martes, 13 de octubre de 2020

La economía según Vicente Verdú

 

«La economía, la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia humana más atrasada. Y ello obedece a que con frecuencia se abstrae de las condiciones sociales, históricas, políticas, psicológicas y caóticas, que son inseparables de las actividades mercantiles. Como consecuencia, los expertos económicos resultan especialmente incapaces para interpretar las causas y las consecuencias de las perturbaciones monetarias y bursátiles y de prever el curso de la economía incluso en el corto plazo.

Obedientes al cálculo, ignoran lo que no es calculable ni mensurable, como la vida, el sufrimiento, la alegría, el amor, el honor, la magnanimidad, la moda, la emulación, las comunicaciones y el mal humor. Su medida de la satisfacción viene a ser el crecimiento de la producción, de la productividad o de los ingresos. La economía puede establecer con precisión las tasas de pobreza monetaria, pero ignora la subordinación, la humillación o el dolor que experimentan los pobres. Ignora, en otros casos, la confianza o la duda circunstancial en uno mismo y en el gobierno. Y la voluble, excitante o temeraria inclinación a apostar».

(Vicente Verdú, El capitalismo funeral; p. 17).

jueves, 24 de septiembre de 2020

Demolición

 

No me levanté sobresaltado, pero la pesadilla fue espantosa. C. estaba a mi lado bajo sábanas ella había soñado otras cosas—, su piel rozaba la mía. Me dijo: «¿Cómo despertaste?». Y yo le contesté que había soñado algo horrible: un edificio que se derrumbaba y soterraba a mi familia y a otras personas conocidas. Lo recuerdo como si hubiera sido real: un edificio blanco, con ventanas estilo francés, altísimo, que se desplomaba como un castillo de naipes. Primero fue la polvareda que dejó una imagen en blanco, luego vino la angustiosa sensación de haber perdido a todos. ¿Dónde están? Se escuchaban gritos. Recuerdo vagamente que yo mismo estuve debajo de unos trozos de cemento que no me hicieron daño. Eran fríos y pesados. No veía a nadie. Todos muertos, pensé. Todos aniquilados. ¿Fue un terremoto? Sin embargo, divisé en la lejanía que un grupo de personas jugaba desprevenidamente en un campo abierto. Identifiqué, en otro costado, a un primo que bebía un cóctel con su esposa en una piscina azulina. La nube de tierra se disipaba y empezaban a vislumbrarse paisajes multicolores. El espacio de pronto se expandió como suele suceder en los sueños; no solo estábamos debajo de un edificio que se vino abajo, entre una densa nube de polvo que asfixiaba, sino que aquello era un mundo en miniatura. La creación —quizá— de una mente externa, como la de los arquitectos de sueños de Inception de Christopher Nolan. ¿Un sueño dentro de un sueño? Y en ese mundo que de pronto se expandía y transformaba empezaban a aparecer los desaparecidos. Aparecían —los recuerdo— mis padres y la gente más cercana: mi hermano, algunos primos, los amigos. Aparecieron más, pero no puedo recordarlos. Sé de quienes nunca tuve noticia, porque quedaron ahí, en la zona gris del sueño, debajo de una roca y silenciados para siempre. Si cuando la alarma sonó no pegué un brinco —6:00 a.m, hora de trabajo— fue porque, entre la demolición y la ruina que representaba el sueño, no quedó ninguna sensación de pérdida y derrota, sino todo lo contrario. Sentí el consuelo que proporcionan las victorias ínfimas. La alarma volvió a sonar a las 6:10 a.m. C. seguía ahí, bajo sábanas, su piel rozando la mía. Y me dije que al final de cuentas otro amanecer no es más que una oportunidad para volver a salir de los escombros.  Nada más que eso: intentar ser una pieza indestructible durante la demolición.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Desapariciones


En América Latina la gente desaparece por conflictos armados o por violencia o por eventos climáticos o en la ruta migratoria hacia el Norte. Las desapariciones fueron el sello distintivo de no pocas dictaduras. Las desapariciones también han sido el sello distintivo de la violencia relacionada al crimen organizado, al narcotráfico, a las pandillas. En la región, desaparecer es, pues, cuando hay suerte y se encuentra, el preámbulo a una osamenta en medio de un campo escarpado.  

Por eso —pienso— hasta nos parece extraño que existan otras formas de desaparecer. Esas otras formas que son secretas y que no implican una muerte; o que son, mejor dicho, una muerte a medias, falsificada, artificial, solo para hacer creer que uno se ha ido, que se esfumó. Desaparecer para renacer.

La literatura está llena de estos ejemplos. El relato clásico podría ser Wakefield de Nathaniel Hawthorne. Como se recordará, este es un relato sobre un hombre felizmente casado que un día decidió abandonar a su esposa y a su hogar sin motivo alguno. Vivió oculto veinte años en una casita cerca de su antiguo hogar y durante este período pasó todos los días frente a su casa o la miraba desde la esquina, y muchas veces incluso llegó a ver a su esposa. Cuando su esposa empieza a creerse viuda, Wakefield, un día, regresa a su casa y simplemente abre la puerta esbozando una sonrisa como si se hubiera marchado un par de horas. Los motivos de esa desaparición prolongada son desconocidos, solo pueden conjeturarse. Nadie los sabe, ni siquiera el mismo Hawthorne. El relato es la búsqueda de esos motivos.

En El difunto Matías Pascal el escritor italiano Luigi Pirandello narra la vida de un hombre que, atormentado por las deudas y el tedio de un trabajo que lo martiriza, falsifica su defunción y vive otra vida. Pero más interesante que la historia de Pirandello, es la desaparición real del físico teórico Ettore Majorana (asiduo y acucioso lector, por cierto, de Pirandello), quien un día de 1938 se esfumó sin dejar rastro, solo la sospecha de que su desaparición estuvo vinculada con haber tenido la certeza, años antes de Hiroshima, de que la ciencia estaba por construir la bomba atómica (y de que él mismo, junto con Werner Heisenberg, pudo haber sido su creador). El enigma de Majorana fue relatado por Leonardo Sciacia en una formidable crónica que termina con la hipótesis de que el gran científico se recluyó en un monasterio, alejado del siglo, alejado de todos. Hasta el momento, su desaparición es un enigma.

Si vamos a la televisión, todos recordarán a Ed, el extractor-reparador de aspiradores de Breaking Bad que es capaz de darle una nueva identidad y una nueva vida a las personas. Porque desaparecer se vuelve ineludible en situaciones límites. Como cuando estás siendo perseguido por la DEA y por una banda de neonazis.

Pero parte de lo anterior es ficción. Y no todo es ficción. Me despierto leyendo en la BBC que en Japón existen empresas exclusivamente dedicadas a la desaparición de personas. A estas personas que se esfuman de un día para otro se les conoce como jouhatsu, palabra que significa evaporación. Y entre los que se evaporan los hay de todo: mujeres víctimas de acoso y violencia doméstica; cónyuges que prefieren no enfrentar el divorcio; trabajadores ahogados por las deudas; empresarios angustiados por la carga del éxito; personas que cambian de domicilio para obtener un trabajo. Los jouhatsu se van por años, a veces décadas, pero sus familias no siempre saben de sus paraderos: llevan la angustia perpetua por verlos retornar un día.

