jueves, 11 de diciembre de 2025

Glosas X

 

Termina el año. Miro atrás y, en general, fue un año prolífico. Escribí más y con mayor orden. Me había impuesto una cuota mínima —un texto por semana—, pero no fue posible, no lo será. Casi siempre, después de octubre, los meses se esfuman. Lo extraño es que en el último trimestre no ocurre nada excepcional, salvo algún viaje o un evento aislado. Voy en automático.

 

Varios libros se me escaparon sin poder escribir sobre ellos. Conservo algunas notas dispersas, pero dudo que se conviertan en un texto definitivo. Pienso en Fabricación, de Ricardo Raphael, que me mostró las potentes ficciones que puede crear el poder. Pienso en El niño resentido, de César González, autobiográfico y conmovedor, que eleva el arte surgido desde los márgenes —las villas miserias argentinas— y lo convierte en un testimonio duro de la pobreza estructural, pero también de su potencial transformador. Pienso en Los nombres de Feliza, donde Juan Gabriel Vásquez confirma su capacidad para entretejer la historia con la vida íntima de sus protagonistas. Y pienso en El accidente, de Blanca Lacasa, una novela breve sobre la intensidad de un enamoramiento circunstancial e imposible.

 

Las métricas del año tampoco rompieron récords. De hecho, revelan cierta dispersión y languidez. Hasta el 10 de diciembre anoté 84 películas y series. Para dimensionarlo: cerré 2024 con 97 títulos y 2023 con 90. Podríamos empatar; digamos que estamos cerca. El año dejó joyas indiscutibles sobre las que tampoco pude escribir. Joya #1: la segunda temporada de Severance. Joya #2: One Battle After Another. Joya #3: Weapons. Joya #4: Together. Joya #5: Bring Her Back. Joya #6: Pluribus. Joya #7: Belén.

 

En música, Spotify me recuerda que escuché veinte mil minutos menos que en 2024. Los más escuchados: Leiva, The Lumineers, Santiago Motorizado y… claro: Bad Bunny.

 

Me reconozco en la sentencia de un glotón ejemplar —Javier Cercas—: «A la hora de comer solo respeto una regla, y es la ausencia total de reglas».

 

Las políticas de la extrema derecha operan, como diría Verónica Gago, bajo «lógicas de crueldad». Y se emparentan con lo que Rita Segato denomina las consecuencias de la «dueñidad». Basta ver a Trump: sus políticas antimigrantes y sus ataques a pequeños pescadores en el Caribe. Su resonancia global, más profunda y más brutal, se percibe en el genocidio en Gaza. En Argentina, Milei ejecuta estas lógicas mediante una devaluación sistemática de los ingresos. En El Salvador, Bukele mediante un régimen de excepción que arrasó no solo con pandilleros, sino también con población inocente y, sobre todo, pobre.

 

La IA no debería sustituir la creatividad, pero sí puede ampliar la imaginación libre de un niño. Lo comprobé jugando con mi sobrino de seis años. Él inventaba jugos imposibles: metía en una licuadora imaginaria Kool-Aid, pizza, piñas, chocolate, tomate y Coca-Cola. Luego bautizaba ese mejunje delirante. La IA se encargaba de representar aquello que su mente había creado.

 

«Lo horrible devino cotidiano bajo un estruendo de aplausos», escribe Patricia Evangelista en Que alguien los mate. Ella se refiere a los grupos de exterminio impulsados por Duterte en Filipinas. También podría referirse a los cientos de inocentes torturados en las cárceles de nuestro país.

 

Un recuento del año podría resumirse así:

  1. Trabajo fijo dilapidado.
  2. Amigos exiliados por el régimen de Bukele.
  3. Retorno a EE. UU. (el “planeta americano”, como decía nuestro querido y extrañado Vicente Verdú).
  4. Viñedos en Napa Valley.
  5. Reencuentros en el exilio.
  6. Mañanas cálidas, tardes somnolientas, noches cocinando, madrugadas trabajando.
  7. Aprendí a pelar camarones en menos de un minuto.
  8. Parrilladas en la terraza.
  9. Murió la mamá de mi suegra.
  10. Navidad futura en Texas.

