lunes, 27 de enero de 2025

Glosas VII

 

Donald Trump se convirtió en el 47° presidente de los EE. UU. Hubo fotos, sobre todo preocupaciones. El mismo día, desde su despacho, firmó varias órdenes ejecutivas que trasladaron sus invectivas a la acción. Viene, como anticipamos, un Trump reloaded. Pero, de todo lo que se vio y se masticó, una imagen dio más que hablar que otras. En la toma, se ve —de izquierda a derecha— a Mark Zuckerberg y su esposa Priscilla Chan; a Jeff Bezos y su prometida Lauren Sánchez; y los dos últimos: a Sundar Pichai y Elon Musk. Estaban, en una sola toma, unos cuantos billones. Los multimillonarios tecnológicos arropando al líder de la ultraderecha global. Y recordé, entonces, lo que también se viene: políticas contra la humanidad mientras los multimillonarios imaginan estéticas y utopías hiperfuturistas. Se trata de eso que Michel Nieva llamó «ciencia ficción capitalista», un descalabro planetario.

 

 

Comedores hay por doquier. A veces no es fácil encontrar uno bueno. Recuerdo el primero que frecuenté. Se llamaba, como tantos otros, «La bendición de dios». (Dice un amigo que sabe de estas cosas, que según el Centro Nacional de Registros no hay otro nombre que se repita más para nombrar a un negocio en El Salvador). Era un comedor sencillo, ubicado en los alrededores de las Tres Torres del ministerio de Hacienda, donde hacían desde mariscadas hasta fideos estilo Singapur, pasando por tripa guisada y tortitas de chipilín. Entonces aun se podía almorzar con dos dólares. Luego una de esas torres se incendió, me fui de ahí y no volví. Frecuenté otro, en otra zona, los dos dólares ya no me alcanzaban. Este se llamaba, como la calle en la que estaba, «El mirador». Menos variado, porciones más grandes, si algo tuvo de inolvidable fue su picante. Servían, a gusto del cliente, una cebolla combinada con chiles chiltepes, tomate y rábano picado. Fue un deleite. Vino en tromba un virus y nos encerramos y comedores de aquí y allá quebraron. Ese fue uno. Cuando nos quitamos las mascarillas y volvimos a las calles, encontré otro. Este, aparte de comedor, era un centro de meditación. Se llamaba —se llama— «Chandra Bala Green» y era, of course, vegetariano. Prefiriendo más una chuleta que una colifor, tuve mis dudas. Pero ahí aprendí a encontrarle gusto —más gusto— a cosas que rara vez comía: remolacha, pacayas, lentejas, jícamas, garbanzos, güisquiles, chícharos, moras, calabacines. Lo visité hasta mediados del 2023. Salí del país, volví e hice home office, me volví más o menos experto en cocinar algunas comidas, este año regresé a una oficina y desde entonces busco sin encontrar un comedor entrañable.

 

 

Memorias. Recuerdo algunas. Por ejemplo, las de Edmundo Barbero que se publicaron bajo el título Crónicas. Unas que consulto de vez en cuando: la Autobiografía de Bertrand Russell. Están las del novelista que quiso ser presidente en el Perú: El pez en el agua de Mario Vargas Llosa. Y así. Pero con las de Martín Caparrós me ha sucedido algo extraño. Quizá porque, a diferencia de Barbero o Russell, aun está vivo y lo llevo leyendo varios años. Y creo que leer mucho a un escritor, aunque no se le conozca en persona, establece en cierto modo una amistad cómplice. Esas memorias tienen, además, otra connotación: fueron escritas cuando Caparrós supo que tenía una enfermedad terminal. Tienen su estilo, están fabulosamente bien escritas. Como sucede con sus libros, tiene frases a las que no le sobran palabras. Pero dejan una sensación extraña. No sé qué es, no puedo describirla. Puede ser esto: sentir que alguien conocido está por dejar de escribir, por dejar de decir, por apagarse.

 

 

Creo que la mayoría conocimos a uno. El que era tildado en el colegio como raro. Alguien que se salía del libreto, alguien que, se supone, no era como los demás. Por eso eran —son— el blanco de bromas y acusaciones. Monsieur Hire es uno. Calvo, de trajes impecables, silencioso, tez pálida, se convierte en el principal sospechoso de un asesinato. El vecindario lo repudia. Tiene alguna manía: le gusta espiar a una vecina. Día y noche la ve desde su ventana. La ve llegar del trabajo, desvestirse, cocinar, coger. Ella se da cuenta y se acerca a él. No son muy distintos: ella también está sola. Él terminará enamorándose. Y después sabrá que ella se ha acercado a él porque ella intuye que, cuando el crimen, él estaba observando. Con la figura del tipo extraño, Patrice Leconte, basándose en un relato de George Simenon, termina hablando de los grandes temas: la soledad, el amor, la perversidad, el erotismo. Monsieur Hire es de esos pequeños clásicos que se atesoran para toda la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

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