jueves, 17 de febrero de 2022

Bogotá - El Centro

 

De camino al Centro Histórico, mejor conocido como La Candelaria, uno puede detenerse a comer en la plaza de La Perseverancia. «Antes ―me dice Elver― esta plaza estaba descuidada, sucia, ahora la han remodelado». Ese antes es concreto: en 2016 la alcaldía de Bogotá invirtió millones de pesos para la remodelación de sus plazas. Pero su auge, La Perseverancia se lo debe a Netflix. En el año 2020, la plataforma digital estrenó la serie documental Street Food Latinoamérica, donde el mercado de La Perseverancia es el protagonista del capítulo dedicado a Bogotá. Ahora, La Perseverancia se llena de turistas que se pelean por una mesa para comer en Tolú y en La esquina de Mary, los puestecitos estrellas de la serie.

Platos escogidos: el famoso Rompe Colchón de La esquina de Mary (un caldo de pescado con leche de coco y hierbas aromáticas) y un hueso de marrano (un atentado para los estómagos frágiles). En Bogotá, las entraditas son un plato fuerte en San Salvador; los platos fuertes, un plato para compartir. Lo que en San Salvador es glotonería, en Bogotá un almuercico criollo.

 

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Si uno viene del «Norte» y llega a La Candelaria siente esa disrupción propia de las ciudades latinoamericanas. El paisaje, de pronto, cambia. Del orden se pasa al caos. Aparecen casas viejas, puertas coloridas, iglesias, palacios, museos, universidades, burócratas, estudiantes, restaurantes, bares, parques, bustos, bancas, vendedores andrajosos y otros menos, niños con harapos, olores. Incluso, si uno afina el oído, las palabras cambian: los zapatos son chagualos y los sombreros son chambergos. Como en otros sitios, el Centro es el corazón. La Candelaria es la médula de Bogotá. Aquí se definió el destino de esta ciudad.

«Las ciudades terminan de armarse cuando encuentran su símbolo ―escribe Martín Caparrós en su crónica Bogotá, la ciudad rescatada. Es difícil imaginar a París antes de 1889 y su torre de hierro, a Río sin su cristo, a Nueva York sin su antorcha entorchada, a Madrid sin su Puerta que no cierra ni abre. Bogotá no tiene imagen: no hay ninguna que se le reconozca. No es fácil ser una ciudad que no se sintetiza. Hay que esforzarse. Bogotá se esfuerza. Y La Candelaria es lo más parecido a una identidad para mostrar, aunque no sea un ícono concreto sino un barrio, un espacio, un estado de ánimo».

Una pinta en una pared de La Candelaria anuncia lo que este barrio significa para Colombia: «Asesino es el Estado. Tortura, viola y desaparece». La historia está en los libros y en boca de los bogotanos. Inicia, faltaba menos, con un asesinato. La muerte de Jorge Eliécer Gaitán (quien solía decir «Yo no soy un hombre, soy un pueblo») en 1948 provoca el Bogotazo, una inmensa reacción popular que es brutalmente reprimida por el Ejército y que destruye el Centro Histórico. Los años que siguen a su muerte se conocen con el nombre de «La Violencia», años en los que liberales y conservadores se declararon en guerra civil, años de persecuciones, masacres y terrorismo. El escritor uruguayo Eduardo Galeano lo resumió así: «La ciudad humea. Se camina con cuidado, por no pisar cadáveres».

Tras «La Violencia», La Candelaria se modificó. Nadie sabe exactamente cuánto tiempo transcurrió: los historiadores sostienen que duró de 1948 a 1957; otros que se extendió ―con ayuda de los narcos, los cochebombas, los paramilitares y las células guerrilleras― hasta finales de los ochenta; los menos optimistas, que la violencia continúa hasta hoy. En este ínterin, los que pudieron huir ―los ricos, señores de boutiques y casas club― salieron del Centro y se fueron al Norte, la ciudad se partió en dos ―como partidas en dos están nuestras ciudades, casi siempre una mitad de un Centro hacia el sur, la otra del Centro hacia el norte―, se protegieron, levantaron edificios, hicieron carreteras y hoy Bogotá es, sobre todo, una ciudad de medios, de clase media, con sus polos cabalmente diferenciados.

