jueves, 15 de diciembre de 2022

La zurda del mundo

 

En redes sociales circula una frase que demuestra el apoyo que recibirá Messi en la final del domingo: «En América Latina, la única izquierda que sirve es la de Messi». Rendidos al astro argentino, aceptamos de él incluso las ideologías contrarias.

Cuando estaba en las inferiores del F.C Barcelona, a más de un entrenador le preocupó que Messi jugaba con una pierna. De meta a meta, podía gambetearse a todo el equipo contrario solo con la zurda. Lo que podía ser un prodigio, en una escuela que premia la técnica excelsa era un serio problema. Aparte de ser el más pequeño, al incipiente 10 le faltaba la derecha.

El asunto se fue resolviendo y Messi demostró que, aunque como último recurso, su derecha también era mágica. En Rusia 2018, un pase de mariscal de campo de Éver Banega lo dejó de cara al arco, Messi durmió la pelota con su muslo izquierdo y fusiló al arquero nigeriano con la derecha como si fuese Gabriel Omar Batistuta.

Hay jugadores como el “Mosquito” Dembelé de quienes no sabemos su perfil: su fuerte es manejar con igual destreza ambas piernas. Messi es un extraterrestre de la gambeta. El arte de la gambeta es el engaño, pero Messi desafió a los defensas mostrándoles las cartas. Desde los ocho años se sabía que saldría por el mismo costado, pero a los 35 todavía nadie le quita la pelota.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano dijo que si Maradona llevaba la pelota pegada al pie, Messi la llevaba dentro. El elogio denotaba a un jugador al que solo se le podía marcar derribándolo. Con el tiempo, Messi ha debido sacar la pelota de su pie y perfeccionar otras fórmulas. Del eslalon intempestivo ahora juega al pase y disparo milimétricos. 

En Catar 2022, la zurda de Messi viajó en el tiempo. Como observó Juan Pablo Varsky, contra Países Bajos Messi se transformó en Ricardo Bochini para darle el pase a gol a Nahuel Molina y en Juan Román Riquelme para patear el penal del 2-0, con la celebración del Topo Gigio dedicada a Van Gaal. Y ni hablar del espíritu de potrero que Messi mostró en esa eliminatoria, exudando fútbol maradoniano. Contra Croacia, Messi retrocedió 10 años para dejar tirado al enmascarado Gvardiol —quince años menor que Lio—, en una de las arrancadas que añoran en el Camp Nou.

El domingo, la docta zurda del mundo jugará contra la exuberante derecha de Mbappé. Messi podrá coronarse, por fin, campeón del mundo. Ojalá así sea.

martes, 13 de diciembre de 2022

Nuestro Mundial

Nuestra última participación en una Copa del Mundo fue en España 1982 y desde entonces nos conformamos con pequeñas cosas. En cada Mundial, quizá somos el único país que quiere quitarse récords. Nos entusiasmamos pensando que alguna potencia futbolística le meterá más de diez goles a un equipo teóricamente inferior para quitarnos de encima el 10-1 que nos propinó Hungría. En Brasil 2014, los alemanes pudieron quitarnos del top de esa lista contra el país anfitrión, pero incluso una selección como Alemania demostró que tenía sentimientos: en el segundo tiempo frenaron la apisonadora con la que hicieron del Maracaná un templo de lamentaciones. Ahora, en Catar, volvimos a ilusionarnos con los siete goles que le metió España a Costa Rica. Solo necesitaban meter 3 más. Sin embargo, pronto nos daríamos cuenta de que el fútbol virtuoso de la “Luchoneta” se agotó en esos siete tantos y desde entonces España jugaría con el humilde objetivo de lograr un remate al arco. Mañana empiezan las semifinales y las esperanzas de quitarnos nuestro vergonzoso récord volverán en 2026, en una sede en la que podemos ser casi locales.

Los salvadoreños nos sorprendemos de que en un país donde la justicia es tan endeble tengamos buenos árbitros. El salvadoreño imparte firme justicia fuera de sus territorios. En los últimos cuatro mundiales, estuvimos representados en el cuerpo arbitral. Joel Aguilar Chicas estuvo como cuarto árbitro en Sudáfrica 2010 y fue el principal en dos partidos de Brasil 2014 y en uno de Rusia 2018. En Catar, nuestro representante fue el químico Iván Arcides Barton, que se convirtió en el primer árbitro salvadoreño en pitar unos octavos de final en el Inglaterra vs Senegal. Arcides Barton, de nombre decimonónico, les llegaba a las caderas a los ingleses, pero no le impedía repartir orden con un nada delicado shut up. El colegiado tuvo excelentes actuaciones y se jactará de haber sido testigo de la hazaña marroquí que eliminó a la Portugal de CR7.

Nuestro Mundial también sucede en uno de los atractivos de las transmisiones: el cabello de los jugadores. Desde los recortes sutiles de Beckham al peluquín extravagante de El fenómeno, sabemos que en los Mundiales también importan los peines. Los estilistas son imprescindibles para la concentración del jugador, que está pendiente no solo de la pelota, sino de cuando sale en el monitor del estadio. En Catar, el inquieto extremo portugués João Cancelo llamó al barbero migueleño César Merino para que le hiciera un retoque. Merino migró hace tres años a España para ganarse la vida como peluquero: hoy moldea las cabelleras de jugadores como el “Papu” Gómez y Radamel Falcao. El mote de “hacelotodos” que nos define hace posible estas coincidencias.

En los Mundiales, a falta de talento dentro de las canchas, tenemos que reinventarnos fuera de ellas. Nuestro Mundial ocurre en las orillas.


martes, 15 de noviembre de 2022

Ofertório o el nido musical

 


Hay familias hechas de puro talento. Nacido con el apellido de Coppola, el joven Nicolas se cambió el apellido a Cage para que sus triunfos fueran individuales y no atribuidos a su estirpe. Su apellido era un sello de calidad automático. Los tres hermanos Kiszka se juntaron en un sótano para tocar “Dazed and confused”, pero reinventaron el hard rock en el siglo XXI bajo el nombre de Greta Van Fleet.

Caetano Veloso pertenece a estos insólitos linajes. Nacido en una familia con vocación musical, su fortuna estuvo atada a la de su ciudad, Bahía, donde surgió la samba. Niños prodigio, Caetano con su hermana menor, Maria Bethânia, jugaban a reproducir de a oídas las canciones que escuchaban en la radio. El talento de Veloso le permitió darse el lujo de querer abandonar la música y dedicarse a la pintura o al cine. «Si abandonás la música, entonces yo también», le dijo su amigo Gilberto Gil, de quien Veloso emuló la postura para tocar guitarra.

