lunes, 21 de septiembre de 2026

Cápsula 8 / Los apocaloptimistas

 

Lo que está hoy en boca de todos es que la IA podría terminar por exterminarnos en un plazo bastante más corto de lo que hasta hace poco presuponíamos. De esto, lo sabemos bien, se viene hablando desde hace décadas, pero ahora nos dicen que ya no se trata únicamente de una fantasía o de un aventurado vaticinio de la ciencia ficción, sino de un riesgo que algunos expertos consideran suficientemente real como para tomárselo en serio.

Entre los famosos bandos tipificados por Umberto Eco, los apocalípticos y los integrados, yo siempre me he considerado de los segundos. La historia nos ha enseñado que los avances de la técnica suelen coincidir con momentos significativos de expansión de la riqueza y el bienestar y con vidas más prolongadas. Pero la técnica tiene sus propias contradicciones, y la IA no constituye ninguna salvedad. El razonamiento según el cual el problema no fue el invento de la pólvora, sino que se nos ocurriera utilizarla también para hacer explotar personas, sigue siendo válido: una parte importante de los riesgos de la IA dependerá de quién la controle, con qué fines y bajo qué reglas.

El problema mayúsculo de nuestro tiempo es que esta vez aparece, además, una dificultad distinta. Los avances técnicos que habíamos conocido hasta ahora eran herramientas cuya capacidad permanecía, en lo fundamental, subordinada a la nuestra. Con la IA comienza a discutirse la posibilidad de construir sistemas capaces de resolver problemas, tomar decisiones o ejecutar acciones con un grado creciente de autonomía y, eventualmente, de superar nuestras capacidades en ámbitos cada vez más amplios. Que eso desemboque o no en una inteligencia que ya no podamos controlar es otra discusión, mucho más incierta, pero es precisamente esa posibilidad la que vuelve distinto este momento.

Incluso para quienes contemplamos con inquietud su desarrollo resulta difícil negar el extraordinario potencial de la IA como aceleradora de muchos progresos humanos en las diversas áreas de la vida en común. Pero tampoco hace falta imaginar una superinteligencia rebelde para advertir su potencial destructivo. Decía el filósofo alemán Markus Gabriel que el problema no era Twitter, sino un Trump con Twitter. Básicamente, el mismo principio puede aplicarse a la IA: antes de preguntarnos qué ocurrirá si algún día las máquinas actúan completamente por su cuenta, convendría preguntarnos qué pueden hacer ya en manos de quienes buscan maximizar ganancias, vigilar poblaciones, concentrar poder o administrar vidas ajenas desde un algoritmo.

Escuchar por estos días las discusiones sobre la posibilidad de que sistemas de IA desarrollen comportamientos no previstos por quienes los diseñaron, y sobre escenarios más extremos en los que una inteligencia artificial pueda escapar de nuestro control, me ha hecho recordar la tesis de James Lovelock en Novaceno. El autor de la hipótesis Gaia imaginaba que con la inteligencia artificial comenzaría a cerrarse el Antropoceno: nuestra especie dejaría de ocupar el lugar de la inteligencia dominante del planeta y se abriría paso otra época, el Novaceno, habitada por superinteligencias que nosotros mismos habríamos construido, pero cuya existencia ya no estaría necesariamente subordinada a nuestros propósitos.

Esta es la idea más perturbadora: no que las máquinas necesariamente decidan exterminarnos, sino que podamos dejar de ser la medida de la inteligencia en un mundo construido por nosotros mismos. Que continuemos aquí, pero convertidos en actores secundarios de una historia que hasta ahora creíamos protagonizar.

Si acaso llegamos a tenerlo, se vislumbra un futuro extraño y por momentos lúgubre para la humanidad. No hay retorno o reversibilidad sobre la IA y sus vaivenes. Me cuestiono entonces si vale la pena continuar en el bando de los integrados, porque hacerlo podría equivaler a terminar dilapidado por ingenuo; pero pasarme definitivamente al de los apocalípticos supondría también renunciar demasiado pronto a todo aquello que la técnica todavía puede hacer por nosotros.

