martes, 7 de diciembre de 2021

Personas / 3

A Luis y William Canales los conocí jugando fútbol. Los dos vivían en la comunidad Corazón de María, diminuta zona geográfica de la capital que exportaba futbolistas. Colindando con la Federación Salvadoreña de Fútbol, no eran pocos los niños y adolescentes que iban de esa comunidad a fabricarse un sueño. De ahí salió Neco, Chito y César, tres amigos entrañables ―y excepcionales promesas futbolísticas― de los que nunca volví a tener noticias. A diferencia de muchos otros que solo se dedicaron al fútbol aficionado, William y su hermano menor Luis cumplieron el sueño. Ahora ambos juegan en la Primera División. Luis ―a quien le decían El suruyo― es mediocentro ofensivo de Luis Ángel Firpo; William juega de volante para el Club Deportivo Fas. Para los hermanos Canales la vida no fue fácil, no tuvo que haber sido. Cuando los conocí no pasaban de los doce años, tenían cuerpos escuálidos y parecían que en cualquier momento iban a quebrarse. Si no estaban entrenando, se los veía vendiendo frutas y DVD piratas en los semáforos que rodean el redondel Beethoven. «Mi mamá nos obliga a venir», decía William, a quien más conocí, pues jugamos juntos en la categoría Sub-13. William jugaba de volante derecho. Lo que le faltaba de fuerza corporal lo compensaba con su velocidad y sus regates. Era el más pequeño del equipo, pero sin importar contra quién nos enfrentáramos siempre se adueñaba de la banda derecha. Ajeno a la disciplina escolar ―apenas podía sumar―, su mundo se dirimía con una pelota en los pies. No supe más de los dos hermanos desde que salí de la Federación. Sin ser un asiduo espectador de la liga nacional, supe de ellos hasta que los vi tardíamente haciendo lo que más disfrutaban: metiendo goles. Durante un Alianza – Santa Tecla en el 2017, en una galopada como las que le recuerdo, William Canales ―entonces jugador del Tecla― recibe un balón al espacio por la banda derecha, sortea a dos defensas y en el uno a uno con el arquero define al primer palo. Un aficionado escribe en redes sociales: «Canales debería estar jugando en el extranjero».

Durante la pandemia, los hermanos Canales también fueron noticia. En lo más estricto del confinamiento, los dos hermanos salieron a las calles a repartirles refrigerios a soldados y policías.

Quien se cría en la calle no suele olvidarla nunca.


jueves, 2 de diciembre de 2021

Noche de fuego

El 17 de noviembre se estrenó en Netflix Noche de fuego, la primera película de ficción de la cineasta mexicana-salvadoreña Tatiana Huezo. La película tuvo una mención especial en el festival de Cannes y ganó el premio mayor de la competencia Horizontes Latinos en el festival de cine de San Sebastián, dos logros más en la fructífera carrera de Tatiana.

Como Maite Alberdi ―directora, entre otras obras, del laureado documental El agente topo―, Tatiana Huezo es una exploradora de nuevas formas de narrar en el cine documental. En tanto que el arte consiste en una usurpación creativa de técnicas, en sus anteriores El lugar más pequeño (2011) y Tempestad (2016) Tatiana utilizó el lenguaje narrativo del cine de ficción para contar historias reales. En Noche de fuego se invierte el procedimiento de esta libertad creativa: la ficción es filtrada por la mirada documental. En esa intersección, Tatiana ha pulido un estilo.  

Noche de fuego ―adaptación libre de la novela Prayers for the stolen de Jennifer Clement― cuenta la historia de María, Paula y Ana, tres niñas que viven en una sierra de Jalisco donde, bajo el asedio del terror narco, les es prohibido ser mujer. En un territorio donde lo femenino se objetualiza, que las niñas lleven pelo largo y labios pintados de carmesí invita a que sus cuerpos sean apropiables. Sus madres ―que crían a las tres en solitario― las protegen de los peligros inminentes que les toca a las niñas cuando crecen en esa sierra agreste.  Les cortan el cabello para que parezcan varoniles y cavan zanjas para esconderlas de los narcos y de los paramilitares.

Narrada en dos períodos de tiempo, primero en la infancia de las tres amigas y luego en su adolescencia, el ambiente hostil no solo no desaparece en la vida de Paula, María y Ana, sino que se recrudece.  Ya sea que la amenaza aparezca por los helicópteros tirando veneno a los campos de amapolas o por unas camionetas negras que se mueven en ristra, la vida de las tres transcurre como una constante huida. No es fortuito que en tres primeros planos de las tres niñas se ilustre ese destino trágico: escapar, desaparecer, correr buscando un refugio.

Sin mostrar el morbo que puede ofrecer el tema, Noche de fuego también es una exploración de lo femenino en tierras arrasadas por la violencia. Tatiana nos convoca a reflexionar sobre el cuerpo en una escena de potente lirismo. En clase de ciencias, uno de los profesores rurales le pide a Ana que explique el cuerpo humano con los objetos que tiene a la mano. El resultado es un muñeco enredado con ojos de maíz, nariz de corcholata y por columna vertebral un alacrán encerrado en una botella. Cuando en el cuerpo se manifiestan diversas formas de dominio, tener por boca un broche rojo de cabello puede ser una salvación. Lugar también de resistencia, lo importante es tener por corazón tres piedras de la montaña.

