Lo que está hoy en boca de todos
es que la IA podría terminar por exterminarnos en un plazo bastante más corto
de lo que hasta hace poco presuponíamos. De esto, lo sabemos bien, se viene
hablando desde hace décadas, pero ahora nos dicen que ya no se trata únicamente
de una fantasía o de un aventurado vaticinio de la ciencia ficción, sino de un
riesgo que algunos expertos consideran suficientemente real como para tomárselo
en serio.
Entre los famosos bandos
tipificados por Umberto Eco, los apocalípticos y los integrados, yo siempre me
he considerado de los segundos. La historia nos ha enseñado que los avances de
la técnica suelen coincidir con momentos significativos de expansión de la
riqueza y el bienestar y con vidas más prolongadas. Pero la técnica tiene sus
propias contradicciones, y la IA no constituye ninguna salvedad. El
razonamiento según el cual el problema no fue el invento de la pólvora, sino
que se nos ocurriera utilizarla también para hacer explotar personas, sigue
siendo válido: una parte importante de los riesgos de la IA dependerá de quién
la controle, con qué fines y bajo qué reglas.
El problema mayúsculo de nuestro
tiempo es que esta vez aparece, además, una dificultad distinta. Los avances
técnicos que habíamos conocido hasta ahora eran herramientas cuya capacidad
permanecía, en lo fundamental, subordinada a la nuestra. Con la IA comienza a
discutirse la posibilidad de construir sistemas capaces de resolver problemas,
tomar decisiones o ejecutar acciones con un grado creciente de autonomía y,
eventualmente, de superar nuestras capacidades en ámbitos cada vez más amplios.
Que eso desemboque o no en una inteligencia que ya no podamos controlar es otra
discusión, mucho más incierta, pero es precisamente esa posibilidad la que vuelve
distinto este momento.
Incluso para quienes contemplamos
con inquietud su desarrollo resulta difícil negar el extraordinario potencial
de la IA como aceleradora de muchos progresos humanos en las diversas áreas de
la vida en común. Pero tampoco hace falta imaginar una superinteligencia
rebelde para advertir su potencial destructivo. Decía el filósofo alemán Markus
Gabriel que el problema no era Twitter, sino un Trump con Twitter. Básicamente,
el mismo principio puede aplicarse a la IA: antes de preguntarnos qué ocurrirá
si algún día las máquinas actúan completamente por su cuenta, convendría
preguntarnos qué pueden hacer ya en manos de quienes buscan maximizar
ganancias, vigilar poblaciones, concentrar poder o administrar vidas ajenas
desde un algoritmo.
Escuchar por estos días las
discusiones sobre la posibilidad de que sistemas de IA desarrollen
comportamientos no previstos por quienes los diseñaron, y sobre escenarios más
extremos en los que una inteligencia artificial pueda escapar de nuestro control,
me ha hecho recordar la tesis de James Lovelock en Novaceno. El autor de la hipótesis Gaia imaginaba
que con la inteligencia artificial comenzaría a cerrarse el Antropoceno:
nuestra especie dejaría de ocupar el lugar de la inteligencia dominante del planeta
y se abriría paso otra época, el Novaceno, habitada por superinteligencias que
nosotros mismos habríamos construido, pero cuya existencia ya no estaría
necesariamente subordinada a nuestros propósitos.
Esta es la idea más perturbadora:
no que las máquinas necesariamente decidan exterminarnos, sino que podamos
dejar de ser la medida de la inteligencia en un mundo construido por nosotros
mismos. Que continuemos aquí, pero convertidos en actores secundarios de una
historia que hasta ahora creíamos protagonizar.
Si acaso llegamos a tenerlo, se
vislumbra un futuro extraño y por momentos lúgubre para la humanidad. No hay
retorno o reversibilidad sobre la IA y sus vaivenes. Me cuestiono entonces si
vale la pena continuar en el bando de los integrados, porque hacerlo podría
equivaler a terminar dilapidado por ingenuo; pero pasarme definitivamente al de
los apocalípticos supondría también renunciar demasiado pronto a todo aquello
que la técnica todavía puede hacer por nosotros.
Quizá convenga adoptar otro
nombre. Ser apocaloptimistas, como concluyen Daniel Roher y Charlie Tyrell en
un nuevo documental estrenado en Netflix: conservar todavía alguna esperanza en
la humanidad, aun conociendo sobradamente las razones que existen para
desconfiar de ella.