miércoles, 19 de julio de 2023

Un día menos

 

Tengo un amigo que inició un emprendimiento como asesor de seguros. Aplicado en su trabajo, ante un desastre publica en sus redes sociales la importancia de prever los riesgos.

«Asegura tu vehículo», decía una publicidad que posteó luego de que un tráiler chocara a más de veinte vehículos en el Bulevar Los próceres.

En el año 2015, mi amigo bebió más de la cuenta en la playa El Tunco. Bajo los efectos del alcohol, decidió regresarse manejando a la capital. Cerca de las tres de la madrugada impactó de frente con un pick up. Cuando volvió a estar consciente, despertó en el hospital con clavos insertados en su pierna, la nariz y la clavícula rotas y sendos moretones en su cuerpo. La persona que viajaba con él tuvo una contusión cerebral.

Desde entonces, mi amigo es abstemio y suele anotarse como conductor designado en las noches de fiesta.

Estar al borde de la muerte puede convertirte en un hombre precavido.

Pero a todo esto no era de mi amigo de quien quería hablar, o sí, sino que ayer tembló.

Aunque está acostumbrado a los temblores del peso, le llamé a un colega argentino que pudo haberse asustado por el sismo. «Me mareé y me dieron náuseas, che, qué querés que te diga», me dijo por teléfono.

Twitter cumplió su papel circulando memes sobre el temblor. Al susto se lo puede combatir con humor.

Como cada vez que tiembla fuerte, los productos de los supermercados caen al piso. El supermercado no puede anclar productos, porque necesita de la movilidad de mercancías. Pero en los hospitales sucede algo similar con los medicamentos: se caen de las estanterías. Un cubano especialista en riesgos preguntó hace años: ¿por qué en un país sísmico los hospitales no protegen sus medicinas?  

Mientras estuvo en Chile durante el terremoto del 2010, un experto le dijo a Juan Villoro que nadie puede predecir cuándo llegará el siguiente sismo, sino que, después de cada jornada, lo único que puede decirse con certeza es que «falta un día menos».

Ayer nos llegó el día.

Y, por supuesto, cuando entré en las redes sociales había un post sugiriéndome que debía asegurar mi casa porque, al fin y al cabo, vivimos en un país que tiembla.

Mi amigo es infalible.

 

miércoles, 28 de junio de 2023

Un amor fallido

 

Desde mis primeras lecturas de J.M Coetzee, lo primero que le admiré fue la concisión de sus historias. No en el sentido de la longitud —hay unas que son extensas—, sino en el sentido de decir lo esencial.

Tenía la impresión de que su última novela, El polaco, podía romper esta apreciación. ¿Cómo iba a sostenerse hoy, en tiempos del fin del amor romántico y de las relaciones líquidas, una historia que evocaba al amor platónico, imposible, entre dos personas? ¿La enésima versión de Dante y Beatriz?

Sin embargo, El polaco es todo lo contrario. Se trata de una novela sobre un amor fallido. En una gira por Barcelona, Witold, un pianista polaco septuagenario, se enamora de Beatriz al primer día de conocerla, una mujer entrada en los cincuenta, culta, que está casada con un ejecutivo. Clavadísimo, Witold le hace propuestas delirantes a Beatriz, como irse de vacaciones juntos a Rio de Janeiro.

Beatriz, como es natural, no se lo explica. ¿Qué ve en ella este ilustre pianista especializado en Chopin? ¿Será que, como el autor polaco, quería a una mujer que cuidase de él en los últimos años de su vida? Entre los dos hay más diferencias que puntos en común. Ni siquiera comparten el idioma: deben comunicarse en un inglés desprolijo. Witold interpreta a Chopin con rigor, a ella le gusta un Chopin más suelto y lírico.

Hay mucho de deprimente en el enamoramiento de Witold. Podría entenderse como un impulso en las orillas de la muerte, como la tentación de un último fuego. Beatriz lo complace durante una estancia en Mallorca, en donde se acuesta desnuda con él, ayudándolo a revivir la experiencia sexual. Conmueve imaginarse a ese cuerpo viejo expectante de recibir y dar una fracción de sensualidad.

Sin duda esa estancia en Mallorca, en una casa veraniega que es propiedad de Beatriz, es uno de los momentos medulares de El polaco, porque en él se muestra la imposibilidad de ese amor, incluso cierta ridiculez, pero también la posibilidad de lo que pudo haber sido: una aventura palpitante o un encuentro despreciable.

A Witold y Beatriz les costaba entenderse desde el idioma. Esta dificultad vuelve en los últimos dos capítulos, en los que Beatriz intenta traducir ochenta páginas de poesía que le dejó Witold. Escritos en polaco, Beatriz irá descifrando el significado de estos poemas con ayuda de una traductora al tiempo en que irá descubriendo los sentimientos del viejo pianista y los de ella misma.

La novela se resuelve en ese juego que nos propone Coetzee: una elegante manera de mostrarnos que amar al otro es también ser capaz de traducirlo.

