lunes, 28 de febrero de 2022

Aviones sobrevolando un monstruo

 


El recuerdo de una tarde con LSD en una azotea le sirve para declararle amor y proferirle odio a la Ciudad de México. La búsqueda de los lugares donde estuvo Malcolm Lowry en Cuernavaca se entreteje con los recuerdos de su infancia en la antigua casa de una modelo comunista de nombre María Asúnsolo. Un reumatismo crónico lo hermanó con drogadictos y roba bancos en las lindes de las bibliotecas públicas quebequenses. Una noche en Madrid llevó a la práctica las ideas paganas de George Bataille tras reventar una piñata llena de vísceras.

Escribir sobre esta multiplicidad de temas requiere ingenio, pero también surge de la necesidad de pagar facturas. «La aleatoriedad del freelanceo moderno impone a veces temas medio absurdos», escribe.

Libros así, como el que ha escrito ―el novelista, poeta, ensayista, traductor― Daniel Saldaña Paris, son un amasijo de situaciones que cumplen acaso el papel más noble de la literatura: empaparnos de mundo.

Su título, Aviones sobrevolando un monstruo, alude a esa doble intención que atraviesa el libro: contar ciudades para contarse a uno mismo. Los aviones como símbolos de los viajes; los monstruos, como representación de los miedos, las adicciones, los amores, los recuerdos que se habitan en una ciudad.

Pero es algo más. Libros así son extraños, pero pueden definirse.

La escritora mexicana Jazmina Barrera inventó el término ensayo microquimérico. Con este término, quiso demarcar aquellos libros que difuminan las fronteras de los géneros literarios. Ensayo, sí, pero también novela, crónica, cuento, aforismo. Si el microquimerismo es, para los biólogos, el proceso mediante el cual las células de un individuo se alojan en el organismo de otro, para la escritura el proceso ocurre cuando un texto sirve como huésped de múltiples «células» que no son otra cosa sino «géneros» diversos.

No se me ocurrió mejor definición que esta para clasificar Aviones sobrevolando un monstruo. El libro tiene una virtud propia del ensayo microquimérico: invita a ser leído de varias formas. Funciona, si se quiere, como crónica de viaje, esbozo autobiográfico, reflexión sobre temas de distinta índole (la escritura, el peregrinaje, la farmacodependencia, las relaciones amorosas, las bibliotecas).

En el prólogo, Saldaña París nos advierte que su libro es una especie de «derretimiento autobiográfico». Lo mejor que nosotros extraemos de él: fundirlo con nuestra propia materia.


jueves, 17 de febrero de 2022

Bogotá - El Centro

 

De camino al Centro Histórico, mejor conocido como La Candelaria, uno puede detenerse a comer en la plaza de La Perseverancia. «Antes ―me dice Elver― esta plaza estaba descuidada, sucia, ahora la han remodelado». Ese antes es concreto: en 2016 la alcaldía de Bogotá invirtió millones de pesos para la remodelación de sus plazas. Pero su auge, La Perseverancia se lo debe a Netflix. En el año 2020, la plataforma digital estrenó la serie documental Street Food Latinoamérica, donde el mercado de La Perseverancia es el protagonista del capítulo dedicado a Bogotá. Ahora, La Perseverancia se llena de turistas que se pelean por una mesa para comer en Tolú y en La esquina de Mary, los puestecitos estrellas de la serie.

Platos escogidos: el famoso Rompe Colchón de La esquina de Mary (un caldo de pescado con leche de coco y hierbas aromáticas) y un hueso de marrano (un atentado para los estómagos frágiles). En Bogotá, las entraditas son un plato fuerte en San Salvador; los platos fuertes, un plato para compartir. Lo que en San Salvador es glotonería, en Bogotá un almuercico criollo.

 

***

 

Si uno viene del «Norte» y llega a La Candelaria siente esa disrupción propia de las ciudades latinoamericanas. El paisaje, de pronto, cambia. Del orden se pasa al caos. Aparecen casas viejas, puertas coloridas, iglesias, palacios, museos, universidades, burócratas, estudiantes, restaurantes, bares, parques, bustos, bancas, vendedores andrajosos y otros menos, niños con harapos, olores. Incluso, si uno afina el oído, las palabras cambian: los zapatos son chagualos y los sombreros son chambergos. Como en otros sitios, el Centro es el corazón. La Candelaria es la médula de Bogotá. Aquí se definió el destino de esta ciudad.

