viernes, 24 de enero de 2025

Funes

 

Ese día todos nos vestimos de rojo. Yo era un adolescente más o menos preocupado por la política del momento. Me entusiasmaba pensar que eso que llamaban izquierda gobernaría por fin. Entonces no sabía muy bien qué era la izquierda, pero me identificaba con ella. Venía de familia, pero también de algunas esporádicas pláticas con personas que formaban parte de ese círculo: militantes comunistas, exguerrilleros, intelectuales, artistas, profesionales de toda índole, gente que pronunciaba palabras como hegemonía, lucha de clases, revolución. Así que para las elecciones presidenciales del 2009 me vestí con camiseta roja y acompañé a mis padres a la votación — yo aun era menor de edad. Lo que vi fue como un magma que avanzaba por las calles. Algo estaba cambiando. Antes lo presencié: durante un partido de eliminatorias mundialistas, El Salvador contra Panamá, el candidato del FMLN, Mauricio Funes, se asomó al palco del estadio Cuscatlán y la gente empezó a corear su nombre al unísono. Después ganó las elecciones y celebramos en el redondel Masferrer y coreamos consignas y cantamos con el puño en alto y nos decíamos y repetíamos que esta vez sí se pudo, que esta vez la esperanza venció al miedo. Sin embargo, con el tiempo supimos. No pasó mucho cuando la esperanza se tornó en sospecha y la sospecha en decepción. A Mauricio Funes, lo que tuvo de periodista fue lo que le faltó como estadista: intransigencia con sus principios. Fue, sobre todo, un mandatario de claroscuros. Desde el fin de la guerra, no se recuerda a un gabinete de gobierno constituido con mejores perfiles—muchos, por eso, desertaron. Tomó las riendas del país en medio de una crisis financiera global y lo pudo sacar a flote. Articuló políticas sociales y redistributivas no solo para combatir la pobreza, sino para dinamizar a la pequeña y mediana empresa. Retornó al centro de la política pública una olvidada palabreja: «planificación». Nos entregó, en muchos ámbitos, una cruel ilusión: la promesa de un país distinto. Y fracasó. Porque lo que no pudo avanzar para mejorar al país, lo hizo para mejorar sus cifras bancarias. Y todo lo demás que ya sabemos: las fiestas, la ostentosidad, la proximidad con nefastos personajes de nuestra política. Su corrupción no niega que quiso hacer algo distinto a lo que estábamos acostumbrados, que lo hizo en parte. El que despertara los resquemores de los bloques empresariales señalaba un rumbo: no gobernó para ellos. La institucionalidad y los cambios que dejó alcanzaron para que el FMLN, con un líder ya mermado y subyugado a los ALBA-intereses, ganara un período presidencial más. En esos otros cinco años los cambios se desguazaron. En el interregno, ganó terreno el descontento, la frustración, la rabia. Y alguien lo supo aprovechar para creerse el redentor. El martes 21 de enero falleció Mauricio Funes exiliado en la Nicaragua de Ortega y Murillo. Que cada uno saque sus balances. Yo tengo el mío: fue el último presidente que, pese a sus errores, nos legó políticas públicas con un genuino sentido de transformación.

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