Yo conocí a G. porque estaba casado con una prima. Un día, G. le dice a su hija de diez años que lo espere porque debe ir a la tienda. Su hija nunca más lo volvió a ver. Hasta la fecha, nadie sabe dónde está G. Lo que se supo es que pertenecía a la pandilla del Barrio 18, que debía un dinero, que se entrometió con la jaina de alguien más. Y pienso que, aunque existan esas otras desapariciones —íntimas, planificadas, valientes, egoístas (tan egoístas), urgentes otras veces—, G. y tantos más en este país no son Wakefield, ni Matías Pascal, ni jouhatsu, sino simplemente ese preámbulo al hallazgo de una osamenta en medio de un campo escarpado.

domingo, 2 de agosto de 2020

Recuerdos de infancia

Me acuerdo by Martín Kohan

El haber tenido una infancia feliz —dice Ramón Eder— es un serio obstáculo para toda la vida: solo se puede ir para peor. Y a esto también se le añade, pienso, otro obstáculo: que los recuerdos de la infancia, buenos o malos, si no se los recuerda con total nitidez, transmutan o se vuelven fantasmagorías, pero nunca se evaporan. Están ahí como en un espejo opaco en el que nos miramos mientras transcurre nuestra vida. Acaso por esto la infancia es más poderosa que la ficción, pues los recuerdos que de ella tenemos son como sedimentos descompuestos de verdad, memoria fragmentada, hechos verídicos con sentimientos ambiguos.

Leo Me acuerdo de Martín Kohan, un libro donde se reúnen sus recuerdos hasta los doce años, la edad donde termina la infancia. Recuerdos, por ejemplo, como el color de su primera bicicleta, la marca de cigarros que fumaba su madre, la tos de fumador de su padre, su primer beso, su primero beso con lengua, su primera y última copa de vino (Kohan no bebe, no fuma, no baila), sus mascotas (un hámster, un perro), el fútbol, el tenis, la imposibilidad de ejecutar un Fa mayor en guitarra, el número de teléfono del vecino, el día en que un chico de la escuela le dijo «judío de mierda»,  el día en que empezó el pudor.

Hay una sensación de extrañeza mientras se leen estos recuerdos: no tienen una sola gota de emoción. Son apuntes parcos, secos. En uno escribe: «Mi papá sabía chiflar. Yo no». Y en otro: «Mi mamá cree en Dios, mi papá no creía». Es que la emoción que surge emana de otra fuente: es reconocer y entreverar nuestra infancia con esos recuerdos que, para quienes tuvimos una infancia feliz, son relativamente comunes.

En una entrevista, Kohan le confiesa a Leila Guerriero: «Yo tenía una conciencia plena de que la infancia me fascinaba y la adolescencia no tenía nada para ofrecerme». Y me acuerdo de Ramón Eder y su frase. Y quizá tiene razón. Aunque no dejo de pensar que también hay infancias que transcurren ajenas al enigmático vaticinio del destino. De lo que estoy seguro es que una infancia feliz (o una infancia infeliz) sirve también para esto: escribir y leer libros y sentirnos profundamente interpelados por ellos.


miércoles, 15 de julio de 2020

Los pasajes políticos de J.C Monedero

Notas sobre el último libro del politólogo español:
El paciente cero eras tú. Pasajes políticos en tiempos de coronavirus (Editorial Akal, 2020).
El paciente cero eras tú. Paisajes políticos en tiempos de ... 
1          La pandemia hizo que el Estado volviera a ocupar un rol central en la política pública, para disgusto de Nozick y sus partidarios. Pero el Estado no emerge sin sus paradojas constitutivas. Tiene al menos dos. La primera la ha señalado la filósofa feminista Virginia Cano, recordando una cita de Hölderlin: «Allí donde está el peligro, crece también lo que salva». Lo que salva es el Estado, los sistemas sanitarios públicos, la legislación para quedarse en casa. Pero Cano advierte que durante la pandemia «donde está lo que nos salva, crece también el peligro». El peligro es el Estado, el autoritarismo, los dispositivos de vigilancia, los disparos de los cuerpos de seguridad. Igual de paradojal es el hecho señalado por J.C Monedero en su libro (y esta es la segunda paradoja), cuando advierte lo siguiente: «El Estado es la máquina más perfecta de producir obediencia». Se trata de la visión weberiana que describe al Estado como el monopolizador de la coerción. Pero esto, sin duda, no es suficiente. Y Monedero señala: «Durante la pandemia, no nos hemos quedado confinados solo por el temor a las multas. Obedecemos, es cierto, por la capacidad del Estado para ejercer la violencia con las armas, las sanciones y la cárcel. Pero también por la responsabilidad última que tiene en lograr la inclusión social». Es que el Estado es un monopolio de la coerción, pero también una comunidad. Pensar el Estado: ese es el desafío.

2          El tiempo es una cosa rara. Recuerdo la famosa cita de San Agustín que solía repetir Borges: «¿Qué es el tiempo? Si no me lo preguntan lo sé. Si me lo preguntan, lo ignoro». Imagino que pronto saldrá un ensayo dedicado al tiempo pandémico: ese torrente espectral que para algunos se ha extendido, para otros se ha contraído, para otros ha seguido en la misma dinámica. Pensemos en toda esa fuerza laboral que no ha dormido, ya sea porque está atendiendo a los pacientes infectados del virus o procurando que los alimentos lleguen a las bocas confinadas. J.C Monedero recuerda este extraño fenómeno. Y dice: «La pandemia detuvo el tiempo. Las cosas relevantes para una buena vida siempre necesitan tiempo».

3          La pandemia nos está enseñando muchas cosas. Entre tantas, una de ellas es la política. O mejor dicho: el ejercicio de la política. O mejor dicho: el ejercicio del poder. De pronto, grupos de WhatsApp que eran alérgicos a noticias relacionadas con la política se han llenado de ellas. Porque, en cierta forma, quizá nunca la toma de decisiones de los gobernantes era una cuestión de vida o muerte. Es la necropolítica a flote. Amigos que no entendía nada de mayorías calificadas en la Asamblea Legislativa, hoy se han vuelto expertos en procedimientos legislativos. Y una de las enseñanzas más notorias es que el poder no puede ejercerse buscando unanimidades. «El Estado —dice J.C Monedero— puede poner una vela a Dios y otra al diablo. Es capaz de aplicar un Ingreso Mínimo Universal y de obligar a que los que más tienen más contribuyan. Y también es capaz de dar cobijo a una rebelión de generales, a conspiraciones de jueces o a colocar una parte de su lógica fuera de todo control democrático en eso que vamos llamando Deep State». Juan Domingo Perón no conoció el Deep State, pero esto no es más que la confirmación de su conocida frase: «En política hay que ceder el cincuenta por cien siempre que uno se quede con el cincuenta por cien más importante». La gestión de la pandemia ha desnudado brutalmente el ejercicio del poder. Desnuda a los gobernantes.