 

 

lunes, 19 de junio de 2023

La herencia de Vigdis Hjorth

“Cuando un escritor nace en una familia, esa familia está acabada”, dice el escritor Czeslaw Milosz. La frase la escuché en un conversatorio reciente sobre la autocensura, en el que participaron los escritores Juan Gabriel Vásquez, Sergio Ramírez y Mircea Cărtărescu. El escritor no escribe para la familia, dijo Ramírez, no tiene por qué pensar en ella. Si la familia constituye parte del relato, hay que contarla, hay que exorcizarla. Si el escritor suprime episodios porque pensó en las repercusiones que tendría en su familia, está reprimiéndose a sí mismo. La literatura no puede surgir sin la más absoluta libertad.

Aunque enemiste.

Aunque no se comprenda.

La escritora noruega Vigdis Hjorth escribió uno de estos libros que despedazan familias. Basada en hechos biográficos, La herencia cuenta el drama interno de una familia desde la perspectiva de Bergljot, la narradora-protagonista del relato, la segunda de cuatro hermanos que entrarán en disputa luego de que conozcan la decisión de sus padres de heredar una vieja casa de playa a sus dos hijas menores, dejando sin su parte a Bergljot y  a su hermano Bard, el primogénito, y los que, por motivos que se irán conociendo, decidieron permanecer lejos de la familia («perdí a mi familia más cercana hace veintitrés años», escribe Bergljot).

Más que una rencilla de intereses por la herencia, o por caprichos individuales, lo que hiere y sacude a la familia de Bergljot son los traumas que reviven tras conocer la decisión de sus padres: esas luchas no dichas que cada quién libra para dejar atrás los fantasmas del pasado. Esos traumas se potenciarán tras la muerte del padre, que sabemos que ha muerto desde la primera línea de la novela, luego de que caiga por las escaleras de la casa.

Todas las familias arrastran secretos y rencores, nos dice La herencia, y, a veces, solo es cuestión de tiempo para que estos se manifiesten e irrumpan en la cotidianidad de sus miembros.

Hjorth ha tenido que explicar, quizá en demasía, que La herencia no es más que una novela, y que si bien puede tener tramas basadas en su familia —la relación rota con su hermana, por ejemplo, que incluso escribió una novela como respuesta a La herencia—, Bergljot no es Hjorth, aunque se le parezca, y que la intensidad emocional que está contenida en la novela no es más que el resultado del pulso narrativo mezclado con las vivencias de la escritora.

La novela hace referencia en varias ocasiones a Festen, la excelente película de Thomas Vinterberg, y no le falta razón, pues como aquella también en La herencia se va revelando de a poco el secreto familiar que atormenta a Bergljot, un oscuro pasado que la involucra a ella y a su padre, y que, a su modo, es la espina que lastima de diferentes maneras a sus hermanas y, sobre todo, a su madre. Como en Festen, uno de los momentos más memorables de La herencia es cuando Bergljot lee una confesión frente a su madre y sus hermanas, quitándose de encima una carga que llevaba a cuestas desde hace años y que, a decir de ella misma, la seguirá por siempre, así sea en sus sueños o en los artículos que escribe para una revista.

La herencia está escrita con saltos temporales, llevándonos a episodios que vivió la protagonista y que determinan, a su modo, la forma en cómo ella está afrontando el momento presente, con sus hermanos enfrentados por la casa de Hvaler y llevando el luto por la muerte de su padre.  Las heridas de la familia de Bergliot son profundas, aunque se muestran en decisiones sutiles; por ejemplo, en el continuo rechazo de los hermanos a reunirse en persona —abundan las comunicaciones por emails o mensajes de texto—, pues mirar al otro resulta repulsivo e incómodo.

Los sueños y el psicoanálisis recorren todo el relato, lo cual también nos recuerda que estamos en un país de primer mundo. Bergliot recurre a Freud y a Jung para comprenderse a sí misma. En un país en la que las consultas psicológicas son gratuitas, la protagonista acude a un psicoanalista cuatro veces por semana, a quien le irá relatando parte de sus pesadillas.

Termino de leer La herencia unos días después del final de Succession, una serie que, partiendo de una premisa diferente, nos mostró a una familia disfuncional luchando por un pedazo de reconocimiento y poder, y la cual acabaría desmoronándose luego de la muerte del patriarca. Como en La herencia, los hermanos Roy, antes que lidiar con el legado de su padre, tienen que lidiar con ellos mismos. Y en esto último se abren grietas insospechadas.

«No es fácil ser una persona», dice un personaje en La herencia. Y no. Tampoco tener familia.

 

 


jueves, 13 de abril de 2023

Sobrinos

El único momento en que me convierto en un formidable cuentista es cuando juego con mis sobrinos. Después del almuerzo, hacemos la digestión mientras imaginamos a un barco pirata que zarpa a la búsqueda de un tesoro escondido.

Contrario a lo que ocurre en el trabajo, la invención debe ser instantánea para no aburrir a los sobrinos. Demorarse puede causar su enfado o su distracción. Más arduo que inventar historias es calmar su enojo. Por suerte la lógica no siempre es un obstáculo: podemos crear una selva, aunque estemos en el sofá de la sala.

Las dificultades aparecen cuando hay que descifrar su lenguaje. Un “ótamo” puede ser un “hipopótamo” y una “tana” puede ser una manzana. Pero una vez descubiertos sus códigos, los relatos que se construyen con ellos son infinitos. El lenguaje es performativo.

