En cuarentena también changarreamos un par de canciones. Aquí La cara en el asfalto, La cobra y Amigo piedra de los buenos de Él Mató a un Policía Motorizado (imposible llegarle a la voz de Santiago, uno ni trata).
lunes, 20 de abril de 2020
miércoles, 15 de abril de 2020
Y si escribimos una carta de amor
Escribir cartas, pienso, así sean estas electrónicas o no, es ya una
práctica vetusta, anticuada. Nadie las escribe. Las viejas cartas se
coleccionan o se queman. ¿Quién escribe cartas en la era del meme y de los
emoticones? Peor: ¿quién escribe cartas de amor? Con la extinción de las cartas
manuscritas algo se ha perdido, quizá mucho: nos hemos vuelto más descuidados
con las palabras. Nos cuesta elegir las frases precisas, nos cuesta elaborar la
sintaxis que mejor transmite el mensaje. El pensamiento se ha vuelto efímero
como un texto de WhatsApp.

Por suerte, hay personas que se dedican a la noble tarea de
conservar las cartas que se han escrito durante siglos. Hoy parecen artefactos
de un museo de antigüedades. Pese a ser una práctica de otra época —que
hoy parece tan remota—, leer las correspondencias
ajenas, más si quienes las escribieron fueron personajes importantes en
sus respectivos oficios, es una experiencia enriquecedora y adictiva. Como ocurre con la lectura de diarios: es un voyeurismo desenfrenado. Un vicio que crece mientras se escarba en las intimidades de sus
protagonistas.
A veces estas cartas se reúnen en un solo sitio y brotan obras
perdurables. La escritora española Ángeles Caso ha publicado un hermoso libro epistolar,
se titula Quiero escribirte esta noche una
carta de amor, un libro que reúne la correspondencia pasional de quince
escritoras, todas ellas famosísimas por sus trayectorias literarias en el canon
europeo. Por este volumen desfilan las cartas amorosas de la abadesa Eloísa, la
abadesa y santa Hildegarda de Bingen, Ninon de Lenclos, Julie de Lespinasse,
Mary Wollstonecraft, George Sand, Charlotte Brontë, Elizabeth Barret, Gertrudis
Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo Bazán, Katherine Mansfield, María Zambrano,
Marina Tsvietáieva, Virginia Woolf y Simone de Beauvoir. Todas tan distintas,
todas con sentimientos tan disímiles.
En este viaje desbordante de emociones y relaciones —heterosexuales, bisexuales, lésbicas—, conocemos la tortuosa vida amorosa que suponía el monasterio
durante la Edad Media, pues tanto Eloísa como Hildegarda sufrieron, cada una a
su modo, las terribles cárceles del celibato; atestiguamos lo diferente que
fueron las relaciones de la epicúrea Ninon de Lenclos y Julie de Lespinasse,
dos formas distintas de amar, la primera en extremo racional (decía: «pretender destruir las pasiones es tanto como aniquilarse; lo que
hay que hacer es regularlas») y la segunda en extremo ardiente, capaz de
morir de amor por dos hombres al mismo tiempo (le escribe a un amante: «Estoy segura
de que me habría costado menos morirme que separarme de vos»); también nos sumergimos en la tumultuosa relación de George Sand
con Alfred de Musset, ella trece años
mayor que él, pero que aun así le escribió desgarradoramente: «Quiero besar la tierra y llorar. Ya no te amo, pero sigo adorándote.
Ya no quiero estar contigo, pero no puedo prescindir de ti. Solo un rayo del
cielo que me aniquilase podría curarme»; nos
adentramos, por otra parte, en una historia de amor idílico, casi perfecto, entre
Elizabeth y Robert Barret; nos acongojamos con el intenso amor no correspondido
que sintió Charlotte Brontë por Constantine Héger, su profesor de francés, por
quien llega a sentirse «humillada» y «esclava»; participamos de ese triángulo amoroso insólito de la literatura
entre Boris Pásternak, Rainer María Rilke y Marina Tsvietáieva, tan solo unos
años antes de que el poeta checo muriera de leucemia; por último, el libro
cierra con la célebre relación entre Beauvoir y Sartre, una relación libre,
casi poliamorosa, tan sincera que llevaba a Simone a decirle a Sartre: «Ante todo, [sepa que] le amo profundamente», para inmediatamente decirle: «Me ha
pasado una cosa muy agradable y que al partir no podía ni imaginar: hace tres
días me acosté con el pequeño Bost».
