jueves, 11 de diciembre de 2025

Glosas X

 

Termina el año. Miro atrás y, en general, fue un año prolífico. Escribí más y con mayor orden. Me había impuesto una cuota mínima —un texto por semana—, pero no fue posible, no lo será. Casi siempre, después de octubre, los meses se esfuman. Lo extraño es que en el último trimestre no ocurre nada excepcional, salvo algún viaje o un evento aislado. Voy en automático.

 

Varios libros se me escaparon sin poder escribir sobre ellos. Conservo algunas notas dispersas, pero dudo que se conviertan en un texto definitivo. Pienso en Fabricación, de Ricardo Raphael, que me mostró las potentes ficciones que puede crear el poder. Pienso en El niño resentido, de César González, autobiográfico y conmovedor, que eleva el arte surgido desde los márgenes —las villas miserias argentinas— y lo convierte en un testimonio duro de la pobreza estructural, pero también de su potencial transformador. Pienso en Los nombres de Feliza, donde Juan Gabriel Vásquez confirma su capacidad para entretejer la historia con la vida íntima de sus protagonistas. Y pienso en El accidente, de Blanca Lacasa, una novela breve sobre la intensidad de un enamoramiento circunstancial e imposible.

 

Las métricas del año tampoco rompieron récords. De hecho, revelan cierta dispersión y languidez. Hasta el 10 de diciembre anoté 84 películas y series. Para dimensionarlo: cerré 2024 con 97 títulos y 2023 con 90. Podríamos empatar; digamos que estamos cerca. El año dejó joyas indiscutibles sobre las que tampoco pude escribir. Joya #1: la segunda temporada de Severance. Joya #2: One Battle After Another. Joya #3: Weapons. Joya #4: Together. Joya #5: Bring Her Back. Joya #6: Pluribus. Joya #7: Belén.

 

En música, Spotify me recuerda que escuché veinte mil minutos menos que en 2024. Los más escuchados: Leiva, The Lumineers, Santiago Motorizado y… claro: Bad Bunny.

 

Me reconozco en la sentencia de un glotón ejemplar —Javier Cercas—: «A la hora de comer solo respeto una regla, y es la ausencia total de reglas».

 

Las políticas de la extrema derecha operan, como diría Verónica Gago, bajo «lógicas de crueldad». Y se emparentan con lo que Rita Segato denomina las consecuencias de la «dueñidad». Basta ver a Trump: sus políticas antimigrantes y sus ataques a pequeños pescadores en el Caribe. Su resonancia global, más profunda y más brutal, se percibe en el genocidio en Gaza. En Argentina, Milei ejecuta estas lógicas mediante una devaluación sistemática de los ingresos. En El Salvador, Bukele mediante un régimen de excepción que arrasó no solo con pandilleros, sino también con población inocente y, sobre todo, pobre.

 

La IA no debería sustituir la creatividad, pero sí puede ampliar la imaginación libre de un niño. Lo comprobé jugando con mi sobrino de seis años. Él inventaba jugos imposibles: metía en una licuadora imaginaria Kool-Aid, pizza, piñas, chocolate, tomate y Coca-Cola. Luego bautizaba ese mejunje delirante. La IA se encargaba de representar aquello que su mente había creado.

 

«Lo horrible devino cotidiano bajo un estruendo de aplausos», escribe Patricia Evangelista en Que alguien los mate. Ella se refiere a los grupos de exterminio impulsados por Duterte en Filipinas. También podría referirse a los cientos de inocentes torturados en las cárceles de nuestro país.

 

Un recuento del año podría resumirse así:

  1. Trabajo fijo dilapidado.
  2. Amigos exiliados por el régimen de Bukele.
  3. Retorno a EE. UU. (el “planeta americano”, como decía nuestro querido y extrañado Vicente Verdú).
  4. Viñedos en Napa Valley.
  5. Reencuentros en el exilio.
  6. Mañanas cálidas, tardes somnolientas, noches cocinando, madrugadas trabajando.
  7. Aprendí a pelar camarones en menos de un minuto.
  8. Parrilladas en la terraza.
  9. Murió la mamá de mi suegra.
  10. Navidad futura en Texas.