Aunque la historia se centra en las frágiles vidas de las tres niñas, no menos sugestiva es la historia lateral de Margarito, el hermano mayor de María. En una región donde tener botas de piel de cocodrilo y una pistola es emblema de poder, Margarito tiene un destino anticipado como víctima de la violencia machista. De jugar a las escondidas y pasearse en bicicleta, Margarito crece y se enfunda una 9 milímetros. Su trayectoria tiene resonancias con Milton, el primo de Polo ―uno de los personajes principales de la novela Páradais de Fernanda Melchor―, quien termina secuestrado por un cártel como un joven sicario. «No caigas en la tentación ―le dice Milton a Polo luego de contarle su periplo― no te dejes llevar por la ambición, una vez que entras en este pedo ya no puedes salirte nunca; no seas como esos chamacos pendejos que se creen los grandes capos con sus motos y sus radios pero no tienen ni idea del desmadre en el que están ensartados». Margarito no tenía idea en lo que se había metido, hasta que fue demasiado tarde.

  El artista confecciona su obra para que el público no mire las costuras. Como ha contado en diversas entrevistas, Tatiana Huezo hizo un virtuoso trabajo de ocultación. La audición de la película fue una tarea titánica: a lo largo de un año se eligieron solo a tres ―y a sus respectivas versiones adolescentes― de más de ochocientas niñas que ensayaron para darle vida a las protagonistas. Intrépida decisión de Tatiana, no escogió a niñas citadinas, sino a niñas que vivían en el campo. Por ello, a diferencia de otras cintas donde la inexperiencia sale a flote, en Noche de fuego las tres (seis) niñas parecen estar viviendo realmente sus historias. E igual de sorprendente resulta la construcción de lugares que parecen haber estado siempre ahí, como el campo de amapolas o el escenario donde ocurre una fiesta de jaripeo.

Pese a la cruenta realidad para las mujeres que retrata Noche de fuego, Tatiana se aleja de la tentativa de encasillar a sus personajes en los papeles de víctimas. En medio de la permanente amenaza a la que se ven sometidas las tres protagonistas, hay un pequeño resquicio de paz mientras las niñas juegan a leerse la mente y se zambullen en una poza fría. Cuando recibió uno de los premios, Tatiana Huezo se lo dedicó a todas las madres que están criando a sus hijas en solitario, porque están sembrando semillas de esperanza, de libertad y de igualdad. Esperanza: esa palabra a la cual ―quisiéramos― la película invita a sostenerse.


miércoles, 24 de noviembre de 2021

La peor parte

 


      

        Desde que supe de su publicación, me había resistido a leer La peor parte: memorias de amor, el recuento biográfico que hizo Fernando Savater de la vida en común que vivió durante más de treinta años con su fallecida esposa Sara Torres o, como él y sus amigos le decían cariñosamente, Pelo Cohete.

           A cada libro le llega su hora, reza el cliché, y supongo que a mí me llegó la hora con La peor parte. Durante la pandemia, había rehuido de las lecturas amargas y tristes. Y entrar a un libro que, en parte, es celebración de vida y, en otra, inmersión en un duelo permanente, podía desajustar ese equilibrio que me había autoimpuesto para sobrellevar los tiempos víricos.

       Savater no ocultó su pesadumbre. Luego de dos años de la muerte de Pelo Cohete, escribió en una columna para El país que su mundo se había vuelto un mundo sin sustancia. Siguiendo a Freud, describió su duelo como una condena: «Y los sitios que recorrimos juntos están hoy cubiertos de sudarios, como esas sábanas que tapan las formas incómodas de los muebles en una casa abandonada. Los platos más sabrosos, crujientes, aromáticos... comienzan a deleitarme la boca pero luego adquieren insipidez y amargura de ceniza. Llega el infierno y se revela mi condena, la más atroz: creer que estoy vivo y que es ella la que ha muerto». 

       Los duelos suelen estar acompañados por pensamientos mágicos. Cuando falleció su esposo, Joan Didion contó que empezó a vaciar los armarios, tirando camisas y abrigos, excepto por los zapatos: si él volvía no podía estar descalzo. Después de que falleciera mi abuelo paterno, mi abuela confesó que lo encontraba fumando en el baño durante las madrugadas. «Siento el olor a tabaco», decía. Incrédulo como siempre ha sido, Savater se limita a lo terrenal: «desde que murió…no he pasado ni una hora sin recordarla, ni un solo día sin derramar lágrimas por ella».

           Pero La peor parte no es un libro triste, sino todo lo contrario. Paradójicamente, es uno de los libros más divertidos de Savater. Leer las andanzas de él y su esposa, la compenetración que tenían ambos, sus rituales de adolescentes enamorados incluso en la vejez, las riñas ínfimas y las reconciliaciones, la cursilería a flote; cada uno de esos recuerdos no prefigura la peor parte, sino la mejor en la vida de Fernando.

           Recordando la afición que su querida Pelo Cohete tenía a la fotografía, Savater compara su historia de amor con las fotos de una vieja Polaroid. Como en estas, el amor se revela. Y el suyo fue mostrándose poco a poco ―mientras se agitaba la cartulina―, primero borroso y confuso, hasta alcanzar la máxima nitidez.

       Una de las partes más divertidas y conmovedoras de La peor parte ocurre cuando el profesor de ética y filosofía se convierte en un aprendiz de poeta. Sin ocultar su rubor, Savater desempolva viejas cartas que divierten por su candor. Le escribe a su Pelo Cohete: «Eres la victoria de lo inesperado y jubiloso sobre el horizonte vacío de la ausencia irremediable. Lo cual es dulce y atroz, alarmante y esperanzador. Ahora ya el tejido de mi vida ―con tantos remiendos y zurcidos, ay― está hecho en gran parte de tu fibra irrompible: me vas tejiendo en cada uno de esos éxtasis en que me deshago en ti».

