Nunca me gustaron los entierros. Según una anécdota, cuando vi por
primera vez un cadáver dentro de un féretro me puse a reír como el Joker. Mis
padres no podían con la vergüenza. Me tuvieron que llevar lejos para no
perturbar el funeral. Después, cuando me tocó vivir la pérdida de un ser
querido, preferí perderme en el verde del cementerio. ¿Qué más se puede hacer?
Por lo demás, el duelo y los entierros son intrigantes. Nos definen como
humanos. Los antropólogos han escrito tratados para explicar por qué en algunas
culturas se comen a sus muertos. O por qué los entierran en vertical, boca
abajo, esperando que cuando el mundo se invierta el día del Juicio Final los
encuentre de pie. Algo un tanto más indescifrable son las plañideras:
profesionales con las glándulas lacrimales hipertrofiadas que en los entierros
lloran a los difuntos a cambio de un salario. Menuda relación que nos canjeamos
con la muerte.
Nos toca, a veces, enfrentar una muerte anunciada. Chocar con un tumor
maligno que va creciendo en el cerebro de un allegado o en el de uno mismo. Un
mal cuya cura es inaccesible. Que nos digan las palabras que nadie quiere oír: «le quedan de cuatro a seis meses». Y sabemos que puede ser menos tiempo
(o nosotros hacer de la espera un tiempo más corto). En estos casos, como dice
la canción de Soda Stereo, hay quienes prefieren realizar una «terapia de amor
intensiva».
Pues una terapia de amor intensiva es la que nos muestra Lulu Wang en su
nueva película The Farewell (2019). Tiene
un guion autobiográfico: retrata a una familia que se reunirá en Pekín para
decirle adiós a la abuela que tiene un cáncer de pulmón terminal, aunque
ocultándole su enfermedad. Wang logra una conmovedora sobriedad en cada escena
donde se nos muestran los conflictos que desata este dilema (desde pequeñas
conversaciones hasta una falsa boda que planea la familia), en especial a
través de Billi, la nieta neoyorquina que viaja a Pekín para despedirse de su «Nai Nai». Para ella, criada en el individualismo de la gran manzana, es
incomprensible una mentira piadosa cuando se trata de la salud de una persona.
Uno de sus parientes se lo explica: «En China se dice que lo que mata es el
miedo». Por lo tanto, es la familia quien debe llevar la carga del temor a la
muerte, no el futuro difunto.
Wang se aleja de la filosofía barata y emocional sobre los avatares de
las enfermedades terminales. No le interesa que el espectador rompa en llanto,
esa tendencia gringa desagradable de querer pintar el fin de una vida con bucket lists o romances de último
momento o desgracias inesperadas. Por el contrario, construye un relato parco,
sencillo, aunque profundamente reflexivo sobre el papel de la mentira para
aligerar el dolor en la vida. Todos mienten para un fin superior y noble. The Farewell es, además, muchas otras
cosas: una historia sobre el desarraigo, la inmigración, los lazos familiares, la
dicotomía entre Oriente y Occidente, los prolegómenos de una muerte inminente. La
música clásica que acompaña alguna de las mejores escenas de la película
termina por conferirle cierta frivolidad; y, sin embargo, Wang nos está
llevando a un remolino de sentimientos.
Las acciones de la familia de Billi, pese a su rechazo inicial, tendrán
sentido hacia la escena final (la cual nos guardaremos). Nosotros también somos
partícipes de cierta incomprensión. Al final no importa: un gran filme sobre la
mentira y la muerte que nos hace más humanos.

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