Hoy estoy de vuelta en un hospital. En plenos años pandémicos,
tuve la suerte de no frecuentarlos. Tuve la suerte ―todavía― de que no me
tocara visitar a un ser querido maltrecho. No los he frecuentado, pero fui: acompañé
a la mamá de C. a una radiografía; visité a un amigo que pescó salmonela; doné
sangre.
Afuera del Hospital Nacional de la Mujer apenas hay
ruidos. Por eso el menor chasquido inquieta. Vine al hospital porque a una tía
se le infectó una herida. Hace tres días le hicieron una histerectomía.
Algo no salió bien: apareció la fiebre, sangra, le duele, huele mal. Llegamos
de emergencia. En la entrada nos dijeron: «solo puede ingresar la paciente». Y
solo ella ingresó. Yo estoy afuera, en el carro, garabateando estos párrafos.
Mamá también está afuera, más cerca, esperando noticias.
La calle está sola. Al igual que yo, hay solo tres
personas más que esperan. Ellas están más inquietas: se sientan, se levantan,
llaman por teléfono. No me atrevo a preguntar, solo veo.
Aparecen dos perros a mitad de la calle. Uno es macizo
y amarillo; el otro, más pequeño, blanco y peludo. Parecen callejeros, pero no
son callejeros. Sus cuerpos no tienen la forma escuálida del abandono y el
hambre. No husmean en la basura que se acumula en las aceras, sino que juegan.
Juegan a plena mitad de la calle: se echan, se lengüetean, se muerden, se
acuestan panza arriba.
Mientras espero las noticias, la calle se ha
convertido en la excusa perfecta para esquivar el abatimiento. O al menos la
excusa perfecta para fingir que no pasa nada. Esta noche, la calle es mi sala
de espera.
Los perros no se mueven: los carros que transitan por
la calle deben bordearlos, irse por otro carril. No faltan esos miserables que
no eluden a los animales. Carro o moto. Pitan, amagan con pasarles encima,
amenazan. Son eso: unos miserables. Los perros se mueven y los pierdo de vista.
Aparece, por fin, quien supongo es su ama. Persiguen la comida que ella les
muestra ―parecen restos de tortilla―, y finalmente se van a casa. La calle
queda inhóspita por unos segundos.
En las casas que están en la acera opuesta, alguien
mira televisión. No es difícil adivinar lo que esa persona o esas personas están
viendo: se escuchan gemidos, golpeteos, gritos. Los gemidos acompasados duran
unos segundos y después se escuchan disparos. Uno piensa que es una de esas,
pero con trama. O que es solo una película insignificante más, de las que pasan
los domingos por la tele.
Pasan dos horas, casi tres. Cuando mamá llegó con las
noticias, las distracciones de la calle me habían hecho olvidar que estaba
afuera de un hospital. Sus palabras fueron las siguientes: «se queda ingresada»,
«no saben qué tiene», «puede ser una bacteria», «la volvieron a abrir», «le
quitaron los puntos», «le darán antibióticos», «olvidé su DUI», «ay, mi
hermanita».
Y nos fuimos por la calle desierta, de vuelta a casa,
con la sensación de que algo se había roto. Los hospitales me descomponen.

No hay comentarios:
Publicar un comentario