La economía se verdea. Nos verdeamos. También los
conceptos. Eduardo Gudynas advierte que más que hablar de estanflación para
describir el momento de la economía mundial, lo que deberíamos decir es
verdeflación: un cambio nunca visto en el uso y, en consecuencia, en el precio
de las materias primas en los últimos cincuenta años. Estamos en una época
donde los precios de las cosas ya no solo están influidos por la oferta y la
demanda de los mercados, sino también por el cambio climático y las barreras
ecológicas.
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El país publica un texto de Pedro Almodóvar, una especie de entrada de diario.
Me gusta su estilo confesional. Almodóvar, quién lo diría, se aburre en Semana
Santa. Mata el tiempo leyendo una novela de Claudia Piñeiro y viendo una serie
sobre la vida de Andy Warhol, a quién conoció muy bien. Le aburre escribir
sobre sí mismo, pero no sobre los artistas a los que admira. Aunque no lo
parece, uno tampoco lo imaginaría, Almodóvar es un hombre solitario. A veces,
como este día en que escribe de sí mismo, contradiciéndose, la soledad le pesa,
le angustia. Me sorprenden sus dotes de escritor. Cuando escribe sus guiones,
tan originales e irreverentes, sale a caminar, no para dejar de escribir, sino
para escribir en movimiento. Si alguien se le acerca en la calle y le habla, él
le responde: disculpe, estoy escribiendo. Su mente no descansa, es la obsesión
de un artista.
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La política de seguridad del gobierno puede definirse
como el título de un libro de Foucault: vigilar y castigar. El control —y
exhibición— que se ejerce sobre los cuerpos es el pilar de la necropolítica
gubernamental. Porque no son todos los cuerpos los que se exhiben
desmesuradamente, sino solo aquellos que merecen ser expuestos y
humillados: los cuerpos tatuados, malnutridos, vapuleados y enfermos de los
pandilleros. En la gestión política de la vida, como diría Judith Butler, la de
ellos no vale la pena ser llorada.
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Me imagino que en algún lugar del planeta alguien debe
de estar escribiendo el libro sobre “Los actos simples que evitaron
catástrofes”, un compendio de pequeñas heroicidades que han quedado en el
anonimato de las enciclopedias, pero que contribuyeron con su granito de arena
para evitar males mayores. Llevo algunos años soñando con ese libro. Hoy he
vuelto a pensar en él leyendo la columna semanal del escritor portugués Gonçalo
Tavares, donde cuenta la historia del ucraniano Iurii Vysoven, un hombre que
convirtió los pedazos de un avión ruso derribado por Ucrania en llaveros.
Vendía cada souvenir a 900 euros y con el dinero compraba drones y equipo
militar. Las guerras son un florilegio de historias de resistencia.
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Encuentro el verbo preciso para describir lo que hacen
los diputados de la Asamblea Legislativa en sus sesiones plenarias. Ese verbo
no es debatir, ni proponer, ni razonar, sino paralogizar. Paralogizar: intentar
persuadir a la población con argumentos falaces.
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Vi la última película que dirigió el mítico Robert
Mulligan, The Man in the Moon, que fue también la primera en la que
actuó Reese Whiterspoon. Desde ahí Reese ya anunciaba su talento. Su capacidad
para transmitir emociones es única: de la inocente sonrisa de una adolescente
puede pasar en cuestión de segundos a la tristeza de un amor no
correspondido.
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Repaso el archivo donde guardé los artículos que leí
durante el año 2020, el año donde todo cambió. Hasta febrero, sin dimensionar
todavía a lo que nos íbamos a enfrentar, lo que predominaba era el temor, como
lo demuestra el título de un artículo de Srecko Horvat: «lo más contagioso es
el miedo». En los meses siguientes el archivo está repleto de análisis
políticos y económicos. Hay títulos de antología, como «Crónica de la
psicodeflación», de Franco Bifo Berardi, o «Un golpe tipo Kill Bill al
capitalismo», de Slavoj Žižek, o «Todos somos mortales», de Rita Laura Segato.
Pero lo que más se repite en el archivo es un nombre: Juan Forn. Sus
contratapas no dejaron de aparecer durante ese año, contándonos siempre esa
historia lateral de la literatura universal rebosante de anécdotas sobre libros
y sus escritores. ¡Cómo extrañamos a Forn!
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