 

Siento un claro vínculo generacional con la novela de Paulina Flores, La próxima vez que te vea, te mato. La narradora, en sus tempranos treinta, vive bajo las angustias millennial: trabajo precario, alquileres prohibitivos, relaciones líquidas. Además, se suma a esa constelación de novelas sobre la condición migrante de una latinoamericana en Europa. Lo que más me gusta —y subrayo— es el sentido del humor de la narradora.

viernes, 10 de octubre de 2025

Colando agua

Siempre me ha llamado la atención que no existan tantas historias literarias o de no ficción que sucedan en la playa. Pese a nuestra diminuta costa, recorrida de extremo a extremo en apenas seis horas, el mar nos representa mejor que cualquier otra geografía.

Quizá la razón de esa ausencia literaria sea que nuestras playas han sido vistas como lugares apacibles, de puro esparcimiento, y no como escenarios de conflicto o transformación. Nuestros valles simbolizan el modelo agroexportador que nos definió en los siglos XIX y XX; nuestras montañas, las heridas abiertas de la guerra civil. La playa, en cambio, ha sido el dominio de la gastronomía y del descanso, el refugio veraniego de las élites y, más recientemente, de los especuladores de criptomonedas.

En Tres historias sublevantes, Julio Ramón Ribeyro describió al Perú a partir de sus tres regiones naturales: costa, sierra y selva. ¿Cuáles serían, entonces, las historias de nuestra costa? ¿Qué ocurre detrás de las casas de descanso, de los muelles repletos de mariscos, de las ventas ambulantes donde se ofrecen minutas, mangos en flor y collares de curil?

Entre los mayores aciertos de Colando agua, la última obra de La Cachada Teatro, está precisamente esa mirada hacia la costa salvadoreña, sostenida por una investigación documental y participativa que recoge los testimonios de mujeres pescadoras de distintas zonas del país. Fiel a su estilo —centrado en las vidas de mujeres comunes—, la puesta en escena sigue la existencia de cuatro trabajadoras que viven de la pesca. Ellas hacen lo que los hombres no quieren: preparan la mercadería, descaman, venden en los muelles. Todas, excepto una, que desafía la tradición y se embarca mar adentro para llevar sustento a su hogar.

En otras palabras, Colando agua ilumina la sede oculta de nuestras playas: el trabajo que sostiene la cadena que permite que los mariscos —ese orgullo de nuestra gastronomia— lleguen hasta nosotros.


La obra tiene un espíritu de denuncia, pero no carece de humor. Uno de sus momentos más memorables ocurre cuando las cuatro mujeres viajan en lancha rumbo al mangle, intercambiando confidencias, chistes y lamentos. También plantea una crítica severa a la contaminación marina y al modelo extractivo que, a fuerza de megaproyectos, devora nuestros ecosistemas.

Ojalá más artistas se asomen a esas costas para representar nuestro modo de vida, nuestras costumbres y contradicciones. Las necesitamos. La playa no es sólo un decorado de postales ni un paraíso publicitario para el turismo global: allí se libra, cada día, una batalla por sobrevivir. Allá, entre la espuma y el salitre, palpitan historias que nos definen, historias que aún no han sido contadas.

No compremos ese relato mágico de las “ciudades del surf”: frente a esas olas, la realidad no es tan fotografiable.


jueves, 9 de octubre de 2025

Nuevas mafias


Voy a hablar desde cierta ignorancia sobre las dos últimas series de mafias que he visto, pues no tengo como referencia a la más icónica de todas: Los Soprano. Me disculpo de antemano si de innovación tienen poco; también si frente a aquella —la madre de todas— no son más que caricaturas o emprendimientos menores.