(Uno de mis sobrinos desarrolló con velocidad inaudita el habla. Con él pasa lo contrario: hay que hablarle con suma precisión para no incurrir en una incoherencia. Jugando a los vaqueros, el otro día intentó divisar una montaña lejana. Utilizá los binoculares, le dije. Extrañado, me corrigió: los vaqueros usan catalejos).

En los tiempos que corren, el teléfono inteligente no solo se ocupa para estar conectados, sino para hechizar a los niños cuando los padres se cansan. La imagen es ubicua: las familias cenan o conversan mientras los niños se distraen con videos de YouTube o series infantiles. A los tres años dominan con maestría la técnica del scroll.

Entre tanto, descubrir lo que produce su imaginación es una aventura literaria de grandes proporciones. Piratas que rescatan caballos desde las profundidades del mar, serpientes que compran pizzas con pepperoni, vampiros que conversan con chitas y jaguares. Uno comprende o cree comprender por qué hacerse grande es en cierta forma ver el mundo con las gafas del aburrimiento y del tedio. Y por qué la infancia es la etapa más decisiva para un escritor.

Dylan Thomas tiene unos versos que definen el espíritu de la infancia: «La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque / aún no ha tocado el suelo». Algunos fallecen mirando hacia arriba, buscando la pelota, esperando que no caiga nunca. Otros la dejan caer. El mundo es más divertido con las pelotas suspendidas en el aire.


miércoles, 29 de marzo de 2023

Régimen de excepción: un año, siete apuntes

1

Este 27 de marzo los salvadoreños cumplimos un año bajo el régimen de excepción. La fecha casi coincide con otro aniversario, un 11 de marzo, el primer año de la llegada de Gabriel Boric Font como presidente de Chile. Los dos sucesos están unidos desde las antípodas: en ese marzo, mientras en Chile ascendía una fuerza de izquierda democrática, en El Salvador se instauraba el retorno de las fuerzas derechistas fascistizantes. Entre Boric y Bukele—ambos jóvenes, ambos reacios a las corbatas—, se marcan los dos polos entre los que se mueve el péndulo político en América Latina hoy.

 

2

El paisaje de nuestro país después de un año de régimen de excepción se describe, más o menos, así: 65,000 personas detenidas —posiblemente 1 de cada 3 de estas personas detenidas siendo inocente—, el país con la tasa de población carcelaria más alta de América Latina —si no es que del mundo—, cientos de personas torturadas y fallecidas en las cárceles, una masa aun imponderable de personas acosadas por las fuerzas de seguridad.

El régimen de excepción se convirtió, pues, en un sinónimo de fabricar presos. El Salvador pasó de ser reconocido por expulsar a su gente a ser reconocido por encerrarla.

Sin embargo, el paisaje que deja el régimen de excepción se completa con una pieza capital: la de cientos de comunidades liberadas del yugo violento de las pandillas. Y, por este motivo, el régimen cuenta con un amplio apoyo popular. Las razones son fáciles de comprender: la fuerza policial y militar degradó el control que las pandillas tenían en numerosos territorios del país. Comunidades otrora sujetas a la espada de estos grupos delictivos, ahora pueden disfrutar libremente en sus calles. Disfrutar libremente significa, en nuestro país, no recibir amenazas de muerte, no sentirse perseguido, no ver cadáveres por las aceras, no pagar renta. Testimonios dan cuenta de ello, como el de dos comunidades que jugaron un partido de fútbol en una cancha donde nadie podía poner un pie ni gritar un gol. O, por ejemplo, el que le escuché a  un señor cuyo hermano había muerto en una cárcel luego de una golpiza: mi hermano ya no está, pero mis hijos pueden salir a jugar en la esquina del pasaje.

El visto bueno que recibe el régimen de excepción se explica por una paradoja: la de haber negado derechos para propiciar, al menos momentáneamente, otros que estuvieron vedados por las pandillas.

 

3

 Mientras el régimen de excepción encarcela a mansalva y viola derechos humanos, la maquinaria propagandística exhibe nuestras playas y la utopía cripto de convertir a El Salvador en un paraíso de la libertad.  Vuelve el país de las dos caras que describió Roberto Turcios en Autoritarismo y modernización. Frente a la represión y la tortura, el anhelo de progreso. Una le hace muecas a la otra.

 

4

Con abundantes artimañas publicitarias, Bukele y sus asesores han hecho del régimen de excepción un relato convincente para quien el Estado de derecho significa algo parecido a la nada. La lógica parece inapelable: si con más Estado de derecho las pandillas proliferaron en nuestros territorios, entonces eliminemos el Estado de derecho para exterminarlas.

 

5

 Como todo relato, el del régimen de excepción también tiene símbolos y monumentos. El llamado Centro de Confinamiento del Terrorismo (CECOT) funge el papel de ser la apoteosis de la venganza anhelada, el ojo por ojo que esta sociedad reclama. La brutal puesta en escena de los pandilleros acorralados dentro del CECOT le recordó a Juan José Millás la carne de pollo envasada de los supermercados. «Lo que nos impresiona de esta imagen de presos de El Salvador es que nos devuelve a la pura condición de carne, como si esas personas sólo estuvieran constituidas de tendones y músculos y ganglios, como si en su composición no hubiera un solo átomo de carácter anímico» escribió el autor de Vidas al límite.