La familia bahiana de Veloso creció en constelaciones. Junto a su hermana, Gilberto Gil, Gal Costa y Tom Zé, crearon el tropicalismo, un movimiento musical que incorporó los ritmos del rock anglófono a la cadencia hipnotizante de la bossa nova. El tropicalismo, como todo movimiento musical disruptivo que emerge en dictadura, condujo a Veloso a la cárcel y luego al exilio. Expatriado en Londres, a Veloso le costaría acostumbrarse a esa ciudad donde los taxis parecen carros fúnebres.

Al regreso de su exilio nació su primer hijo: Moreno Veloso. Sus primeros años los vivió en Bahia rodeado de los tropicalistas, su segunda familia. Bajo el permanente influjo de Gilberto Gil, Moreno escribió su primera canción a los ocho años. Después se convertiría en un físico capaz de navegar por las ciencias exactas y los compases del flamenco. Veinte años después nació Zeca, aficionado al R&B, hip-hop y funk, y cinco años después nació Tom, para quien una gambeta es tan prodigiosa como un acorde. A sus quince años, los tres vástagos de Veloso tocaban la guitarra con virtuosismo.

Los Veloso habían tocado juntos en las madrugadas de su hogar, pero nunca sobre una tarima. En el año 2018, iniciaron una gira de dos años con el nombre Ofertório, una exhibición que Jorge Drexler calificó como «una de las experiencias musicales y humanas más emocionantes que he escuchado». Tom, Zeca, Moreno y Caetano, los cuatro sentados en unas sillas, tocaron en distintos escenarios como si estuvieran practicando en la sala de su casa.

Durante el espectáculo en São Paulo —que puede verse en YouTube—, Caetano se oculta y reaparece como una sombra que custodia la enternecedora ejecución de sus tres hijos. Sus voces no se complementan, sino que parecen todas variaciones de una misma voz. La música, se entiende, emana del mismo nido.

Ofertorio es más que un homenaje al talento que se hereda por los genes. La selección de las canciones reivindica el amor fraterno y la importancia de los lazos familiares. También, como dijo Caetano en una entrevista, la «voluntad de ser feliz». Las clásicas composiciones de Caetano —“Alegria, Alegria”, “Ofertório”, “Reconvexo”, “O Leaozinho”— brillan a la par de la de sus hijos, cada una con una luz propia que en ningún momento opaca a las otras. Uno de esos momentos esplendentes llega cuando Zeca, con la voz más privilegiada de los cuatro, canta en falsete “Todo homem”, un encomio poético sobre el vínculo madre-hijo. Otro cuando Tom toca “Um so lugar” antes de levantarse de su silla para bailar el funk “Alexandrino”. Otro, cuando Moreno, el más experimentado, canta a dúo con Caetano su “Deusa do amor”. Quizá pocos recitales tienen cumbres tan altas en un lapso de hora y media.

Durante las presentaciones de Ofertório, aparecieron consignas políticas de rechazo al bolsonarismo.  Un concierto que celebra abiertamente la vida no podía ser sino la antítesis de la necropolítica. Aunque nunca fue su objetivo, los Veloso no pudieron evitar que se mostraran pancartas con el lema “dictadura nunca más”. En 2021, en su último álbum, Caetano respondería en “Ñao Vou Deixar” a la crispación política de su país: «No te dejaré / No te dejaré joder / con nuestra historia / Es mucho amor, / es mucha lucha / Es mucha alegría, / es mucho dolor / Y mucha gloria / No lo dejaré / No lo dejaré / No lo dejaré / Porque sé cantar / Y sé de algunos que saben más». Ofertorio es la ofrenda que los Veloso le dan al Brasil tumultuoso. La prueba de que, ante las adversidades, vale la pena seguir cantando y celebrando la vida. 

martes, 8 de noviembre de 2022

Reunión

 

Se enciende la pantalla. La oscuridad cuadriforme se disipa. Desde un piso 17 se observa el cielo azulado, límpido, de noviembre. Bajamos las persianas para oscurecer el salón donde pasamos tres horas discutiendo problemas irresolubles. Decimos palabras como retroalimentación, diagnóstico, catastro, coordinación, estructura. Me distraigo viendo a un albañil que pinta una pared en la azotea de un edificio. Veo los rostros macilentos de los conferencistas. Veo una taza manchada de labial bermellón. Veo cables rojos, negros y azules, como si fueran las arterias de este lugar hosco. Un hombre duerme, despreocupado, como a punto de emitir un ronquido. Que ronque, me digo, sacalo, rompé esta inercia fría con algo minúsculamente humano. No todas las oficinas son kafkianas, pero esta oficina me lo evoca. Un tipo barbudo, dibujándosele una sonrisa sardónica, opina que la unidad de género debe encargarse de los temas de «recursos humanos». Nos traen café con galletas dulces para atenuar el tedio. «¿Café, señor?». El hombre que dormía despierta y pide tres bolsitas de azúcar. Nos quitamos las mascarillas. Le veo el rostro completo por primera vez a más de uno. Los descubro diferentes a como me los imaginé. Si me los cruzaba por la calle, no los hubiera reconocido. La mascarilla nos convirtió en seres anónimos. El conferencista cartagenero, exaltado a través de la pantalla, continúa su ponencia sin saber que ya nadie lo escucha. Los funcionarios se extravían en sus celulares. Voltean a la pantalla para disimular que todavía están expectantes en la reunión. Saben —imagino que saben— que desde hace varios minutos desearían estar en otro lugar, como en una playa vacía o teniendo sexo en su habitación o jugando con su perro o yendo de camping. «Me quedan cinco minutos», dice el presidente de la empresa pública. Mientras tanto veo por la ventana que el albañil se ha ido. La pared, pintada en tono verde, se ve luminosa con el sol del mediodía. En la sala empezamos a hablar de los próximos pasos, ese estribillo ineludible que finaliza las reuniones. Cuando el presidente sale nos estrechamos la mano u ofrecemos el codo, el nuevo saludo universal. Salgo de la oficina y bajo por el ascensor, casi huyendo. Pienso en el almuerzo, si comeré remolacha o pacaya con la ensalada. Espero un Uber. En la calle el viento despeina a los transeúntes. En el cielo apenas hay nubes. Por fin podemos sentirnos en un día de verano. Un carro empieza a pitar sin razón reiteradamente en un semáforo. El conductor del Uber se voltea a mí: «ya están locos y apenas es lunes», dice. Sí, apenas es lunes.

lunes, 31 de octubre de 2022

The Bear o el peso de la cocina


La cocina se volvió ubicua en las plataformas digitales. Superando a la televisión convencional, la velocidad de Tik-Tok nos permitió aprender la receta de un estofado en menos de un minuto. En la era del cansancio, si no estamos dormidos en nuestro tiempo libre, cocinamos. O vemos a alguien cocinar. La cocina se volvió terapéutica. Sin querer, los canales de cocina se convirtieron —parafraseando un título de un libro de Héctor Abad Faciolince— en un tratado de culinaria para personas tristes.

