viernes, 18 de julio de 2025

Disquisición sobre Nicolas Cage

Si hay un actor al que bien podría atribuírsele el dicho de que mejora con los años, acaso ese sea Nicolas Cage. Como otros contemporáneos suyos —pienso, de forma paradigmática, en Liam Neeson, convertido en súper agente especial, asesino despiadado y, en general, en cualquier cosa que se le ocurra a los productores—, Cage ha protagonizado en los últimos años una filmografía salpicada de cintas desechables. Pero, al menos para mí, a diferencia de los Neeson de nuestra época, no deja de asombrar su capacidad para reinventarse.

Sospecho que, hasta su retiro, Cage vivirá suspendido en ese movimiento pendular entre papeles irrelevantes y otros prodigiosos. No niego que buena parte de mi continuo asombro por sus actuaciones viene de muy atrás, pues dio vida a varios personajes que tengo grabados desde mi infancia y adolescencia: el terrorista Castor Troy (Face/Off), el ladrón de autos Memphis Raines (Gone in 60 Seconds), el traficante de armas Yuri Orlov (Lord of War), el sargento John McLoughlin (World Trade Center), el clarividente Cris Johnson (Next). No son, ni de lejos, sus mejores papeles ni las mejores películas en las que actuó, pero eran las que miraba en la programación de los domingos, o las que conseguíamos con mi padre a bajo precio en los puestos de DVD piratas.

Últimamente, sin embargo, la versatilidad de Cage ha alcanzado un punto de maduración evidente. Encarna personajes que ni siquiera son prototípicos, sino más bien alternativos, algo under, bastante singulares; muchos de ellos en películas de terror. Esta etapa —si es que podemos hablar de una fase coherente en su carrera— inicia con la lovecraftiana Color Out of Space, que es maravillosa. Le sigue Pig, una excelente antítesis y deformación creativa del modelo John Wick. Continúa con The Unbearable Weight of Massive Talent, donde interpreta una versión de sí mismo, y con una de las películas que, a mi parecer, ha capturado con gran siniestralidad las consecuencias de la fama —más aún hoy, en tiempos de viralización constante—: Dream Scenario. Este recorrido parece cristalizar en Longlegs, una película que, no obstante, se hunde en su propia premisa y no termina de despegar. Pero Cage, en los pocos minutos en los que aparece, deslumbra.

No la había visto —salió antes que Longlegs—, pero creo que The Surfer también merece un lugar entre las cintas del Cage renovado. A simple vista, parece que será una película de venganza, pero en realidad es un relato sobre el trauma, sobre las imposibilidades de llegar a ser lo que uno quiere. Cage interpreta a un hombre que regresa a una playa australiana que recuerda de su infancia, con la esperanza de recuperar su vida familiar y surfear con su hijo. Pero al llegar, se topa con una pandilla local que no permite que ningún forastero surfee en su territorio. Esta banda, en connivencia con los lugareños —incluida la policía—, lo somete a todo tipo de humillaciones hasta despojarlo de sus intenciones. Uno pensaría que, en algún momento, algo se le meterá a Cage y comenzará una masacre como venganza, pero no ocurre nada de eso. Y, aun así, el papel es formidable. Tiene múltiples facetas de la desgracia. Cage vuelve a lucirse en una interpretación más, sin que eso signifique, claro está, que mañana no pueda aparecer en una película terrible.

Mientras tanto, sigamos disfrutando de su talento descomunal. Como escribió el crítico David Ehrlich, Cage tiene la dosis necesaria de temeridad para incendiar la pantalla, aun y cuando la película nos decepcione. Y eso, en tiempos de fórmulas repetidas y automatismos actorales, no es poca cosa.


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