Ver a los pandilleros despojados de su vestimenta, rapados y ubicados como objetos producidos en serie, eriza la piel no porque despierten conmiseración, sino porque evocan la degradación social que los produjo y la miseria del Estado que los exhibe como cosas. «Se lo merecen», suelen decir las personas en pláticas cotidianas. En esa frase hay una victoria de la demagogia que espanta.

6

El régimen de excepción ha sabido socavar las pruebas que incriminan a Bukele y su círculo con negociaciones con las pandillas. El 26 de marzo de 2022, el día más violento del siglo, fue producto del rompimiento de estas negociaciones. El regreso de la bala y la bota a nuestras calles fue la respuesta a la disolución del pacto. El paradero de los líderes pandilleros es desconocido, aunque se supo que gozaron de privilegios auspiciados por el gobierno. A algunos los sacaron del país. La tranquilidad en las calles es la moneda de cambio de la mentira gubernamental. Mientras en la calle haya paz, las mentiras se disolverán.

7

Volvamos a Chile. En un texto por su primer aniversario, Gabriel Boric escribe que «las personas vivan y se sientan seguras nos parece un derecho habilitante para el ejercicio de otras libertades». Sin embargo, también añade: «el límite de la acción política radica en el respeto a los derechos humanos». A un año del régimen de excepción, nuestro país se encuentra en una encrucijada. Mientras nuevos derechos parecen habilitarse para miles de personas, otros se cierran impunemente. La libertad les llega condicionada. Nuestro país ya superó con creces el límite del respeto a los derechos humanos. El autoritarismo roza la dictadura. La política de seguridad es la política del miedo y del sometimiento. Veremos qué sucederá cuando esta excepcionalidad termine, o, mejor dicho, cuando esta nueva normalidad mute. Cuando nos demos cuenta de que esta paz aparente se está forjando no con más, sino con menos democracia. Cuando de esta espiral de violencia, matonería y abusos empiecen a surgir sus propios monstruos.

martes, 21 de marzo de 2023

El Tembladero

 

A El Tembladero se llega por la carretera El Litoral, buscando el poblado La Cangrejera y cruzando a mano izquierda después de unos cien metros del puente El Amatal. El cruce se identifica por un rótulo negro con letras amarillas que anuncia a una funeraria. La calle asfaltada se corta a unos cuantos metros del desvío; luego el camino se vuelve sinuoso, con piedras y desniveles. Si se llegara de noche, estas serían señales inequívocas de un cruce riesgoso, un wrong turn.

En El Tembladero no vive más que una familia. Si uno pregunta por el apellido de los coterráneos, le darán las indicaciones exactas para llegar a la finca de la familia Pérez, una amplia extensión de tierra donde cultivan mangos, aguacates, sandías y otros árboles frutales, y también donde tienen mataderos de cerdos y vacas. Pero El Tembladero y sus moradores no se aprecian por lo que cultivan, sino por lo que encontraron bajo el suelo: un acuífero termal. Desde hace treinta años esta familia vive sobre un nacimiento de agua que abastece a los cantones a la redonda. Coloquialmente le llaman un “respiradero”, por el agua tibia que brota de la superficie. Como si la tierra sudara. El Tembladero se llama así porque cuando uno camina sobre la tierra, el suelo cruje, se estremece. Uno tiene la impresión de que está pisando un suelo de goma. Si uno salta, la tierra queda temblando por unos segundos. Si la capa de tierra que nos separa del agua fuera más delgada, caeríamos presas del lodo, como en un pantano.

Antes había zonas del lugar sobre las que no podía caminarse. Si uno fuera incauto, confundiría una poza circular que yace en medio del terreno con un jacuzzi natural. El agua emana caliente y uno puede ver el fondo sin dificultad. Dan ganas de meterse con una cerveza fría. Sin embargo, la poza succiona todo lo que cae adentro de ella. Asombrados por este misterio, uno de los cuidadores sumergió una vara de ocho metros para intentar alcanzar el fondo, pero fue succionada por el lodo. “No sabemos cuál es su profundidad”, dice. “Si uno se mete allí, ya no sale”. A diferencia de otras pozas donde crían tilapias, en esta poza las tilapias se mueren. “El vapor les saca los ojos”, nos cuentan.

Este recinto también recibe a hidrólogos que investigan el acuífero. “Aquí nos volvimos famosos porque salimos en la televisión”, nos dice Giovanni, el jefe de esta familia. “Vinieron unos españoles a estudiar el agua y después salimos en el canal 21”. Giovanni participa en el coro de la iglesia. Giovanni destaza a un cerdo en media hora con la misma pericia con la que toca la guitarra.

En El Tembladero los árboles atenúan el calor sofocante de la costa. Si el calor es insoportable, la familia de Giovanni ha construido una poza donde uno puede bañarse. La poza es de agua tibia, honda y está a la par de un árbol de donde uno puede tirarse desde unos cuatro metros de altura.