Las
cartas vienen precedidas de apuntes biográficos escritos por Ángeles Caso —y cuyo
valor literario por sí mismo es indiscutible— que sitúa la vida de estas quince
mujeres en sus contextos históricos, sociales y artísticos. Funcionan, también,
para no perder de vista esa otra historia que corre en paralelo a la pasión:
las imposiciones, casi siempre crueles, del patriarcado imperante durante los
ocho siglos que cubren las cartas. El patriarcado que empujó a Ninon de Lenclos
a exclamar: «Los hombres gozan de mil libertades de las que las mujeres no
disfrutan. Así pues, me hago hombre» o a que, en lugar de sentarse a escribir
su obra, una escritora tan fascinante como Katherine Mansfield se tuviera que
dedicar a las tareas domésticas, escribiéndole así a su esposo en un momento de
frustración: «Sí, odio, odio, ODIO hacer esas cosas que tú recibes exactamente
igual que todos los hombres las reciben de sus esposas. Solo puedo interpretar
el papel de criada, y con poca gracia, la verdad (…) Detesto a esa mujer que se
ocupa de ti siempre con prisas, dando portazos y derramando agua, con la blusa
por fuera y las uñas sucias». Hay un
mensaje que termina haciéndose explícito: la vivencia del amor —para las
mujeres— se ha enriquecido con la conquista de sus libertades.
El crisol de cartas reunidas por Ángeles Caso nos habla de lo
ridículo, redentor y frustrante que puede llegar a ser el amor. En cierto modo,
también está compuesto como un inventario de las tribulaciones que supone una relación
amorosa: enfados, castigos, muertes prematuras, hijos abandonados, enfermedades
y atropellos. Es imposible no sucumbir ante las historias que van
entretejiéndose en las cartas, historias de amor y desamor, adulterios, amores
imposibles y otros profundamente desgarradores que solo pueden terminar de
forma trágica. No hay exaltaciones simplistas del amor romántico: se está, sencillamente,
frente a las contradicciones del sentir humano.
¿Quién escribe ahora cartas de amor? Para Carlos Monsiváis, según
escribió en El género epistolar, el
idioma amatorio se ha ido extinguiendo con la decadencia de las cartas
amorosas. Esto explicaría también la decadencia de la canción romántica por
excelencia: el bolero. ¿Adónde vamos a encontrar hoy ese lenguaje íntimo de los
amantes? Y si lo encontramos en algún lado, ¿adónde será? ¿Será por un email? ¿Será
por WhatsApp? ¿Será en los aforismos de Twitter?
sábado, 11 de abril de 2020
Cuentos anotados - 1
“Una historia”
es el tercer relato de Siete cuentos
morales de J.M Coetzee. Trata sobre un affaire. En el relato nunca
conocemos los pormenores o las circunstancias que han consumado ese affaire entre
una mujer felizmente casada y un hombre aparentemente solo. Casi no sabemos
nada de sus protagonistas, ni su pasado ni sus profesiones. Para efectos del
relato, es información prescindible. De lo que nos enteramos es que, mientras
las dos personas en cuestión tienen una aventura, ella, en algún momento, se
siente feliz siendo amada por dos hombres. En su matrimonio es feliz; en lo que
sea que es la otra relación que ha iniciado, también. Y empiezan las preguntas:
¿será esto la infidelidad? ¿Qué clase de mujer soy? ¿Será esto la perfección?
Coetzee no emite juicios de valor sobre esta conducta a menudo socialmente
inaceptable, ni siquiera los insinúa; por el contrario, va proponiendo tesis
sobre la bigamia y el matrimonio a base de pequeños gestos y pensamientos de
los protagonistas. La literatura de Coetzee —como en Disgrace, Slow Man o The Lives of Animals—
es políticamente incorrecta de una manera molesta, pero necesaria. En “Una
historia”, como en otros relatos del mismo libro, la grandeza radica en convertir el cuento en una
interrogante —si se quiere—sociológica.
