martes, 7 de abril de 2020

Insomnio


Observo las casas de los vecinos por la ventana. Me estremece que, cuando se supone que todos están ahí, salvaguardados de este virus invisible, todas las luces estén apagadas. Como si no hubiera nadie. Pero son casi las tres de la mañana y quizá soy yo el único insomne que espía por una ventana. Antes de que la normalidad se rompiera, a esta hora, todavía se escuchaba el ruido de los carros que pasaban a toda velocidad por la calle que colinda a mi jardín. A veces, siempre a esta hora, venía regresando a casa después de unas cervezas o de intentar vivir eso que, a falta de palabras, llamamos pasión. Otras veces la madrugada me encontraba en otros sitios innombrables, fatigado por la jornada y por las frágiles carnes de mi cuerpo. Estaba despierto, pero aquello no se compara a esta vigilia que transcurre entre un estado de alerta y de inmovilidad.  Un insomnio paralizante que imposibilita seguir una larga lectura o concentrarse en esas minucias que forman parte de la «rutina de mañana». Este es un insomnio que no permite fabricar calendarios. Salgo al patio a fumar un cigarrillo, a encontrarme otra vez con las plantas que regué en la tarde, a repasar un apunte. El tiempo está como suspendido, no es ni tan noche ni tan de mañana. Hoy hay luna llena y no puedo dormir.



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