Camino por la carrera conocida como El Septimazo y un señor con aires de jurista esquiva a un bailarín que imita a Michael Jakcson para ganarse unos pesos. Contiguo al bailarín, un hombre simula ser una estatua; solo un parpadeo irremediable delata su constitución de carne y hueso. El Septimazo es una larga carrera que le hace honor al principal rubro de trabajo de nuestros países: la informalidad. Se vende de todo, se compra un poco menos. Por ratos La Candelaria se asemeja a un mercado enorme de baratijas. El rostro de Pablo Escobar ―en camisetas, en cuadros, en carcasas para el celular, en billetes falsos― es omnipresente. Un venezolano ―uno de cientos, de miles de venezolanos que arriban a Bogotá― crea figuras de todo tipo con los bolívares que no valen nada. Los bogotanos le advierten siempre al viajero que en el Centro esté despierto, que al menor descuido tendrá a un vendedor pegado al brazo. Al sentarme frente a la plaza Bolívar para fumar un cigarro, un señor me unta el zapato de una sustancia viscosa, me dice que es para que mis zapatos luzcan como nuevos (mi zapato derecho brilló impecable), que él no muerde, que me lleve el botecito con la sustancia a doce mil pesos.

En La Candelaria, si algo está presente es el rumor políglota de los turistas. Hace décadas, Bogotá no recibía turistas. Hoy es una ciudad turistísima.  

Entro al Museo Botero ―visitar Colombia es la excusa para ver la obra de Botero. La entrada es gratuita. Las salas están diseñadas para admirar las obras a la distancia: si te acercás, un censor te alerta de la proximidad. Un grupo de jóvenes admiran una de las obras más conocidas del pintor, la de una familia perfecta: él, ella, sus tres niños y el cachorro. «Pero no todo es lo que parece ―empieza a explicar una chica―, ven que en el cuadro hay una serpiente y una manzana, eso ilustra al pecado, lo que quiere decir que esa familia es producto de un adulterio. ¿Ven las uñas de la mujer? Están pintadas de rojo, lo que en Botero significa que se trata, posiblemente, de una mujer de la vida alegre. Hay otro detalle: los ojos. El perro es quien tiene los ojos más humanos, símbolo de que la naturaleza no sucumbe al pecado».

Conocida como la ciudad donde se habla el mejor castellano o como la Atenas de Suramérica o como la cuna de José Rufino Cuervo (el mayor filólogo de la lengua), en Bogotá y en La Candelaria hay ―por supuesto―libros. En cada cuadra se encuentran las ventas de segunda, ofreciendo títulos, descuentos, cachadas. Entramos con C. a Merlín, una librería fundada en 2001 por don Célico Gómez. Merlín, elogiando a su nombre, simula un truco de magia: cuando se entra, pareciera ser un cuarto pequeño atiborrado de libros, pero la fachada esconde los tres pisos adicionales con los que cuenta. En el primero, literatura universal; en el segundo, literatura colombiana; en el tercero, humanidades. Merlín es una fiesta para quien visita la librería proveniente de un país sin librerías. Merlín, además, puede ser una competencia: una lectora española se anticipa y me arrebata La vida breve, el inicio de la trilogía de Onetti que buscaba. Nos llevamos algunos libros, un calendario y la sensación de haber asistido a un espectáculo que no encontraremos en San Salvador.

El recorrido a La Candelaria ―advierten los bogotanos― debe terminar antes de que anochezca. Después, el barrio colorido puede tornarse un concierto de hurtos, un toque de queda natural al que nos acostumbramos algunos latinoamericanos. Mientras pedimos un Uber, nos guarecemos de una llovizna que inició sin aviso. Atrás dejaremos ese estado de ánimo, con su llovizna, sus ventas y su constante ruido.

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