Antes de partir a la iglesia, Giovanni se refiere a su esposa como “la embarazada”. Esperan a su segundo hijo. Ella está preparando una sopa de gallina hecha en leña y tilapias fritas con cuajada. Un perro devora una tilapia cruda, alerta de que ninguno de los otros ochos perros se atreva a quitársela. Estos caninos son los guardianes del lugar: no hay forma de que un extraño acceda al terreno de los Pérez sin que salga la jauría a querer comérselo vivo. Solo se puede entrar en compañía de alguien de la casa.

Mientras disfrutamos de la sopa de gallina y de las tilapias, Vladimir —hermano de Giovanni— nos cuenta que el régimen de excepción arrasó con las pandillas en La Cangrejera. Vladimir cuenta el Relato, con mayúscula, de lo que acontece en los territorios otrora dominados por las pandillas: que las pandillas ya no están, que hoy se puede transitar libremente por las calles, que, aunque se han llevado a gente inocente, es por el bien de todos los demás.

En El Tembladero no hay refrigeradora, pero la información viralizada llega puntual. Dos niños juegan en la poza a los policías y ladrones en la versión oficial:

-        Ey, juguemos a que yo soy Nayib Bukele y vos sos un mañoso

-        Dale, pues, perseguime.

Luego uno tararea la canción de Shakira y Bizarrap y el otro exclama “Andá pa ashá, bobo”, con pasmosa naturalidad.

Salimos del lugar a las cuatro de la tarde. Giovanni regresaba de la iglesia. Nos despedimos de su esposa y sus hermanos. Les dimos las gracias. Volví a la poza circular que parece un jacuzzi, pero que es más bien un abismo mortal. Imaginé los objetos que pudo haberse tragado con el tiempo: un cúmulo de basura, huesos, tilapias con los ojos arrancados. No pude evitar pensar que incluso más de una persona fue tragada por esa tierra blanda. Reparé en lo difícil que resulta no pensar en la muerte, aunque se esté en un lugar que literalmente provee vida.

En el camino fuimos detrás de un adolescente que arreaba a cinco vacas. Nos escoltaron hasta la carretera. Luego llegamos al asfalto y retornamos a la ciudad: de vuelta adonde si la tierra tiembla, vaticina desgracias.

 

 

viernes, 3 de marzo de 2023

Missing, de Alberto Fuguet

 

El libro se me había atragantado desde hace años. Cuando me preguntaban por qué no lo leía, solía mentir. Decía que me espantaba, que yo también, como Alberto Fuguet, tuve un tío que se perdió, que si leía su libro iba a desistir de escribir la historia de mi propio tío perdido, que aún no estaba preparado para estrellarme contra un muro y sentir el fracaso sin haber intentado nada, sin si quiera haber escrito una primera palabra en la página en blanco. Estaba exagerando: estaba listo y me moría de ganas de leer Missing (una investigación).

La verdadera razón por la que no lo leía era, como las cosas verdaderas, más simple: quería leerlo en papel. Porque a los oscuros libros del deseo se les lee en papel.

Hace unos días lo conseguí y no lo solté. Missing no es un libro sobre un tío en particular, sino sobre una familia. Una familia no del todo feliz y por eso —como dijo Tolstói— con un motivo especial para sentirse desgraciada. Como cualquier familia. Esa familia, la de Fuguet, vio cómo Carlos Fuguet desapareció de sus vidas. Nadie supo de su paradero. Hasta que Alberto, su sobrino, siendo escritor pero emulando a un detective, empezó a buscarlo. Contrató a un detective real. Algo supo; luego, lo encontró.

Entonces inició una búsqueda de las razones internas que empujaron a su tío a querer desligarse de su familia y, a veces, a huir del mundo. El libro es una tentativa constante de comprender el desarraigo familiar y también el de su contracara: la dependencia filial. Para ello, Fuguet no solo encontró a su tío, sino que tuvo que inventarlo. Los intersticios del tío extraviado que Fuguet no fue capaz de dilucidar cuando por fin lo tuvo cara a cara, los tuvo que recrear. Alberto Fuguet tuvo que convertirse, en cierta forma, en Carlos Fuguet. Fuguet en un Fuguet. Ese desdoblamiento propicia el mejor capítulo del libro, Echoes of his mind, un viaje a las emociones secretas de su tío, a sus amores y a sus delitos, a sus fragilidades y a sus convicciones. Ese desdoblamiento es el corazón del libro, el tronco de lo que todo lo demás depende. La belleza de lo inescrutable está ahí: es meterse en la cabeza del otro.

A este punto yo solo podía pensar en la historia de mi propio tío perdido. Que se fue un día de 1979 y no se supo más de él. Que dejó a dos hijas y a su esposa. Él no lo supo, pero partió en dos el corazón de su madre. Cuando su madre —mi abuela— agonizaba, preguntó por su primogénito desaparecido. Sus hijas lo mataron el día en que cruzó la puerta y no regresó. Cuarenta años así, sin saber nada, ni un susurro.

