Fue imposible pasar por alto a ese cajero que, en sus
cortísimos ratos libres, tomaba un libro y empezaba a leer. Decir ratos libres
es una exageración: debían ser segundos o, a lo mucho, un minuto o dos. Pero lo
cierto es que se distraía leyendo, en una ciudad donde ver a alguien con un
libro es exótico. Los encargados de las cajas de los supermercados realizan una
labor maquilera. Que utilicen su tiempo para distraerse es un logro; que lo utilicen
para leer, es una puta hazaña. Y aquel tipo me intrigaba porque conseguía lo
segundo. En futuras ocasiones que lo vi no estaba leyendo, pero tenía un libro
guardado en su pequeño compartimento. Los dos primeros libros que le vi eran
dos celebrados libros de periodismo. Uno intuye, uno deduce, uno intenta
adivinar las razones por las cuales un cajero de un supermercado ―en su
acelerado trajín diario― lee, cuando ni tus amigos lo hacen. A eso hemos
llegado: a que leer sea visto como un acto estrafalario. Como yo conocía los
libros y a los autores, me atreví a preguntarle su opinión. Fue al grano,
conciso: que A aborda el tema desde lo histórico y lo global, que B desde una
historia particular y acotada. «Me gustó más A», dijo. Ojalá hubiéramos estado
en un bar para seguir la plática. Atrás de mí, en la fila había seis personas
más esperando pagar sus compras. Me fui sin preguntarle su nombre. El trabajo
maquilero debía continuar. La última sorpresa con este personaje sacado de
algún relato de Raymond Carver fue el pasado 15 de septiembre. Ahí andaba,
marchando, entre consignas repudiando a Nayib Bukele. Horas después de la
marcha, uno de los periodistas que había escrito uno de los libros subió una
foto con él en sus redes sociales. Este le agradecía, este le dijo que admiraba
su trabajo. Entonces, por su perfil, supe cosas. Así supe su nombre. Así supe
que está partiéndose la espalda para pagar sus estudios de medicina. Así supe
que se define a sí mismo como «autodidacta». Lo veo seguido, lo veré, quizá
leyendo o no, la próxima semana.
