Empezaré estas
cápsulas autorremedándome. No hace mucho tuve que dar un taller sobre un tema
del que preferiría no hablar, pero para el cual se me pidió que ofreciera unas
“cápsulas” conceptuales, sin que los clientes especificaran exactamente la
dosis que requerían.
—¿Y ya tenés
las píldoras que vas a administrar? —me preguntó un amigo, sabedor de que aquel
público necesitaba una buena dosis concentrada.
No es la
primera ni será la última vez que vuelva a estas cápsulas sin poder definir del
todo qué son. En este espacio, esta es la sexta. Lo que intento hacer con ellas
es encapsular momentos cotidianos: alguna anécdota, una reflexión surgida de
algo que leí o vi, o un dato que, bajo determinadas circunstancias, pudiera
resultar trascendente.
La última la escribí
en julio de 2021. Han pasado, por tanto, más de cinco años. Y sigo, de alguna
manera, cómodo con esta figura.
Después de ver
pasar tanta agua bajo el puente —lo que incluye, entre otras cosas, que Messi
ganara un Mundial; que yo tuviera más de seis trabajos distintos en el lapso de
cinco años; que volviera a viajar a Estados Unidos; que la inteligencia
artificial irrumpiera hasta llevarnos a lo que el señor Timothy Garton Ash
llamó un “Hiroshima de IA”; y que, pese a todo, siga amando a la misma pareja y
viviendo en el mismo apartamento de dos ambientes—, continúo creyendo que lo único que sé
hacer, y acaso lo único que he hecho siempre, son cápsulas.
O glosas, como
también las he llamado.
Y que es en esta corta distancia
donde mejor puedo decir lo que tengo que decir.
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