El pasado 30 de junio se presentó la biografía de María Isabel
Rodríguez, mujer que está próxima a cumplir 103 años. Pionera en las investigaciones
sobre fisiología vascular y una de las doctoras más reconocidas en el ámbito de
la salud pública latinoamericana, fue también ministra de Salud y es, quizás,
la mujer viva más emblemática del país. El libro se titula María Isabel
Rodríguez, su vida, sus tiempos y recoge, con esmero, los múltiples
rostros de una vida entregada al conocimiento y al servicio público.
Me acordé de la Dra. Rodríguez —como se la conoce con cariño—
luego de leer dos libros sobre otras mujeres notables, quienes, a su manera,
rompieron paradigmas y enfrentaron entornos hostiles, dominados por hombres de
corbata incapaces de tolerar que una mujer pudiera ser mucho más que un ama de
casa.
Nunca había oído hablar de María Moliner hasta que encontré un
retrato suyo en la más reciente novela de Andrés Neuman, Hasta que
empieza a brillar. Moliner fue una mujer extraordinaria: filóloga,
bibliotecaria, madre de cuatro hijos y autora de una de las hazañas más
quijotescas de la filología hispánica, el Diccionario de uso del
español. Un compendio de más de ochenta mil entradas —palabras, locuciones
y expresiones de uso real—, pensado y revisado enteramente por ella. Sí, una
obra hecha por una sola persona que, según expertos y escritores —como Gabriel
García Márquez—, fue y sigue siendo, en muchos sentidos, superior al
diccionario de la Real Academia Española.
Neuman novela su vida, llena de adversidades y de momentos de
genialidad absoluta. Moliner fue una madre abnegada, marcada por la ausencia de
su padre —que se quedó a vivir en Buenos Aires—, fue acusada de comunista, y
dejó una huella notable en su trabajo como bibliotecaria: escribió manuales
mínimos para el cuidado de bibliotecas pequeñas y propuso una red nacional para
conectarlas en toda España. Vivió las desdichas del franquismo y padeció,
claro, el conservadurismo y el machismo de la Real Academia, que se negó a
aceptarla entre sus miembros. Su legado, sin embargo, queda recobrado con
sensibilidad por Andrés Neuman, un escritor al que siempre vuelvo. Él también
practica una suerte de orfebrería verbal. Malabarista del lenguaje, nos invita
a pensar la infancia como un «cuaderno con páginas arrancadas» y el jardín como
nuestro «perímetro de confianza». Es autor de Barbarismos, un
diccionario alternativo, y poseedor de un estilo aforístico que seduce.
Moliner, estoy seguro, sonreiría al ver que uno de sus herederos en el amor por
las palabras le dedica este homenaje.
La otra historia es la de Beatriz Sarlo, quien publicó
póstumamente su autobiografía No entender, con un título fiel a ese
inconformismo y escepticismo con que abordó casi toda idea que se cruzó en su
camino. La vida de Sarlo fue muy distinta a la de Moliner. Para empezar, no
tuvo hijos. Además, recibió desde muy temprano una educación elitista. Criada
en una familia de clase media porteña, tuvo una formación trilingüe que pronto
le permitió incursionar en lecturas fundamentales: James Joyce, Ezra Pound,
Rimbaud, Stendhal. Nunca necesitó salir del país para entender otras culturas.
De hecho, según ella misma confesó, nunca pudo pasar más de seis meses lejos de
Buenos Aires —un caso similar al de Borges.
Si Moliner fue genialidad, Sarlo fue tenacidad. Con su estilo
irónico y audaz, desafiaba el pensamiento dominante. Fundó y dirigió la
revista Punto de Vista, faro intelectual durante la dictadura
argentina, donde muchos pensadores de izquierda hallaron refugio discursivo. No
temía sentarse a debatir en una mesa repleta de hombres: se aseguraba de que su
voz contara. Militó en el marxismo y el maoísmo, y luego viró hacia una visión
socialdemócrata. Le fascinaba pensar desde lo cotidiano: una conversación en el
metro o la aparición de un nuevo artilugio tecnológico. Fue una entusiasta del
jazz y de la arquitectura. Su pensamiento fue siempre disperso, expansivo. No
se dejó encasillar jamás.
Celebré con emoción la aparición de la biografía de la Dra. Rodríguez, un proyecto que tardó demasiado en ver la luz. Es otra mujer ejemplar, cuya vida nos alumbra en estos días sombríos. Recuerdo que, durante la celebración de su centenario —a la que fui invitado por añadidura de mis padres—, la doctora brindó en un momento y dijo: “¡Por cien años más de vida y dedicación!”. No podrán serlo, pero su legado perdurará, como el de Moliner y Sarlo, y el de tantas, tantas más.
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