Últimamente las películas de terror contradicen el
mensaje de uno de los libros de Boris Cyrulnik: envejecer con resiliencia. El cine
de terror contemporáneo condensa el miedo recóndito, casi nunca dicho, de no
enfrentar con dignidad a la vejez cuando esta llega. El cuerpo se deteriora. El
anhelo de la eterna juventud languidece. La memoria se marchita. Estos temores
son aprovechados, por ejemplo, en películas como La abuela, de Paco
Plaza, X, de Ti West, Anything for Jackson, de Justin G. Dick, y Relic,
de Natalie Erika James. Termómetro de los tiempos, el cine de terror nos
recuerda que hoy envejecer da miedo.
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Plática
en un elevador:
Entraron
en el ascensor carcajeándose. Ella vestía una blusa casual, jeans, tenis y
sostenía un termo de café. Él vestía traje, corbata, zapatos de cuero, un
pañuelo de colores a la altura del corazón.
—Ya
no he visto a la Luli con el argentino, vos.
—Cosas—
respondió el hombre. Miró la hora en su relojito inteligente.
—¿Se
habrán peleado?
—Peor
Él
empezó a rascarse la oreja.
—¿Le
dio baje el chele?
—¡Ja!,
al revés.
La
“S” de sótano se alumbró con una luz amarilla. La puerta se abrió. El hombre
dijo:
—El
chele se fue para Buenos Aires la semana pasada. Pensamos que no va a volver.
Renunció.
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En El
ojo, cuento con el que inicia el libro de Nuestro mundo muerto,
Liliana Colanzi construye un relato sobre la opresión. La opresión de una madre
—podría ser un padre— conservadora. El ojo es la culpa omnipresente. Por eso a
la protagonista se le aparece en el agujero del inodoro, mientras se corta el
interior de sus muslos —recordando a Amy Adams en Sharp Objects—, o en
la pantalla del cine, mientras hace una felación. El ojo es la metáfora del
pecado. Sabiéndose observadas, a muchas personas se les impide vivir plenamente.
El ojo siempre está ahí.
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¿Puede un libro cambiar
nuestra vida? Sí. ¿Puede hacernos ver las cosas más cotidianas como cosas
extrañas y dignas de asombro? Sí. ¿Puede cambiar nuestros recuerdos? ¿Construir
futuros alternativos? Sí. Vivir después de la lectura, la premisa con la que
arranca La vida nueva de Orhan Pamuk.
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Quizá
estoy por cruzar esa frontera existencial en donde el cuerpo ya no resiste una
noche de fiesta antes de ir a trabajar. La mañana de este viernes transcurre en
automático.
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