           La pérdida de un ser querido queda como una marca indeleble en el que permanece. Una marca singular, unívoca. Primera lectora de todo lo que escribía, Savater no quiso volver a escribir cuando Pelo Cohete ya no estuvo con él. Creyente como Robert L. Stevenson de que escribir se asemeja al juego de un niño con papel, Savater ya no encontró espacios para entretenerse: «desde que ella no me lee, cuanto hago me parece hueco, plano, sin fondo ni relieve; carente de finalidad». Esa fue la marca que dejó su pérdida.

           Pese a que tiene escenas cómicas, conmovedoras, algunas envidiables (como los viajes que hicieron juntos por distintas ciudades donde vivieron ilustres escritores), La peor parte no es sino un libro de despedida, un epitafio. Frente al cúmulo de recuerdos, la sensación de vacío.

           Debe tener razón Julian Barnes cuando afirma que, cuando tu ser amado fenece, lo que desaparece es mayor que la suma de lo que había. En su novela Niveles de vida, donde relata su propia forma del duelo, sentencia: «Esto es quizá matemáticamente imposible, pero es emocionalmente posible». Fernando Savater entró antes que su Pelo Cohete en esta trágica forma de la aritmética emocional.

           Si este es su último libro, habrá concluido con un festejo a la vida. Y suyos serán para siempre esos versos rancheros que incluye como epígrafe del libro: «Ya con ésta me despido / amigos de la parranda / y solamente les pido / que me entierren con la banda».

           La peor parte: ser el elegido para contar la muerte.  

lunes, 22 de noviembre de 2021

132

 

Mientras duró su aislamiento domiciliar, el teléfono sonó todos los días. Aunque a distintas horas, siempre escuchó tras el teléfono la misma voz. Lo que seguía a continuación eran las mismas preguntas protocolarias: ¿ha tenido síntomas este día? ¿fiebre y dolor de cabeza? ¿cansancio? ¿tos seca? Las respuestas que él daba eran idénticas, si acaso variaba el orden o la entonación. Las llamadas del 132 se convirtieron en un ritual. Como sucede con los automatismos, la menor desviación desbarata su eficacia. Una tarde, él decidió cambiar las reglas. Luego de dar sus respuestas habituales, dijo: bueno ¿y usted cómo está? Hubo un silencio incómodo y del otro lado colgaron la llamada. Al día siguiente, el teléfono volvió a sonar. La voz era otra.

jueves, 18 de noviembre de 2021

Desmesuras

A veces la realidad es desmesurada. En Nicaragua, la tiranía Ortega-Murillo firmó la última novela de caudillos. En un acto sin precedentes, encarceló a todos los opositores políticos que iban a competir contra ellos en las elecciones presidenciales. La prensa oficialista informaría después que la victoria fue «arrolladora». Con justa razón, el exiliado Sergio Ramírez sentenciaría que ser escritor en Finlandia ―donde los deshielos son noticia― probablemente no sea tan divertido.

Veo la miniserie documental Don’t f**k with cats (2019), que es otro ejemplo de desmesura. Luka Magnotta, el sórdido protagonista de esta historia, si no es porque existe, nada le impediría ser un personaje de James Ellroy. Magnotta decidió convertirse en un cibervillano. En un mundo donde los memes de gatitos son los preferidos, ser un asesino de felinos te convierte en el enemigo público número uno. 

Magnotta se grabó asfixiando a tres gatos y convirtiendo a otro en el postre de una serpiente. Sus videos se hicieron virales rápidamente. La indignación condujo a que unos ciudadanos se organizaran para atrapar al malhechor que protagonizaba esos crímenes gatunos. Sin más herramientas que una conexión a internet, se convirtieron en detectives privados. Analizando los videos cuadro por cuadro, viajando por Google Street View, atando cabos de denuncias anónimas, dieron con el paradero de Magnotta. Cuando avisaron a las autoridades, estas no le dieron importancia. Aquello parecía el pasatiempo de unos geeks.

Pero Magnotta solo estaba preparando el terreno para su obra maestra: el asesinato de un ser humano. Sabedor de que lo estaban persiguiendo, decidió llevar el juego del asesino-detective hasta sus últimas consecuencias.  Los neófitos detectives habían prevenido de que a quien buscaban no era cualquier tipo, sino a un asesino potencial. Nadie los escuchó. Magnotta desmembró a un hombre y envió pedazos de él a las sedes de los partidos liberal y conservador de Canadá. Un joven Justin Trudeau aparece en la cámara hablando de Luka Magnotta.

El desenlace de esta historia, aunque oscuro y mórbido, tiene la genialidad de las grandes novelas negras. No diré más para no ser castigado por la tiranía del spoiler. Bastará decir que, desde un inicio, Magnotta fue dejando pistas que vinculaban a sus crímenes con sus obsesiones cinéfilas. Al final, Magnotta es arrestado en un cibercafé mientras miraba una foto suya en la página de la Interpol. El cibervillano no podía ser capturado sino en su hábitat natural.