Entre otras virtudes, el éxito de la nueva serie de Hulu/FX, The Bear, se debe a la simpatía que le tenemos a los canales de cocina. Creada por Christopher Storer —quien fue el productor de la ópera prima de Bo Burnham, Eighth Grade (2018)—, durante ocho episodios de una duración aproximada de media hora, seguimos a Carmen “Carmy” Berzatto (Jeremy Allen White), un chef especializado en la alta cocina que, después de haber cocinado en “el mejor restaurante del mundo” y haber ganado varios premios, regresa a su natal Chicago para encargarse del restaurante de su hermano mayor, Mike, que acaba de morir. Decir restaurante es todavía ambicioso para describir el negocio que su hermano le heredó: con deudas de seis dígitos y un menú que no requiere más arte que el sofrito, el restaurante llamado The Beefapenas se mantiene a flote.

Aunque podemos aprender de repostería, The Bear no es una serie sobre gastronomía, sino sobre los fantasmas interiores que están detrás de quienes nos sirven nuestro sándwich favorito. Mostrar algunas recetas es un gancho para empujarnos hacia uno de los temas que quiere transmitirnos: la frustración. El desdoblamiento de la palabra bear que en inglés significa oso, pero también soportar una carga sobre las espaldas contiene la tesis de esta serie en la que los personajes sobrellevan el peso de sus fracasos.

Entrar a la cocina de The Beef es ingresar a una mezcolanza de temperamentos, aunque estos no logran desarrollarse por completo en esta primera temporada. Richie, el gerente, está siempre al borde de la demencia. Tina, una cocinera veterana, reniega de las órdenes que provengan de alguien más joven. Los demás ayudantes no tienen ambiciones de ningún tipo. La llegada de Sidney, una chef profesional que a traviesa un momento de crisis, es la única esperanza para cambiar el emprendimiento.

El caótico negocio familiar de los Berzatto no cumple ni los mínimos requisitos sanitarios, pero Carmen tiene la convicción de que puede transformarlo. De preparar platillos con huevos de rizo de mar, Carmen se acostumbra a utilizar tomates enlatados. Ni la deuda con proveedores ni la mora tributaria lo disuaden de convertir a The Beef en un restaurante que despunte. La obsesión de Carmen por el restaurante es la contracara de su propia pesadumbre.  ¿Qué es lo que aflige tanto a Carmy que no tiene tiempo ni de compartir el luto con Sugar, su otra hermana?  Carmy aguanta el peso de una cocina que se desmorona porque es un acto para conservar la memoria de su hermano.

Quizá el mejor logro de The Bear sea el ritmo frenético de su narración —cuya apoteosis es el plano secuencia de 20 minutos del capítulo séptimo—, ritmo que se asemeja a las rutinas laborales. The Beef puede ser una maquila, una constructora o una oficina aduanera. Para un comensal, una costilla con risotto es solo un plato servido a tiempo, pero para los cocineros puede ser un infierno. Análogamente, jamás pensamos en lo que hay detrás del agente aduanero que nos selló el pasaporte. En las oficinas, lo que diferencia a los días buenos de los malos es la productividad que se consigue. El trabajo no puede detenerse. La serie crea una experiencia inmersiva hacia la producción en serie. Adentro de la cocina hay una atmósfera asfixiante: las tomas se saturan de grasa acumulada, facturas, gritos, desperdicios embarrados en el piso, sartenes sucios que se apilan en el fregadero.  The Bear fatiga.

Lo único que rompe esta inercia es la posibilidad de belleza. La cocina permite estas pequeñas gratificaciones estéticas: la cebolla caramelizándose, un postre impecable y suculento, un delantal pulcro, un asado sellándose. Y esa posibilidad estética es la que los espectadores también encontramos en esta serie que, sin dragones devorándose a sí mismos o narcotraficantes rasurándose el bigote, se esmera en llevarnos por un torbellino de risas, angustias y desconcierto, con la noble excusa de ver servido un sándwich con carne y pepinillos. Ya se anunció una segunda temporada.


lunes, 4 de julio de 2022

La libreta verde - junio (20-30)

 

            El día después de un fin de semana festejando en la playa se resume así: garganta lastimada por el tabaco y el alcohol, piel tatemada, piernas adoloridas y el cuerpo cubierto de picaduras de mosquito. El regreso debe tener ese dolor incómodamente placentero.

           

            Jorge Carrión ha tuiteado que si en el siglo XX Mario Vargas Llosa entró a la historia universal de la literatura, en el siglo XXI entró a la historia universal de la infamia. El tuit lo escribe a propósito de las infortunadas declaraciones que últimamente ha dicho el autor de La guerra del fin del mundo. En otras palabras: Mario Vargas Llosa se convirtió en un meme. Ahora tiene una doble faceta: una, disfrutarlo por su perdurable obra; la otra, olvidarlo por sus efímeras posturas políticas.

             Gestos. La nueva izquierda se mueve por los gestos. Ocurrió en Chile, con Gabriel Boric saludando desde el asiento trasero del mítico Ford Galaxie 500XL, el mismo que transportó a Fidel Castro, Gandhi, Pablo Neruda y, por supuesto, el carro que fue de Salvador Allende. Ocurrió en Colombia, con Francia Márquez saludando a las trabajadoras domésticas de la vicepresidencia, las mismas que fueron ignoradas por la vicepresidenta saliente, Marta Lucía Ramírez. Está bien, pero lo que pedimos es esto: que los gestos no sean solo pose.