«Las ciudades terminan de armarse cuando encuentran su símbolo ―escribe Martín Caparrós en su crónica Bogotá, la ciudad rescatada. Es difícil imaginar a París antes de 1889 y su torre de hierro, a Río sin su cristo, a Nueva York sin su antorcha entorchada, a Madrid sin su Puerta que no cierra ni abre. Bogotá no tiene imagen: no hay ninguna que se le reconozca. No es fácil ser una ciudad que no se sintetiza. Hay que esforzarse. Bogotá se esfuerza. Y La Candelaria es lo más parecido a una identidad para mostrar, aunque no sea un ícono concreto sino un barrio, un espacio, un estado de ánimo».

Una pinta en una pared de La Candelaria anuncia lo que este barrio significa para Colombia: «Asesino es el Estado. Tortura, viola y desaparece». La historia está en los libros y en boca de los bogotanos. Inicia, faltaba menos, con un asesinato. La muerte de Jorge Eliécer Gaitán (quien solía decir «Yo no soy un hombre, soy un pueblo») en 1948 provoca el Bogotazo, una inmensa reacción popular que es brutalmente reprimida por el Ejército y que destruye el Centro Histórico. Los años que siguen a su muerte se conocen con el nombre de «La Violencia», años en los que liberales y conservadores se declararon en guerra civil, años de persecuciones, masacres y terrorismo. El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo resumió así: «La ciudad humea. Se camina con cuidado, por no pisar cadáveres».

Tras «La Violencia», La Candelaria se modificó. Nadie sabe exactamente cuánto tiempo transcurrió: los historiadores sostienen que duró de 1948 a 1957; otros que se extendió ―con ayuda de los narcos, los cochebombas, los paramilitares y las células guerrilleras― hasta finales de los ochenta; los menos optimistas, que la violencia continúa hasta hoy. En este ínterin, los que pudieron huir ―los ricos, señores de boutiques y casas club― salieron del Centro y se fueron al Norte, la ciudad se partió en dos ―como partidas en dos están nuestras ciudades, casi siempre una mitad de un Centro hacia el sur, la otra del Centro hacia el norte―, se protegieron, levantaron edificios, hicieron carreteras y hoy Bogotá es, sobre todo, una ciudad de medios, de clase media, con sus polos cabalmente diferenciados.

Camino por la carrera conocida como El Septimazo y un señor con aires de jurista esquiva a un bailarín que imita a Michael Jakcson para ganarse unos pesos. Contiguo al bailarín, un hombre simula ser una estatua; solo un parpadeo irremediable delata su constitución de carne y hueso. El Septimazo es una larga carrera que le hace honor al principal rubro de trabajo de nuestros países: la informalidad. Se vende de todo, se compra un poco menos. Por ratos La Candelaria se asemeja a un mercado enorme de baratijas. El rostro de Pablo Escobar ―en camisetas, en cuadros, en carcasas para el celular, en billetes falsos― es omnipresente. Un venezolano ―uno de cientos, de miles de venezolanos que arriban a Bogotá― crea figuras de todo tipo con los bolívares que no valen nada. Los bogotanos le advierten siempre al viajero que en el Centro esté despierto, que al menor descuido tendrá a un vendedor pegado al brazo. Al sentarme frente a la plaza Bolívar para fumar un cigarro, un señor me unta el zapato de una sustancia viscosa, me dice que es para que mis zapatos luzcan como nuevos (mi zapato derecho brilló impecable), que él no muerde, que me lleve el botecito con la sustancia a doce mil pesos.

En La Candelaria, si algo está presente es el rumor políglota de los turistas. Hace décadas, Bogotá no recibía turistas. Hoy es una ciudad turistísima.  