4          El movimiento zapatista sacudió varios cimientos de la política. Lo ha recordado recientemente la escritora mexicana Guadalupe Nettel en una entrevista con el también mexicano Antonio Ortuño. Corría el año 1993, próximo a firmarse el tratado de libre comercio con Estados Unidos, y el zapatismo exclamó: los pueblos originarios también existen, volteen a vernos. Era una insurrección contra décadas de marginalización priista. Pero el zapatismo también ha expresado en una frase la potencialidad de una nueva política. Contrario a la idea weberiana del Estado como el monopolio de la coerción (o que los que mandan manden mandando), el EZLN exclama: «que los que mandan manden obedeciendo». El poder, así, se entiende como un ejercicio delegado. Se manda obedeciendo, no se manda mandando. J.C Monedero lo ha recordado, pero sin este trasfondo latinoamericano. Y dice: «Depende de la ciudadanía, que quizá obedezca las órdenes sin rechistar o quizá recuerde que, en democracia, se manda obedeciendo». ¿Qué decir de nuestro país que tiene un gobierno con un amplio apoyo popular? Ha mandado mandando, ha mandado con autoritarismo. Durante la pandemia no hemos visto ninguna potencialidad para una nueva política.

5          Dice J.C Monedero: «El capitalismo en su fase financiera está herido de muerte, pero va a morir matando».

6          Izquierda y derecha. En El Salvador está en boga gracias al surgimiento de Nuevas Ideas y Nuestro Tiempo y a la decadencia de Arena y el FMLN. La bandera de la posideología está ganando, pero porque la posideología es solo la máscara de la derecha populista de este tiempo. J.C Monedero escribe: «La derecha ha ganado tantas veces a la izquierda porque sus análisis son más realistas. Y en las sociedades capitalistas hay un tercio de la población que está dispuesta a convivir e incluso liberar las cadenas de cualquier pesadilla». En Brasil esa pesadilla se llama Jair Bolsonaro, quien expresó: «Yo soy la Constitución». Ha faltado poco para que Nayib Bukele pronunciara lo mismo. Bueno, digamos, le ha faltado síntesis a sus performances y monólogos interminables durante la pandemia. A nadie le cuesta imaginarlo decir: «Yo soy la Constitución». Al igual que Monedero, el sociólogo filipino Walden Bello advierte que la derecha está mejor posicionada para sacar ventaja de esta crisis. Estamos siendo partícipes de una reapropiación de narrativas: la derecha habla de proteccionismo, de volver a hacer grandes a los países, de luchar contra las élites. La izquierda está debilitada. En Brasil, como en nuestro caso, se debilitó debido a que sus programas sociales y económicos fueron demasiado similares al neoliberalismo que decían combatir. Desde entonces, sobre todo en nuestro país, la izquierda está deslegitimada, sin voces frescas, sin ninguna agenda concreta y con los movimientos sociales desarticulados. La derecha gana, por realista, por demagógica, porque incluso ha sabido apropiarse mejor de los algoritmos que moldean las conciencias de la sociedad.

7          Una de las últimas noticias de las que ya nadie sabe si son verdaderas o falsas, o si solo circulan como meras especulaciones que terminan haciendo más daño que bien, decía que la COVID-19 podía esparcirse por el aire. La noticia la difundió la Organización Mundial de la Salud. Alarmante, desde luego, porque a falta de referencias uno revive las escenas de Outbreak, la película de Wolfgang Petersen, como esa en la que decenas de personas se contagian de un virus en una sala de cine. Si esto fuera verdad, no es menos cierto que —como dice J.C Monedero— «la estupidez se transmite también por el aire». Hay dichos de dichos y hechos de hechos. Sabemos que Donald Trump mandó a inyectarse cloro directamente en las venas. El ministro de salud de Chile, Jaime Mañalich, que terminó destituido, dijo: «¿Qué pasa si [este virus] muta y se pone buena persona?».  En nuestras latitudes, el presidente Nayib Bukele dijo que en África algunas bebidas carbonatadas llevaban hidroxicloroquina para prevenir las picaduras de zancudos. La estupidez ha sido, a veces, mucho más contagiosa que el virus. John Carlin ha hablado del «covidiotismo». Y así.

8          Dice J.C Monedero: «El poscovid-19 va a ser una gran conversación». Ojalá sea así en nuestro país, y no un monólogo interminable (o un diálogo entre el presidente y Dios) como lo fue, y lo sigue siendo, la pandemia. Y recuerda una cita de Bertrand Russell: «un optimista es un idiota simpático y un pesimista un idiota antipático».

9          J.C Monedero se equivoca en su apreciación sobre la debilidad de la izquierda. Dice: «La señal más evidente de la debilidad de la izquierda está en que sus propuestas suelen quedarse en deshacer los rotos creados o agravados por el neoliberalismo: de-crecer, des-globalizar, des-patriarcalizar, des-mercantilizar…». Se equivoca porque ninguno de estos «rotos» fue creado, aunque sí algunos de ellos se agravaron, con el neoliberalismo. Por lo demás, es impensable una izquierda que no sea anti-patriarcal y des-mercantilizadora.

10        La debilidad en la que estamos de acuerdo es la siguiente: «Otra señal de esa debilidad está en que las propuestas socialdemócratas hoy parecen bolcheviques. Un joven no entiende por qué el mes de vacaciones pagado sea un derecho humano reconocido en la Declaración Universal de 1948».

11        El filósofo Markus Gabriel recuerda a menudo que el peligro real para las sociedades no es un Trump, sino un Trump con Twitter. Y es que es una observación exacta. Terraplanistas y antivacunas seguro los hubo siempre, pero nunca los hubo con un micrófono llamado redes sociales. Para las redes la opinión de un terraplanista está al mismo nivel que la de —por decir algo— un físico teórico del CERN. Incluso puede tener más adeptos, qué duda cabe. Y en la pandemia las redes han tenido un papel tóxico, como tóxicas lo son a menudo. J.C Monedero lo explica en la siguiente frase: «La capacidad virtual de las redes convierte a todo el mundo en epidemiólogo». El covidiotismo de John Carlin al que nos referimos antes está potenciado por las redes sociales. Cualquier persona con gabacha puede emitir una opinión que será reproducida por los cientos de crédulos que dirán amén a sus palabras. Si alguien con gabacha expresa que la COVID-19 puede curarse colgándose sapos de las orejas, tendrá audiencia. Y habrá quienes le creen, porque uno no sabe quién está del otro lado escuchando.