Hasta que un día a mi madre le llegó una invitación por Facebook, el perfil de una adolescente que se llamaba como mi abuela: Isaura Renderos. Mi madre la aceptó. La niña vivía en Venezuela. Se puso en contacto con ella. Indagó, averiguó, encontró. Mi tío había estado en Venezuela durante veinte años. Lo vio en una videollamada, estaba más viejo, pero era él. Mi madre quiso preguntarle sobre su vida, pero sus respuestas fueron tajantes. No quería hablar de eso. A nadie, más que a él, le incumbía. En el fondo, mi tío sigue desaparecido. Aquel Osmín que se fue, quien sabe cómo ni adónde, en 1979, no lo recuperaremos jamás. ¿Qué queda de él? ¿Por qué se fue? ¿De qué vivió?

Contestar esas preguntas es abrir viejas heridas. Es meterse en un pantano. Es escarbar en las inmundicias que todos llevamos dentro. Es, como hizo Fuguet, escribir un libro. Un buen libro.

 

 

sábado, 25 de febrero de 2023

Extraterrestres

Era una mañana con brisa en la playa Costa Azul, Sonsonate. Desayunábamos. Estábamos por tomar el café. Ella contó que, hacía unas semanas, se detuvo en medio de una carretera.  Era de noche, la carretera no estaba muy iluminada. Se percató, en lo alto, que unos extraños objetos volaban en el cielo. Al principio no les dio mayor importancia. Podían ser cualquier cosa; la noche, además, no le favorecía para discernir lo que flotaba en el firmamento. Se restregó los ojos para ver mejor. Entonces vio dos objetos ovalados, algo grisáceos, que estuvieron inmóviles unos segundos y luego desaparecieron. Enfatizó la palabra «ovalado». No supo decir si solo se desvanecieron o si estos salieron expelidos a toda velocidad. No lo sabe. Cuando no titubeó fue al decir que esos artefactos eran ovnis. Eso sí lo supo. De eso sí estuvo convencida.

A mediados de 2023, la NASA divulgará los resultados de una investigación sobre objetos no identificados o, mejor dicho, sobre fenómenos anómalos no identificados. De esa investigación algo se sabe ya: el Pentágono supo de 510 fenómenos anómalos no identificados, de los cuales en 177 de los casos, es decir, el 35%, no pudo determinar su origen ni su comportamiento. Los avistamientos extraños que siguen encontrándose por todos los continentes continúan agrandando el misterio sobre la vida extraterrestre. Es difícil no preguntarse si nuestra vida nos alcanzará para conocer la confirmación de un solo caso en el que se descubra no solo vida extraterrestre, sino vida inteligente en algún planeta lejano (o a lo mejor no tan lejano).

Leo Extraterrestrial de Avi Loeb. Loeb no es cualquier tipo: es el director del departamento de astronomía de Harvard. En el libro desmenuza su teoría sobre el Oumuamua, el primer cuerpo celeste interestelar del que se tuvo noticia. El fenómeno dejó perpleja a la comunidad de astrofísicos por las características del Oumuamua: no habían visto nada parecido. Ni por su forma, ni por su luminosidad, ni por la trayectoria que siguió una vez se acercó a nuestro sistema. Loeb sostiene, aunque su hipótesis aun no se ha confirmado, que el Oumuamua es un vestigio tecnológico de una civilización alienígena antigua. Loeb aporta su argumento a partir del análisis riguroso de los datos que los telescopios en todo el mundo pudieron captar sobre el ingreso del Oumuamua. Habla de desgasificación, de velas solares, del espacio de velocidad-posición.

El libro está lejos de ser memorable, pero me atrapa con la idea de la civilización alienígena antigua. Me seduce con la idea, por lo demás simple, de nuestra pequeñez frente a la inmensidad del universo y de la más que imaginable posibilidad de que, así como nosotros, otra civilización crease tecnología para explorar el cosmos. Esta civilización no tiene por qué ser contemporánea; podría ser antiquísima o incluso ya extinta, aniquilada por la explosión de una estrella, desarrollada millones de años antes que nosotros y, por lo tanto, muy aventajada respecto a su conocimiento sobre el universo. Tampoco esa posible civilización tiene que lucir como las películas de Hollywood nos quieren hacer ver, con cabezas romboidales y dispuestos a aniquilarnos.

La discusión científica seguirá: en 2021, dos científicos propusieron que el Oumuamua no era más que un fragmento de un planeta similar a Plutón —hecho con hielo de nitrógeno— que fue expulsado luego de una colisión hace millones de años y que deambuló por el espacio. Avi Loeb, junto con otros astrofísicos, no terminan de convencerse. Mientras tanto, el enigma del Oumuamua, como el de la vida extraterrestre, persistirá.

Después de que hablásemos de aquellos objetos ovalados vistos en una carretera de San Salvador, volteamos a ver al cielo y siguió diáfano y fascinante como siempre.

