Escribir cartas, pienso, así sean estas electrónicas o no, es ya una
práctica vetusta, anticuada. Nadie las escribe. Las viejas cartas se
coleccionan o se queman. ¿Quién escribe cartas en la era del meme y de los
emoticones? Peor: ¿quién escribe cartas de amor? Con la extinción de las cartas
manuscritas algo se ha perdido, quizá mucho: nos hemos vuelto más descuidados
con las palabras. Nos cuesta elegir las frases precisas, nos cuesta elaborar la
sintaxis que mejor transmite el mensaje. El pensamiento se ha vuelto efímero
como un texto de WhatsApp.

Por suerte, hay personas que se dedican a la noble tarea de
conservar las cartas que se han escrito durante siglos. Hoy parecen artefactos
de un museo de antigüedades. Pese a ser una práctica de otra época —que
hoy parece tan remota—, leer las correspondencias
ajenas, más si quienes las escribieron fueron personajes importantes en
sus respectivos oficios, es una experiencia enriquecedora y adictiva. Como ocurre con la lectura de diarios: es un voyeurismo desenfrenado. Un vicio que crece mientras se escarba en las intimidades de sus
protagonistas.
A veces estas cartas se reúnen en un solo sitio y brotan obras
perdurables. La escritora española Ángeles Caso ha publicado un hermoso libro epistolar,
se titula Quiero escribirte esta noche una
carta de amor, un libro que reúne la correspondencia pasional de quince
escritoras, todas ellas famosísimas por sus trayectorias literarias en el canon
europeo. Por este volumen desfilan las cartas amorosas de la abadesa Eloísa, la
abadesa y santa Hildegarda de Bingen, Ninon de Lenclos, Julie de Lespinasse,
Mary Wollstonecraft, George Sand, Charlotte Brontë, Elizabeth Barret, Gertrudis
Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo Bazán, Katherine Mansfield, María Zambrano,
Marina Tsvietáieva, Virginia Woolf y Simone de Beauvoir. Todas tan distintas,
todas con sentimientos tan disímiles.
En este viaje desbordante de emociones y relaciones —heterosexuales, bisexuales, lésbicas—, conocemos la tortuosa vida amorosa que suponía el monasterio
durante la Edad Media, pues tanto Eloísa como Hildegarda sufrieron, cada una a
su modo, las terribles cárceles del celibato; atestiguamos lo diferente que
fueron las relaciones de la epicúrea Ninon de Lenclos y Julie de Lespinasse,
dos formas distintas de amar, la primera en extremo racional (decía: «pretender destruir las pasiones es tanto como aniquilarse; lo que
hay que hacer es regularlas») y la segunda en extremo ardiente, capaz de
morir de amor por dos hombres al mismo tiempo (le escribe a un amante: «Estoy segura
de que me habría costado menos morirme que separarme de vos»); también nos sumergimos en la tumultuosa relación de George Sand
con Alfred de Musset, ella trece años
mayor que él, pero que aun así le escribió desgarradoramente: «Quiero besar la tierra y llorar. Ya no te amo, pero sigo adorándote.
Ya no quiero estar contigo, pero no puedo prescindir de ti. Solo un rayo del
cielo que me aniquilase podría curarme»; nos
adentramos, por otra parte, en una historia de amor idílico, casi perfecto, entre
Elizabeth y Robert Barret; nos acongojamos con el intenso amor no correspondido
que sintió Charlotte Brontë por Constantine Héger, su profesor de francés, por
quien llega a sentirse «humillada» y «esclava»; participamos de ese triángulo amoroso insólito de la literatura
entre Boris Pásternak, Rainer María Rilke y Marina Tsvietáieva, tan solo unos
años antes de que el poeta checo muriera de leucemia; por último, el libro
cierra con la célebre relación entre Beauvoir y Sartre, una relación libre,
casi poliamorosa, tan sincera que llevaba a Simone a decirle a Sartre: «Ante todo, [sepa que] le amo profundamente», para inmediatamente decirle: «Me ha
pasado una cosa muy agradable y que al partir no podía ni imaginar: hace tres
días me acosté con el pequeño Bost».
Las
cartas vienen precedidas de apuntes biográficos escritos por Ángeles Caso —y cuyo
valor literario por sí mismo es indiscutible— que sitúa la vida de estas quince
mujeres en sus contextos históricos, sociales y artísticos. Funcionan, también,
para no perder de vista esa otra historia que corre en paralelo a la pasión:
las imposiciones, casi siempre crueles, del patriarcado imperante durante los
ocho siglos que cubren las cartas. El patriarcado que empujó a Ninon de Lenclos
a exclamar: «Los hombres gozan de mil libertades de las que las mujeres no
disfrutan. Así pues, me hago hombre» o a que, en lugar de sentarse a escribir
su obra, una escritora tan fascinante como Katherine Mansfield se tuviera que
dedicar a las tareas domésticas, escribiéndole así a su esposo en un momento de
frustración: «Sí, odio, odio, ODIO hacer esas cosas que tú recibes exactamente
igual que todos los hombres las reciben de sus esposas. Solo puedo interpretar
el papel de criada, y con poca gracia, la verdad (…) Detesto a esa mujer que se
ocupa de ti siempre con prisas, dando portazos y derramando agua, con la blusa
por fuera y las uñas sucias». Hay un
mensaje que termina haciéndose explícito: la vivencia del amor —para las
mujeres— se ha enriquecido con la conquista de sus libertades.
El crisol de cartas reunidas por Ángeles Caso nos habla de lo
ridículo, redentor y frustrante que puede llegar a ser el amor. En cierto modo,
también está compuesto como un inventario de las tribulaciones que supone una relación
amorosa: enfados, castigos, muertes prematuras, hijos abandonados, enfermedades
y atropellos. Es imposible no sucumbir ante las historias que van
entretejiéndose en las cartas, historias de amor y desamor, adulterios, amores
imposibles y otros profundamente desgarradores que solo pueden terminar de
forma trágica. No hay exaltaciones simplistas del amor romántico: se está, sencillamente,
frente a las contradicciones del sentir humano.
¿Quién escribe ahora cartas de amor? Para Carlos Monsiváis, según
escribió en El género epistolar, el
idioma amatorio se ha ido extinguiendo con la decadencia de las cartas
amorosas. Esto explicaría también la decadencia de la canción romántica por
excelencia: el bolero. ¿Adónde vamos a encontrar hoy ese lenguaje íntimo de los
amantes? Y si lo encontramos en algún lado, ¿adónde será? ¿Será por un email? ¿Será
por WhatsApp? ¿Será en los aforismos de Twitter?
La vida acelerada y digital que tenemos como sociedad, no ha llevado a mantener una conversación eterna con la pareja, neutralizando así uno de los motores de la escritura de las cartas: la incertidumbre del estado del destinatario, además de acumular sensaciones y experiencias entre carta y carta.
ResponderEliminarLas cartas todavía siguen entregando una carga sentimental fuerte, pero ahora son más sorpresivas e inesperadas.