 

Siento un claro vínculo generacional con la novela de Paulina Flores, La próxima vez que te vea, te mato. La narradora, en sus tempranos treinta, vive bajo las angustias millennial: trabajo precario, alquileres prohibitivos, relaciones líquidas. Además, se suma a esa constelación de novelas sobre la condición migrante de una latinoamericana en Europa. Lo que más me gusta —y subrayo— es el sentido del humor de la narradora.

viernes, 10 de octubre de 2025

Colando agua

Siempre me ha llamado la atención que no existan tantas historias literarias o de no ficción que sucedan en la playa. Pese a nuestra diminuta costa, recorrida de extremo a extremo en apenas seis horas, el mar nos representa mejor que cualquier otra geografía.

Quizá la razón de esa ausencia literaria sea que nuestras playas han sido vistas como lugares apacibles, de puro esparcimiento, y no como escenarios de conflicto o transformación. Nuestros valles simbolizan el modelo agroexportador que nos definió en los siglos XIX y XX; nuestras montañas, las heridas abiertas de la guerra civil. La playa, en cambio, ha sido el dominio de la gastronomía y del descanso, el refugio veraniego de las élites y, más recientemente, de los especuladores de criptomonedas.

En Tres historias sublevantes, Julio Ramón Ribeyro describió al Perú a partir de sus tres regiones naturales: costa, sierra y selva. ¿Cuáles serían, entonces, las historias de nuestra costa? ¿Qué ocurre detrás de las casas de descanso, de los muelles repletos de mariscos, de las ventas ambulantes donde se ofrecen minutas, mangos en flor y collares de curil?

Entre los mayores aciertos de Colando agua, la última obra de La Cachada Teatro, está precisamente esa mirada hacia la costa salvadoreña, sostenida por una investigación documental y participativa que recoge los testimonios de mujeres pescadoras de distintas zonas del país. Fiel a su estilo —centrado en las vidas de mujeres comunes—, la puesta en escena sigue la existencia de cuatro trabajadoras que viven de la pesca. Ellas hacen lo que los hombres no quieren: preparan la mercadería, descaman, venden en los muelles. Todas, excepto una, que desafía la tradición y se embarca mar adentro para llevar sustento a su hogar.

En otras palabras, Colando agua ilumina la sede oculta de nuestras playas: el trabajo que sostiene la cadena que permite que los mariscos —ese orgullo de nuestra gastronomia— lleguen hasta nosotros.


La obra tiene un espíritu de denuncia, pero no carece de humor. Uno de sus momentos más memorables ocurre cuando las cuatro mujeres viajan en lancha rumbo al mangle, intercambiando confidencias, chistes y lamentos. También plantea una crítica severa a la contaminación marina y al modelo extractivo que, a fuerza de megaproyectos, devora nuestros ecosistemas.

Ojalá más artistas se asomen a esas costas para representar nuestro modo de vida, nuestras costumbres y contradicciones. Las necesitamos. La playa no es sólo un decorado de postales ni un paraíso publicitario para el turismo global: allí se libra, cada día, una batalla por sobrevivir. Allá, entre la espuma y el salitre, palpitan historias que nos definen, historias que aún no han sido contadas.

No compremos ese relato mágico de las “ciudades del surf”: frente a esas olas, la realidad no es tan fotografiable.


jueves, 9 de octubre de 2025

Nuevas mafias


Voy a hablar desde cierta ignorancia sobre las dos últimas series de mafias que he visto, pues no tengo como referencia a la más icónica de todas: Los Soprano. Me disculpo de antemano si de innovación tienen poco; también si frente a aquella —la madre de todas— no son más que caricaturas o emprendimientos menores.

El caso es que me he divertido como pocas veces siguiendo estas historias que traen al presente un género anclado en el pasado, con mafiosos que ahora delinquen entre drones, inteligencia artificial, criptoactivos y dark web. Me gustó que, aunque distintas entre sí, ambas series desafían la idea hollywoodense de las mafias como estructuras nostálgicas, aferradas a los viejos negocios: drogas, casinos, prostíbulos y extorsiones en efectivo. Algo de eso siempre hay, pero los grandes criminales de nuestro tiempo, sospecho, tal vez no hayan tocado nunca un billete.