El caso es que me he divertido como pocas veces siguiendo estas historias que traen al presente un género anclado en el pasado, con mafiosos que ahora delinquen entre drones, inteligencia artificial, criptoactivos y dark web. Me gustó que, aunque distintas entre sí, ambas series desafían la idea hollywoodense de las mafias como estructuras nostálgicas, aferradas a los viejos negocios: drogas, casinos, prostíbulos y extorsiones en efectivo. Algo de eso siempre hay, pero los grandes criminales de nuestro tiempo, sospecho, tal vez no hayan tocado nunca un billete.

Mobland, creada por Ronan Bennett y distribuida por Paramount+, gira en torno a Harry Da Souza (Tom Hardy), el fixer de la familia criminal Carrigan. El elenco es de lujo: Pierce Brosnan, Helen Mirren, Paddy Considine y Geoff Bell. Los dos primeros episodios están dirigidos por Guy Ritchie, y eso se nota: ritmo trepidante, ironía y violencia coreografiada. Harry es un hombre que debe salvar a los Carrigan de su propia decadencia. Intenta mediar con la familia rival Stevenson, mientras lidia con la estupidez de los suyos. Cada uno parece competir por quién toma la peor decisión. A Harry lo define la eficacia: nunca falla. Entre descuartizamientos transmitidos en streaming —mafias modernas, como dije—, siempre tiene un as bajo la manga. Es también un hombre en permanente conflicto con su casa: su esposa le reprocha la distancia, su hija quiere un padre presente. Como toda buena saga criminal, la serie oscila entre las disputas shakesperianas por el poder y la travesía del lobo solitario —a lo John Wick— que sobrevive a lo inverosímil. A veces, basta una llamada: signo de los tiempos, en los que todo depende de tener el teléfono encendido.

Creada por Taylor Sheridan —uno de los artífices del éxito reciente de varias series en Paramount+—, Tulsa King presenta a Dwight Manfredi (Sylvester Stallone, en su primer papel televisivo) saliendo de prisión tras veinticinco años. Debe reinventarse en un mundo que ya no es el suyo. Lo envían a Oklahoma, donde tiene que fundar un nuevo imperio criminal. Se asocia con personajes de toda calaña: algunos con pasado delictivo, otros apenas cómplices por azar. El “General”, como lo llaman, descubre las nuevas rutas del crimen: criptoinversiones, negocios verdes, vacíos legales en torno al consumo de drogas. Aprovecha los huecos del sistema con el instinto de un animal viejo que reconoce los atajos.

Son dos series distintas, pero hermanadas por un mismo mérito: reinventan el crimen con las herramientas del presente. No es un territorio que el cine haya explorado demasiado. Las películas bélicas siguen encumbrando las batallas campales, olvidando que hoy un dron es más letal que un francotirador. Con las mafias sucede algo parecido: tal vez haya que mirar hacia los desfalcos financieros, las especulaciones bursátiles, los patrimonios inflados por criptomonedas, las nuevas formas de fraude digital o las trampas de la inteligencia artificial. Las mafias no son las mismas porque el crimen ha mutado de piel. Ya no circula por las calles, sino por la nube.

 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Quién lee a Virginia Woolf?

 

 

Desde hace un tiempo soy un lector constante de las columnas de Tamara Tenembaum. No solo por el estilo seductor con el que escribe, sino porque posee un método peculiar: inscribir algo inmediato en un marco más amplio —vaya, eso que llamamos “lo social”— y hacer que lo distante tenga un aura de cercanía.

A mí ese modo de descifrar la realidad me recuerda a lo que George Steiner describía en su autobiografía como «decodificación». Cuando aparece un artefacto cultural —sea un texto, un cuadro, una serie de televisión— es como una piedra arrojada al agua: genera ondas concéntricas que se expanden hacia afuera. Entender el alcance de esas ondas es, según Steiner, tarea del lector o del espectador atento.

