Si hay un actor al que bien podría atribuírsele el dicho de
que mejora con los años, acaso ese sea Nicolas Cage. Como otros contemporáneos
suyos —pienso, de forma paradigmática, en Liam Neeson, convertido en súper
agente especial, asesino despiadado y, en general, en cualquier cosa que se le
ocurra a los productores—, Cage ha protagonizado en los últimos años una
filmografía salpicada de cintas desechables. Pero, al menos para mí, a
diferencia de los Neeson de nuestra época, no deja de asombrar su capacidad
para reinventarse.
Sospecho que, hasta su retiro, Cage vivirá suspendido en ese
movimiento pendular entre papeles irrelevantes y otros prodigiosos. No niego
que buena parte de mi continuo asombro por sus actuaciones viene de muy atrás,
pues dio vida a varios personajes que tengo grabados desde mi infancia y
adolescencia: el terrorista Castor Troy (Face/Off), el ladrón de autos
Memphis Raines (Gone in 60 Seconds), el traficante de armas Yuri Orlov (Lord
of War), el sargento John McLoughlin (World Trade Center), el
clarividente Cris Johnson (Next). No son, ni de lejos, sus mejores
papeles ni las mejores películas en las que actuó, pero eran las que miraba en
la programación de los domingos, o las que conseguíamos con mi padre a bajo
precio en los puestos de DVD piratas.
Últimamente, sin embargo, la versatilidad de Cage ha
alcanzado un punto de maduración evidente. Encarna personajes que ni siquiera
son prototípicos, sino más bien alternativos, algo under, bastante
singulares; muchos de ellos en películas de terror. Esta etapa —si es que
podemos hablar de una fase coherente en su carrera— inicia con la lovecraftiana
Color Out of Space, que es maravillosa. Le sigue Pig, una
excelente antítesis y deformación creativa del modelo John Wick.
Continúa con The Unbearable Weight of Massive Talent, donde interpreta
una versión de sí mismo, y con una de las películas que, a mi parecer, ha
capturado con gran siniestralidad las consecuencias de la fama —más aún hoy, en
tiempos de viralización constante—: Dream Scenario. Este recorrido
parece cristalizar en Longlegs, una película que, no obstante, se hunde
en su propia premisa y no termina de despegar. Pero Cage, en los pocos minutos
en los que aparece, deslumbra.
No la había visto —salió antes que Longlegs—, pero
creo que The Surfer también merece un lugar entre las cintas del Cage
renovado. A simple vista, parece que será una película de venganza, pero en
realidad es un relato sobre el trauma, sobre las imposibilidades de llegar a
ser lo que uno quiere. Cage interpreta a un hombre que regresa a una playa
australiana que recuerda de su infancia, con la esperanza de recuperar su vida
familiar y surfear con su hijo. Pero al llegar, se topa con una pandilla local
que no permite que ningún forastero surfee en su territorio. Esta banda, en
connivencia con los lugareños —incluida la policía—, lo somete a todo tipo de
humillaciones hasta despojarlo de sus intenciones. Uno pensaría que, en algún
momento, algo se le meterá a Cage y comenzará una masacre como venganza, pero
no ocurre nada de eso. Y, aun así, el papel es formidable. Tiene múltiples
facetas de la desgracia. Cage vuelve a lucirse en una interpretación más, sin
que eso signifique, claro está, que mañana no pueda aparecer en una película
terrible.
Mientras tanto, sigamos disfrutando de su talento
descomunal. Como escribió el crítico David Ehrlich, Cage tiene la dosis
necesaria de temeridad para incendiar la pantalla, aun y cuando la película nos
decepcione. Y eso, en tiempos de fórmulas repetidas y automatismos actorales,
no es poca cosa.
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