Mario Vargas Llosa observó, a propósito de la novela El impostor de Javier Cercas, que las buenas novelas convierten a los malos siempre en buenos. Y este magnífico documental logra precisamente eso: quizá los realizadores de esta miniserie quisieron vestir de héroes a los civiles transformados en detectives cibernéticos, pero quien resulta irresistible para el público ―más si este es un público cinéfilo― es Luka Magnotta y sus fechorías de copycat profesional.

Es cierto que Luka Magnotta no es un personaje de ficción ―tampoco lo es Enric Marco, el protagonista de El Impostor― pero su vida tiene todos los ingredientes de lo novelesco. Y pues, sí, la realidad, a veces, es desmesurada. A veces basta con ella y saber contarla.


viernes, 15 de octubre de 2021

Personas / 2

 

Fue imposible pasar por alto a ese cajero que, en sus cortísimos ratos libres, tomaba un libro y empezaba a leer. Decir ratos libres es una exageración: debían ser segundos o, a lo mucho, un minuto o dos. Pero lo cierto es que se distraía leyendo, en una ciudad donde ver a alguien con un libro es exótico. Los encargados de las cajas de los supermercados realizan una labor maquilera. Que utilicen su tiempo para distraerse es un logro; que lo utilicen para leer, es una puta hazaña. Y aquel tipo me intrigaba porque conseguía lo segundo. En futuras ocasiones que lo vi no estaba leyendo, pero tenía un libro guardado en su pequeño compartimento. Los dos primeros libros que le vi eran dos celebrados libros de periodismo. Uno intuye, uno deduce, uno intenta adivinar las razones por las cuales un cajero de un supermercado ―en su acelerado trajín diario― lee, cuando ni tus amigos lo hacen. A eso hemos llegado: a que leer sea visto como un acto estrafalario. Como yo conocía los libros y a los autores, me atreví a preguntarle su opinión. Fue al grano, conciso: que A aborda el tema desde lo histórico y lo global, que B desde una historia particular y acotada. «Me gustó más A», dijo. Ojalá hubiéramos estado en un bar para seguir la plática. Atrás de mí, en la fila había seis personas más esperando pagar sus compras. Me fui sin preguntarle su nombre. El trabajo maquilero debía continuar. La última sorpresa con este personaje sacado de algún relato de Raymond Carver fue el pasado 15 de septiembre. Ahí andaba, marchando, entre consignas repudiando a Nayib Bukele. Horas después de la marcha, uno de los periodistas que había escrito uno de los libros subió una foto con él en sus redes sociales. Este le agradecía, este le dijo que admiraba su trabajo. Entonces, por su perfil, supe cosas. Así supe su nombre. Así supe que está partiéndose la espalda para pagar sus estudios de medicina. Así supe que se define a sí mismo como «autodidacta». Lo veo seguido, lo veré, quizá leyendo o no, la próxima semana.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Personas / 1

J. fue amigo de infancia de mi mamá y sus hermanas. B., la tercera en edad, fue su novia. B., que vive en Canadá, cuando regresa a El Salvador le gusta visitar a J. para platicar y recordar aquellos años de juventud en el cantón Plan del Pito. Cuando se encuentran ríen a rienda suelta recordando, como suele ocurrir cuando los recuerdos son felices. J. es un ingeniero civil con una familia unida. Padre de dos hijos que fueron nadadores profesionales, su casa estaba atiborrada de medallas y trofeos. Su esposa, G., es una mujer valerosa a quien le debe ―literalmente― la vida. Un día los riñones de J. se atrofiaron. Pasó, durante varios meses, al borde de la muerte. La casa ―con dos adolescentes atletas, alumnos en el colegio Champagnat en Santa Tecla― dependía en mayor medida de su salario. Al faltar este, G. hizo cuanto pudo para sobrellevar el hogar. Desde aquellos días G. ha mantenido un comedor en las inmediaciones de la Torre Telefónica, que, día tras día, alimenta a los oficinistas de la zona. Pero a pesar de los esfuerzos, estos no iban a salvar a J. Este moriría si no recibía un trasplante de riñón. El acuerdo fue inmediato, uno de esos gestos que ejemplifican esa cosa rara que solemos llamar amor: G. le dio su riñón. Esas dos vísceras los han mantenido con vida. Después de superar su enfermedad, la vida de J. transcurrió igual, o mejor, que antes. Volvió al trabajo, adquirió una casa en una zona pudiente, vio a sus hijos casarse. Vivió, pues, como deberían vivirse las segundas oportunidades: con placidez. La última vez que vi a J. fue en el ministerio de Hacienda. Él estaba a cargo de remodelar una sección del edificio Los Cerezos; yo, tratando de ganarme la vida como economista. Nos reconocimos al instante. Me dio un fuerte apretón de manos como solía darlos y me dijo: «Ajá, don Mirondo». Así me decía desde que era niño: «don Mirondo». Nunca supe por qué. Quizá nunca volveré a platicar con J. No, para qué engañarse: nunca volveré a platicar con J. Desde hace dos semanas está en cuidados intensivos en el Hospital Nacional El Salvador. Lo que G. nos ha comunicado es inequívoco. Dijo «lo entubaron». Dijo «el riñón no le funciona». Dijo «le han suspendido la hemodiálisis, le afecta el flujo sanguíneo». Dijo «anteayer le dio un paro cardíaco y le duró 3 minutos. Gracias a dios lograron superarlo». Dijo «J. sigue en la lucha». No creo en las supercherías del divino. Cualquier otra persona hubiera claudicado. Leo constantemente esas cinco palabras: «J. sigue en la lucha». Una más, la última.


lunes, 4 de octubre de 2021

Sala de espera



Hoy estoy de vuelta en un hospital. En plenos años pandémicos, tuve la suerte de no frecuentarlos. Tuve la suerte ―todavía― de que no me tocara visitar a un ser querido maltrecho. No los he frecuentado, pero fui: acompañé a la mamá de C. a una radiografía; visité a un amigo que pescó salmonela; doné sangre.

