero íntimo no es un
cascarrabias o un genio que llama a Einstein un hippie marihuano. Me daría
miedo invitarlo a un evento social: podría fácilmente desbocarse al ver a una
persona con una cadenita de la virgen. A Vallejo no se le ha escapado casi
nada. En su libro Peroratas, una
especie de tratado filosófico sobre la puesta en práctica de la diatriba,
arremete contra los escritores que escriben utilizando la tercera persona,
contra la religión, contra la sociedad carnívora, contra la política y contra
lo que se pone a su paso. Y si digo que no se le ha escapado casi nada es
porque Vallejo también ha hecho cine —con menos fortuna—, toca piezas de música
clásica para piano, ha escrito un tratado de gramática y ha incursionado
—reinventándolo— en el género de la biografía.
Él había dicho que cuando se muriera David
Antón, el amor de su vida, su pareja y amor incondicional durante cuarenta y
siete años, dejaría todo: México, sus libros, sus fotos, un piano y los
recuerdos, y regresaría a Colombia, ese «país pobre rico en odio» como lo
describió en El desbarrancadero. Y
Fernando Vallejo cumple con su palabra. En 2018 regresó a Medellín y escribió Memorias de un hijueputa (Anagrama,
2019), en la que vuelve a la carga contra sus sempiternos enemigos: las
religiones, los políticos, la familia y la ciencia; pero ahora no lo hace a
través de personajes que regresan a Colombia por problemas familiares o
nostalgias, sino a través de los soliloquios y mandatos de un dictador que le
dicta sus memorias al escribano Peñaranda.
Memorias de un
hijueputa podría
clasificarse como la última novela que se inscribe en la tradición del dictador
latinoamericano que inauguró Valle Inclán con Tirano Banderas; sin embargo, los rasgos que caracterizan a ese dictador
inventado por Vallejo —que fusila a cuatro expresidentes de
Colombia— los hallamos en distintos países occidentales hoy en día. Su tirano es
universal. El dictador de Vallejo es un
hampón que bien podría liderar esa pandilla de embaucadores y tiranuelos
contemporáneos cuyo emblema es el bicéfalo Trumpsonaro.
Vallejo no es el mejor Vallejo. Algunos párrafos
de Memorias de un hijueputa son
calcados de novelas y ensayos anteriores. Si queremos entender a ese dictador
que fusila o incinera a sus detractores y que impone una moral única, conviene
quizá retroceder a La puta de babilonia,
al Manualito de imposturología física
o a Las bolas de Cavendish. Frente al
aburrimiento que prevalece para quien conoce su obra, queda el humor y la
incorrección política. Vallejo siempre nos saca una carcajada con sus injurias.
Y un aviso a navegantes. El dictador de Vallejo
sostiene: «¡Ah, carajo, con estos periodistas
tan brutos! Ya saben que sí y preguntan si no. No los contentan ni las dos
tetas de sus madres. No más entrevistas. ¡Con que el Cuarto Poder! Ya se
sentían el Judicial, queriéndolo juzgar a uno y por eso la preguntadera. El
Judicial, informadores de Colombia, lo integré en el Legislativo y ambos en mí.
No existe aquí un cuarto poder, ni un tercero, ni un segundo, solo uno, uno
solo, yo. Y a mí nadie me juzga». Palabras que pudo haber dicho más
de un presidente, incluyendo —fácilmente—
al nuestro.
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