12        ¿Cuáles son los grandes temas que se deben incorporar a los análisis económicos y de políticas públicas? — le preguntan en un programa televisivo a Carmen Aída Lazo, decana de la facultad de economía de la ESEN. Y contesta, palabras más palabras menos: «el cambio climático, el crecimiento poblacional, los cuidados y la transformación digital». Son temas urgentes y de gran importancia. Si hay que incorporarlos es porque en un determinado tipo de ciencia social (y económica, en específico) siempre estuvieron ausentes. Pero esta historia está incompleta. Desde décadas atrás distintas corrientes de pensamiento —sobre todo nacidas en Latinoamérica, como la teoría de la dependencia y algunas vertientes de  la teoría de género— rescataban la mayoría de estos elementos para explicar la dinámica social. En el mundo anglosajón, la bioeconomía de Nicholas Georgescu-Roegen es un ejemplo más que claro. La respuesta más sincera que debemos dar es que no hay que incorporar nada, sino desaprender los paradigmas con los que, hasta antes de la pandemia, analizábamos los fenómenos sociales y estudiar todo de nuevo. Immanuel Wallerstein hacía el llamado a impensar las ciencias sociales y es justamente eso lo que la pandemia nos ha mostrado con brutalidad. Algunos conocimientos datan, incluso, de mucho atrás, de quinientos años atrás. Esto es lo que señala J.C Monedero sobre la teoría de Gaia: «Los indígenas americanos hablan de la Pachamama, de la madre tierra, a la que hay que respetar. Occidente se reía de ellos y los veía exóticos. Los científicos más reputados del planeta saben ahora que tenían razón». El planeta tierra como un gran ente vivo que se autorregula y que, si quisiera, nos aniquilaría.

13        ¿Quién es, entonces, el paciente cero? Monedero respondería: el capitalismo. Porque nos abocamos a una cultura del consumismo desenfrenado, porque nuestros sistemas agroindustriales están aniquilando los hábitats naturales, porque —como dice Rob Wallace— las grandes granjas crean grandes gripes, porque mercantilizamos la salud, la educación, la cultura y la ciencia, porque nunca nos interesamos por el cuidado de los otros. El paciente cero tiene menos que ver con una persona que comió un caldo de murciélago en un mercado de Wuhan, como este orden socioeconómico que pone en el centro el beneficio a costa de la vida.

14        «El neoliberalismo mata y el coronavirus te remata».

15        El tratamiento del capitalismo de plataformas o del capitalismo de vigilancia ocupa un lugar central en este libro. Monedero reflexiona a partir del shock digital (o el screen new deal) vaticinado por Naomi Klein y la obra Surveillance Capitalism de Shoshana Zuboff. En otro sentido, Markus Gabriel ha hablado de que la pandemia acelerará el devenir de un precariado digital. Nos podría esperar un futuro en el que la tecnología, ciertamente, sea la ordenadora de nuestras vidas, conscientes o inconscientes de ello.

16        ¿Hay, entonces, esperanza? ¿Cómo puede construirse una mejor sociedad después del coronavirus? El manifiesto pos-covid-19 recogido en el libro es elocuente al respecto, porque recoge una agenda mínima para ello. Una agenda mínima que tiene mucho en común con las agendas propuestas por movimientos sociales y académicos en América Latina, como, por ejemplo, el llamado a un nuevo «pacto ecosocial y económico», basado en un modelo socio-cognitivo del cuidado, es decir, no mercadocéntrico, no estadólatra, sino biocéntrico. Un pacto que implica un ingreso básico ciudadano, una reforma progresiva, la suspensión de la deuda externa, un sistema de cuidados y la transición ecológica. Por supuesto que esto no es más que una agenda. Y como tal solo dibuja un horizonte político-práctico hacia el cual caminar. La política, al fin y al cabo, es el conflicto permanente. Y la única certeza que tenemos es la incertidumbre del futuro.

viernes, 10 de julio de 2020

Propina

Cuando era niño, mi segunda casa fue la de mis abuelos paternos y mi tercera fue el puesto que tenía mi abuela Enma en el mercado San Miguelito. Tuvo ese puesto por más de treinta años, hasta que la competencia —el mercado digital, los nuevos productos sintéticos— hizo que casi nadie fuera a buscar más recuerdos de bodas o fiestas de quince o bautizos o primeras comuniones o entierros.

—Ahora la gente solo pide dinero en sobre o se mandan babosadas por el celular— solía decir mi abuela.

Así que un día sustituyó sus recuerditos de ocasión por la venta de Coca-Cola y jugo Tampico y su puesto volvió a ser floreciente, pues, al fin y al cabo, la Coca-Cola es la única bebida cuya demanda no parece terminar. 

Pero antes de que empezara a vender lo que un profesor mío de química en el bachillerato (de quien no guardo ningún grato recuerdo, salvo este) llamaba «el agua negra del imperio» y de que, tiempo después, se jubilara y abandonara para siempre su venta, mi abuela tuvo un encargo grande para una boda. Y casualmente el día de la entrega yo estaba con ella.

—Esta gente va a armar un gran pachangón— me dijo.

Los recuerdos que hizo para esa boda de la que nadie supo nada eran sencillísimos pero numerosos: la mitad consistía en una taza que tenía estampados los nombres de los futuros esposos y la otra en unos jarrones de plástico, adornados con flores blancas y listones.

Estaban en varias cajas, habrán sido unas quince, que, sobre todo por las tazas, tenían un peso que era imposible de levantar para mi abuela, aunque no así para los clientes; por supuesto, habría sido descortés e incómodo y no propio de un buen comerciante dejar que el cliente llevara las cajas hacia el carro. En buen francés, hubiera sido una impolitesse.

Yo no necesité que mi abuela dijera lo que dijo para saber el papel que yo iba a tener en aquel asunto:

—Mi nieto les va a ayudar a llevar las cajas al carro. 

En aquel entonces ya había dejado atrás la vida atlética que alguna vez tuve y llevaba una vida sedentaria propia de un estudiante que se creía una especie de bohemio francés del siglo XIX, es decir, bastante estudioso y pretendidamente hippie, lo suficiente como para estar volcado a ciertos vicios no exactamente gratificantes para el cuerpo. De lo que menos podía jactarme, pese a que tenía 19 años, era de una buena condición física y de fortaleza. Vi las cajas y dudé. Pero me arremangué la camisa y empecé a levantar y a llevar las cajas sintiendo como si estuviera en el entrenamiento de Rocky Balboa antes de enfrentar a Iván Drago. Los resultados fueron, naturalmente, desastrosos: a la quinta caja tenía ya un sudor excesivo, mis piernas empezaban a temblar y no deseaba otra cosa más que morir ahí mismo. La señora a quien me debía en ese momento notó mi fatiga:

—Amor, ayudale al muchacho a llevar las cajas— le dijo a quién quizá era su pareja, un hombre alto, fuerte, un toro.

—No se moleste, señora, no es mucho, yo las puedo solo y ya vamos a terminar— respondí, haciéndome el hombrecito, pero deseando rabiosamente que al hombre le valiera madre mi machismo disfrazado de amabilidad y saltara como un levantador de pesas con dos o tres cajas de un solo, luciendo sus bíceps. 

Todavía no me explico de dónde saqué las fuerzas para llevar las cajas restantes. Pero, al cabo de unos minutos, la tarea estaba cumplida.