            Consejo a los funcionarios: lo que separa la celebración pomposa de una política pública de la demagogia es una sola línea muy delgada.

            Leo Algún día te mostraré el desierto, el diario que llevó Renato Cisneros sobre su paternidad. En él recuerda la historia de Carlos Fuguet, el tío del escritor chileno Alberto Fuguet, quien sufría crisis existenciales por ver su nombre en una lápida cuando iba al cementerio, ya que se llamaba igual que un pariente muerto. Aquí yace Carlos Fuguet. Esa anécdota provocó que Renato no quisiera ponerle a su hija el nombre de ningún familiar ya fallecido. Quería evitar un mal presagio, como si el nombre fuera una continuación de la muerte. Creo que nunca había reparado en esta idea del nombre como una extensión de la desdicha. Me llamo Óscar Alejandro por un tío que murió tempranamente —a los 22 años—en un accidente de tránsito. Aparte de ser su primo, era el mejor amigo de mi padre. Por cosas del azar, yo heredé, en cierta forma, su personalidad. No tengo miedo de ver su nombre, que es también el mío, en una tumba. Al fin y al cabo, no veo qué otro destino me espere sino la muerte.

martes, 21 de junio de 2022

Colombia votó

 

            Culminaron las elecciones en Colombia. Los funestos presagios se disiparon. Y ahora lo que resta es que Petro esté a la altura de las expectativas.  

El país hermano decidía entre darle la victoria a Gustavo Petro y provocar una ruptura ordenada con la casta política, una ruptura democrática, con un claro aunque debatible programa de gobierno, o darle la victoria a Rodolfo Hernández, el representante de la extrema derecha y de los desvaríos de la política tik tokera (no en vano el ingeniero Hernández decía admirar a Nayib Bukele). Por suerte, tras la jornada del domingo, imperó la sensatez.

            No era fácil. La izquierda en Colombia no se había asomado al poder desde los lejanos años de Jorge Eliecer Gaitán, y, cuando intentó siquiera mostrar sus cartas, terminó en cada tentativa siendo tiroteada y asesinada.

      No será fácil. Junto con Gabriel Boric, Petro tiene el desafío de que la nueva ola progresista, o «la nueva nueva izquierda» —como la llama José Natanson—, no sea un fracaso. Así como por primera vez en una elección presidencial de Colombia se habló de feminismos, de pensiones, de lenguaje inclusivo, de ambiente —un país donde las campañas electorales han girado sobre las FARC y el comunismo—, Petro tiene la titánica tarea de materializar por primera vez una agenda progresista con políticas públicas, demostrando que la izquierda en Colombia también es capaz de administrar bien el poder sin dejar un rastro de corrupción e ineficiencias.

           Colombia cambió y este cambio es una señal esperanzadora para los países de la región. En una época donde las extremas derechas y los posfascismos ganan terreno en Occidente —y América Latina no es la excepción—, que presidentes como Petro y la vicepresidenta Francia Márquez —feminista y símbolo de la «améfrica ladina»— estén conduciendo un país debe entusiasmarnos sin caer en la ingenuidad de otros tiempos a creer que la praxis de otra política es posible.

          Cuando tome posesión en agosto, el Petro-presidente debe superar con creces al Petro-alcalde. Petro debe convocar a la unidad para calmar el ambiente de crispación y polarización que dejó la elección, pero también para que demuestre que el talante de déspota y autoritario que se le achaca no será el sello de su presidencia.  Que su signo sea la concertación para poner en marcha la agenda progresista que, hasta la fecha, es arena ignota para Colombia. Que Petro y su gobierno demuestren que Vargas Llosa se volvió a equivocar y que, esta vez, Colombia «no votó mal».

lunes, 20 de junio de 2022

La libreta verde - junio (13-19)

 

          Uno quisiera ser amigo de Juan Villoro solo para aparecer en sus crónicas que escribe en el periódico Reforma.

           

           

El titular de la noticia dice: «Investigadores japoneses usan piel humana para recubrir el dedo de un robot». Al parecer, en Japón los científicos tienen proclividad a desarrollar robots humanoides porque estos generan simpatía. Pienso al leer la noticia en After Yang de Kogonada, en donde se imagina una sociedad donde los robots y los humanos son indistinguibles. El titular de otra noticia dice: «Los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera alcanzan otro récord». ¿Lograremos cubrir el cuerpo completo —no solo un dedo— de un androide con piel humana antes de que el calentamiento global nos extinga?

El nuevo número de la revista Nueva sociedad lleva el título de «Progresismos latinoamericanos: segundo tiempo», el cual dialoga con la propuesta del exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera sobre las propuestas progresistas de «segunda generación». Para Álvaro, el tiempo liminar que abrió la pandemia —como una especie de portal— puede ser la oportunidad para que emerja un nuevo consenso progresista, el cual podría estar liderado por Gabriel Boric y el proceso de la nueva Constitución en Chile. Ahora, además, por la Colombia de Gustavo Petro y Francia Márquez. ¿Cuándo llegaremos nosotros al segundo tiempo del progresismo latinoamericano?


martes, 14 de junio de 2022

La libreta verde - junio (8-12)

 

        Fredric Jameson propuso comparar dos cuadros —Un par de zapatos de Vicent Van Gogh y Zapatos de polvo de diamante de Andy Warhol— para explicar el advenimiento del posmodernismo, aunque en el fondo lo que intentaba explicarnos era el cambio que el capitalismo había producido en la concepción del arte. Para Jameson, el Van Gogh interpela al espectador sobre la miseria agrícola, la espantosa pobreza rural y las extensas jornadas del trabajo campesino de su época; el colorido cuadro de Andy Warhol no interpela en absoluto. Recuerdo esta contraposición este día (8 de junio) en el que se conmemoran cincuenta años desde que el fotógrafo vietnamita Nick Ut realizara la emblemática fotografía de la guerra de Vietnam, donde se ve a una niña alejándose de la espesura del napalm, con gritos de dolor y con el cuerpo lacerado por las quemaduras. Después de aquella fotografía que dio la vuelta al mundo, Nick Ut solo volvería a tener una fotografía en portada. Signo de los tiempos, ocurrió cuando fotografió a una mujer con el rostro compungido, envuelta en llanto, porque cumpliría veintiún días en prisión: su nombre era Paris Hilton.

