viernes, 15 de octubre de 2021

Personas / 2

 

Fue imposible pasar por alto a ese cajero que, en sus cortísimos ratos libres, tomaba un libro y empezaba a leer. Decir ratos libres es una exageración: debían ser segundos o, a lo mucho, un minuto o dos. Pero lo cierto es que se distraía leyendo, en una ciudad donde ver a alguien con un libro es exótico. Los encargados de las cajas de los supermercados realizan una labor maquilera. Que utilicen su tiempo para distraerse es un logro; que lo utilicen para leer, es una puta hazaña. Y aquel tipo me intrigaba porque conseguía lo segundo. En futuras ocasiones que lo vi no estaba leyendo, pero tenía un libro guardado en su pequeño compartimento. Los dos primeros libros que le vi eran dos celebrados libros de periodismo. Uno intuye, uno deduce, uno intenta adivinar las razones por las cuales un cajero de un supermercado ―en su acelerado trajín diario― lee, cuando ni tus amigos lo hacen. A eso hemos llegado: a que leer sea visto como un acto estrafalario. Como yo conocía los libros y a los autores, me atreví a preguntarle su opinión. Fue al grano, conciso: que A aborda el tema desde lo histórico y lo global, que B desde una historia particular y acotada. «Me gustó más A», dijo. Ojalá hubiéramos estado en un bar para seguir la plática. Atrás de mí, en la fila había seis personas más esperando pagar sus compras. Me fui sin preguntarle su nombre. El trabajo maquilero debía continuar. La última sorpresa con este personaje sacado de algún relato de Raymond Carver fue el pasado 15 de septiembre. Ahí andaba, marchando, entre consignas repudiando a Nayib Bukele. Horas después de la marcha, uno de los periodistas que había escrito uno de los libros subió una foto con él en sus redes sociales. Este le agradecía, este le dijo que admiraba su trabajo. Entonces, por su perfil, supe cosas. Así supe su nombre. Así supe que está partiéndose la espalda para pagar sus estudios de medicina. Así supe que se define a sí mismo como «autodidacta». Lo veo seguido, lo veré, quizá leyendo o no, la próxima semana.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Personas / 1

J. fue amigo de infancia de mi mamá y sus hermanas. B., la tercera en edad, fue su novia. B., que vive en Canadá, cuando regresa a El Salvador le gusta visitar a J. para platicar y recordar aquellos años de juventud en el cantón Plan del Pito. Cuando se encuentran ríen a rienda suelta recordando, como suele ocurrir cuando los recuerdos son felices. J. es un ingeniero civil con una familia unida. Padre de dos hijos que fueron nadadores profesionales, su casa estaba atiborrada de medallas y trofeos. Su esposa, G., es una mujer valerosa a quien le debe ―literalmente― la vida. Un día los riñones de J. se atrofiaron. Pasó, durante varios meses, al borde de la muerte. La casa ―con dos adolescentes atletas, alumnos en el colegio Champagnat en Santa Tecla― dependía en mayor medida de su salario. Al faltar este, G. hizo cuanto pudo para sobrellevar el hogar. Desde aquellos días G. ha mantenido un comedor en las inmediaciones de la Torre Telefónica, que, día tras día, alimenta a los oficinistas de la zona. Pero a pesar de los esfuerzos, estos no iban a salvar a J. Este moriría si no recibía un trasplante de riñón. El acuerdo fue inmediato, uno de esos gestos que ejemplifican esa cosa rara que solemos llamar amor: G. le dio su riñón. Esas dos vísceras los han mantenido con vida. Después de superar su enfermedad, la vida de J. transcurrió igual, o mejor, que antes. Volvió al trabajo, adquirió una casa en una zona pudiente, vio a sus hijos casarse. Vivió, pues, como deberían vivirse las segundas oportunidades: con placidez. La última vez que vi a J. fue en el ministerio de Hacienda. Él estaba a cargo de remodelar una sección del edificio Los Cerezos; yo, tratando de ganarme la vida como economista. Nos reconocimos al instante. Me dio un fuerte apretón de manos como solía darlos y me dijo: «Ajá, don Mirondo». Así me decía desde que era niño: «don Mirondo». Nunca supe por qué. Quizá nunca volveré a platicar con J. No, para qué engañarse: nunca volveré a platicar con J. Desde hace dos semanas está en cuidados intensivos en el Hospital Nacional El Salvador. Lo que G. nos ha comunicado es inequívoco. Dijo «lo entubaron». Dijo «el riñón no le funciona». Dijo «le han suspendido la hemodiálisis, le afecta el flujo sanguíneo». Dijo «anteayer le dio un paro cardíaco y le duró 3 minutos. Gracias a dios lograron superarlo». Dijo «J. sigue en la lucha». No creo en las supercherías del divino. Cualquier otra persona hubiera claudicado. Leo constantemente esas cinco palabras: «J. sigue en la lucha». Una más, la última.


lunes, 4 de octubre de 2021

Sala de espera



Hoy estoy de vuelta en un hospital. En plenos años pandémicos, tuve la suerte de no frecuentarlos. Tuve la suerte ―todavía― de que no me tocara visitar a un ser querido maltrecho. No los he frecuentado, pero fui: acompañé a la mamá de C. a una radiografía; visité a un amigo que pescó salmonela; doné sangre.

