martes, 1 de julio de 2025

Vidas que alumbran

El pasado 30 de junio se presentó la biografía de María Isabel Rodríguez, mujer que está próxima a cumplir 103 años. Pionera en las investigaciones sobre fisiología vascular y una de las doctoras más reconocidas en el ámbito de la salud pública latinoamericana, fue también ministra de Salud y es, quizás, la mujer viva más emblemática del país. El libro se titula María Isabel Rodríguez, su vida, sus tiempos y recoge, con esmero, los múltiples rostros de una vida entregada al conocimiento y al servicio público.

Me acordé de la Dra. Rodríguez —como se la conoce con cariño— luego de leer dos libros sobre otras mujeres notables, quienes, a su manera, rompieron paradigmas y enfrentaron entornos hostiles, dominados por hombres de corbata incapaces de tolerar que una mujer pudiera ser mucho más que un ama de casa.

Nunca había oído hablar de María Moliner hasta que encontré un retrato suyo en la más reciente novela de Andrés Neuman, Hasta que empieza a brillar. Moliner fue una mujer extraordinaria: filóloga, bibliotecaria, madre de cuatro hijos y autora de una de las hazañas más quijotescas de la filología hispánica, el Diccionario de uso del español. Un compendio de más de ochenta mil entradas —palabras, locuciones y expresiones de uso real—, pensado y revisado enteramente por ella. Sí, una obra hecha por una sola persona que, según expertos y escritores —como Gabriel García Márquez—, fue y sigue siendo, en muchos sentidos, superior al diccionario de la Real Academia Española.

Neuman novela su vida, llena de adversidades y de momentos de genialidad absoluta. Moliner fue una madre abnegada, marcada por la ausencia de su padre —que se quedó a vivir en Buenos Aires—, fue acusada de comunista, y dejó una huella notable en su trabajo como bibliotecaria: escribió manuales mínimos para el cuidado de bibliotecas pequeñas y propuso una red nacional para conectarlas en toda España. Vivió las desdichas del franquismo y padeció, claro, el conservadurismo y el machismo de la Real Academia, que se negó a aceptarla entre sus miembros. Su legado, sin embargo, queda recobrado con sensibilidad por Andrés Neuman, un escritor al que siempre vuelvo. Él también practica una suerte de orfebrería verbal. Malabarista del lenguaje, nos invita a pensar la infancia como un «cuaderno con páginas arrancadas» y el jardín como nuestro «perímetro de confianza». Es autor de Barbarismos, un diccionario alternativo, y poseedor de un estilo aforístico que seduce. Moliner, estoy seguro, sonreiría al ver que uno de sus herederos en el amor por las palabras le dedica este homenaje.

La otra historia es la de Beatriz Sarlo, quien publicó póstumamente su autobiografía No entender, con un título fiel a ese inconformismo y escepticismo con que abordó casi toda idea que se cruzó en su camino. La vida de Sarlo fue muy distinta a la de Moliner. Para empezar, no tuvo hijos. Además, recibió desde muy temprano una educación elitista. Criada en una familia de clase media porteña, tuvo una formación trilingüe que pronto le permitió incursionar en lecturas fundamentales: James Joyce, Ezra Pound, Rimbaud, Stendhal. Nunca necesitó salir del país para entender otras culturas. De hecho, según ella misma confesó, nunca pudo pasar más de seis meses lejos de Buenos Aires —un caso similar al de Borges.

Si Moliner fue genialidad, Sarlo fue tenacidad. Con su estilo irónico y audaz, desafiaba el pensamiento dominante. Fundó y dirigió la revista Punto de Vista, faro intelectual durante la dictadura argentina, donde muchos pensadores de izquierda hallaron refugio discursivo. No temía sentarse a debatir en una mesa repleta de hombres: se aseguraba de que su voz contara. Militó en el marxismo y el maoísmo, y luego viró hacia una visión socialdemócrata. Le fascinaba pensar desde lo cotidiano: una conversación en el metro o la aparición de un nuevo artilugio tecnológico. Fue una entusiasta del jazz y de la arquitectura. Su pensamiento fue siempre disperso, expansivo. No se dejó encasillar jamás.

Celebré con emoción la aparición de la biografía de la Dra. Rodríguez, un proyecto que tardó demasiado en ver la luz. Es otra mujer ejemplar, cuya vida nos alumbra en estos días sombríos. Recuerdo que, durante la celebración de su centenario —a la que fui invitado por añadidura de mis padres—, la doctora brindó en un momento y dijo: “¡Por cien años más de vida y dedicación!”. No podrán serlo, pero su legado perdurará, como el de Moliner y Sarlo, y el de tantas, tantas más.

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