Imagínese una mesa donde coincidan Trump, Milei, Bukele, Petro, Maduro y Ortega. Agréguele —aunque no lleguen a entenderse— a Putin y a Netanyahu. Una mesa de machos autócratas. Son líderes mundiales, algunos con un respaldo masivo. Hay otros de esta calaña. Se ganan la simpatía de los pueblos. La sociología lo explica como un «momento carismático»; la Escuela de Frankfurt lo teorizaba como la figura del hombre heroico, reducto del bonapartismo. Pero quizá sea más sencillo llamarlos, como lo hace Héctor Abad Faciolince: machos requetemachos.
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«Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano».
La frase, atribuida a George Orwell, aparece citada en el último libro del ya
mencionado Héctor Abad: Ahora y en la hora. El autor de El olvido que
seremos vuelve sobre una experiencia que le cambió la vida. Durante una
visita a Ucrania en julio de 2023, en la ciudad de Kramatorsk, un misil
supersónico estalló en la pizzería donde cenaba con cuatro amigos. Todos
salieron ilesos, excepto la escritora ucraniana Victoria Amélina. El libro
habla de ese momento trágico, de las conexiones que Héctor forjó con Ucrania.
También reflexiona sobre las agresiones imperiales, la cobardía, el azar, y la
necesidad de mantenerse humanos en medio de la barbarie.
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Hay que ser bastante cínico para autodenominarse intelectual,
como lo hacen ciertos personajillos que semana tras semana ensayan una defensa
burda de su admirado Bukele. No solo carecen de un gramo de intelectualidad,
sino que además son adalides declarados de la narrativa oficial. Están, por
supuesto, en su derecho de creer y defender al gobierno. Pero que no nos vengan
con cuentos. Muéstrense como son: plumas serviles al poder.
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«Qué maneras tan curiosas de recordar tiene uno», dice una
canción de Silvio Rodríguez que recordé hace unos días, cuando fuimos con unos
amigos a Búhos, el bar que ahora opera en la antigua casa donde funcionó
La Luna Casa y Arte, epicentro artístico de la posguerra salvadoreña.
Fue, como dije, algo curioso. Recordé La Luna como si hubiera sido un
asiduo de sus noches efervescentes. Todo lo contrario: la visité a lo mucho
cinco veces, y cuando abrió yo ni siquiera había nacido. Pero su irradiación
estuvo presente en mi infancia y adolescencia. Supe por otros lo que ese lugar
significó: la idea de un país distinto, un sitio donde cabía la imaginación
desbordada. Fue casa de personas a quienes años después admiraría. No solo
artistas, sino profesionales de todo tipo. No hubo otras lunas. El país
imaginado dejó de existir hace mucho. Después de Búhos, caminamos por las
inmediaciones de la Buenos Aires y la San Luis. Rememoramos otras épocas —no
necesariamente mejores— y también a los amigos que ya no están.
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Sovereign me puso a pensar en los peligros
del fanatismo ideológico. Junto a Civil War y The Order, podría
formar una suerte de trilogía sobre la radicalización política en Estados
Unidos —y también en el mundo. El protagonista predica un panfleto
anarco-libertario donde el enemigo principal del individuo es el poder
institucionalizado. Llámese gobierno, banca o escuela. Cree que la vida se
resume en una serie de transacciones entre individuos. Obliga a su hijo a
estudiar en casa, para evitarle las “mentiras” de los programas escolares.
Asesora a familias por perder su casa, convenciéndolas de que nadie puede
quitarles lo que han ganado con esfuerzo. No tiene licencia de conducir, porque
no se debe a nadie. Hasta que la confrontación con la autoridad tiene un
desenlace fatal. Como puede suceder en la vida real. Como ya sucede. Fanatismos
contaminando nuestra convivencia.
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