Ya estaba pensando en ir a comprarme un licuado de naranja con fresa, heladísimo, de esos que aún tienen escarcha encima, cuando escuché que la señora de los recuerdos —mi jefa— me llamó desde el carro: 

—Joven, gracias por su ayuda— y me extendió su brazo con dos dólares, uno en billete y otro en moneda.

Me paralicé. Pensé en ese momento, por las imbecilidades de la clase social y el estatus, que quién se creía esta señora, que acaso me ve un pelagatos o harapiento como para merecer una propina. Pero esto no fue más que una sensación instantánea, pues en efecto no había ninguna razón para creer que yo era un muchacho que no necesitara dos dólares en ese momento para almorzar, sobre todo después de que mi decrépita condición física había sido relucida. Quise soltar una carcajada, pero me contuve. Así que sonreí y le extendí la mano y le di las gracias. 

Esa fue mi primera propina. Esa ha sido mi única propina. Desde entonces la propina se convirtió en un asunto serio. Desde entonces le doy la razón a Josep Pla cuando afirma que en esta vida todo lo que no es catástrofe es propina.

Volví a acordarme del licuado que iba a ir a comprar y me interné en el mercado, pasando por los puestos de la gente que aún me reconocía vagamente —¿usted es el nieto de la Enma? ¡cómo se ha crecido! — y con la propina que me había ganado sin querer no compré un licuado, sino dos, el otro para mi abuela, y nos lo tomamos sentados en ese puestecito que fue mi tercera casa y al que no he visitado de nuevo. 

Mientras nos tomábamos el licuado mi abuela se rio y me dijo: 

—Esos dos se van a divorciar.


jueves, 9 de julio de 2020

Cinema Pirata - Sobre Los insólitos peces gato

Los insólitos peces gato (2013)

 

Nadie sabe cuáles serán los efectos que tendrá el COVID-19 en nuestras vidas futuras. Nadie sabe si de esta situación apocalíptica vamos a aprender algo. Sobre el tema, Javier Cercas ha recordado una frase de G. B. Shaw para estos días: «Lo único que se aprende de la experiencia, es que no se aprende nada de la experiencia». Quiero ser más optimista que Cercas y que Shaw. Quiero creer que sí hemos aprendido algo.

Quiero creer que la pandemia nos ha educado. Y como en todo proceso, algunos aprenden y otros no. El sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos dice que la pandemia nos ha educado con una «cruel pedagogía», porque nos ha hecho ver nuestros errores a costa de miles de muertes y cuando ya era demasiado tarde.

Quiero creer —no, corrijo, estoy convencido— que, si algo nos han demostrado estos meses insólitos, es que somos seres de cooperación y relación. Que somos seres interdependientes. Que nuestra esencia no es lo que Ricard Dawkins llamaba «el gen egoísta», sino la comunalidad. El «quédate en casa», la reapropiación de los bienes comunes que el neoliberalismo desmanteló, el altruismo, las redes solidarias, el trabajo social de miles de personas, eso nos ha salvado. Eso nos define como especie. El individualismo nos hubiera aniquilado.

Y pienso todo esto cuando termino de ver Los insólitos peces gato (2013) de Claudia Sainte-Luce, una hermosa representación de lo que significan las relaciones humanas. La película se centra en Claudia, una muchacha que vive huérfana desde los dos años en la Ciudad de México. Para sobrevivir trabaja en un almacén vendiendo cosméticos y embutidos. Cierto día siente un punzón en la panza y la hospitalizan. Ahí, en el hospital —hoy por hoy la figura del terror—, conoce a Marta, una mujer que es el sostén de una familia disfuncional y caótica, como disfuncionales y caóticas son casi todas las familias. Ambas están en camas adyacentes, pero las separa un abismo. A Claudia le extirparán el apéndice, su padecimiento será pasajero; Marta tiene sida y está al borde de la muerte. La soledad de la jovencísima y desamparada Claudia encontrará un refugio en la familia de esa mujer moribunda. La disfuncional familia de Marta encontrará en Claudia un apoyo para atravesar la situación límite del luto anticipado.

No dejo de pensar en ese lazo estrechado en las fronteras de la enfermedad y el dolor. Ese lazo que hermana en los lindes de una vida. Ese lazo que le hace decir a Marta: «Claudia…no sé en qué momento te tuve. No te vayas nunca de nosotros y gracias por aparecerte en nuestras vidas». ¿Cuántos de estos vínculos nacerán después de estos meses de confinamiento y de pérdida?

A esta hora cae una lluvia torrencial y vuelvo a pensar en los frágiles que somos. Si, de verdad, vamos a aprender que, como Marta y Claudia, la convivencia redime. O si volveremos al sálvese quien pueda, como dos pacientes en camas adyacentes que nunca se hablan.


martes, 16 de junio de 2020

Glosas - Semanas IV y V

Junio 1

 

Raúl Prebisch sostiene: «las ideologías suelen seguir con retraso a los acontecimientos o bien sobrevivirles demasiado».

 

La pandemia ha servido como un examen de rayos X. Otros la han calificado como una «gran vidriera». En redes sociales —recordó la feminista y académica costarricense Juliana Martínez Franzoni— alguien escribió: «No estamos en el mismo barco, estamos en el mismo mar y hay unas personas en yate, otras personas en bote, otras personas en salvavidas, otras personas nadando con todas sus fuerzas. Algunas personas están nadando con todas sus fuerzas empujando los botes de otros».

 

Siempre en la entrevista a Juliana Martínez Franzoni, dice: «El distanciamiento físico obligatorio y la reclusión en el ámbito doméstico de la ciudadanía genera dos cambios fundamentales. Uno es el desplome de los ingresos y, más aún en los trabajos más precarios e informales. Recordemos que las mujeres se encuentran desproporcionadamente ubicadas en ese tipo de trabajos. El otro cambio involucra dimensiones de la vida que normalmente tienen lugar fuera del ámbito doméstico, como la escuela, el centro de salud, el apoyo psicológico, la recreación, y que ahora se concentran en ese ámbito doméstico. Eso tiene una implicancia directa en la vida de las mujeres, que están aún más sobrecargadas. Esto no es algo nuevo, sino que se exacerba con el Covid-19. Las mujeres hacemos malabarismos trabajando, cuidando, siendo maestras, psicólogas y doctoras».

 

Ahora los gobiernos están preocupados por el déficit fiscal, sobre todo en un país dolarizado como El Salvador, donde las restricciones financieras son mayores. Pero, en paralelo, como ha señalado la economista feminista Nancy Folbre, la pandemia nos ha dejado una lección: que, si los gobiernos hubieran estado igual de atentos al «déficit de los cuidados» como al déficit fiscal, hubiéramos estado en mucho mejor forma para enfrentarnos a este evento. No pasó así. Pero ahora no podemos olvidar este déficit de cuidado para la reconstrucción. O no habremos aprendido nada.

