El año pasado la editorial Galaxia
Gutenberg tradujo el libro The Death of Truth: Notes on Falsehood in the
Age of Trump (2018), de la
célebre crítica literaria de The New York Times, Michiko Kakutani. Se
trata de un libro fundamental para entender el populismo de Donald
Trump, pero no solo. Con una exactitud que muchos no quisiéramos atribuirle,
explica también el fenómeno de distintos populismos de derecha e izquierda que
hoy gobiernan en varias partes del mundo. El análisis de Kakutani es local,
centrado en las circunstancias históricas y sociales de Estados Unidos, en su
ambiente intelectual y cultural, pero sus conclusiones trascienden ese espacio.
Hay fragmentos que un salvadoreño no podría leer sin pensar en Nayib Bukele; un
brasileño, en Jair Bolsonaro; un inglés, en Boris Johnson; un español, en
Santiago Abascal; y así sucesivamente.
Para Kakutani la verdad ha muerto. Para
demostrarlo ha escrito un libro político brillante, lleno de referencias literarias
y apreciaciones culturales, que, por una parte, demuestra el inconsciente
vínculo entre el posmodernismo y la posverdad, y por otra, la total
difuminación entre el hecho y la verdad con la aparición de Internet, las redes
sociales y el «regodeo de los troles». Kakutani recurre a Hannah Arendt para explicar el
fenómeno: «el sujeto ideal para un gobierno totalitario no es el nazi
convencido ni el comunista convencido, sino el individuo para quien la
distinción entre hechos y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y
la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, los estándares del
pensamiento) han dejado de existir». Es una frase que, si bien antes tenía un
sentido práctico a través de la propaganda y los discursos incendiarios de personajes
carismáticos, ahora tiene su materialización con los tuits, las noticias
falsas, los youtubers y los
algoritmos diseñados para mover las conciencias de las masas. Una corriente
incontenible de desinformación que es absorbida como hechos por millones de
personas en un mismo instante.
Hay algunos sucesos escandalosos que Kakutani va
esparciendo a lo largo de su obra. Por ejemplo, The Washington Post calculó que, durante el primer año en el cargo,
Donald Trump pudo haber emitido 2,140 declaraciones que contenían falsedades o
equívocos. Esto equivale a casi 6 embustes por día. Durante la campaña del magnate, los troles
rusos utilizaron perfiles falsos en Facebook para organizar una movilización
contra la «islamización de Texas», al mismo tiempo en que creaban otra para
contrarrestarla con el nombre «Musulmanes Unidos de América» (los troles rusos,
ahora sabemos, urdieron múltiples engañifas que fueron clave para el ascenso de
Trump). Trump aprovechó la ignorancia
del electorado para afirmar que Estados Unidos era un país ahogado por la
delincuencia (cuando el índice de criminalidad estaba en mínimos históricos
desde 1991) y un país acosado por inmigrantes violentos e inútiles (cuando en
realidad 31 de los 78 Premios Nobel que ha recibido un ciudadano estadounidense
desde el 2000 han recaído sobre inmigrantes, «y los inmigrantes y sus hijos han
participado en la fundación de aproximadamente un 70% de las mayores empresas
tecnológicas estadounidenses»). Pero para una masa que desprecia el
conocimiento, que está absorta en la inmediatez del meme, estas eran verdades
incontestables.
Sabemos que estas mentiras no son propias de Trump,
aunque este fácilmente es su mejor representante. Las noticias falsas y la
desinformación se esparcen por el mundo a una velocidad sin parangón. Y las
creemos, y las citamos, y tomamos decisiones alrededor de ellas, y nos sumamos
a los antivacunas y terraplanistas. Kakutani desarrolla algunas razones para
explicar este fenómeno generalizado. La más importante acaso sea (Kakutani cita
a Andrew Keen) la sustitución del verdadero conocimiento por la «sabiduría de
la turba» (the wisdom of the crowd). Esa
sabiduría que se basa en un desprecio a la ciencia y a la información, y que
propugna más bien por una vulgarización de contenidos, «discursos
precocinados», una vida como reality show
(de los que, por cierto, Trump fue practicante). Frente a este fenómeno, no hay
duda de que Internet y los avances tecnológicos han jugado un papel
preponderante. No solo han contribuido a tergiversar la realidad, sino a
simplificarla. La turba prefiere leer hilos de teorías de conspiración, a
sentarse con un libro de Jaron Lanier. A propósito, Kakutani rescata una cita
oportuna de Nicholas Carr: «cuando buscamos en la red no vemos el bosque. Ni siquiera
vemos los árboles. No vemos más que ramas y hojas».
La segunda razón que trabaja Kakutani es la filosofía
de la posmodernidad que inundó las universidades estadounidenses y europeas
(también latinoamericanas) en el último tercio del siglo XX. Kakutani realiza
una crítica mordaz a la filosofía posmoderna de Derrida, Lyotard y otros
representantes, culpabilizándola de justificar filosóficamente el rechazo a la
objetividad. Estos sostienen —recuerda Kakutani— que «el conocimiento siempre
acaba filtrado por los puntos de vista de clase, raza, género y otras
variables». Las narrativas se vuelven así inestables y delebles, los textos
pueden deconstruirse, «las verdades son contingentes», las opiniones son ambivalentes
y ambiguas. A raíz de esto, las grandes teorías o acontecimientos pueden ser
maleables: el Holocausto no existió, la tierra no es redonda, el cambio
climático fue invención de los chinos.
(Hay que señalar que, aunque estas razones están
seductoramente argumentadas, Kakutani omite identificar al deterioro de las
condiciones materiales de vida del estadounidense promedio como otra causa de
este descontento y desprecio hacia el experto, hacia los grandes relatos y hacia
la política convencional. Una veta que nosotros consideramos indispensable y
que funciona como un material inflamable para la eficacia de la desinformación
en todo el mundo, incubando ira y odio).
Al cerrar el libro se entiende cómo este desprecio por
el conocimiento y este «déficit de atención» son un caldo de cultivo para
discursos populistas que apelan a las emociones más hondas de las personas, a
discursos fáciles que engendran terror y confusión, a la implantación de falsas
esperanzas y a toda una cultura que gira alrededor del narcisismo desmedido de
un salvador. Entendemos por qué en nuestro país, en esta era de falsedades y
espejismos, empiezan a levantarse puentes, a pagarse pensiones, a firmarse
acuerdos, a construirse carreteras, en la realidad digital de Twitter (tuiteo, ergo sum). Entendemos por qué el
presidente prefiere tomarse una selfie
a hilvanar un discurso estructurado para la comunidad internacional. Entendemos
por qué las personas no diferencian entre los titulares de medios como La Britany o Factum. Entendemos por qué
existe una pretensión a borrar los límites entre la izquierda y la derecha,
apelando a un centrismo esquivo e indefinido. Entendemos por qué incluso el
lenguaje se tuerce de maneras insospechadas (el nepotismo que dejó de ser
nepotismo). Entendemos, pues, por qué se invierte tanto en propaganda a costa
del medio ambiente y la agricultura.
Los troles arribaron a Casa Presidencial. Por esto
consideramos que la obra de Kakutani es necesaria para comprender mejor nuestra
realidad.
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