jueves, 16 de febrero de 2023

El arte y lo demás

El viejo se toca su mostacho cuando empieza a cavilar. Es un fumador empedernido. Habla de la escritura, de la importancia del níquel y del tungsteno en tiempos de guerra, del consumismo y del crédito, habla de Becket, de Thomas Pynchon, de James Joyce. No habla como un académico, sino como un roquero retirado en su biblioteca. Se llama Alberto Laiseca. Dice frases brillantes como sin querer. Cuando le preguntan para qué sirve el arte, vuelve a estirar su mostacho de estilo francés y dice: «el arte sirve para darle sentido a todo lo demás». No creo que se equivoque. En agosto del año pasado, un fanático islamista acuchilló a Salman Rushdie. Debemos ser muy miserables para querer asesinar a alguien solo por publicar un libro. A Rushdie lo apuñalaron en el rostro y en el cuerpo. Perdió un ojo. Perdió la movilidad de una mano. Sobrevivió. Ahora luce unas gafas que tienen solo un lente oscuro, como un parche. Y volvió a publicar. Por supuesto: volvió a publicar. Volvería a publicar Los versos satánicos que lo condenaron a muerte en 1989. No se arrepiente de nada, dice. Lo que le quedará siempre es seguir siendo un novelista, o sea, escribir. A María Elena Ríos, saxofonista mexicana, unos sicarios intentaron asesinarla lanzándole ácido sulfúrico. A los sicarios los contrató su expareja, un tipo que tenía tanto de machista como de demente. A María Elena el ácido le provocó graves quemaduras en su piel. La piel se le abrió en grietas atroces. La piel se le pudrió. Ella —cuenta en una entrevista— podía sentir el hedor. Los primeros injertos también se pudrieron. Pasó tres años en un infierno, pero sobrevivió. Venció al mal y al mandato de masculinidad y al fuego. Rushdie seguirá escribiendo. María Elena volverá a tocar el saxofón. El arte −cuando todo parece estar perdido—le da sentido a todo lo demás. Aunque lo demás, tantas veces, sea tan ruin.


jueves, 9 de febrero de 2023

No lo vi yo

 

Llegué a este párrafo inicial en una de las últimas noches frías de enero: «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto, porque lo tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir. Siempre la misma imagen: Diego cayendo y el ruido de su cuerpo al impactar contra el suelo». Así comienza Ceniza en la boca, la segunda novela de Brenda Navarro. Recordé, entonces, a mí tío que se lanzó a los rieles de un metro hace seis años. Fue en Berlín, en pleno invierno. «No lo vi yo, pero como si lo hubiera visto». Las cámaras de la estación capturaron sus últimos movimientos. Se sentó en una banca, le dio las últimas caladas a un cigarrillo y caminó decidido a sentir la espesura metálica de los andenes. Ahí culminó un viaje en el que se doctoró en biotecnología, en el que hizo sonar electrocumbias con una banda llamada La sonora milagrosa en los festivales europeos, en el que se casó y tuvo un hijo y bailó y se enamoró y sufrió y luego fue hundiéndose en un abismo que le devoró el alma y la sonrisa y la voluntad de vivir. «Lo tengo taladrándome la cabeza y no me deja dormir». Su cuerpo crujiendo debajo de los metales, resistiendo a los embates de los fierros impactándolo a toda velocidad. No murió al instante, no. Los paramédicos lograron rescatarlo. Murió en el hospital con su cuerpo lacerado y con quién sabe qué liberación espiritual. En la primera página, la narración continuaba: «No, no hay un sonido que describa el ruido que se escuchó. Un cuerpo estrellándose contra el suelo. Diego queriendo ser estruendo, queriendo interrumpir la música de su cuerpo. Diego dejándonos así, con él suspendido entre nosotros. Diego, una estrella». Pensé en otra estrella: un tío que se suicidó el día de mi cumpleaños número once. Vivía en una casa humilde en Apopa, un municipio en las afueras de la capital. Un municipio, en aquel entonces, más empobrecido, más violento. Arrastraba una depresión de años. Los vecinos lo vieron salir por la tarde. En la habitación encontraron una botella de whisky, casi vacía, al lado de la silla donde se alistó para ahorcarse. «Él suspendido entre nosotros». Heredé sus libros: una biblioteca modesta con novelas de espías y de terror. ¿Adónde se fueron esas estrellas? Me costó avanzar de la primera página, pero luego la lectura se fue desenvolviendo como un torbellino. Ceniza en la boca apenas habla sobre el suicidio. Habla, sobre todo, con una prosa hipnótica, de estas cosas: el destierro, la extranjería, el racismo, la explotación laboral, los resquicios oscuros de las grandes metrópolis, la desolación. Cada puntada de la novela se entremezcla con nuestros propios recuerdos. Los míos iniciaron con las estrellas que vi y que se fueron. Adonde estén, yo me encontraré con ellas.