Quizá convenga adoptar otro nombre. Ser apocaloptimistas, como concluyen Daniel Roher y Charlie Tyrell en un nuevo documental estrenado en Netflix: conservar todavía alguna esperanza en la humanidad, aun conociendo sobradamente las razones que existen para desconfiar de ella.

 

lunes, 7 de septiembre de 2026

Cápsulas / 7 - Cántame una canción

El descubrimiento reciente de un artista pop —de esos que hacen canciones pegajosas, de las que se cantan en espiral—, Jacinto y su álbum Hipersentimental, coincidió más o menos con que viera Power Ballad, la nueva película de John Carney, en la que vuelve al tema obsesivo de su obra: la música y sus efectos expansivos sobre las vidas de quienes la practican. Ingeniero en negocios, antes de soñar con llenar un estadio de fans moviendo sus celulares como estrellitas, Jacinto soñaba con estudiar un posgrado en Stanford y dedicarse a la vida corporativa. Al protagonista de Power Ballad le ocurre casi lo contrario: en el momento cúspide de su creación tiene que abandonar el sueño de convertirse en una estrella de rock. Hay alquileres, recibos y una hija recién nacida; cuentas que la música no puede pagarle, o al menos no su propia música. Termina armando bandas de covers para conseguir los ingresos que sus canciones originales no le dan. Por distintas que sean estas dos vidas —una real y la otra ficticia—, la música termina llevándolas hacia lugares insospechados. A Jacinto, tapatío, lo recluta el gerente de un gran sello discográfico después de encontrar los videos que subía cantando a YouTube. Rick llega a cruzarse con una estrella de rock en declive y, después de compartir unas canciones tras una boda, entre cervezas y whisky, termina viendo cómo le usurpan una composición. Power Ballad habla de talentos que se marchitan y de otros a los que nunca se les dio la oportunidad de crecer. Habla también de ese extraño suceso que significa crear un hit: una canción que, de pronto, será cantada por millones de desconocidos. Jacinto sale a buscar ese santo grial desde su primer disco. Es ambicioso y, quizá más importante, parece haber llegado al punto en que ya no hay vuelta atrás. Dice en una de sus canciones: «no tengo horarios ni rutina u orden en general / creen que no entiendo la vida y que me voy a arruinar / soñando que estrellas me gritan “qué raro es ser normal”». El joven jalisciense pudo haber intentado convertirse en una estrella del mundo corporativo, pero decidió probar suerte como estrella pop. Una cosa, desde luego, no tendría por qué excluir la otra. Pero hay personas que vienen a este mundo para no ser normales. Y se los agradecemos mil.


martes, 1 de septiembre de 2026

Cápsulas / 6

 

Empezaré estas cápsulas autorremedándome. No hace mucho tuve que dar un taller sobre un tema del que preferiría no hablar, pero para el cual se me pidió que ofreciera unas “cápsulas” conceptuales, sin que los clientes especificaran exactamente la dosis que requerían.

—¿Y ya tenés las píldoras que vas a administrar? —me preguntó un amigo, sabedor de que aquel público necesitaba una buena dosis concentrada.

No es la primera ni será la última vez que vuelva a estas cápsulas sin poder definir del todo qué son. En este espacio, esta es la sexta. Lo que intento hacer con ellas es encapsular momentos cotidianos: alguna anécdota, una reflexión surgida de algo que leí o vi, o un dato que, bajo determinadas circunstancias, pudiera resultar trascendente.

La última la escribí en julio de 2021. Han pasado, por tanto, más de cinco años. Y sigo, de alguna manera, cómodo con esta figura.

Después de ver pasar tanta agua bajo el puente —lo que incluye, entre otras cosas, que Messi ganara un Mundial; que yo tuviera más de seis trabajos distintos en el lapso de cinco años; que volviera a viajar a Estados Unidos; que la inteligencia artificial irrumpiera hasta llevarnos a lo que el señor Timothy Garton Ash llamó un “Hiroshima de IA”; y que, pese a todo, siga amando a la misma pareja y viviendo en el mismo apartamento de dos ambientes—, continúo creyendo que lo único que sé hacer, y acaso lo único que he hecho siempre, son cápsulas.

O glosas, como también las he llamado.

Y que es en esta corta distancia donde mejor puedo decir lo que tengo que decir.