En su último libro, Un millón de cuartos propios, Tenembaum dialoga con uno de los clásicos de Virginia Woolf. Escrito hace casi un siglo, Un cuarto propio encuentra aquí nuevas resonancias. La autora argentina, al trabajar en una nueva traducción del libro, se detuvo con la paciencia necesaria para descubrir que las frases de Woolf aun reverberan en nuestros días. La relectura, entonces, se vuelve un modo de medir esas ondas concéntricas que todavía se expanden.

El ejercicio intertextual resulta maravilloso: de la prosa de Woolf emergen preocupaciones que siguen vivas —el dinero, la comida, el trabajo, la nostalgia, el resentimiento—, temas que atraviesan tanto debates políticos como académicos. El que yo encontré más estimulante fue el capítulo dedicado al resentimiento, sobre todo porque lo leí en clave nacional, donde ese caudal subjetivo sigue moldeando las intenciones de voto, las aspiraciones laborales y muchas formas de violencia hacia los otros, reflejándose en conductas xenófobas, racistas, clasistas y misóginas.

El capítulo sobre el dinero, en cambio, me pareció más distante: no porque Tamara no hable de la precarización general de la clase asalariada —que cuenta con cada vez menos estabilidad y certidumbre, ese triunfo del freelancer—, sino porque lo aborda desde la clase media argentina. Y esa mirada no siempre coincide con la fragilidad de nuestras clases medias centroamericanas, donde nuestras aspiraciones son mucho menores, por no decir exiguas, para sobrevivir cómodamente realizando un trabajo que nos guste, y donde por supuesto persisten desigualdades de género lacerantes.  

Lo que más aprecio de Tamara es que no ofrece explicaciones totalizantes. Prefiere acompañarnos con sus incertidumbres, con cierta cautela, mostrándonos lo que ella va descubriendo en su relectura, como limpiando un vidrio empañado, pero sin que termine de quedar limpio del todo.

Si en la película Hitler ha vuelto el dictador se escandaliza por el mundo al que regresa —para suerte nuestra, pues pese a las infinitas calamidades que vivimos este mundo es mejor que el que él dejó—, imagino que a Virginia Woolf le ocurriría algo parecido. Mucho se ha transformado desde que escribió Un cuarto propio, y, sin embargo, permanecen vestigios —algunos más grandes que otros—de la sociedad que a ella le tocó vivir: aun es difícil, por ejemplo, que una mujer tenga su cuarto propio para dedicarse a hacer lo que le gusta. Como punto final, celebro que Tamara nos haya traído nuevamente la idea, que también tuvo Steiner, de que un «clásico» de la literatura, de la música, de las artes o de la filosofía, es una forma que nos «lee», más de lo que nosotros la leemos o percibimos. Y eso para nosotros es una ganancia, pues se nos abre todo un mundo por delante.

lunes, 18 de agosto de 2025

Sobre la reelección

 

El pasado 31 de julio, mientras los diputados aprobaban las reformas a la Constitución, iba en un Uber rumbo a casa de un amigo. Seguía la plenaria en mi celular.

—¿Usted sabe qué están aprobando los diputados ahora mismo? —pregunté al conductor, un muchacho bastante más joven que yo.
—No.
—La reelección indefinida —le dije—. Ahora Bukele podrá reelegirse cuantas veces quiera; lo tendremos para rato. ¿Cómo lo ve? Si mañana fueran las elecciones, ¿usted votaría por él?
—Mire, sí, lo votaría… porque no hay nadie más. Pero eso de la reelección, como dicen, ya suena a dictadura. No creo que sea bueno. Yo le daría dos períodos más; después debería cederle el privilegio a uno de sus hermanos… dicen que tiene varios.

Ni la aprobación de la reelección ni su respuesta me sorprendieron. Sobre lo primero, lo único que ignorábamos era la fecha exacta. En el manual del caudillismo latinoamericano, las jugadas son viejas y previsibles. Desde el Tirano Banderas, sabemos que todos los tiranos se parecen, aunque varíen los ropajes de sus regímenes.

