lunes, 16 de septiembre de 2019

El último dictador


Qué difícil es explicar a Fernando Vallejo sin recurrir al adjetivo de excéntrico. Quizá en su fuero íntimo no es un cascarrabias o un genio que llama a Einstein un hippie marihuano. Me daría miedo invitarlo a un evento social: podría fácilmente desbocarse al ver a una persona con una cadenita de la virgen. A Vallejo no se le ha escapado casi nada. En su libro Peroratas, una especie de tratado filosófico sobre la puesta en práctica de la diatriba, arremete contra los escritores que escriben utilizando la tercera persona, contra la religión, contra la sociedad carnívora, contra la política y contra lo que se pone a su paso. Y si digo que no se le ha escapado casi nada es porque Vallejo también ha hecho cine —con menos fortuna—, toca piezas de música clásica para piano, ha escrito un tratado de gramática y ha incursionado —reinventándolo— en el género de la biografía. 
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Él había dicho que cuando se muriera David Antón, el amor de su vida, su pareja y amor incondicional durante cuarenta y siete años, dejaría todo: México, sus libros, sus fotos, un piano y los recuerdos, y regresaría a Colombia, ese «país pobre rico en odio» como lo describió en El desbarrancadero. Y Fernando Vallejo cumple con su palabra. En 2018 regresó a Medellín y escribió Memorias de un hijueputa (Anagrama, 2019), en la que vuelve a la carga contra sus sempiternos enemigos: las religiones, los políticos, la familia y la ciencia; pero ahora no lo hace a través de personajes que regresan a Colombia por problemas familiares o nostalgias, sino a través de los soliloquios y mandatos de un dictador que le dicta sus memorias al escribano Peñaranda. 

Memorias de un hijueputa podría clasificarse como la última novela que se inscribe en la tradición del dictador latinoamericano que inauguró Valle Inclán con Tirano Banderas; sin embargo, los rasgos que caracterizan a ese dictador inventado por Vallejo que fusila a cuatro expresidentes de Colombia los hallamos en distintos países occidentales hoy en día. Su tirano es universal.  El dictador de Vallejo es un hampón que bien podría liderar esa pandilla de embaucadores y tiranuelos contemporáneos cuyo emblema es el bicéfalo Trumpsonaro. 

Vallejo no es el mejor Vallejo. Algunos párrafos de Memorias de un hijueputa son calcados de novelas y ensayos anteriores. Si queremos entender a ese dictador que fusila o incinera a sus detractores y que impone una moral única, conviene quizá retroceder a La puta de babilonia, al Manualito de imposturología física o a Las bolas de Cavendish. Frente al aburrimiento que prevalece para quien conoce su obra, queda el humor y la incorrección política. Vallejo siempre nos saca una carcajada con sus injurias. 

Y un aviso a navegantes. El dictador de Vallejo sostiene: «¡Ah, carajo, con estos periodistas tan brutos! Ya saben que sí y preguntan si no. No los contentan ni las dos tetas de sus madres. No más entrevistas. ¡Con que el Cuarto Poder! Ya se sentían el Judicial, queriéndolo juzgar a uno y por eso la preguntadera. El Judicial, informadores de Colombia, lo integré en el Legislativo y ambos en mí. No existe aquí un cuarto poder, ni un tercero, ni un segundo, solo uno, uno solo, yo. Y a mí nadie me juzga». Palabras que pudo haber dicho más de un presidente, incluyendo —fácilmente— al nuestro.

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