 

            Si nuestros gobernantes fueran inteligentes —no lo son— voltearían a ver el éxito de la plataforma Transfer 365- —una herramienta bancaria tradicional y simple—, donde fluyen 22 millones de dólares diarios, en contraste a la fallida apuesta por el Bitcóin, que nadie, ni sus más entusiastas evangelizadores, utiliza a diario. En la economía no sirven las supercherías.

 

            Veo Proof de John Madden. En la película, un matemático (Anthony Hopkins) acaba de fallecer después de vivir durante más de veinte años con una enfermedad mental. La hija menor (Wyneth Paltrow), quien lo cuidó en sus últimos años de vida, piensa que ha heredado su enfermedad. Ella también es una matemática brillante. La realidad empieza a parecerle sospechosa, mientras un alumno de su padre (Jake Gyllenhaal) y su hermana mayor (Hope Davis) tratan de ayudarla a retomar su vida. Quién diría que varias décadas atrás, en otros términos, Miguel de Unamuno resumiría el trasfondo de esta película en una de sus novelas: «¿Matemáticas? Son como el arsénico, en bien dosificada receta fortifican, administradas a todo pasto matan».

 

            Espero en el comedor a que se vayan todos los comensales. Me quedo solo. Es el mejor momento para hacer lo que mejor sé hacer durante la jornada laboral: leer. Leo Partes de guerra, la última novela de Jorge Volpi, que transcurre en una ciudad fronteriza entre México y Guatemala. Salen dos salvadoreños, dos hermanos, que encuentran un cadáver. Frente a mí, las trabajadoras del comedor se sientan a comer. Por fin tienen reposo. ¿Qué estarán comiendo? Recordé haber leído en algún lado que quienes preparan la comida de los restaurantes comen otra cosa: sobras del día anterior o comida rápida. El capital no se socializa.


miércoles, 8 de junio de 2022

La libreta verde - junio (1-7)

 

        Este 1 de junio se cumplen tres años desde que nos gobierna Nayib Bukele, nuestro representante de las extremas derechas y posfascismos que asolan a Occidente. No está solo, evidentemente. A esta cita no llegamos tan tarde. Tenemos sincronía. En Colombia, el más que probable próximo presidente, Rodolfo Hernández, dice admirar a Bukele. En Argentina, el fascista libertario Javier Milei asciende meteóricamente en las encuestas; los analistas todavía dicen que «esto no puede suceder aquí», reconociendo a su país como típicamente de izquierdas. Lo que hemos aprendido de las extremas derechas es que se multiplican dejando a su paso países inhumanos, llenos de odio, ambientalmente depredados y sin capacidad de mejorar el bienestar de sus habitantes. Para ocupar la expresión de la candidata colombiana a vicepresidenta, Francia Márquez, con las extremas derechas no se puede vivir sabroso. No todos podemos. Solo pueden las minorías que se benefician —que nos beneficiamos— del capitalismo predatorio. Tres años y allá vamos.

            Vuelve The boys. La tercera temporada continúa la línea de las dos anteriores: la serie retrata los aspectos escatológicos de Estados Unidos. Que se entienda como una sátira de las películas de superhéroes solo minimiza su alcance. Como el título de uno de los brillantes ensayos de Vicente Verdú, The boys pretende describir al Planeta americano. Y ahí están reflejados los elementos de ese planeta: el individualismo posesivo, la competencia, la homofobia, la drogodependencia, el control de armas, el racismo, la misoginia, la desigualdad y la brutal influencia que ejercen los medios de comunicación.

 

            Afuera llueve. Las horas que debería ocupar para estudiar antes de mi examen las paso distrayéndome y contemplando las cosas que he ido acumulando en mi apartamento. Hay algo extraño en los objetos, como una sombra. O como si su materialidad empezara a deformarse. Imagino que del hoyo de mi guitarra salen escarabajos negros que mientras caminan por las cuerdas hacen sonar una melodía. Tengo la impresión de que la ceniza que se acumula en el cenicero son las ruinas de una ciudad diminuta devastada por un sismo. ¿Por qué una paloma ha construido su nido bajo el calor de un foco?

Veo a una hormiga laboriosa empujar una miga.

Veo dos monedas de un centavo.

Escucho a los vecinos, no sé si se divierten o si están peleando.

 Me rasco el brazo.

Pronto serán las 12 a.m. Me alegro porque mañana no trabajo.

 

Veo The unbearable weight of massive talent de Tom Gormican. La película confirma a Nicolas Cage como el único actor vivo capaz de interpretarse a sí mismo sin que el resultado sean dos horas de aburrimiento. Nicolas Cage, él solo, es una trama. Entre el homenaje y la burla, la película sigue al actor Nick Cage en el crepúsculo de su carrera. Un fan multimillonario le paga un vuelo a Mallorca para hacer juntos una película. En plena costa mallorquina, Nick Cage se verá envuelto en una red de narcotraficantes y agentes de la CIA, de la cual tendrá que salir librado con las mañas del mismísimo Castor Troy, el personaje que Cage interpretó en Face off. Por momentos hilarante, por otros patética, la película de Gormican pudo titularse «Tráiganme la cabeza de Nicolas Cage», parodiando el título de Sam Peckinpah.

           

            Pienso que en julio de este año cumpliré cinco años de venir al mismo lugar de trabajo, esta torre moderna y refinada que me ha acogido sufriendo inclementes resacas, pero que también me ha visto emocionado por un enamoramiento o por haber compartido un mismo ascensor con los músicos de Barco. Bueno, por no decir que también se convirtió en un inmueble deshabitado durante el confinamiento, que sobrevivió a un enjambre sísmico y que sus dueños aun le deben a la administración de acueductos una considerable suma de dinero. Los ladrillos de este edificio han sido testigos mudos de una parte de mi vida. Si tuvieran alma, serían mis amigos.

martes, 31 de mayo de 2022

La libreta verde - mayo (23-31)

 

        Página 12 publica un adelanto del nuevo libro de Siri Hustvedt, titulado Madres, padres y demás. Lo publica Seix Barral. Contiene textos ensayísticos y autobiográficos.  En el adelanto, Siri cuenta cómo Djuna Barnes se convirtió en su mentora fantasma, luego de que la autora de El bosque de la noche le respondiera lacónica pero sugestivamente una carta que ella le había enviado. «Querida señorita Hustvedt, su carta me ha creado serias dificultades», le respondió Djuna. Desde entonces Siri no paró de escribir. También manifiesta su enfado al ser considerada como la discípula de su esposo, el también escritor Paul Auster. «Otorgar autoridad a la esposa socava de algún modo la autoridad del marido», dice. Hustvedt llama a las frases que nunca se olvidan como «tatuajes cerebrales». Me gusta la idea, quiero robársela. La definición nos recuerda que todos tenemos tintas ocultas que pueden salir a la superficie.