jueves, 19 de enero de 2023

Año nuevo

Los primeros días del año vas a querer dormir más. Vas a verla acostada a tu lado envuelta en una sábana de lana gruesa por los días de frío. Vas a querer prolongar ese estado de paz, porque luego se despertará y se irá al trabajo, se irá de vuelta a sus obligaciones y a la rutina. Pensarás en la historia que leíste ayer sobre un actor de teatro que se lo llevaron preso. No podía caminar, llevaba más de quince años en una silla de ruedas, pero eso a la policía no le importó. Intentarás preparar un desayuno perfecto uno que pudiera describirse como en un cuento de Alejandra Kamiya, un desayuno perfecto con todo lo que eso entraña, con lo que quisieras que tuviera: el aroma del café recién molido, la cebolla caramelizándose en el sartén, los rayos de sol penetrando a través de las persianas. Mientras desayunas, leerás el último artículo de Žižek sobre la guerra, sobre el último exabrupto de un estadista, sobre los efectos del cambio climático, sobre el desarrollo de un misil, sobre la economía o sobre el último tema de la farándula. Llegarás a tu oficina, tendrá la misma disposición de como la dejaste, pero la verás menos desprolija, siempre el marcador rosa a la par de tu lapicero de apuntes. Verás los mismos rostros que te acompañan durante el día, tal vez ligeramente distintos, como si en ellos el año viejo hubiese dejado alguna huella. Retomarás tu trabajo, pondrás un disco de Stan Getz o Hank Mobley o Julian Lage, algo de jazz, porque la música con letra te desconcentra. Saldrás a la hora de almuerzo buscando una opción vegetariana, te interesará ver remolacha, zucchini, lenteja, rábano, puerro, calabaza, algo, dirás, que te limpie las impurezas de la semana previa. Llegará la tarde y con ella el sopor de saberte improductivo. Sin despedirte, tomarás tu mochila y regresarás a tu casa deseando hacer una siesta. (Una siesta real, es decir, despojándote de tu ropa y entregándote al sueño). Despertarás para el café de la tarde, avanzarás en tus reportes, corroborarás estadísticas, responderás unos emails, te fastidiará el protocolo de los burócratas y ministros. Cuando atardezca, abrirás una botella de vino y continuarás con la lectura del libro que te trae dando vueltas. Anotarás párrafos que te intriguen, envidiarás las formas que tienen los otros de organizar las palabras, de expresar el misterio de lo inefable. Caerá la noche. La esperarás en el balcón fumando un cigarro mientras termina de cocinarse un guiso o una pasta. Elegirás una película para ese día, propondrás una novedad, de las que suenan en los festivales de premios. Ella no terminará de ver la película, se adormecerá entre tus piernas. Llegará la medianoche, fumarás el último cigarro del día. Pronto a dormir, preguntarás qué ha cambiado con el nuevo año. Entonces vendrá la zozobra de pronunciar esa palabra, dos sílabas: nada.


jueves, 12 de enero de 2023

“Un verdor terrible” de Benjamin Labatut

Los relatos de Un verdor terrible coinciden en mostrarnos a emblemáticos personajes de las ciencias y las matemáticas, tipos que hicieron descubrimientos brillantes, los cuales al mismo tiempo en que hicieron un bien a la humanidad, terminaron por incubar la semilla para provocar devastación y sufrimiento. Y también otros que sucumbieron tempranamente ante el horror que imaginaron que sus teorías podían ocasionar si acababan en las manos equivocadas.

Labatut, pues, dialoga con un dilema antiguo: los progresos del conocimiento y de la técnica, que tantas vidas logran mejorar y salvar, acaban por sucumbir al mal. «Incluso en las matemáticas ciertas cosas debían permanecer ocultas para siempre, por el bien de todos nosotros», dijo Alexander Grothendieck, quizá el matemático más importante del siglo XX y que, desde los cuarenta años, abandonó la matemática para abrazar al misticismo ecológico.

Sería a lo mejor inexacto llamar a Un verdor terrible un libro de cuentos, porque los escritos que lo componen parecen más bien pequeñas piezas ensayísticas de divulgación o crónicas periodísticas —salvo el epílogo—, cuyo asombro primordial radica en que Labatut no tiene estudios formales en ciencias, pero logra explicar fenómenos complejos con elocuente versatilidad. «Si el arsénico es un asesino paciente, que se esconde en los tejidos más profundos de tu cuerpo y se acumula allí durante años, el cianuro te roba el aliento», escribe en su primer relato Azul de Prusia.

Algo hay que decir sobre la forma: los relatos evocan a las contratapas de Juan Forn, donde cada párrafo contiene un dato descollante de la persona de la que se habla, anécdotas inverosímiles y vasos comunicantes con su época y con otros personajes contemporáneos. A diferencia de aquellas, eso sí, aquí aflora la imaginación de Labatut, rellenando con sucesos ficticios los vacíos que pudieran tener sus tramas verídicas. Él mismo aclara al final del libro que a medida el libro avanza, así también se va acrecentando la ficción. La ficción en estos relatos va creciendo paulatinamente como un hongo atómico.

El enigma y el misterio están presentes tanto en la manera en que Labatut nos cuenta cómo se descubren los avances científicos, como en las preguntas profundas que suscita. ¿Cómo logra la mente humana revelar los misterios más profundos del universo? ¿cómo logra aprehenderse en una ecuación la dinámica minúscula de los átomos? ¿cómo la mejor comprensión del mundo es al mismo tiempo la vía para la construcción de armas mortíferas?

Aunque reniega de su adscripción a la tradición literaria chilena, el libro de Labatut nos recuerda que antes de crear la antipoesía, Nicanor Parra fue físico matemático. Los científicos que desfilan por Un verdor terrible, aparte de haber sido mentes iluminadas para la ciencia, también tenían la manía de escribir. La yuxtaposición tácita entre ciencia y literatura es otro de los temas a los que Labatut se ancla. Y creemos que, en este caso, le da la razón a Ortega y Gasset cuando escribió que «no hay modo de entender bien al hombre [sic] si no se repara en que la matemática brota de la misma raíz que la poesía, del don imaginativo».