 

Junio 4

 

La discusión sobre la Renta Básica Universal (RBU) es necesaria. Se ha empezado en varios países, en algunos donde incluso ya empieza a ser una realidad. España recientemente aprobó un ingreso mínimo vital, acotado, no universal, que ha sido aplaudido incluso por el FMI, institución que ha sido históricamente reacia a estas medidas. En América Latina, está recibiendo un impulso fuerte por la CEPAL. En El Salvador, el debate ha sido canalizado por el ICEFI. El debate no puede continuar eludiéndose. Lo que debe discutirse, con la seriedad que merece, son sus alcances y sus fuentes de financiamiento. Pero hay otra discusión también impostergable: el profesor Agustín Salvia, del Observatorio de la Deuda Social de la UCA de Argentina, ha insistido en que, si bien la RBU tiene sus ventajas, en América Latina no solo debe hablarse de un ingreso mínimo, sino de un empleo mínimo garantizado. Para Salvia, la RBU constituye, en suma, una asignación compensatoria frente a la ausencia de un empleo digno, con remuneración digna. La apreciación es pertinente, dados los mercados laborales precarizados y des-asalariados de nuestros países. ¿Por qué no pensamos en un empleo mínimo garantizado en lugar de un ingreso mínimo? ¿Por qué no una combinación de ambas?

 

Junio 5

 

El devenir del Estado ha estado en el centro de los debates sobre el futuro, sobre la pospandemia, sobre este horizonte político incierto. Para algunos autores, como Giorgo Agamben o Byun Chul-Han, nos aproximamos hacia una suerte de Leviatán Digital, un Estado que podría operar permanentemente como en un estado de excepción, coartando libertades, sobre todo a partir de la videovigilancia, del control de nuestras pulsaciones, movimientos, temperaturas. En suma, un Estado más autoritario, indistintamente de su participación en la economía. Amplias corrientes también nos advierten de que nos aproximamos hacia un nuevo Estado de Bienestar, como aquel surgido del espíritu del 45, más participativo de la actividad económica, más presente en las áreas que más se han visto afectadas por la pandemia: el área educativa, la salud pública, la regulación ambiental, los cuidados. El ala más progresista de esta corriente ha empezado hablar de un Green new deal, un gran pacto verde. En América Latina, este mismo concepto se traduce en un pacto ecosocial, como lo ha llamado Maristella Svampa. En estos discursos lo que se observa es un Estado que no sufre modificaciones respecto al poder; más bien se vuelve omnipotente. La idea hayekiana de un Estado mínimo parece destruida. Pero no es ninguna victoria para los progresismos. Podríamos aproximarnos a una suerte de Estado anfibio, como lo califica Álvaro García Linera, siempre incierto, caótico, tensado por la acumulación de capital y las nuevas demandas políticas que empiezan a surgir en todo el mundo.

 

Junio 6

 

La cruzada transnacional contra la “ideología de género” proviene de dos fuentes: la primera, del fundamentalismo religioso; la segunda, de un secularismo estratégico. Religión, normas y ciencia. No hay discurso reaccionario y conservador que no esté cargado de estos elementos. Pero estos grupos y consorcios, financiados por iglesias evangélicas y neopentecostales, no son grupos anti-género o contra el género, como usualmente pensamos. Son grupos restauradores de un ordenamiento de género, que es inclusive peor. Pero esto no lo dicen.

 

Los estudios de economistas anglosajones y europeos hacen énfasis en que primero hay que conservar la salud. Bajo las metodologías del costo-beneficio, arguyen que las pérdidas económicas son menores a los beneficios que se ganarán por haber salvado millones de vidas. Esther Duflo y Bernerjee, los últimos ganadores del Nobel de Economía, han insistido en este enfoque. Paul Krugman también y lo ha resumido en la siguiente frase: «para qué salvar al PIB si este te mata». Para mantener las cuarentenas, resguardando así a las personas, recomiendan unánimemente apoyar a la fuerza de trabajo y a las empresas con transferencias monetarias. Enhorabuena para los países desarrollados que pueden hacerlo, como Alemania, cuyo sector público le aseguró más del 80% del salario a toda su fuerza laboral. Pero El Salvador no es Alemania ni Noruega, países que suelen ser ejemplos para reafirmar los diagnósticos de los economistas. La gestión del confinamiento en el país tuvo que partir de un análisis situado, contextualizado, de las implicaciones que tiene el encierro en un país cuya inmensa fuerza laboral se gana su ingreso en la calle o en el espacio público, y cuyo Estado es, por decirlo suave, débil y desestructurado. Ni siquiera quiero meterme al debate epistemológico que supone esa falsa dicotomía entre la salud y la vida. A un nivel más superficial, debemos pensar nuestra realidad, nuestros abordajes, desde un análisis situado, y no repetir consignas eurocéntricas como paradigmas de la verdad.

 

Cierta izquierda aún no ha reparado que, tan dañina como la fe ciega en el mercado, es la estadolatría.

 

8

 

En otros países, el pueblo ha entendido que quien maneja un país a punta de engaños y de enfrentar a unos contra otros amenazando con armas no merece ninguna lealtad. En El Salvador, tras dictaduras militares, un conflicto civil y sucesivos gobiernos embusteros, aun celebramos la mentira y la fuerza bruta. Como si nos empecináramos a representar el apotegma de George Santayana: «aquellos que no recuerdan su pasado están condenados a repetirlo». Pero este no es un trágico destino, sino el reflejo de una identidad que se moldeó con la represión y la exclusión social. El historiador salvadoreño Roberto Turcios la explica con la siguiente frase: «El autoritarismo en El Salvador tiene base popular». Y es esta característica de la identidad nacional la que define el amplio apoyo que tiene todavía Nayib Bukele, la misma que provoca los aplausos de la masa cuando monta sus paroxísticos performances militares o cuando despotrica contra sus adversarios, como el líder que tiene un poder absoluto y la varita mágica para resolver los problemas del país.  

 

Markus Gabriel reflexiona sobre el papel que las redes sociales están jugando en la destrucción de la democracia liberal, con el ascenso de gobiernos populistas y autocráticos en todo el mundo. Para Markus, lo que el populismo promete son soluciones sencillas a problemas inexistentes. Por lo tanto, las redes se convierten en un instrumento de propaganda y manipulación sin precedentes. Se resume en la siguiente frase: «Trump no es el problema. El problema es Trump con Twitter».

 

 

 

Junio 10

 

La construcción del gasoducto de gas natural Nord Stream 2, que está siendo construido en alta mar desde Víborg en Rusia hasta Greifswald en Alemania, es un ejemplo del estado actual de las tensiones geopolíticas en marcha, derivadas de un modelo asentado en la extracción de recursos no renovables. Por una parte, tensiona con la propuesta europea de transitar hacia energías más limpias y diversificadas; por otra, tensiona con EE.UU y sus exportaciones de gas natural licuado, realizado a través del fracking. Lo que nos muestra es que el capitalismo extractivo tiene mucha vida por delante, al menos hasta donde los límites mismos de la Tierra lo detengan; límites, valga decir, que serán los umbrales de nuestra propia extinción. Si pensábamos que la pandemia iba a modificar los extractivismos, basta recordar dos hechos que tienen más cosas en común de las que parece. Una es que, en algunos países del sur, como en Perú, las actividades mineras nunca se detuvieron. La segunda, de suyo impresionante, es la lucha ya pública entre EE.UU, China y Rusia por apropiarse de los recursos naturales que hay en el subsuelo lunar. Por hoy, esto último es todavía ciencia ficción. Pero recordemos que poner un pie en la luna también lo fue en algún momento de nuestra historia.  