Afuera del Hospital Nacional de la Mujer apenas hay ruidos. Por eso el menor chasquido inquieta. Vine al hospital porque a una tía se le infectó una herida. Hace tres días le hicieron una histerectomía. Algo no salió bien: apareció la fiebre, sangra, le duele, huele mal. Llegamos de emergencia. En la entrada nos dijeron: «solo puede ingresar la paciente». Y solo ella ingresó. Yo estoy afuera, en el carro, garabateando estos párrafos. Mamá también está afuera, más cerca, esperando noticias.

La calle está sola. Al igual que yo, hay solo tres personas más que esperan. Ellas están más inquietas: se sientan, se levantan, llaman por teléfono. No me atrevo a preguntar, solo veo.

Aparecen dos perros a mitad de la calle. Uno es macizo y amarillo; el otro, más pequeño, blanco y peludo. Parecen callejeros, pero no son callejeros. Sus cuerpos no tienen la forma escuálida del abandono y el hambre. No husmean en la basura que se acumula en las aceras, sino que juegan. Juegan a plena mitad de la calle: se echan, se lengüetean, se muerden, se acuestan panza arriba.

Mientras espero las noticias, la calle se ha convertido en la excusa perfecta para esquivar el abatimiento. O al menos la excusa perfecta para fingir que no pasa nada. Esta noche, la calle es mi sala de espera.

Los perros no se mueven: los carros que transitan por la calle deben bordearlos, irse por otro carril. No faltan esos miserables que no eluden a los animales. Carro o moto. Pitan, amagan con pasarles encima, amenazan. Son eso: unos miserables. Los perros se mueven y los pierdo de vista. Aparece, por fin, quien supongo es su ama. Persiguen la comida que ella les muestra ―parecen restos de tortilla―, y finalmente se van a casa. La calle queda inhóspita por unos segundos.

En las casas que están en la acera opuesta, alguien mira televisión. No es difícil adivinar lo que esa persona o esas personas están viendo: se escuchan gemidos, golpeteos, gritos. Los gemidos acompasados duran unos segundos y después se escuchan disparos. Uno piensa que es una de esas, pero con trama. O que es solo una película insignificante más, de las que pasan los domingos por la tele.

Pasan dos horas, casi tres. Cuando mamá llegó con las noticias, las distracciones de la calle me habían hecho olvidar que estaba afuera de un hospital. Sus palabras fueron las siguientes: «se queda ingresada», «no saben qué tiene», «puede ser una bacteria», «la volvieron a abrir», «le quitaron los puntos», «le darán antibióticos», «olvidé su DUI», «ay, mi hermanita».

Y nos fuimos por la calle desierta, de vuelta a casa, con la sensación de que algo se había roto. Los hospitales me descomponen. 


viernes, 1 de octubre de 2021

Arañas

 

Dicen los expertos que las arañas rara vez estarán indispuestas para tejer.  No importa si están bajo los efectos de un narcótico u orbitando en un satélite espacial, las arañas, simplemente, tejen. El asunto no es más que pura supervivencia: con sus telarañas, las arañas cazan, las arañas comen. Esta práctica arácnida tiene por lo menos trecientos millones de años, lo que la hace más vieja que las flores, las aves y, por supuesto, los humanos. La seda, la fibra que sale de sus glándulas, lo es todavía más. Material pegajoso y proteínico, ha servido para cubrir a innumerables reyes y a innumerables cuerpos con los chalecos antibalas. Tubulares y espirales, las telarañas forman tan diversas figuras que todavía son un misterio. Las hay de diversos tamaños para capturar a distintas presas, ya sea un murciélago o un moscardón. Se calcula que, en promedio, las telarañas matan entre cuatrocientos y ochocientos millones de toneladas de insectos cada año, contribuyendo al equilibrio ecológico de casi todos los ecosistemas. Que no es decir poco: que es decir que les debemos la vida. Yo estoy en la sala de mi casa con ganas de aniquilar a una araña que ha hecho su obra maestra en una lámpara. Aguarda, silente, que caiga una presa. Refulge, aquí, una antigua aracnofobia. Es absurdo: un animal tan prodigioso que está a un golpe de morir por culpa de otro ser minúsculo y miserable.

jueves, 8 de julio de 2021

Cápsulas / 5

 