           

 

            Por las tardes mi trabajo fluye solo porque suena al fondo la esplendente guitarra de Julian Lage.

 

           

            Unos días después del trágico tiroteo en una escuela primaria de Uvalde, Texas, me encontré con una amiga y me contó de sus nuevos amoríos. El último, un gringo casi diez años menor que ella. «Sigue a Trump —me dijo, riéndose— y tiene tres escopetas de caza». El gringo es de Dallas. Una noticia en The Economist subraya la intrincada relación de los gringos con las armas: en Estados Unidos se destina casi el mismo dinero a investigar la muerte por una caída que una muerte por arma de fuego. Pistolas, Trump, cierto analfabetismo: tres pilares que sostienen a la industria de la muerte en la tierra de Walt Whitman.

martes, 24 de mayo de 2022

La libreta verde - mayo (16-22)

 

            Últimamente las películas de terror contradicen el mensaje de uno de los libros de Boris Cyrulnik: envejecer con resiliencia. El cine de terror contemporáneo condensa el miedo recóndito, casi nunca dicho, de no enfrentar con dignidad a la vejez cuando esta llega. El cuerpo se deteriora. El anhelo de la eterna juventud languidece. La memoria se marchita. Estos temores son aprovechados, por ejemplo, en películas como La abuela, de Paco Plaza, X, de Ti West, Anything for Jackson, de Justin G. Dick, y Relic, de Natalie Erika James. Termómetro de los tiempos, el cine de terror nos recuerda que hoy envejecer da miedo.

            Plática en un elevador:

            Entraron en el ascensor carcajeándose. Ella vestía una blusa casual, jeans, tenis y sostenía un termo de café. Él vestía traje, corbata, zapatos de cuero, un pañuelo de colores a la altura del corazón.

            —Ya no he visto a la Luli con el argentino, vos.

            —Cosas— respondió el hombre. Miró la hora en su relojito inteligente.

            —¿Se habrán peleado?

            —Peor

            Él empezó a rascarse la oreja.

            —¿Le dio baje el chele?

            —¡Ja!, al revés.

            La “S” de sótano se alumbró con una luz amarilla. La puerta se abrió. El hombre dijo:

            —El chele se fue para Buenos Aires la semana pasada. Pensamos que no va a volver. Renunció.

           

            En El ojo, cuento con el que inicia el libro de Nuestro mundo muerto, Liliana Colanzi construye un relato sobre la opresión. La opresión de una madre —podría ser un padre— conservadora. El ojo es la culpa omnipresente. Por eso a la protagonista se le aparece en el agujero del inodoro, mientras se corta el interior de sus muslos —recordando a Amy Adams en Sharp Objects—, o en la pantalla del cine, mientras hace una felación. El ojo es la metáfora del pecado. Sabiéndose observadas, a muchas personas se les impide vivir plenamente. El ojo siempre está ahí.

 

            ¿Puede un libro cambiar nuestra vida? Sí. ¿Puede hacernos ver las cosas más cotidianas como cosas extrañas y dignas de asombro? Sí. ¿Puede cambiar nuestros recuerdos? ¿Construir futuros alternativos? Sí. Vivir después de la lectura, la premisa con la que arranca La vida nueva de Orhan Pamuk.

 

 

            Quizá estoy por cruzar esa frontera existencial en donde el cuerpo ya no resiste una noche de fiesta antes de ir a trabajar. La mañana de este viernes transcurre en automático.

lunes, 16 de mayo de 2022

La libreta verde - mayo (9-15)


La economía se verdea. Nos verdeamos. También los conceptos. Eduardo Gudynas advierte que más que hablar de estanflación para describir el momento de la economía mundial, lo que deberíamos decir es verdeflación: un cambio nunca visto en el uso y, en consecuencia, en el precio de las materias primas en los últimos cincuenta años. Estamos en una época donde los precios de las cosas ya no solo están influidos por la oferta y la demanda de los mercados, sino también por el cambio climático y las barreras ecológicas.

El país publica un texto de Pedro Almodóvar, una especie de entrada de diario. Me gusta su estilo confesional. Almodóvar, quién lo diría, se aburre en Semana Santa. Mata el tiempo leyendo una novela de Claudia Piñeiro y viendo una serie sobre la vida de Andy Warhol, a quién conoció muy bien. Le aburre escribir sobre sí mismo, pero no sobre los artistas a los que admira. Aunque no lo parece, uno tampoco lo imaginaría, Almodóvar es un hombre solitario. A veces, como este día en que escribe de sí mismo, contradiciéndose, la soledad le pesa, le angustia. Me sorprenden sus dotes de escritor. Cuando escribe sus guiones, tan originales e irreverentes, sale a caminar, no para dejar de escribir, sino para escribir en movimiento. Si alguien se le acerca en la calle y le habla, él le responde: disculpe, estoy escribiendo. Su mente no descansa, es la obsesión de un artista.

La política de seguridad del gobierno puede definirse como el título de un libro de Foucault: vigilar y castigar. El control —y exhibición— que se ejerce sobre los cuerpos es el pilar de la necropolítica gubernamental. Porque no son todos los cuerpos los que se exhiben desmesuradamente, sino solo aquellos que merecen ser expuestos y humillados: los cuerpos tatuados, malnutridos, vapuleados y enfermos de los pandilleros. En la gestión política de la vida, como diría Judith Butler, la de ellos no vale la pena ser llorada.

Me imagino que en algún lugar del planeta alguien debe de estar escribiendo el libro sobre “Los actos simples que evitaron catástrofes”, un compendio de pequeñas heroicidades que han quedado en el anonimato de las enciclopedias, pero que contribuyeron con su granito de arena para evitar males mayores. Llevo algunos años soñando con ese libro. Hoy he vuelto a pensar en él leyendo la columna semanal del escritor portugués Gonçalo Tavares, donde cuenta la historia del ucraniano Iurii Vysoven, un hombre que convirtió los pedazos de un avión ruso derribado por Ucrania en llaveros. Vendía cada souvenir a 900 euros y con el dinero compraba drones y equipo militar. Las guerras son un florilegio de historias de resistencia.