 

El panorama político del país asusta por muchos motivos, no solo por la gestión de la pandemia y los exabruptos del presidente, sino por el movimiento que está incubándose en el seno de la «barriada» alrededor del partido Nuevas Ideas, que es —también— un movimiento alrededor del mismo Bukele y su familia. En un artículo reciente, Federico Finchelstein (historiador de la New School for Social Research) y Jason Stanley (filósofo de la Universidad de Yale), escribían sobre las tres condiciones que posibilitan el triunfo de lo que ellos llaman fascismo. (Dejaré a un lado la discusión sobre el fascismo en el país, ya que existe una interpretación —a mi juicio errónea—, de que ya estamos frente a un gobierno fascista). El fascismo —dicen los autores— triunfa cuando no hay oposición multipartidista; cuando la policía y la fuerza armada no están del lado de la Constitución; y cuando el periodismo no revela los abusos del poder. Creo que todos estaremos de acuerdo en que ni la primera ni la segunda condición, después de febrero 2021, estarán cumpliéndose. Quedará, posiblemente, solo lo último. De ahí el rol protagónico del periodismo en el porvenir político del país.

 

Junio 12

 

Los editoriales de El diario de hoy representan al pensamiento fósil de este país, el reaccionarismo puro. Una de estas editoriales, escrita recientemente, se titula: «La desigualdad surge de conductas, no de discriminaciones». Por supuesto, el pobre se quedó pobre porque le faltó esfuerzo.

 

Como señala Darío Z, aunque hablemos de un fin de la cuarentena, esta quedará como en términos «espectrales». Existirá una incertidumbre que no vamos a sacudirnos, porque el virus seguirá ahí afuera, y con él la posibilidad real de enfermar o morir, hagamos lo que hagamos. Pero, aunque el virus dejara de existir repentinamente, hay actividades que posiblemente nunca volverán a ser las mismas. Esta cuarentena espectral tendrá consecuencias negativas para la economía, desde luego, pero también para la existencia misma.

 

Junio 15

 

Se ha empezado hablar de una vuelta a la normalidad, pero yo sigo preguntándome qué es la normalidad. El psicólogo Pierre Weil acuñó el término «normosis» para referirse a esa actitud patológica de aferrarnos a un patrón normal, aunque este consista en ir en un vagón a 300km/h directo a un precipicio. Y la normalidad es justamente ese vagón que está al borde del despeñadero, como nos ilustró Snowpiercer. La consigna popular de las cuarentenas ha sido clara: «no podemos volver a la normalidad, porque la normalidad es el problema». Entonces ¿a qué normalidad nos dirigimos? ¿qué habrá más allá de nuestras puertas cuando salgamos triunfantes con nuestras mascarillas, como sobrevivientes de una guerra?


domingo, 3 de mayo de 2020

Glosas - Semana III


1
Pilar Bonet nos recuerda que las grandes crisis o catástrofes también reconfiguran la moda. Esta se vuelve «el crisol dinámico que recoge el espíritu del tiempo». Así, la Primera Guerra Mundial obligó a las mujeres a utilizar los pantalones que usaban sus maridos para ir a la fábrica; Coco Chanel y Jeanne Levin sustituyeron los corsés por faldas largas y crinolinas; el reloj de pulsera dejó de ser un atuendo femenino y Wilsdorf Davis, Dimier Cie y Rolex los popularizaron entre los hombres —que hasta entonces utilizaban relojes de bolsillo— y se convirtieron en instrumentos clave para coordinar a las tropas en la guerra. La Segunda Guerra Mundial provocó una carestía de seda y permitió a Elisabeth Arden lanzar una loción colorante, junto a un lápiz negro, para sustituir la sombra de los deniers. La guerra de Vietnam y el mayo del 68 popularizaron los vaqueros. La crisis financiera del 2008 fundó el athleisure: pululan por plazas, calles y aeropuertos los leggins, pants, sudaderas, gorras y zapatillas Nike. Y todo esto ocurre, por supuesto, en el Norte occidental: ahí donde la elección de qué comprar es real. Pero es la moda que importa, la que se impone. ¿Qué vendrá ahora después de la pandemia del Covid-19? ¿Barbijos estilizados? ¿Vestidos y fracs para ser apreciados a cinco metros de distancia? ¿guantes distópicos con detectores bacterianos?

2
La pandemia también ha trastocado al idioma. De un día para otro, hemos dejado de desinfectar objetos y superficies; ahora «sanitizamos» todo. Autoridades y medios de comunicación les han encontrado picos a las curvas (¿por qué no también esquinas a las esferas?, como se pregunta Alex Grijelmo). Ha surgido una especie de «coronasuerte» para algunos y las deudas se adquieren con «coronabonos». En la prepandemia, el «distanciamiento social» era ya la norma de nuestras sociedades, con millones de personas en sus cápsulas virtuales, sin tocarse ni saludarse, aunque estuvieran a la par. Ahora se impuso el distanciamiento, a secas, y nos enteramos de que desaprovechábamos la compañía real del otro, del otre. Mario Vargas Llosa comenta en un artículo reciente que la RAE actualizará el significado de la palabra «confinamiento». Confinamiento, según la RAE, significa «pena por la que se obliga al condenado a vivir temporalmente, en libertad, en un lugar distinto a su domicilio». Quienes confinaban —recuerda MVLL— eran las dictaduras para que sus opositores se callaran. Las eminencias de la RAE, tan reacias a otros cambios, ahora reaccionan con celeridad. La nueva definición acaso sea: «aislamiento temporal impuesto a una población por razones de salud o seguridad». El coronavirus lo acelera todo, hasta el lenguaje.

3

Lo que no parece cambiar, ni en estos tiempos pandémicos, es este rasgo identitario que no logramos sacudirnos: la violencia. La violencia de nuestra sociedad es caleidoscópica y nos cuesta aprehenderla. Las pandillas probablemente son el símbolo más representativo de este rasgo, pero definitivamente no el único. En la superficie, la violencia se manifiesta con agresiones a los cuerpos. Ha sido así desde siempre y la presente crisis no lo ha detenido: asesinatos, pandilleros haciendo valer su propia ley con batazos, palizas en centros de detención que han hecho defecar a sus víctimas, cuerpos policiales humillando y disparando a civiles que supuestamente habían violado la cuarentena. Los femicidios, esa otra forma de violencia sistémica y menos visible, sigue presente (si no es que se ha recrudecido) durante la cuarentena domiciliaria. Pero hay otra forma de violencia que no siempre percibimos como tal: la violencia del poder. Violentas son, también, las decisiones autoritarias y unilaterales del gobierno que dejan a millones de personas desprotegidas, sin ingresos o sin poder retornar a su país. La violencia no solo se caracteriza por dejar cadáveres a su paso, se caracteriza, también, por producir hambre y dolor.   