En la conferencia Los libros de mi vida, el escritor argentino Ricardo Piglia narra el recuerdo de su primera lectura. «Escuela N° 1 de Adrogué. Clase de lectura. La señorita Molinari ha creado una especie de concurso: se lee en voz alta y el que se equivoca queda eliminado. La competencia de las lecturas ha comenzado. Me veo en la cocina de casa, la noche antes, estudiando ‘la lectura’. ¿Por qué estoy en la cocina? Quizá mi madre me toma la lección. No la veo a ella en el recuerdo: veo la mesa, la luz blanca, la pared de azulejos. El libro tiene grabados, lo veo, y recuerdo de memoria todavía la primera frase que estaba leyendo a pesar de la enorme distancia: ‘Llegan barcos a la costa trayendo frutos de afuera...’...los frutos de afuera, los barcos que llegan a la costa. Parece Conrad. ¿Qué texto era ese? Año 1946». Siempre he admirado la memoria de las personas que, como Piglia, pueden dar forma a los recuerdos de su primera vez. Por ejemplo, la primera vez que visitaste un bosque. La primera vez que fuiste al cine. La primera vez que escuchaste a tu madre cantar. La primera vez que besaste a una chica. La primera vez que fumaste un cigarrillo. La primera vez que te caíste de una bicicleta. Esos recuerdos para mí son difusos; algunos, inexistentes. Yo también quisiera recordar cuál fue mi primera lectura, adónde estuve, con quién leí. No tengo ese recuerdo, pero sí una fotografía. Año 1994: estoy hincado frente a un escritorio sosteniendo un libro, o un folleto, o solamente una pila de páginas. Volteo a la cámara y en mi rostro se dibuja un gesto de sorpresa, como si me hubieran descubierto haciendo una travesura o algo ilícito (hay en esta escena un germen, pienso, para explicar cómo algunas lecturas se han prohibido en la historia). El pie de foto dice: «¡Ajá! ¿Qué estás haciendo Alejandro?». No podía leer, ni siquiera podía caminar. Puede que esa haya sido mi primera lectura. En su autobiografía, Fernando Savater dice que se entra a la lectura como se entra al sacerdocio, es decir, para siempre. Creo que es así: esa fotografía registra el inicio de una actividad que solo puede culminar con mi muerte. Esa fotografía: la forma definitiva de un recuerdo.

martes, 15 de junio de 2021

Cápsulas / 4

A solo quince minutos de El Zonte el laboratorio nacional de las criptomonedas, en la Playa San Blas, nadie sabe qué hacer con los bitcóins. «Aquí nadie nos ha dicho cómo vamos a ocupar los bitcóins», me dice una propietaria de un local de comida, la propietaria de un changarrito. En este lugar, el pescado frito y el coctel de conchas se paga solo en efectivo. «Mi hermana sí los ocupa, pero yo no tengo idea» me dice una vendedora de minutas, mientras busca en sus bolsillos cuatro dólares que me debe y no tiene.  En la playa San Blas la euforia bitcóin no ha llegado. Aquí el problema como en muchos otros lados es que hay escasez de dólares. El changarrito ni siquiera tiene electricidad; la vendedora de minutas no tiene cambio para un billete de cinco dólares. Los vendedores ambulantes pululan por la playa. Algunos hasta se disfrazan, como un vendedor con disfraz de cipitío traje blanco, barriga enorme, sombrero puntiagudo que vende triqui-tracas a un dólar. Mi hermano de quince años no sabe qué son los triqui-tracas. Ni siquiera los ha visto, ni los imagina. Después se acerca un hombre con aspecto de escritor que es escritor. Vende libros en la playa. Se llama Alfredo Hernández Martínez, un nombre que tiene impronta de salvadoreñidad. «Soy poeta —dice, mientras enseña un libro de versos—, también escribo ensayos». No logré memorizar los nombres de los libros, pero intuí su contenido: eran ensayos de superación personal escritos por alguien que venció a la drogadicción. Ahora ese alguien es poeta y se hace llamar «el poeta silvestre». Sus libros valen cinco dólares cada uno y están publicados —según dijo— hasta en Australia. Quise preguntarle muchas cosas: por qué escribe, qué lee cuando escribe, qué siente al ver sus versos impresos en un libro, cómo ha cambiado su vida —y la de los demás— con la escritura. Pero no pude. Le hice la pregunta del momento, la única que, estúpidamente, se me ocurrió. «No —me contestó— nunca he ocupado bitcóins». El poeta silvestre siguió caminando buscando compradores. Se perdió en la playa, en medio de la muchedumbre, y todo siguió igual en la tarde de San Blas, donde la euforia del bitcóin no ha llegado aún.


viernes, 4 de junio de 2021

Cápsulas / 3

 

Los expertos podrán elaborar un tratado sobre las formas del miedo. Para mí, que soy ignorante en esta materia, hay un tipo de miedo que es el más desaforado, el más escabroso, y no proviene de relatos sobre posesiones demoníacas o de las películas de Scott Derrickson. Proviene, ni más ni menos, del cuerpo y sus vicisitudes. Y, más aun, de nuestra forma de relacionarnos con los demás. En resumen: del material humano. En su último libro, Tienes que mirar, la escritora y periodista rusa Anna Starobinets dice: «Una cosa es inventar historias de miedo y otra muy distinta es convertirse en la protagonista de un cuento de terror. Dudé mucho tiempo si merecía la pena escribir este libro. Es demasiado personal. Demasiado real. No es literatura». Leo y subrayo: «demasiado real». Aunque sea real, este miedo jamás lo voy a comprender. Este miedo es, más o menos, lo que sigue. El miedo de interrumpir un embarazo porque el bebé que engendraste tiene unos riñones enormes que le aplastarán los pulmones (el diagnóstico dice «enfermedad renal poliquística fetal»). El miedo de escuchar a un médico balbucear sin empatía ni compasión, como si estuviera despachando una receta de rutina, que ese bebé «no sobrevivirá». Lo repite tres veces: «no sobrevivirá». El miedo de pasar por distintas clínicas kafkianas cuyos médicos impasibles te tratan como un despojo, como una «rata», porque el ser que está adentro tuyo no es normal (te dicen que es un discapacitado, un monstruo). El miedo posterior que se clava como una daga en el pecho cuando decidís terminar con la vida de ese bebé que sigue adentro tuyo y lo ves chuparse el pulgar en la pantalla de la ultrasonografía. El miedo a imaginar al bebé que pudiste haber tenido esperando dos meses en una morgue a que lo abran, a que lo estudien, a que lo cosan, a que después te digan que lo enterrarán en una fosa común de un cementerio con otros niños que nacieron muertos. Y el enojo, la rabia, la desolación, la furia de no encontrar refugio ni comprensión en tu familia (porque te esquivan), ni en los psicólogos (porque te escuchan como máquinas frías) ni en vos misma, porque todas las noches tenés pesadillas angustiosas, porque mientras tomás el té en tu apartamento tu camisa se moja en los pezones («mi tristeza es esa leche blanca y tibia que nadie se va a beber»).  Ese miedo hela el cuerpo. Y ese miedo sintió Anna Staribonets y lo escribió. Lo sintió en Moscú, en Berlín. No lo sintió en ciudades desgraciadas como San Salvador donde las mujeres abortan en fosas sépticas. Donde, después de abortar —por malnutrición, por otras complicaciones obstétricas— no van donde un psicólogo, ni a alguna clínica de acompañamiento familiar, sino a la cárcel. Cuarenta años. Y me pregunto y me digo que si lo que contó Anna Starobinets es miedo, esto otro será otra cosa, pero no sé el qué. En todo caso, a ese miedo, incomprensible, inasible, hay que mirarlo. Tienes que mirar, asomarse a ese abismo.