Mobland, creada por Ronan Bennett y distribuida por Paramount+, gira en torno a Harry Da Souza (Tom Hardy), el fixer de la familia criminal Carrigan. El elenco es de lujo: Pierce Brosnan, Helen Mirren, Paddy Considine y Geoff Bell. Los dos primeros episodios están dirigidos por Guy Ritchie, y eso se nota: ritmo trepidante, ironía y violencia coreografiada. Harry es un hombre que debe salvar a los Carrigan de su propia decadencia. Intenta mediar con la familia rival Stevenson, mientras lidia con la estupidez de los suyos. Cada uno parece competir por quién toma la peor decisión. A Harry lo define la eficacia: nunca falla. Entre descuartizamientos transmitidos en streaming —mafias modernas, como dije—, siempre tiene un as bajo la manga. Es también un hombre en permanente conflicto con su casa: su esposa le reprocha la distancia, su hija quiere un padre presente. Como toda buena saga criminal, la serie oscila entre las disputas shakesperianas por el poder y la travesía del lobo solitario —a lo John Wick— que sobrevive a lo inverosímil. A veces, basta una llamada: signo de los tiempos, en los que todo depende de tener el teléfono encendido.

Creada por Taylor Sheridan —uno de los artífices del éxito reciente de varias series en Paramount+—, Tulsa King presenta a Dwight Manfredi (Sylvester Stallone, en su primer papel televisivo) saliendo de prisión tras veinticinco años. Debe reinventarse en un mundo que ya no es el suyo. Lo envían a Oklahoma, donde tiene que fundar un nuevo imperio criminal. Se asocia con personajes de toda calaña: algunos con pasado delictivo, otros apenas cómplices por azar. El “General”, como lo llaman, descubre las nuevas rutas del crimen: criptoinversiones, negocios verdes, vacíos legales en torno al consumo de drogas. Aprovecha los huecos del sistema con el instinto de un animal viejo que reconoce los atajos.

Son dos series distintas, pero hermanadas por un mismo mérito: reinventan el crimen con las herramientas del presente. No es un territorio que el cine haya explorado demasiado. Las películas bélicas siguen encumbrando las batallas campales, olvidando que hoy un dron es más letal que un francotirador. Con las mafias sucede algo parecido: tal vez haya que mirar hacia los desfalcos financieros, las especulaciones bursátiles, los patrimonios inflados por criptomonedas, las nuevas formas de fraude digital o las trampas de la inteligencia artificial. Las mafias no son las mismas porque el crimen ha mutado de piel. Ya no circula por las calles, sino por la nube.

 

miércoles, 17 de septiembre de 2025

¿Quién lee a Virginia Woolf?

 

 

Desde hace un tiempo soy un lector constante de las columnas de Tamara Tenembaum. No solo por el estilo seductor con el que escribe, sino porque posee un método peculiar: inscribir algo inmediato en un marco más amplio —vaya, eso que llamamos “lo social”— y hacer que lo distante tenga un aura de cercanía.

A mí ese modo de descifrar la realidad me recuerda a lo que George Steiner describía en su autobiografía como «decodificación». Cuando aparece un artefacto cultural —sea un texto, un cuadro, una serie de televisión— es como una piedra arrojada al agua: genera ondas concéntricas que se expanden hacia afuera. Entender el alcance de esas ondas es, según Steiner, tarea del lector o del espectador atento.

En su último libro, Un millón de cuartos propios, Tenembaum dialoga con uno de los clásicos de Virginia Woolf. Escrito hace casi un siglo, Un cuarto propio encuentra aquí nuevas resonancias. La autora argentina, al trabajar en una nueva traducción del libro, se detuvo con la paciencia necesaria para descubrir que las frases de Woolf aun reverberan en nuestros días. La relectura, entonces, se vuelve un modo de medir esas ondas concéntricas que todavía se expanden.

