De camino al Centro Histórico, mejor conocido como La
Candelaria, uno puede detenerse a comer en la plaza de La Perseverancia. «Antes
―me dice Elver― esta plaza estaba descuidada, sucia, ahora la han remodelado».
Ese antes es concreto: en 2016 la alcaldía de Bogotá invirtió millones de pesos
para la remodelación de sus plazas. Pero su auge, La Perseverancia se lo debe a
Netflix. En el año 2020, la plataforma digital estrenó la serie documental Street
Food Latinoamérica, donde el mercado de La Perseverancia es el protagonista
del capítulo dedicado a Bogotá. Ahora, La Perseverancia se llena de turistas
que se pelean por una mesa para comer en Tolú y en La esquina de Mary, los
puestecitos estrellas de la serie.
Platos escogidos: el famoso Rompe Colchón de La
esquina de Mary (un caldo de pescado con leche de coco y hierbas aromáticas) y
un hueso de marrano (un atentado para los estómagos frágiles). En Bogotá, las
entraditas son un plato fuerte en San Salvador; los platos fuertes, un plato
para compartir. Lo que en San Salvador es glotonería, en Bogotá un almuercico
criollo.
***
Si uno viene del «Norte» y llega a La Candelaria
siente esa disrupción propia de las ciudades latinoamericanas. El paisaje, de
pronto, cambia. Del orden se pasa al caos. Aparecen casas viejas, puertas
coloridas, iglesias, palacios, museos, universidades, burócratas, estudiantes, restaurantes,
bares, parques, bustos, bancas, vendedores andrajosos y otros menos, niños con
harapos, olores. Incluso, si uno afina el oído, las palabras cambian: los
zapatos son chagualos y los sombreros son chambergos. Como en otros sitios, el
Centro es el corazón. La Candelaria es la médula de Bogotá. Aquí se definió el
destino de esta ciudad.
«Las ciudades terminan de armarse cuando encuentran su
símbolo ―escribe Martín Caparrós en su crónica Bogotá, la ciudad rescatada.
Es difícil imaginar a París antes de 1889 y su torre de hierro, a Río sin su
cristo, a Nueva York sin su antorcha entorchada, a Madrid sin su Puerta que no
cierra ni abre. Bogotá no tiene imagen: no hay ninguna que se le reconozca. No
es fácil ser una ciudad que no se sintetiza. Hay que esforzarse. Bogotá se
esfuerza. Y La Candelaria es lo más parecido a una identidad para mostrar,
aunque no sea un ícono concreto sino un barrio, un espacio, un estado de
ánimo».
Una pinta en una pared de La Candelaria anuncia lo que
este barrio significa para Colombia: «Asesino es el Estado. Tortura, viola y
desaparece». La historia está en los libros y en boca de los bogotanos. Inicia,
faltaba menos, con un asesinato. La muerte de Jorge Eliécer Gaitán (quien solía
decir «Yo no soy un hombre, soy un pueblo») en 1948 provoca el Bogotazo, una
inmensa reacción popular que es brutalmente reprimida por el Ejército y que
destruye el Centro Histórico. Los años que siguen a su muerte se conocen con el
nombre de «La Violencia», años en los que liberales y conservadores se
declararon en guerra civil, años de persecuciones, masacres y terrorismo. El escritor
uruguayo Eduardo Galeano lo resumió así: «La ciudad humea. Se camina con
cuidado, por no pisar cadáveres».
Tras «La Violencia», La Candelaria se modificó. Nadie
sabe exactamente cuánto tiempo transcurrió: los historiadores sostienen que
duró de 1948 a 1957; otros que se extendió ―con ayuda de los narcos, los
cochebombas, los paramilitares y las células guerrilleras― hasta finales de los
ochenta; los menos optimistas, que la violencia continúa hasta hoy. En este
ínterin, los que pudieron huir ―los ricos, señores de boutiques y casas club―
salieron del Centro y se fueron al Norte, la ciudad se partió en dos ―como
partidas en dos están nuestras ciudades, casi siempre una mitad de un Centro
hacia el sur, la otra del Centro hacia el norte―, se protegieron, levantaron
edificios, hicieron carreteras y hoy Bogotá es, sobre todo, una ciudad de
medios, de clase media, con sus polos cabalmente diferenciados.