lunes, 31 de mayo de 2021

Cápsulas / 2

 

Me dijo que ella no miraba películas basadas en hechos reales. Me perturban, dijo. Tengo pesadillas, dijo. Eso lo iba a saber después.  Afuera llovía. La luz amagó en irse por unos segundos y dejarnos a oscuras. Me empapé cuando salí a recoger la comida que habíamos ordenado. Pedimos pupusas, empanadas, tamales. La cantidad justa para dos. Finalmente, entre los truenos que no cesaban, la película empezó. Y en la pantalla negra de la obertura una advertencia: «based on true events». Ella no dijo nada. O yo no escuché. O ella dijo algo y lo ignoré. O ella dijo algo y lo olvidé. A mitad de la película los dos estábamos en medio de la sala sin hablar, tensos, como si alguien estuviera a punto de arrancarnos las uñas.

    Quo Vadis, Aida? es una película de la directora bosnia Jasmila Žbanić que trata sobre una familia que intenta sobrevivir en medio del conflicto entre serbios y bosnios. Aida, la protagonista, trabaja como traductora para Naciones Unidas. Aida, mediante las palabras, es el puente entre las partes enfrentadas. Cuando el ejército serbio invade la localidad de Srebrenica, su familia (su esposo y dos hijos) queda en la indefensión como miles de bosnios que han sido desplazados de sus casas. Aida logra que su familia entre a la sede de la ONU para (intentar) protegerlos. Pero la avanzada militar se recrudece bajo las órdenes del despiadado general Ratko Mladić: los acuerdos se rompen, los militares acechan a los refugiados, cuatrocientos soldados holandeses de Naciones Unidas enmudecen, empiezan a llegar los buses que llevarán a hombres y niños bosnios hacia la muerte.

    En Wikipedia se lee que Srebrenica es «una pequeña ciudad montañosa», donde hay minas de sal y un famoso balneario, y donde se produjo «la mayor matanza en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial». En Srebrenica viven aproximadamente 15 mil personas; en 1995, los serbios acorralaron y asesinaron a más de 8 mil bosnios musulmanes (hombres y niños) y luego los arrojaron a fosas comunes. Eso pasó cuando en Europa, se supone, esas cosas ya no sucedían.

    Quo Vadis, Aida? es también una película sobre esa masacre. Pero es, sobre todo, una película sobre la memoria y el perdón que sobreviene a un conflicto armado. Las últimas escenas de la película son escalofriantes: mientras los sobrevivientes de Srebrenica intentar forjar una comunidad nueva, empiezan a exhumarse los huesos de las fosas comunes. Los huesos empiezan a hablar. ¿Cómo se construye una comunidad sobre miles de osamentas? Dice una canción de Pedro Guerra: «Pero no son, a simple vista, solo huesos / desvencijados huesos / En el calcio del hueso hay una historia: / Desesperada historia, desmadejada historia / de terror premeditado».

    Esas historias, se supone, ya no sucedían. Esas cosas sucedieron. Terminamos de ver el terror premeditado y fue entonces cuando ella me dijo: «no me volvás a poner una película así». El terror, ahí, retumbando en la superficie.

domingo, 16 de mayo de 2021

Cápsulas / 1

Somos parte de la primera o segunda generación que vio desparecer las cartas; estamos, aun, a la expectativa de ser la primera que verá desaparecer los diarios. Digo: los diarios escritos en papel. Digo: los diarios que se guardan en una gaveta. Digo: los diarios que acompañan intermitentemente una vida. La escritura intimista, esa que se expande a lo largo de la vida de una persona, que recoge desde los hechos banales hasta los definitorios, está ahora más presente en las redes sociales que en una libreta de notas. Tuitero ocasional y gran escritor de novelas, el mexicano Julián Herbert nos lo recuerda con una anécdota en su cuenta de Twitter:

—Se me olvidaron las llaves — le explico a Don Cruz, el portero del edificio donde vivo.