Afuera del Hospital Nacional de la Mujer apenas hay ruidos. Por eso el menor chasquido inquieta. Vine al hospital porque a una tía se le infectó una herida. Hace tres días le hicieron una histerectomía. Algo no salió bien: apareció la fiebre, sangra, le duele, huele mal. Llegamos de emergencia. En la entrada nos dijeron: «solo puede ingresar la paciente». Y solo ella ingresó. Yo estoy afuera, en el carro, garabateando estos párrafos. Mamá también está afuera, más cerca, esperando noticias.

La calle está sola. Al igual que yo, hay solo tres personas más que esperan. Ellas están más inquietas: se sientan, se levantan, llaman por teléfono. No me atrevo a preguntar, solo veo.

Aparecen dos perros a mitad de la calle. Uno es macizo y amarillo; el otro, más pequeño, blanco y peludo. Parecen callejeros, pero no son callejeros. Sus cuerpos no tienen la forma escuálida del abandono y el hambre. No husmean en la basura que se acumula en las aceras, sino que juegan. Juegan a plena mitad de la calle: se echan, se lengüetean, se muerden, se acuestan panza arriba.

Mientras espero las noticias, la calle se ha convertido en la excusa perfecta para esquivar el abatimiento. O al menos la excusa perfecta para fingir que no pasa nada. Esta noche, la calle es mi sala de espera.

Los perros no se mueven: los carros que transitan por la calle deben bordearlos, irse por otro carril. No faltan esos miserables que no eluden a los animales. Carro o moto. Pitan, amagan con pasarles encima, amenazan. Son eso: unos miserables. Los perros se mueven y los pierdo de vista. Aparece, por fin, quien supongo es su ama. Persiguen la comida que ella les muestra ―parecen restos de tortilla―, y finalmente se van a casa. La calle queda inhóspita por unos segundos.

En las casas que están en la acera opuesta, alguien mira televisión. No es difícil adivinar lo que esa persona o esas personas están viendo: se escuchan gemidos, golpeteos, gritos. Los gemidos acompasados duran unos segundos y después se escuchan disparos. Uno piensa que es una de esas, pero con trama. O que es solo una película insignificante más, de las que pasan los domingos por la tele.

Pasan dos horas, casi tres. Cuando mamá llegó con las noticias, las distracciones de la calle me habían hecho olvidar que estaba afuera de un hospital. Sus palabras fueron las siguientes: «se queda ingresada», «no saben qué tiene», «puede ser una bacteria», «la volvieron a abrir», «le quitaron los puntos», «le darán antibióticos», «olvidé su DUI», «ay, mi hermanita».

Y nos fuimos por la calle desierta, de vuelta a casa, con la sensación de que algo se había roto. Los hospitales me descomponen. 


viernes, 1 de octubre de 2021

Arañas

 

Dicen los expertos que las arañas rara vez estarán indispuestas para tejer.  No importa si están bajo los efectos de un narcótico u orbitando en un satélite espacial, las arañas, simplemente, tejen. El asunto no es más que pura supervivencia: con sus telarañas, las arañas cazan, las arañas comen. Esta práctica arácnida tiene por lo menos trecientos millones de años, lo que la hace más vieja que las flores, las aves y, por supuesto, los humanos. La seda, la fibra que sale de sus glándulas, lo es todavía más. Material pegajoso y proteínico, ha servido para cubrir a innumerables reyes y a innumerables cuerpos con los chalecos antibalas. Tubulares y espirales, las telarañas forman tan diversas figuras que todavía son un misterio. Las hay de diversos tamaños para capturar a distintas presas, ya sea un murciélago o un moscardón. Se calcula que, en promedio, las telarañas matan entre cuatrocientos y ochocientos millones de toneladas de insectos cada año, contribuyendo al equilibrio ecológico de casi todos los ecosistemas. Que no es decir poco: que es decir que les debemos la vida. Yo estoy en la sala de mi casa con ganas de aniquilar a una araña que ha hecho su obra maestra en una lámpara. Aguarda, silente, que caiga una presa. Refulge, aquí, una antigua aracnofobia. Es absurdo: un animal tan prodigioso que está a un golpe de morir por culpa de otro ser minúsculo y miserable.