Al llegar a Bogotá, la primera advertencia fue el primer
desacato: olvidé el paraguas. Las guías turísticas señalan unánimemente que
quien viaja a Bogotá debe llevar siempre ese artefacto. El percance es normal
para un salvadoreño: en San Salvador, ciudad de inviernos acotados, quien saca
un paraguas lo olvida. Pero en Bogotá el paraguas es parte obligatoria de la
indumentaria. La lluvia es una amenaza omnipresente, no importa si el sol
brilla intenso en la ciudad.
«En el cielo de Bogotá siempre hay alguna nube: sol y
unas nubes, lluvia y todo nubes, tormenta y nubarrones, una luna y sus nubes,
plateadas, grises, blancas, siempre alguna, nunca un cielo completamente
despejado», escribe Martín Caparrós en su crónica Bogotá, la ciudad
rescatada. Entonces salí y llovía, mientras buscaba un lugar para almorzar en
la localidad de Chapinero. Almorcé, caminé, escampó, volvió la lluvia. Aparte
de las guías turísticas, la sabiduría de los conductores de Uber es infalible:
«así como hay sol, al ratico llueve».
Los vendedores ambulantes rescatan a los viajeros
incautos o a los bogotanos olvidadizos. En las inmediaciones de las plazas, de
los parques, de las iglesias, entre ventas de empanadas típicas y libros
usados, varios comercios ofrecen paraguas y bufandas a ocho mil pesos.
Si en Bogotá el
paraguas ayuda a guarecerse de la lluvia, el ladrillo es un escudo contra el
frío. «Mire los edificios ―me dijo Elver, un conductor de Uber―, aquí nos gusta
construir con ladrillo, es más barato y caliente». En los hoteles de Bogotá no
hay calefacción: la temperatura se regula abriendo y cerrando las ventanas. Con
días soleados y lluviosos y habitaciones cálidas y frías, el clima de Bogotá
―como sentenció el escritor y viajero Andrés Neuman― es «un perpetuo homenaje a
la ambigüedad».
Con el paso de los días el cuerpo se acostumbra al
frío y los planes a la imprevisibilidad de la lluvia. Tras pasar más días en
Bogotá, C. salía del hotel sin chaqueta, sabiendo que el frío mengua mientras
se camina. Pero no para todos es fácil. En 1975, la escritora brasileña Clarice
Lispector viajó a Bogotá como conferenciante del primer Congreso Mundial de
Brujería. En una entrevista que le concedió a su amigo Affonso Romano de Sant’Anna
confesó: «No me acostumbré al clima de Bogotá…Tenía dolor de cabeza y un día me
encerré en el cuarto, sola. No cogía el teléfono, solo llamaba para pedir
comida y bebida. Me parecía muy aburrido».
Lluvia. Frío. Homenaje a la ambigüedad. La amabilidad
de los bogotanos también puede explicarse como una defensa contra las ofensas
del clima.
No hay comentarios:
Publicar un comentario