Entro al Museo Botero ―visitar Colombia es la excusa para ver la obra de Botero. La entrada es gratuita. Las salas están diseñadas para admirar las obras a la distancia: si te acercás, un censor te alerta de la proximidad. Un grupo de jóvenes admiran una de las obras más conocidas del pintor, la de una familia perfecta: él, ella, sus tres niños y el cachorro. «Pero no todo es lo que parece ―empieza a explicar una chica―, ven que en el cuadro hay una serpiente y una manzana, eso ilustra al pecado, lo que quiere decir que esa familia es producto de un adulterio. ¿Ven las uñas de la mujer? Están pintadas de rojo, lo que en Botero significa que se trata, posiblemente, de una mujer de la vida alegre. Hay otro detalle: los ojos. El perro es quien tiene los ojos más humanos, símbolo de que la naturaleza no sucumbe al pecado».

Conocida como la ciudad donde se habla el mejor castellano o como la Atenas de Suramérica o como la cuna de José Rufino Cuervo (el mayor filólogo de la lengua), en Bogotá y en La Candelaria hay ―por supuesto―libros. En cada cuadra se encuentran las ventas de segunda, ofreciendo títulos, descuentos, cachadas. Entramos con C. a Merlín, una librería fundada en 2001 por don Célico Gómez. Merlín, elogiando a su nombre, simula un truco de magia: cuando se entra, pareciera ser un cuarto pequeño atiborrado de libros, pero la fachada esconde los tres pisos adicionales con los que cuenta. En el primero, literatura universal; en el segundo, literatura colombiana; en el tercero, humanidades. Merlín es una fiesta para quien visita la librería proveniente de un país sin librerías. Merlín, además, puede ser una competencia: una lectora española se anticipa y me arrebata La vida breve, el inicio de la trilogía de Onetti que buscaba. Nos llevamos algunos libros, un calendario y la sensación de haber asistido a un espectáculo que no encontraremos en San Salvador.

El recorrido a La Candelaria ―advierten los bogotanos― debe terminar antes de que anochezca. Después, el barrio colorido puede tornarse un concierto de hurtos, un toque de queda natural al que nos acostumbramos algunos latinoamericanos. Mientras pedimos un Uber, nos guarecemos de una llovizna que inició sin aviso. Atrás dejaremos ese estado de ánimo, con su llovizna, sus ventas y su constante ruido.

lunes, 14 de febrero de 2022

Bogotá - El fútbol

En la exclusiva y concurrida Zona T, los bares se llenan una hora antes de que empiece el partido Colombia contra Perú. Para ambos el partido es decisivo: el que pierda está casi fuera del Mundial Qatar 2022. Los relatores de la radio avisan que será un partido difícil. También Joaquín ―otro conductor de Uber, barranquillero― me dice que Colombia ya no es la que era antes. «Cuadrado no está en su mejor momento, James nunca se disciplinó y El Tigre ya está viejo», resume taxativamente. Las esperanzas están en otro nombre: el guajiro Luis Díaz.

Horas antes de que empezara el partido, se anunció que Luis Díaz fichó por el Liverpool FC de Jürgen Klopp. Su historia enaltece a los colombianos; su historia, en realidad, enaltecería a cualquier latinoamericano. Su historia es de quien creció en la pobreza y logró salir: de jugar malnutrido en los potreros de su natal Barracas, en la Guajira, brilló siendo parte de la selección colombiana de los pueblos indígenas y luego saltó al FC Porto y ahora luce la camisa de los reds. «A este lo descubrió “El Pibe”», me dice don Joaquín. La observación es común entre los colombianos, pero inexacta. Lo entendemos: nos gusta creer que los ídolos forman a sus continuadores. Pero a Luis Díaz lo descubrió y entrenó su padre y ya era una estrella cuando lo vio jugar “El Pibe” Valderrama. Esta tarde, Luis Díaz canta el himno colombiano con el dorsal “14”.

Durante los noventa minutos, la selección colombiana propuso más, dominó, desbordó, centró, falló oportunidades inverosímiles y perdió. Según las estadísticas del partido, Colombia tuvo la pelota siete de cada diez minutos. Hizo treinta tiros, pero solo dos dentro de la portería. Perú, en cambio, tiró cuatro veces y una fue gol. «No es nuestro día», me dice un aficionado desde la barra de la Bogotá Beer Company. Cuando el árbitro pitó el final del partido, el bar enmudeció y se fue quedando vacío. Los únicos que aplaudieron fueron cuatro peruanos que disfrutaron del triunfo visitante.

