Observo las casas de los
vecinos por la ventana. Me estremece que, cuando se supone que todos están ahí,
salvaguardados de este virus invisible, todas las luces estén apagadas. Como si
no hubiera nadie. Pero son casi las tres de la mañana y quizá soy yo el único
insomne que espía por una ventana. Antes de que la normalidad se rompiera, a
esta hora, todavía se escuchaba el ruido de los carros que pasaban a toda
velocidad por la calle que colinda a mi jardín. A veces, siempre a esta hora,
venía regresando a casa después de unas cervezas o de intentar vivir eso que, a
falta de palabras, llamamos pasión. Otras veces la madrugada me encontraba en
otros sitios innombrables, fatigado por la jornada y por las frágiles carnes de
mi cuerpo. Estaba despierto, pero aquello no se compara a esta vigilia que
transcurre entre un estado de alerta y de inmovilidad. Un insomnio
paralizante que imposibilita seguir una larga lectura o concentrarse en esas
minucias que forman parte de la «rutina de mañana». Este es un insomnio que no
permite fabricar calendarios. Salgo al patio a fumar un cigarrillo, a encontrarme
otra vez con las plantas que regué en la tarde, a repasar un apunte. El tiempo
está como suspendido, no es ni tan noche ni tan de mañana. Hoy hay luna llena y
no puedo dormir.
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