De la respuesta del joven, en cambio, sí podemos extraer lecciones. Resume lo que los politólogos llaman malestar con la democracia. “No hay nadie más” es un diagnóstico que escuchamos desde hace años, pero revela una concepción de la política como un mercado: elegimos al mejor de una lista, le delegamos nuestro poder y pronto descubrimos que este ya no nos pertenece, sino que queda atrapado en las redes que hicieron posible su ascenso. Como advertía Octavio Paz, la democracia no se agota en el voto; es también el ejercicio de la libertad para elegir y ser elegido en condiciones reales de igualdad, pero esta última parte nunca ocurre.

Además, ¿dejará Bukele y su círculo que surja ese “alguien más”? Como dijo Carlos Dada, Bukele no solo no quiere dejar el poder: ya no puede. Y que alguien, hoy en El Salvador —y deben de ser muchísimos—, vea posible ceder la presidencia a un hermano como quien pasa una botella de refresco, es la derrota más cruda del anhelo democrático.

—¿Y por qué lo votarías a él o a uno de sus hermanos? ¿Crees que el país está mejor que antes? —insistí.
El joven, detenido en un semáforo, se quitó la gorra y me mostró dos cicatrices.
—Viví en Apopa mucho tiempo. Los muchachos me verguearon dos veces; las dos terminé en el hospital. Como dicen, siempre se puede mejorar, pero ahora que uno puede andar en las calles tranquilo, ¡ey!, eso no se puede negar.

Ese es el ancla del bukelismo: la desarticulación de las pandillas. Como hecho social, abre un resquicio para imaginar otro país; como política pública, está llena de fragilidades y excesos. Cuando encarcelar pandilleros ya no alcance para ofrecer mejores salarios, educación o vivienda, el respaldo popular buscará otros rumbos.

Pero, como se le atribuye decir a Bernard Shaw, lo único que aprendemos de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia. No es solo que los proyectos dictatoriales hayan fracasado antes aquí; están fracasando hoy en otros lugares. Creer que un autócrata se irá solo cuando “el pueblo lo decida” es un espejismo. En un país sin cambios estructurales a la vista, el descontento llegará… y enfrente habrá un gobernante que, sin la silla presidencial, tendría demasiado que perder, volviéndolo más peligroso de lo que sus seguidores ahora suponen.

miércoles, 30 de julio de 2025

Una vivienda propia

 

Llevo algunos días viendo entrevistas grabadas en los primeros años de la posguerra. Entrevistas a hombres y mujeres que, al final del conflicto armado, rondaban los treinta, acaso treinta y cinco años. Muchos regresaban del exilio; otros trataban de recomponer sus vidas entre las ruinas de una paz reciente. Artistas, médicos, ingenieros, filósofos: poco importaba la profesión. Todos compartían un privilegio que a quienes hoy rozamos esa misma edad nos resulta cada vez más lejano, casi exótico: una vivienda propia.

No pretendo generalizar. Pero háganse el ejercicio. En esas entrevistas, a menudo aparecen en su casa. No importa si fue heredada o comprada; lo que cuenta es que ya tenían un lugar que podían llamar suyo. Un techo, un espacio íntimo. Hoy, en cambio, las entrevistas suelen ocurrir en cafés, en plazas, en escenarios prestados. Tal vez se deba a una estética, a una convención visual o a una mera comodidad. Pero no deja de ser sintomático: nos cuesta más tener un lugar propio, y no siempre lo decimos en voz alta.

Sé que hay una infinidad de razones para explicar esta diferencia generacional. Tampoco pretendo descubrir el fuego. Que a nuestra generación le cuesta cada vez más adquirir una casa respecto a la de nuestros padres es un hecho. Pero me queda la sensación —incómoda, persistente— de que es un fenómeno que sentimos como algo injusto, incluso como una pérdida, pero al que no le hemos dedicado la reflexión estructural que merece.