Colombia perdió y no pasó nada. Antes ―como dice el escritor mexicano Juan Villoro―, Colombia perdía e iba a juicio. Ningún otro momento ilustró esta suerte trágica como el Mundial del 94. En un partido que fue blanco de las apuestas del narco, el zaguero Andrés Escobar intentó despejar un centro y metió un autogol. Colombia quedaría eliminada del mundial y unas semanas después Escobar sería ejecutado en Medellín al salir de una discoteca. Los colombianos regresarían al mundial en Francia 98. En Alemania 2006, la barranquillera Shakira le demostraría al mundo que en la final de la Copa del Mundo se puede bailar champeta e inmortalizaría a Sudáfrica 2010 con el Waka Waka.

«¿Usted de dónde viene?», me pregunta don Joaquín. «De El Salvador», le digo. «De allá es el Mago», me responde. Joaquín me recuerda que Diego Armando Maradona admiraba al Mágico González.

Cae la tarde. Ni Colombia ni El Salvador estarán en la cita mundialista de este año.

jueves, 10 de febrero de 2022

Bogotá - El clima

 

Al llegar a Bogotá, la primera advertencia fue el primer desacato: olvidé el paraguas. Las guías turísticas señalan unánimemente que quien viaja a Bogotá debe llevar siempre ese artefacto. El percance es normal para un salvadoreño: en San Salvador, ciudad de inviernos acotados, quien saca un paraguas lo olvida. Pero en Bogotá el paraguas es parte obligatoria de la indumentaria. La lluvia es una amenaza omnipresente, no importa si el sol brilla intenso en la ciudad.

«En el cielo de Bogotá siempre hay alguna nube: sol y unas nubes, lluvia y todo nubes, tormenta y nubarrones, una luna y sus nubes, plateadas, grises, blancas, siempre alguna, nunca un cielo completamente despejado», escribe Martín Caparrós en su crónica Bogotá, la ciudad rescatada. Entonces salí y llovía, mientras buscaba un lugar para almorzar en la localidad de Chapinero. Almorcé, caminé, escampó, volvió la lluvia. Aparte de las guías turísticas, la sabiduría de los conductores de Uber es infalible: «así como hay sol, al ratico llueve».

Los vendedores ambulantes rescatan a los viajeros incautos o a los bogotanos olvidadizos. En las inmediaciones de las plazas, de los parques, de las iglesias, entre ventas de empanadas típicas y libros usados, varios comercios ofrecen paraguas y bufandas a ocho mil pesos.

 Si en Bogotá el paraguas ayuda a guarecerse de la lluvia, el ladrillo es un escudo contra el frío. «Mire los edificios ―me dijo Elver, un conductor de Uber―, aquí nos gusta construir con ladrillo, es más barato y caliente». En los hoteles de Bogotá no hay calefacción: la temperatura se regula abriendo y cerrando las ventanas. Con días soleados y lluviosos y habitaciones cálidas y frías, el clima de Bogotá ―como sentenció el escritor y viajero Andrés Neuman― es «un perpetuo homenaje a la ambigüedad».

Con el paso de los días el cuerpo se acostumbra al frío y los planes a la imprevisibilidad de la lluvia. Tras pasar más días en Bogotá, C. salía del hotel sin chaqueta, sabiendo que el frío mengua mientras se camina. Pero no para todos es fácil. En 1975, la escritora brasileña Clarice Lispector viajó a Bogotá como conferenciante del primer Congreso Mundial de Brujería. En una entrevista que le concedió a su amigo Affonso Romano de Sant’Anna confesó: «No me acostumbré al clima de Bogotá…Tenía dolor de cabeza y un día me encerré en el cuarto, sola. No cogía el teléfono, solo llamaba para pedir comida y bebida. Me parecía muy aburrido».

Lluvia. Frío. Homenaje a la ambigüedad. La amabilidad de los bogotanos también puede explicarse como una defensa contra las ofensas del clima.