Emiliano Monge llama la atención sobre una característica de Andrés
Manuel López Obrador, característica que tienen, por lo demás, los populistas
de todo cuño, aquí, en México o en Budapest. Esa característica es esta: no
informar sobre las políticas del gobierno, sino de hacer política con la
información. Donde los hechos no importan, las palabras los inventan.
Pasan los días bajo el estado de excepción. Las
noticias ya no solo informan de detenciones arbitrarias, sino de muertos que no
recibieron atención médica después de ser vapuleados por agentes del Estado. La
política del bukelismo es la necropolítica.
En una de las historias laterales que Orhan Pamuk teje
en El libro negro, contadas por el personaje de Celal, un reconocido
columnista que desaparece un día, se cuenta la vida de Bedii, un escultor que
fue pionero en la fabricación de maniquíes para exhibirlos a los sultanes de
Turquía, maniquíes que eran parecidos a sus conciudadanos, es decir, con largas
barbas, alguna panza pronunciada, ojos saltones, y que vestían como visten sus
pares —con sus indumentarias tradicionales—pero que un día ve
desplazada su obra por los maniquíes de cuerpos estilizados que llegaban de
Occidente. ¿Por qué siguen exhibiéndose en los escaparates de las tiendas esos
bien vestidos maniquíes que en nada se parecen a las personas que lucirán los
atuendos comprados? ¿Elegiríamos nuestra vestimenta si la vemos puesta en un maniquí
que nos recordara demasiado a nosotros mismos? Quizá no. El maniquí nos
recuerda que lo que nos venden no es ropa, sino una fantasía. Vernos así o asá.
Unidimensionarnos.
No es el reporte meteorológico el que avisa la llegada
de la época lluviosa, sino las invasiones de chicotes. Antes me exasperaban,
después aprendí: son nuestros fieles compañeros en este clima monzónico.
La socióloga estadounidense Kim Lane Scheppele acuñó
el término de “The Frankenstate” para referirse a los estados autocráticos que
utilizan a las instituciones democráticas a su antojo, distorsionándolas, hasta
que, un día, las desaparecen. El concepto define con bastante precisión lo que
ocurre en nuestro país. El régimen de Nayib Bukele se ha ensamblado haciendo
uso de nuestras precarias instituciones democráticas para consolidar su
proyecto autoritario. De democracia va quedando cada vez menos; de
autoritarismo, demasiado.
El libro negro de Pamuk está construido alrededor de esta idea: la
memoria es como un jardín. Recuerdos que germinan, otros que se marchitan.
Cuestión de mapas. En la televisión, los analistas
explican a través de mapas. Así explicamos los huracanes, las guerras, la
suspensión de un acueducto, la ruta de un tren. Pero ¿así entendemos? Quien
está frente a los mapas dibuja flechas, gesticula, apunta con sus lucecitas
láser, pero no ve, no cuenta —no puede contar— lo que acontece en
el territorio: las ruinas que dejó el huracán, el hermano que vio a a su
hermano morir en fuego cruzado, la familia que vive sin agua, los animales que
se desplazan de su hábitat. El zoom a los mapas: periodismo.
Algunas personas no tuitean, porfían. Ese es el verbo
que los define: porfiar.
Lispector: «La puntuación es la respiración de la frase, y mi
frase respira así. Y si le parezco rara, respételo».
Clarice Lispector escribe haciendo uso del silencio.
Elogia el silencio. Lo vuelve parte de ella misma. Sus columnas recogidas en Todas
las crónicas reflejan este respeto hacia la palabra no dicha. Para ella es
un asunto de honestidad: «Sé que el silencio, si no dice nada, por lo menos no
miente, mientras que las palabras dicen lo que no quiero decir».
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