jueves, 10 de febrero de 2022

Bogotá - El clima

 

Al llegar a Bogotá, la primera advertencia fue el primer desacato: olvidé el paraguas. Las guías turísticas señalan unánimemente que quien viaja a Bogotá debe llevar siempre ese artefacto. El percance es normal para un salvadoreño: en San Salvador, ciudad de inviernos acotados, quien saca un paraguas lo olvida. Pero en Bogotá el paraguas es parte obligatoria de la indumentaria. La lluvia es una amenaza omnipresente, no importa si el sol brilla intenso en la ciudad.

«En el cielo de Bogotá siempre hay alguna nube: sol y unas nubes, lluvia y todo nubes, tormenta y nubarrones, una luna y sus nubes, plateadas, grises, blancas, siempre alguna, nunca un cielo completamente despejado», escribe Martín Caparrós en su crónica Bogotá, la ciudad rescatada. Entonces salí y llovía, mientras buscaba un lugar para almorzar en la localidad de Chapinero. Almorcé, caminé, escampó, volvió la lluvia. Aparte de las guías turísticas, la sabiduría de los conductores de Uber es infalible: «así como hay sol, al ratico llueve».

Los vendedores ambulantes rescatan a los viajeros incautos o a los bogotanos olvidadizos. En las inmediaciones de las plazas, de los parques, de las iglesias, entre ventas de empanadas típicas y libros usados, varios comercios ofrecen paraguas y bufandas a ocho mil pesos.

 Si en Bogotá el paraguas ayuda a guarecerse de la lluvia, el ladrillo es un escudo contra el frío. «Mire los edificios ―me dijo Elver, un conductor de Uber―, aquí nos gusta construir con ladrillo, es más barato y caliente». En los hoteles de Bogotá no hay calefacción: la temperatura se regula abriendo y cerrando las ventanas. Con días soleados y lluviosos y habitaciones cálidas y frías, el clima de Bogotá ―como sentenció el escritor y viajero Andrés Neuman― es «un perpetuo homenaje a la ambigüedad».

Con el paso de los días el cuerpo se acostumbra al frío y los planes a la imprevisibilidad de la lluvia. Tras pasar más días en Bogotá, C. salía del hotel sin chaqueta, sabiendo que el frío mengua mientras se camina. Pero no para todos es fácil. En 1975, la escritora brasileña Clarice Lispector viajó a Bogotá como conferenciante del primer Congreso Mundial de Brujería. En una entrevista que le concedió a su amigo Affonso Romano de Sant’Anna confesó: «No me acostumbré al clima de Bogotá…Tenía dolor de cabeza y un día me encerré en el cuarto, sola. No cogía el teléfono, solo llamaba para pedir comida y bebida. Me parecía muy aburrido».

Lluvia. Frío. Homenaje a la ambigüedad. La amabilidad de los bogotanos también puede explicarse como una defensa contra las ofensas del clima.

No hay comentarios:

Publicar un comentario