Los economistas —y me incluyo— tendemos a explicar el fenómeno como una falla de mercado: cuando no hay competencia suficiente, los precios suben. En este caso, el gran ausente es el Estado. Sin políticas públicas para garantizar el derecho a una vivienda digna, sin límites a la especulación, el mercado impone sus propias reglas. Joan Robinson decía que muchos economistas se concentran en disertaciones elegantes sobre problemas menores, mientras evitan mirar de frente las realidades más desagradables. Y una de esas realidades es que hemos normalizado que un techo sea un privilegio y no un derecho.

Claro que eso es solo una parte del problema. La otra tiene que ver con una fractura más profunda: somos un país partido en dos. El llamado "boom inmobiliario" que vivimos no está pensado únicamente para los salvadoreños que habitan aquí, sino para esos tres millones que viven fuera. A veces lo olvidamos, pero un tercio de nuestra población reside en el extranjero, y sobre todo en Estados Unidos, donde una cuota mensual de 1,200 dólares no resulta impagable. Son casas diseñadas para ese otro mercado —el de la nostalgia, el del retorno imaginado—, que también tiene sus límites. Y cuando esos límites aparezcan, se desinflará la burbuja.

Hay muchas más aristas, difíciles de resumir en pocas líneas, pero una de ellas tiene que ver con las dinámicas del trabajo. Por ejemplo, no solo importa la estrechez de nuestro mercado en términos de compradores potenciales, sino la precariedad de nuestros ingresos. Y no basta con ver el salario nominal: hay que mirar las condiciones de empleabilidad. Los bancos frotan las manos si sos empleado público con plaza fija. Dudan si trabajás en la empresa privada: hoy estás, mañana no. Y ni hablar si sos freelance o trabajador independiente: tu signo es la volatilidad, sin importar que tus ingresos superen los de los otros dos. En esas condiciones, adquirir un crédito con buenos términos es solo un sueño.

Y no olvidemos que también hay transformaciones culturales en juego. Seguimos deseando una casa, sí, pero no necesariamente para vivir solos. Nuestras relaciones han cambiado: las parejas son menos estables, los hijos menos numerosos, los afectos más líquidos. Compartir casa con amigos ya no parece extravagante. A veces es incluso deseable: una forma distinta de vivir y resistir.

Una pareja de amigos compró hace unos años una casa en las afueras de la capital. Les pregunté cómo les estaba yendo en su nueva casa, qué sentían ahora que tenían un espacio propio, un punto de arranque para su nueva vida de casados. Sin mucha emoción me dijeron que más que una casa, lo que tenían era un lugar donde dormir. Se levantaban a las cuatro de la mañana para llegar a sus trabajos. Solían regresar a las 9 de la noche, porque evitaban el tráfico de vuelta. Alguna gente dirá que es una queja, que tener una casa también implica sacrificios, pero el punto es que ese sacrificio debería ser una excepción y no la norma. Después de todo, como dijo uno de los personajes de Muerte de un viajante de Arthur Miller: «trabajas durante toda la vida para pagar una casa, y cuando por fin es tuya no queda nadie para vivir en ella». 

La crisis de vivienda que atravesamos no es un accidente ni una anomalía: es la cristalización de un modelo social y económico que fracasó. La vivienda —ese lugar desde donde se planifica la vida— se ha convertido en un privilegio. La dificultad de conseguir una se convirtió en el signo de una generación – mi generación. En ella vemos los muchos males que arrastramos como sociedad. La falta, por ejemplo, de políticas públicas que pongan en su centro a la vida y no al lucro, o el profundo estancamiento salarial que vivimos, o el de nuestra condición perenne de ser migrantes.