Encuentro el verbo preciso para describir lo que hacen los diputados de la Asamblea Legislativa en sus sesiones plenarias. Ese verbo no es debatir, ni proponer, ni razonar, sino paralogizar. Paralogizar: intentar persuadir a la población con argumentos falaces.  

Vi la última película que dirigió el mítico Robert Mulligan, The Man in the Moon, que fue también la primera en la que actuó Reese Whiterspoon. Desde ahí Reese ya anunciaba su talento. Su capacidad para transmitir emociones es única: de la inocente sonrisa de una adolescente puede pasar en cuestión de segundos a la tristeza de un amor no correspondido. 

Repaso el archivo donde guardé los artículos que leí durante el año 2020, el año donde todo cambió. Hasta febrero, sin dimensionar todavía a lo que nos íbamos a enfrentar, lo que predominaba era el temor, como lo demuestra el título de un artículo de Srecko Horvat: «lo más contagioso es el miedo». En los meses siguientes el archivo está repleto de análisis políticos y económicos. Hay títulos de antología, como «Crónica de la psicodeflación», de Franco Bifo Berardi, o «Un golpe tipo Kill Bill al capitalismo», de Slavoj Žižek, o «Todos somos mortales», de Rita Laura Segato. Pero lo que más se repite en el archivo es un nombre: Juan Forn. Sus contratapas no dejaron de aparecer durante ese año, contándonos siempre esa historia lateral de la literatura universal rebosante de anécdotas sobre libros y sus escritores. ¡Cómo extrañamos a Forn!


lunes, 2 de mayo de 2022

La libreta verde - abril

 Emiliano Monge llama la atención sobre una característica de Andrés Manuel López Obrador, característica que tienen, por lo demás, los populistas de todo cuño, aquí, en México o en Budapest. Esa característica es esta: no informar sobre las políticas del gobierno, sino de hacer política con la información. Donde los hechos no importan, las palabras los inventan.

 

Pasan los días bajo el estado de excepción. Las noticias ya no solo informan de detenciones arbitrarias, sino de muertos que no recibieron atención médica después de ser vapuleados por agentes del Estado. La política del bukelismo es la necropolítica.

 

En una de las historias laterales que Orhan Pamuk teje en El libro negro, contadas por el personaje de Celal, un reconocido columnista que desaparece un día, se cuenta la vida de Bedii, un escultor que fue pionero en la fabricación de maniquíes para exhibirlos a los sultanes de Turquía, maniquíes que eran parecidos a sus conciudadanos, es decir, con largas barbas, alguna panza pronunciada, ojos saltones, y que vestían como visten sus pares con sus indumentarias tradicionalespero que un día ve desplazada su obra por los maniquíes de cuerpos estilizados que llegaban de Occidente. ¿Por qué siguen exhibiéndose en los escaparates de las tiendas esos bien vestidos maniquíes que en nada se parecen a las personas que lucirán los atuendos comprados? ¿Elegiríamos nuestra vestimenta si la vemos puesta en un maniquí que nos recordara demasiado a nosotros mismos? Quizá no. El maniquí nos recuerda que lo que nos venden no es ropa, sino una fantasía. Vernos así o asá. Unidimensionarnos.

 

No es el reporte meteorológico el que avisa la llegada de la época lluviosa, sino las invasiones de chicotes. Antes me exasperaban, después aprendí: son nuestros fieles compañeros en este clima monzónico.

 

La socióloga estadounidense Kim Lane Scheppele acuñó el término de “The Frankenstate” para referirse a los estados autocráticos que utilizan a las instituciones democráticas a su antojo, distorsionándolas, hasta que, un día, las desaparecen. El concepto define con bastante precisión lo que ocurre en nuestro país. El régimen de Nayib Bukele se ha ensamblado haciendo uso de nuestras precarias instituciones democráticas para consolidar su proyecto autoritario. De democracia va quedando cada vez menos; de autoritarismo, demasiado.

 

El libro negro de Pamuk está construido alrededor de esta idea: la memoria es como un jardín. Recuerdos que germinan, otros que se marchitan.

 

Cuestión de mapas. En la televisión, los analistas explican a través de mapas. Así explicamos los huracanes, las guerras, la suspensión de un acueducto, la ruta de un tren. Pero ¿así entendemos? Quien está frente a los mapas dibuja flechas, gesticula, apunta con sus lucecitas láser, pero no ve, no cuenta no puede contar lo que acontece en el territorio: las ruinas que dejó el huracán, el hermano que vio a a su hermano morir en fuego cruzado, la familia que vive sin agua, los animales que se desplazan de su hábitat. El zoom a los mapas: periodismo.

 

Algunas personas no tuitean, porfían. Ese es el verbo que los define: porfiar.

 

Lispector: «La puntuación es la respiración de la frase, y mi frase respira así. Y si le parezco rara, respételo».

 

Clarice Lispector escribe haciendo uso del silencio. Elogia el silencio. Lo vuelve parte de ella misma. Sus columnas recogidas en Todas las crónicas reflejan este respeto hacia la palabra no dicha. Para ella es un asunto de honestidad: «Sé que el silencio, si no dice nada, por lo menos no miente, mientras que las palabras dicen lo que no quiero decir».


viernes, 1 de abril de 2022

La libreta verde - marzo

El filósofo español Daniel Innerarity propone que, para entender mejor la sociedad actual, nos sirve más estudiar a un terraplanista o a un antivacunas —y las razones que subyacen a sus fanatismos— que a un médico o a un científico. Nuestra sociedad es la del desconocimiento.

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Karina Sainz Borgo escribe una literatura desde el destierro. Su suerte fue la de innumerables escritores que abandonaron su país porque, en un momento, dejó de ser habitable, porque en él —sencillamente— no se podía escribir. En La hija de la española empieza a construir su propia Venezuela, ese país concreto y también imaginario que dejó atrás. En El tercer país termina de dibujar sus contornos y su alma bajo el nombre de Mezquite.

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El caos continúa. Como en una mala copia del exprópiese chavista, el gobierno confiscó varias unidades de transporte a un conocido empresario. Sin saber las rutas, los militares están conduciendo los microbuses. Sí, otra vez, los militares. Mientras, Rusia bombardea a Ucrania. Joana Bonet señala: «en el año del metaverso, vuelven los tanques y los bombardeos».