lunes, 20 de abril de 2020

Covers en cuarentena: EMAUPM

En cuarentena también changarreamos un par de canciones. Aquí La cara en el asfalto, La cobra y Amigo piedra de los buenos de Él Mató a un Policía Motorizado (imposible llegarle a la voz de Santiago, uno ni trata).  


miércoles, 15 de abril de 2020

Y si escribimos una carta de amor


Escribir cartas, pienso, así sean estas electrónicas o no, es ya una práctica vetusta, anticuada. Nadie las escribe. Las viejas cartas se coleccionan o se queman. ¿Quién escribe cartas en la era del meme y de los emoticones? Peor: ¿quién escribe cartas de amor? Con la extinción de las cartas manuscritas algo se ha perdido, quizá mucho: nos hemos vuelto más descuidados con las palabras. Nos cuesta elegir las frases precisas, nos cuesta elaborar la sintaxis que mejor transmite el mensaje. El pensamiento se ha vuelto efímero como un texto de WhatsApp.

QUIERO ESCRIBIRTE ESTA NOCHE UNA CARTA DE AMOR | ANGELES CASO ...
Por suerte, hay personas que se dedican a la noble tarea de conservar las cartas que se han escrito durante siglos. Hoy parecen artefactos de un museo de antigüedades. Pese a ser una práctica de otra época —que hoy parece tan remota—, leer las correspondencias ajenas, más si quienes las escribieron fueron personajes importantes en sus respectivos oficios, es una experiencia enriquecedora y adictiva.  Como ocurre con la lectura de diarios: es un voyeurismo desenfrenado. Un vicio que crece mientras se escarba en las intimidades de sus protagonistas.

A veces estas cartas se reúnen en un solo sitio y brotan obras perdurables. La escritora española Ángeles Caso ha publicado un hermoso libro epistolar, se titula Quiero escribirte esta noche una carta de amor, un libro que reúne la correspondencia pasional de quince escritoras, todas ellas famosísimas por sus trayectorias literarias en el canon europeo. Por este volumen desfilan las cartas amorosas de la abadesa Eloísa, la abadesa y santa Hildegarda de Bingen, Ninon de Lenclos, Julie de Lespinasse, Mary Wollstonecraft, George Sand, Charlotte Brontë, Elizabeth Barret, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Emilia Pardo Bazán, Katherine Mansfield, María Zambrano, Marina Tsvietáieva, Virginia Woolf y Simone de Beauvoir. Todas tan distintas, todas con sentimientos tan disímiles.

En este viaje desbordante de emociones y relaciones heterosexuales, bisexuales, lésbicas, conocemos la tortuosa vida amorosa que suponía el monasterio durante la Edad Media, pues tanto Eloísa como Hildegarda sufrieron, cada una a su modo, las terribles cárceles del celibato; atestiguamos lo diferente que fueron las relaciones de la epicúrea Ninon de Lenclos y Julie de Lespinasse, dos formas distintas de amar, la primera en extremo racional (decía: «pretender destruir las pasiones es tanto como aniquilarse; lo que hay que hacer es regularlas»)  y la segunda en extremo ardiente, capaz de morir de amor por dos hombres al mismo tiempo (le escribe a un amante: «Estoy segura de que me habría costado menos morirme que separarme de vos»); también nos sumergimos en la tumultuosa relación de George Sand con  Alfred de Musset, ella trece años mayor que él, pero que aun así le escribió desgarradoramente: «Quiero besar la tierra y llorar. Ya no te amo, pero sigo adorándote. Ya no quiero estar contigo, pero no puedo prescindir de ti. Solo un rayo del cielo que me aniquilase podría curarme»; nos adentramos, por otra parte, en una historia de amor idílico, casi perfecto, entre Elizabeth y Robert Barret; nos acongojamos con el intenso amor no correspondido que sintió Charlotte Brontë por Constantine Héger, su profesor de francés, por quien llega a sentirse «humillada» y «esclava»; participamos de ese triángulo amoroso insólito de la literatura entre Boris Pásternak, Rainer María Rilke y Marina Tsvietáieva, tan solo unos años antes de que el poeta checo muriera de leucemia; por último, el libro cierra con la célebre relación entre Beauvoir y Sartre, una relación libre, casi poliamorosa, tan sincera que llevaba a Simone a decirle a Sartre: «Ante todo, [sepa que] le amo profundamente», para inmediatamente decirle: «Me ha pasado una cosa muy agradable y que al partir no podía ni imaginar: hace tres días me acosté con el pequeño Bost».

Las cartas vienen precedidas de apuntes biográficos escritos por Ángeles Caso —y cuyo valor literario por sí mismo es indiscutible— que sitúa la vida de estas quince mujeres en sus contextos históricos, sociales y artísticos. Funcionan, también, para no perder de vista esa otra historia que corre en paralelo a la pasión: las imposiciones, casi siempre crueles, del patriarcado imperante durante los ocho siglos que cubren las cartas. El patriarcado que empujó a Ninon de Lenclos a exclamar: «Los hombres gozan de mil libertades de las que las mujeres no disfrutan. Así pues, me hago hombre» o a que, en lugar de sentarse a escribir su obra, una escritora tan fascinante como Katherine Mansfield se tuviera que dedicar a las tareas domésticas, escribiéndole así a su esposo en un momento de frustración: «Sí, odio, odio, ODIO hacer esas cosas que tú recibes exactamente igual que todos los hombres las reciben de sus esposas. Solo puedo interpretar el papel de criada, y con poca gracia, la verdad (…) Detesto a esa mujer que se ocupa de ti siempre con prisas, dando portazos y derramando agua, con la blusa por fuera y las uñas sucias».  Hay un mensaje que termina haciéndose explícito: la vivencia del amor —para las mujeres— se ha enriquecido con la conquista de sus libertades.

El crisol de cartas reunidas por Ángeles Caso nos habla de lo ridículo, redentor y frustrante que puede llegar a ser el amor. En cierto modo, también está compuesto como un inventario de las tribulaciones que supone una relación amorosa: enfados, castigos, muertes prematuras, hijos abandonados, enfermedades y atropellos. Es imposible no sucumbir ante las historias que van entretejiéndose en las cartas, historias de amor y desamor, adulterios, amores imposibles y otros profundamente desgarradores que solo pueden terminar de forma trágica. No hay exaltaciones simplistas del amor romántico: se está, sencillamente, frente a las contradicciones del sentir humano.

¿Quién escribe ahora cartas de amor? Para Carlos Monsiváis, según escribió en El género epistolar, el idioma amatorio se ha ido extinguiendo con la decadencia de las cartas amorosas. Esto explicaría también la decadencia de la canción romántica por excelencia: el bolero. ¿Adónde vamos a encontrar hoy ese lenguaje íntimo de los amantes? Y si lo encontramos en algún lado, ¿adónde será? ¿Será por un email? ¿Será por WhatsApp? ¿Será en los aforismos de Twitter?