martes, 7 de abril de 2020
Insomnio
Observo las casas de los
vecinos por la ventana. Me estremece que, cuando se supone que todos están ahí,
salvaguardados de este virus invisible, todas las luces estén apagadas. Como si
no hubiera nadie. Pero son casi las tres de la mañana y quizá soy yo el único
insomne que espía por una ventana. Antes de que la normalidad se rompiera, a
esta hora, todavía se escuchaba el ruido de los carros que pasaban a toda
velocidad por la calle que colinda a mi jardín. A veces, siempre a esta hora,
venía regresando a casa después de unas cervezas o de intentar vivir eso que, a
falta de palabras, llamamos pasión. Otras veces la madrugada me encontraba en
otros sitios innombrables, fatigado por la jornada y por las frágiles carnes de
mi cuerpo. Estaba despierto, pero aquello no se compara a esta vigilia que
transcurre entre un estado de alerta y de inmovilidad. Un insomnio
paralizante que imposibilita seguir una larga lectura o concentrarse en esas
minucias que forman parte de la «rutina de mañana». Este es un insomnio que no
permite fabricar calendarios. Salgo al patio a fumar un cigarrillo, a encontrarme
otra vez con las plantas que regué en la tarde, a repasar un apunte. El tiempo
está como suspendido, no es ni tan noche ni tan de mañana. Hoy hay luna llena y
no puedo dormir.
miércoles, 1 de abril de 2020
Covid-19 y el hambre
En veintiséis años, trato de recordar algún período en el que se haya
vivido tanta zozobra como hoy, pero no encuentro ninguno. No se trata solo del
confinamiento, sino del hambre. Sobre todo del hambre. Soy de los privilegiados
—en un país que siempre está al borde del desbarrancadero— de aislarme con la
refrigeradora llena, de poder leer una novela, garabatear un verso, ver una
película de David Lynch o salir al patio solo para ver si las plantas no están
muriéndose. A la vuelta, los vigilantes que custodian la residencial donde vivo
almuerzan una tortilla con una pierna de pollo y cuajada. En la noche solo será
una tortilla con frijoles. No lucen mascarillas ni guantes, ni mucho menos
están pensando en la cuarentena domiciliar. Su jornada se extiende por 24
horas, en uno de los trabajos menos regulados y de mayor explotación laboral.
Para ellos no existe el teleworking;
al contrario: trabajan para que las casas de las clases medias y altas sean
lugares seguros de aislamiento. Su presencia se ha vuelto casi un accesorio del
paisaje urbano: están ahí, parados, y se los ve como si no tuvieran vida, una
casa o sueños. Uno de ellos, a quien llamaremos H., me dice: «mi esposa trabaja
en una maquila, no quieren pagarle completo el mes. Sin eso no nos va a alcanzar
para comer». H., por suerte, recibirá el subsidio de 300 dólares que ha
prometido el gobierno. Un respiro, aunque sea solo momentáneo. Son 300 dólares
para alimentar a seis personas en su hogar. Como H., hay miles que están en la
misma situación, pero que no podrán recibir la ayuda gubernamental (por las
ineptitudes e improvisaciones del mismo gobierno). O no ahora, cuando el hambre
ya empieza a manifestarse. En el telediario, le preguntan a un hombre que había
salido a la calle: «¿Usted sabe que está prohibido salir?». «Sí —responde el
hombre— está prohibido, pero a mí ¿quién me va a dar de comer en la
casa?».
En un artículo reciente, el sociólogo portugués Boaventura de Sousa
Santos dijo que la peligrosidad específica de esta crisis es que profundizará
las múltiples crisis que ya eran parte de nuestra normalidad. Y nuestra
normalidad eran trabajos precarios que se precarizarán aún más y estómagos
vacíos que hambrearán más. Las largas colas de personas que se aglutinaron el
lunes afuera de las sedes del Cenade y de algunas instituciones bancarias
obedecen a esta peligrosidad específica. Una peligrosidad específica que se ha
desencadenado porque no se ha entendido que la dicotomía de elegir entre la
vida y la economía es falsa: forman parte de un todo indisoluble que es el
trabajo vivo, el fundamento de cualquier actividad económica, con sus músculos,
nervios e intelecto funcionando en condiciones sanas. Una peligrosidad
específica que fue descrita por John Steinbeck en Las uvas de la ira (¡y
cómo vale la pena recordarlo hoy!), esa genial novela sobre la crisis de 1929:
«Las compañías poderosas no sabían que la línea entre el hambre y la ira es muy
delgada. Y el dinero que podía haberse empleado en jornales se destinó a gases
venenosos, armas, agentes y espías, a listas negras e instrucción militar. En
las carreteras la gente se movía como hormigas en busca de trabajo, de comida.
Y la ira comenzó a fermentar». Sustitúyanse algunas palabras y se entenderá lo
que puede provocar el gobierno sino rectifica sus medidas. Las propuestas ya se
las han hecho llegar. Solo falta que escuche, haga autocrítica y corrija el
camino. Si no el hambre se volverá una amenaza mayor que el mismo virus.
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