Bostezo con Dolor y
gloria, la última película de Almódovar. No se lo atribuyo a la dirección o
al guion —que son geniales—, sino al insoportable de Antonio Banderas. Banderas
ya me estropeó La piel que habito,
una película que pudo estar entre mis favoritas de siempre, y me hizo huir de Genius —la serie de personajes
históricos de NatGeo— por su fastidiosa interpretación de Picasso. Prejuicios
míos, qué le vamos a hacer. Pero volvamos a Dolor
y gloria: es la más autobiográfica de Almódovar. De hecho, es una
confesión, una cajita de los recuerdos: la mala educación con los curas y las
referencias intelectuales, los romances homosexuales y las drogas, los achaques
de la vejez y la creación artística. Actúa, además, un icono almodovariano:
Cecilia Roth. Aparece poco, pero con qué deslumbramiento. También trabaja el
argentino Leonardo Sbaraglia, quien protagoniza uno de los momentos más
sensuales de la peli cuando le estampa un beso a Banderas. He leído algunas
críticas diciendo que Dolor y gloria
es la obra culmen de Almodóvar. No lo sé. ¿Cuántas obras maestras no tiene? Yo
me sigo quedando con Todo sobre mi madre,
Hable con ella y Los abrazos rotos. Quizá porque en ninguna sale Antonio Banderas.
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En Los invasores de Egon Wolff, unos
mendigos se apropian de la casa de una familia burguesa. Escrita en 1963, la
lucha de clases se representaba como una guerra abierta entre la burguesía y el
proletariado. Bong Joon-ho, en Parasite,
trabaja el mismo argumento, pero en la era de WhatsApp y Twitter. Una familia
pobrísima en la hipermoderna Corea del Sur se infiltra con toda clase de
estratagemas para vivir en (y de) la casa de una familia rica. Realizan su
estafa ayudados de Google y los smartphones, por supuesto. En un momento de
alta tensión, un personaje dice (cito de memoria): «ahora apretar un botón en
el celular es tan poderoso como lanzar un misil». Y mientras lo que vemos en la
superficie es una lucha de clase, el subsuelo es el escenario de una historia
retorcida y miserable. Bong Joon-ho ya es un maestro de las atmósferas
subterráneas, en las que suele colocar dramas más intensos de los que nos
muestra a plena luz del día. En esto es un heredero del H.G Wells de La máquina del tiempo.
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Fui al Festival Ícaro.
Presentaron en el MUNA una película chilena, La mentirita blanca, dirigida por Tomás Alzamora. Siempre es bueno
ver una peli chilena que no hable de Pinochet o de la curia pedófila. La
historia es sobre un periodista que empieza a inventar historias porque en el
pueblito donde vive ya no sucede nada de interés. Entonces fabrica asesinatos,
el regreso del chupacabras y hasta una invasión alienígena. Después sus propias
mentiritas lo llevarán a tener que decir la verdad por las consecuencias que ha
desatado. Más actual, imposible. Las fake
news en todo su esplendor desde un drama de provincias. La película la
presentó Catalina Saavedra, conocida por su memorable papel en La nana, que es una actriz fantástica.
En La mentirita blanca es la hermana
chiflada del protagonista. Catalina es una crack: propone un cine crítico y
combativo. Lo peor de la noche fue que, a los organizadores, se les olvidó
poner subtítulos. A los chilenos a veces no se les entiende nada, hueón culiao.
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