Por eso dolió —y con razón— el escándalo de los créditos blandos otorgados a funcionarios para levantar sus mansiones. Fue una bofetada a la decencia. Una prueba flagrante del cinismo institucionalizado. Que no se nos olvide. Que no lo dejemos pasar.

lunes, 21 de julio de 2025

Glosas IX

 

Imagínese una mesa donde coincidan Trump, Milei, Bukele, Petro, Maduro y Ortega. Agréguele —aunque no lleguen a entenderse— a Putin y a Netanyahu. Una mesa de machos autócratas. Son líderes mundiales, algunos con un respaldo masivo. Hay otros de esta calaña. Se ganan la simpatía de los pueblos. La sociología lo explica como un «momento carismático»; la Escuela de Frankfurt lo teorizaba como la figura del hombre heroico, reducto del bonapartismo. Pero quizá sea más sencillo llamarlos, como lo hace Héctor Abad Faciolince: machos requetemachos.

 

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«Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano». La frase, atribuida a George Orwell, aparece citada en el último libro del ya mencionado Héctor Abad: Ahora y en la hora. El autor de El olvido que seremos vuelve sobre una experiencia que le cambió la vida. Durante una visita a Ucrania en julio de 2023, en la ciudad de Kramatorsk, un misil supersónico estalló en la pizzería donde cenaba con cuatro amigos. Todos salieron ilesos, excepto la escritora ucraniana Victoria Amélina. El libro habla de ese momento trágico, de las conexiones que Héctor forjó con Ucrania. También reflexiona sobre las agresiones imperiales, la cobardía, el azar, y la necesidad de mantenerse humanos en medio de la barbarie.

 

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Hay que ser bastante cínico para autodenominarse intelectual, como lo hacen ciertos personajillos que semana tras semana ensayan una defensa burda de su admirado Bukele. No solo carecen de un gramo de intelectualidad, sino que además son adalides declarados de la narrativa oficial. Están, por supuesto, en su derecho de creer y defender al gobierno. Pero que no nos vengan con cuentos. Muéstrense como son: plumas serviles al poder.

 

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«Qué maneras tan curiosas de recordar tiene uno», dice una canción de Silvio Rodríguez que recordé hace unos días, cuando fuimos con unos amigos a Búhos, el bar que ahora opera en la antigua casa donde funcionó La Luna Casa y Arte, epicentro artístico de la posguerra salvadoreña. Fue, como dije, algo curioso. Recordé La Luna como si hubiera sido un asiduo de sus noches efervescentes. Todo lo contrario: la visité a lo mucho cinco veces, y cuando abrió yo ni siquiera había nacido. Pero su irradiación estuvo presente en mi infancia y adolescencia. Supe por otros lo que ese lugar significó: la idea de un país distinto, un sitio donde cabía la imaginación desbordada. Fue casa de personas a quienes años después admiraría. No solo artistas, sino profesionales de todo tipo. No hubo otras lunas. El país imaginado dejó de existir hace mucho. Después de Búhos, caminamos por las inmediaciones de la Buenos Aires y la San Luis. Rememoramos otras épocas —no necesariamente mejores— y también a los amigos que ya no están.

 

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Sovereign me puso a pensar en los peligros del fanatismo ideológico. Junto a Civil War y The Order, podría formar una suerte de trilogía sobre la radicalización política en Estados Unidos —y también en el mundo. El protagonista predica un panfleto anarco-libertario donde el enemigo principal del individuo es el poder institucionalizado. Llámese gobierno, banca o escuela. Cree que la vida se resume en una serie de transacciones entre individuos. Obliga a su hijo a estudiar en casa, para evitarle las “mentiras” de los programas escolares. Asesora a familias por perder su casa, convenciéndolas de que nadie puede quitarles lo que han ganado con esfuerzo. No tiene licencia de conducir, porque no se debe a nadie. Hasta que la confrontación con la autoridad tiene un desenlace fatal. Como puede suceder en la vida real. Como ya sucede. Fanatismos contaminando nuestra convivencia.