—Por venir pensando en las quijadas de la muerte— me espeta él mientras abre la puerta, desde la superioridad moral de sus 80 años cumplidos.

La máxima de nuestra generación es «tuiteo, ergo sum», dijo Umberto Eco, para referirse a que uno solo existe en la red, y ahí también las intimidades, ensoñaciones y cotidianidades que nos definen. Ahora la intimidad se exhibe. 

viernes, 23 de abril de 2021

La Tierra volvió a respirar

 


Una batalla preliminar. 

            Una de las caricaturas que se hicieron virales en Internet durante la pandemia de la Covid-19 mostraba a dos púgiles tratando de ganar por K.O. En una esquina, un púgil representaba al planeta Tierra; en la otra, a un virus que asestaba golpes. Al margen de la batalla, se erigía otro púgil que era manifiestamente más temible: el cambio climático. Burda aunque útil representación del tiempo presente, la caricatura advierte sobre el verdadero enemigo a vencer que aguarda impávido ante esa batalla preliminar que todavía no termina.

            La pandemia de la Covid-19 transparentó lo que muchos ya sabían y otros no querían escuchar: lo inextricablemente unidos que están esos tres púgiles que coinciden en un mismo espacio. El de la Tierra (y los modelos de maldesarrollo), el del virus (y las enfermedades zoonóticas) y el del cambio climático (y la crisis ecológica).

Los animales se toman las calles

            La interdependencia de estos púgiles es real:

            En la ciudad de Jalandhar, India, un fotógrafo llamado Anshul sube a la azotea de su casa. Desde ahí, con la ciudad libre de smog, se visualiza a 200 kilómetros de distancia la imponente cordillera de El Himalaya. Anshul fotografiará el surgimiento inesperado de un nuevo paisaje. El confinamiento,  que provocó el freno súbito de automóviles, fábricas y turistas, hizo posible que por primera vez en treinta años los pobladores de Jalandhar observaran las nieves indisolubles de esa cordillera que siempre estuvo ahí.

            La escena anterior es parte del documental The Day Earth Changed, en el que distintos camarógrafos y científicos capturan los cambios que provocó el gran confinamiento en la naturaleza. Y no es la única. En San Francisco, donde el ruido del tránsito disminuyó en 70%, micrófonos vuelven a capturar el canto de los gorriones corona blanca que se aglutinan bajo la sombra del puente Golden Gate. Con cerca de 114 millones de turistas menos en las playas de todo el mundo, las tortugas marinas salen a las costas y prolifera su linaje casi extinto. En Laikipia, Kenia, ningún rinoceronte fue asesinado por los forajidos que buscan sus cuernos (algo que no sucedía desde 1999). En Santiago, Chile, un puma trepa la pared de una casa. En la costa bonaerense, los capibara reconquistan el terreno que los ricos porteños les arrebataron décadas atrás para  construir sus casas de descanso.

            Durante algunos meses, «la Tierra volvió a respirar» dice con su voz ronca el naturalista y narrador del documental, David Attenborough, porque la Tierra estaba asfixiándose.

Un suazilandés explica

            Jason Hickel, economista y antropólogo suazilandés, explica en su último libro Less is more la asfixia y degradación a la que es sometida la Tierra por la lógica totalitaria de la ganancia y de los modelos de maldesarrollo. De los seres más diminutos a las profundidades de los océanos, la vida en la Tierra sucumbe a la era del capitaloceno. Siendo millares, más del 10% de todas las especies conocidas de insectos está en peligro de extinguirse. Más del 40% de todos los suelos han sido erosionados por la actividad agrícola. Producto de la pesca industrial, las especies marinas desaparecen el doble de rápido que las especies terrestres. Al ritmo en que aumenta la temperatura planetaria, Nueva York y Ámsterdam estarán completamente inundadas a final del siglo. Los bosques fenecen por las sequías y su vulnerabilidad a los grandes incendios. Las tormentas extremas son cada vez más recurrentes: su frecuencia se ha duplicado desde 1980.

            Si queremos ser más apocalípticos, concluyamos de que esta es la primera vez en la que asistimos a una era de extinción en masa provocada por la actividad humana. Una extinción cada vez más cercana y real. Pero, a veces, la evidencia científica no es útil. La ONU lo ha sabido siempre, al igual que Fritjof Capra.  Largos e ilegibles informes, ninguno fue tan poderoso como ver a un hipopótamo deambular en una gasolinera  para demostrar los eslabones que nos unen a todos los seres vivos y la actividad económica que nos destruye. Encerrados para evitar el contagio de un virus, un día decidimos frenar todo y, como se dice en el documental, la tierra cambió y volvió a respirar.

Nuestro destino común

            Entre virus que nos acechan, estadísticas de terror y animales que se toman las ciudades, nadie sabe cuáles serán los próximos pasos para forjar nuestro destino común. Los llamados a ser líderes mundiales discuten sobre el cambio climático en largos mítines que se han convertido en los cementerios más grandes de las buenas intenciones. Los ecologistas se arman de narrativas que a costa de ser ciertas, también se vuelven impracticables. Las enfermedades zoonóticas aún siguen tratándose como anomalías sanitarias y no como resultado de la destrucción sistemática de ecosistemas que obligan a las especies a involucrarse con los humanos (ya lo dijo Robert Wallace: «grandes granjas crean grandes gripes».  Como aquel pescador del río Magadalena, en Colombia, ¿cómo empezamos a decir todes que no somos defensores del río, sino que todes somos el río?  Este es el gran dilema.