J. fue amigo de infancia de mi mamá y sus hermanas. B.,
la tercera en edad, fue su novia. B., que vive en Canadá, cuando regresa a El
Salvador le gusta visitar a J. para platicar y recordar aquellos años de
juventud en el cantón Plan del Pito. Cuando se encuentran ríen a rienda suelta
recordando, como suele ocurrir cuando los recuerdos son felices. J. es un
ingeniero civil con una familia unida. Padre de dos hijos que fueron nadadores
profesionales, su casa estaba atiborrada de medallas y trofeos. Su esposa, G.,
es una mujer valerosa a quien le debe ―literalmente― la vida. Un día los
riñones de J. se atrofiaron. Pasó, durante varios meses, al borde de la muerte.
La casa ―con dos adolescentes atletas, alumnos en el colegio Champagnat en
Santa Tecla― dependía en mayor medida de su salario. Al faltar este, G. hizo
cuanto pudo para sobrellevar el hogar. Desde aquellos días G. ha mantenido un
comedor en las inmediaciones de la Torre Telefónica, que, día tras día,
alimenta a los oficinistas de la zona. Pero a pesar de los esfuerzos, estos no
iban a salvar a J. Este moriría si no recibía un trasplante de riñón. El acuerdo
fue inmediato, uno de esos gestos que ejemplifican esa cosa rara que solemos
llamar amor: G. le dio su riñón. Esas dos vísceras los han mantenido con vida.
Después de superar su enfermedad, la vida de J. transcurrió igual, o mejor, que
antes. Volvió al trabajo, adquirió una casa en una zona pudiente, vio a sus hijos
casarse. Vivió, pues, como deberían vivirse las segundas oportunidades:
con placidez. La última vez que vi a J. fue en el ministerio de Hacienda. Él
estaba a cargo de remodelar una sección del edificio Los Cerezos; yo, tratando
de ganarme la vida como economista. Nos reconocimos al instante. Me dio un
fuerte apretón de manos como solía darlos y me dijo: «Ajá, don Mirondo». Así me
decía desde que era niño: «don Mirondo». Nunca supe por qué. Quizá nunca
volveré a platicar con J. No, para qué engañarse: nunca volveré a platicar con
J. Desde hace dos semanas está en cuidados intensivos en el Hospital Nacional
El Salvador. Lo que G. nos ha comunicado es inequívoco. Dijo «lo entubaron».
Dijo «el riñón no le funciona». Dijo «le han suspendido la hemodiálisis, le afecta
el flujo sanguíneo». Dijo «anteayer le dio un paro cardíaco y le duró 3 minutos.
Gracias a dios lograron superarlo». Dijo «J. sigue en la lucha». No creo en las
supercherías del divino. Cualquier otra persona hubiera claudicado. Leo
constantemente esas cinco palabras: «J. sigue en la lucha». Una más, la última.
miércoles, 13 de octubre de 2021
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