Donald Trump se convirtió en el 47° presidente de los EE. UU.
Hubo fotos, sobre todo preocupaciones. El mismo día, desde su despacho, firmó
varias órdenes ejecutivas que trasladaron sus invectivas a la acción. Viene,
como anticipamos, un Trump reloaded. Pero, de todo lo que se vio y se
masticó, una imagen dio más que hablar que otras. En la toma, se ve —de
izquierda a derecha— a Mark Zuckerberg y su esposa Priscilla Chan; a Jeff Bezos
y su prometida Lauren Sánchez; y los dos últimos: a Sundar Pichai y Elon Musk.
Estaban, en una sola toma, unos cuantos billones. Los multimillonarios
tecnológicos arropando al líder de la ultraderecha global. Y recordé, entonces,
lo que también se viene: políticas contra la humanidad mientras los
multimillonarios imaginan estéticas y utopías hiperfuturistas. Se trata de eso
que Michel Nieva llamó «ciencia ficción capitalista», un descalabro planetario.
Comedores hay por doquier. A veces no es fácil encontrar uno
bueno. Recuerdo el primero que frecuenté. Se llamaba, como tantos otros, «La
bendición de dios». (Dice un amigo que sabe de estas cosas, que según el Centro
Nacional de Registros no hay otro nombre que se repita más para nombrar a un
negocio en El Salvador). Era un comedor sencillo, ubicado en los alrededores de
las Tres Torres del ministerio de Hacienda, donde hacían desde mariscadas hasta
fideos estilo Singapur, pasando por tripa guisada y tortitas de chipilín.
Entonces aun se podía almorzar con dos dólares. Luego una de esas torres se
incendió, me fui de ahí y no volví. Frecuenté otro, en otra zona, los dos
dólares ya no me alcanzaban. Este se llamaba, como la calle en la que estaba,
«El mirador». Menos variado, porciones más grandes, si algo tuvo de inolvidable
fue su picante. Servían, a gusto del cliente, una cebolla combinada con chiles
chiltepes, tomate y rábano picado. Fue un deleite. Vino en tromba un virus y
nos encerramos y comedores de aquí y allá quebraron. Ese fue uno. Cuando nos
quitamos las mascarillas y volvimos a las calles, encontré otro. Este, aparte
de comedor, era un centro de meditación. Se llamaba —se llama— «Chandra Bala
Green» y era, of course, vegetariano. Prefiriendo más una chuleta que
una colifor, tuve mis dudas. Pero ahí aprendí a encontrarle gusto —más gusto— a
cosas que rara vez comía: remolacha, pacayas, lentejas, jícamas, garbanzos,
güisquiles, chícharos, moras, calabacines. Lo visité hasta mediados del 2023.
Salí del país, volví e hice home office, me volví más o menos experto en
cocinar algunas comidas, este año regresé a una oficina y desde entonces busco
sin encontrar un comedor entrañable.
Memorias. Recuerdo algunas. Por ejemplo, las de Edmundo
Barbero que se publicaron bajo el título Crónicas. Unas que consulto de
vez en cuando: la Autobiografía de Bertrand Russell. Están las del
novelista que quiso ser presidente en el Perú: El pez en el agua de
Mario Vargas Llosa. Y así. Pero con las de Martín Caparrós me ha sucedido algo
extraño. Quizá porque, a diferencia de Barbero o Russell, aun está vivo y lo
llevo leyendo varios años. Y creo que leer mucho a un escritor, aunque no se le
conozca en persona, establece en cierto modo una amistad cómplice. Esas
memorias tienen, además, otra connotación: fueron escritas cuando Caparrós supo
que tenía una enfermedad terminal. Tienen su estilo, están fabulosamente bien
escritas. Como sucede con sus libros, tiene frases a las que no le sobran
palabras. Pero dejan una sensación extraña. No sé qué es, no puedo describirla.
Puede ser esto: sentir que alguien conocido está por dejar de escribir, por
dejar de decir, por apagarse.
Creo que la mayoría conocimos a uno. El que era tildado en
el colegio como raro. Alguien que se salía del libreto, alguien que, se
supone, no era como los demás. Por eso eran —son— el blanco de bromas y
acusaciones. Monsieur Hire es uno. Calvo, de trajes impecables, silencioso, tez
pálida, se convierte en el principal sospechoso de un asesinato. El vecindario
lo repudia. Tiene alguna manía: le gusta espiar a una vecina. Día y noche la ve
desde su ventana. La ve llegar del trabajo, desvestirse, cocinar, coger. Ella
se da cuenta y se acerca a él. No son muy distintos: ella también está sola. Él
terminará enamorándose. Y después sabrá que ella se ha acercado a él porque
ella intuye que, cuando el crimen, él estaba observando. Con la figura del tipo
extraño, Patrice Leconte, basándose en un relato de George Simenon, termina
hablando de los grandes temas: la soledad, el amor, la perversidad, el
erotismo. Monsieur Hire es de esos pequeños clásicos que se atesoran
para toda la vida.