Camino por la carrera conocida como El Septimazo y un
señor con aires de jurista esquiva a un bailarín que imita a Michael Jakcson
para ganarse unos pesos. Contiguo al bailarín, un hombre simula ser una
estatua; solo un parpadeo irremediable delata su constitución de carne y hueso.
El Septimazo es una larga carrera que le hace honor al principal rubro de
trabajo de nuestros países: la informalidad. Se vende de todo, se compra un
poco menos. Por ratos La Candelaria se asemeja a un mercado enorme de baratijas.
El rostro de Pablo Escobar ―en camisetas, en cuadros, en carcasas para el
celular, en billetes falsos― es omnipresente. Un venezolano ―uno de cientos, de
miles de venezolanos que arriban a Bogotá― crea figuras de todo tipo con los
bolívares que no valen nada. Los bogotanos le advierten siempre al viajero que
en el Centro esté despierto, que al menor descuido tendrá a un vendedor pegado
al brazo. Al sentarme frente a la plaza Bolívar para fumar un cigarro, un señor
me unta el zapato de una sustancia viscosa, me dice que es para que mis zapatos
luzcan como nuevos (mi zapato derecho brilló impecable), que él no muerde, que
me lleve el botecito con la sustancia a doce mil pesos.
En La Candelaria, si algo está presente es el rumor
políglota de los turistas. Hace décadas, Bogotá no recibía turistas. Hoy es una
ciudad turistísima.
Entro al Museo Botero ―visitar Colombia es la excusa
para ver la obra de Botero. La entrada es gratuita. Las salas están diseñadas
para admirar las obras a la distancia: si te acercás, un censor te alerta de la
proximidad. Un grupo de jóvenes admiran una de las obras más conocidas del
pintor, la de una familia perfecta: él, ella, sus tres niños y el cachorro.
«Pero no todo es lo que parece ―empieza a explicar una chica―, ven que en el
cuadro hay una serpiente y una manzana, eso ilustra al pecado, lo que quiere
decir que esa familia es producto de un adulterio. ¿Ven las uñas de la mujer?
Están pintadas de rojo, lo que en Botero significa que se trata, posiblemente,
de una mujer de la vida alegre. Hay otro detalle: los ojos. El perro es quien
tiene los ojos más humanos, símbolo de que la naturaleza no sucumbe al pecado».
Conocida como la ciudad donde se habla el mejor
castellano o como la Atenas de Suramérica o como la cuna de José Rufino Cuervo
(el mayor filólogo de la lengua), en Bogotá y en La Candelaria hay ―por
supuesto―libros. En cada cuadra se encuentran las ventas de segunda, ofreciendo
títulos, descuentos, cachadas. Entramos con C. a Merlín, una librería fundada en
2001 por don Célico Gómez. Merlín, elogiando a su nombre, simula un truco de
magia: cuando se entra, pareciera ser un cuarto pequeño atiborrado de libros,
pero la fachada esconde los tres pisos adicionales con los que cuenta. En el
primero, literatura universal; en el segundo, literatura colombiana; en el
tercero, humanidades. Merlín es una fiesta para quien visita la librería proveniente
de un país sin librerías. Merlín, además, puede ser una competencia: una
lectora española se anticipa y me arrebata La vida breve, el inicio de
la trilogía de Onetti que buscaba. Nos llevamos algunos libros, un calendario y
la sensación de haber asistido a un espectáculo que no encontraremos en San
Salvador.
El recorrido a La Candelaria ―advierten los bogotanos―
debe terminar antes de que anochezca. Después, el barrio colorido puede
tornarse un concierto de hurtos, un toque de queda natural al que nos
acostumbramos algunos latinoamericanos. Mientras pedimos un Uber, nos
guarecemos de una llovizna que inició sin aviso. Atrás dejaremos ese estado de
ánimo, con su llovizna, sus ventas y su constante ruido.
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