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Juan Villoro nos enseña que la literatura es un apoyo para los momentos de crisis. La literatura explica. Con la literatura entendemos. Mientras se libra el conflicto ucraniano-ruso, Villoro escribe sobre Gogol (ucraniano) para iluminar a partir de su obra lo absurdo de esta guerra.

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Escucho a José Alberto “El Canario” y a Yiyo Sarante. Dos momentos en la salsa dominicana. Recuerdo una frase de Leonardo Padura: «la salsa no solo mueve los pies de la gente, también mueve sus neuronas y sus corazones».

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Vi All the bright places de Brett Haley. La película, adscrita a ese género elástico de comedias románticas con adolescentes como personajes, es —en cierto sentido—nietzscheana. La trama puede resumirse en una de las frases más famosas de Zaratustra: «Aún con mis cadenas puestas, puedo ayudar a otros a liberarse». Quien tiene las cadenas es Theodor Finch.

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Entender es resumir. Franco “Bifo” Berardi describe al conflicto en Ucrania como una guerra de «Hitler contra Hitler».

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Marzo cerrará después de un fin de semana en el que asesinaron a más de ochenta personas. Marzo cerrará con el Estado un poquito más vil de lo que ya era.


miércoles, 30 de marzo de 2022

Cuentos anotados - 2

 

Si hiciéramos una encuesta, con la pregunta ¿cuál es su cuento favorito de Juan Carlos Onetti?, el resultado acaso se sospeche, resultando que el mejor de todos —no solo porque ya lo bautizó así Mario Vargas Llosa—, es El infierno tan temido. Onetti confesó que la clave para escribir este relato se la dio una amiga, cuando lo motivó a que escribiera la historia de Gracia y Risso como un relato de amor. En cierta forma es una historia romántica, filtrada por la atmósfera lúgubre tan propia de Onetti. En otra forma es una historia sobre el mal. Y esta segunda lectura quizá sea más provechosa, pues no nos es difícil imaginar actos viles desencadenados por un profundo amor convertido en odio o rencor. ¿Por qué Gracia le envía a Risso fotos de ella teniendo relaciones sexuales con otros hombres? ¿Por qué no solo se las envió a Risso, sino también a sus amigos y a su hija? Piglia ha dicho que los mejores relatos están construidos alrededor de un secreto. Risso se suicida sin entender por qué Gracia le envió estas fotografías. Nosotros no lo sabremos, solo nos queda conjeturar.

martes, 8 de marzo de 2022

Personas / 5

Se llama M.E. No supe su edad, pero no debe pasar de los cuarenta años. Para ganarse la vida, M.E conduce más de doce horas todos los días. A veces, cuando los días son buenos, hace viajes a La Unión o a Metapán. «Con esos clientes gano más», me dice. Una descripción de su trabajo explica su larga jornada: ante la pregunta por qué conduzco, ella responde «soy el proveedor de mi hogar». No era así antes. Hace muy poco las cosas cambiaron. Hablábamos de accidentes, de irresponsabilidades. «Yo he manejado alcoholizada ―me dice―, pero nunca he tenido un accidente». Le cuento mis propias anécdotas, esos momentos de inconsciencia en los que se conduce en automático, en los que el vidrio es una nebulosa, en los que cada semáforo es una batalla contra el sueño. Hechos banales, en fin, para lo que M.E me dice después. «Ya no manejo así, porque cuando murió mi esposo dejé la bebida». Ella aclaró que él no falleció por un accidente, ni por la bebida, sino por «el covid». Fue una muerte inesperada ―como tantas. «Con él salíamos a echarnos los traguitos y hoy ya no está y yo no le encuentro sentido». Él no verá crecer a sus dos hijos. Ella me dice, ya con la voz entrecortada, que debe ser fuerte para que a sus hijos no les falte nada. Nos despedimos en frente de mi casa. Afuera hacía calor.


lunes, 28 de febrero de 2022

Aviones sobrevolando un monstruo

 


El recuerdo de una tarde con LSD en una azotea le sirve para declararle amor y proferirle odio a la Ciudad de México. La búsqueda de los lugares donde estuvo Malcolm Lowry en Cuernavaca se entreteje con los recuerdos de su infancia en la antigua casa de una modelo comunista de nombre María Asúnsolo. Un reumatismo crónico lo hermanó con drogadictos y roba bancos en las lindes de las bibliotecas públicas quebequenses. Una noche en Madrid llevó a la práctica las ideas paganas de George Bataille tras reventar una piñata llena de vísceras.

Escribir sobre esta multiplicidad de temas requiere ingenio, pero también surge de la necesidad de pagar facturas. «La aleatoriedad del freelanceo moderno impone a veces temas medio absurdos», escribe.

Libros así, como el que ha escrito ―el novelista, poeta, ensayista, traductor― Daniel Saldaña Paris, son un amasijo de situaciones que cumplen acaso el papel más noble de la literatura: empaparnos de mundo.

Su título, Aviones sobrevolando un monstruo, alude a esa doble intención que atraviesa el libro: contar ciudades para contarse a uno mismo. Los aviones como símbolos de los viajes; los monstruos, como representación de los miedos, las adicciones, los amores, los recuerdos que se habitan en una ciudad.

Pero es algo más. Libros así son extraños, pero pueden definirse.

La escritora mexicana Jazmina Barrera inventó el término ensayo microquimérico. Con este término, quiso demarcar aquellos libros que difuminan las fronteras de los géneros literarios. Ensayo, sí, pero también novela, crónica, cuento, aforismo. Si el microquimerismo es, para los biólogos, el proceso mediante el cual las células de un individuo se alojan en el organismo de otro, para la escritura el proceso ocurre cuando un texto sirve como huésped de múltiples «células» que no son otra cosa sino «géneros» diversos.

No se me ocurrió mejor definición que esta para clasificar Aviones sobrevolando un monstruo. El libro tiene una virtud propia del ensayo microquimérico: invita a ser leído de varias formas. Funciona, si se quiere, como crónica de viaje, esbozo autobiográfico, reflexión sobre temas de distinta índole (la escritura, el peregrinaje, la farmacodependencia, las relaciones amorosas, las bibliotecas).

En el prólogo, Saldaña París nos advierte que su libro es una especie de «derretimiento autobiográfico». Lo mejor que nosotros extraemos de él: fundirlo con nuestra propia materia.