El ejercicio intertextual resulta maravilloso: de la prosa de Woolf emergen preocupaciones que siguen vivas —el dinero, la comida, el trabajo, la nostalgia, el resentimiento—, temas que atraviesan tanto debates políticos como académicos. El que yo encontré más estimulante fue el capítulo dedicado al resentimiento, sobre todo porque lo leí en clave nacional, donde ese caudal subjetivo sigue moldeando las intenciones de voto, las aspiraciones laborales y muchas formas de violencia hacia los otros, reflejándose en conductas xenófobas, racistas, clasistas y misóginas.

El capítulo sobre el dinero, en cambio, me pareció más distante: no porque Tamara no hable de la precarización general de la clase asalariada —que cuenta con cada vez menos estabilidad y certidumbre, ese triunfo del freelancer—, sino porque lo aborda desde la clase media argentina. Y esa mirada no siempre coincide con la fragilidad de nuestras clases medias centroamericanas, donde nuestras aspiraciones son mucho menores, por no decir exiguas, para sobrevivir cómodamente realizando un trabajo que nos guste, y donde por supuesto persisten desigualdades de género lacerantes.  

Lo que más aprecio de Tamara es que no ofrece explicaciones totalizantes. Prefiere acompañarnos con sus incertidumbres, con cierta cautela, mostrándonos lo que ella va descubriendo en su relectura, como limpiando un vidrio empañado, pero sin que termine de quedar limpio del todo.

Si en la película Hitler ha vuelto el dictador se escandaliza por el mundo al que regresa —para suerte nuestra, pues pese a las infinitas calamidades que vivimos este mundo es mejor que el que él dejó—, imagino que a Virginia Woolf le ocurriría algo parecido. Mucho se ha transformado desde que escribió Un cuarto propio, y, sin embargo, permanecen vestigios —algunos más grandes que otros—de la sociedad que a ella le tocó vivir: aun es difícil, por ejemplo, que una mujer tenga su cuarto propio para dedicarse a hacer lo que le gusta. Como punto final, celebro que Tamara nos haya traído nuevamente la idea, que también tuvo Steiner, de que un «clásico» de la literatura, de la música, de las artes o de la filosofía, es una forma que nos «lee», más de lo que nosotros la leemos o percibimos. Y eso para nosotros es una ganancia, pues se nos abre todo un mundo por delante.

lunes, 18 de agosto de 2025

Sobre la reelección

 

El pasado 31 de julio, mientras los diputados aprobaban las reformas a la Constitución, iba en un Uber rumbo a casa de un amigo. Seguía la plenaria en mi celular.

—¿Usted sabe qué están aprobando los diputados ahora mismo? —pregunté al conductor, un muchacho bastante más joven que yo.
—No.
—La reelección indefinida —le dije—. Ahora Bukele podrá reelegirse cuantas veces quiera; lo tendremos para rato. ¿Cómo lo ve? Si mañana fueran las elecciones, ¿usted votaría por él?
—Mire, sí, lo votaría… porque no hay nadie más. Pero eso de la reelección, como dicen, ya suena a dictadura. No creo que sea bueno. Yo le daría dos períodos más; después debería cederle el privilegio a uno de sus hermanos… dicen que tiene varios.

Ni la aprobación de la reelección ni su respuesta me sorprendieron. Sobre lo primero, lo único que ignorábamos era la fecha exacta. En el manual del caudillismo latinoamericano, las jugadas son viejas y previsibles. Desde el Tirano Banderas, sabemos que todos los tiranos se parecen, aunque varíen los ropajes de sus regímenes.

De la respuesta del joven, en cambio, sí podemos extraer lecciones. Resume lo que los politólogos llaman malestar con la democracia. “No hay nadie más” es un diagnóstico que escuchamos desde hace años, pero revela una concepción de la política como un mercado: elegimos al mejor de una lista, le delegamos nuestro poder y pronto descubrimos que este ya no nos pertenece, sino que queda atrapado en las redes que hicieron posible su ascenso. Como advertía Octavio Paz, la democracia no se agota en el voto; es también el ejercicio de la libertad para elegir y ser elegido en condiciones reales de igualdad, pero esta última parte nunca ocurre.

Además, ¿dejará Bukele y su círculo que surja ese “alguien más”? Como dijo Carlos Dada, Bukele no solo no quiere dejar el poder: ya no puede. Y que alguien, hoy en El Salvador —y deben de ser muchísimos—, vea posible ceder la presidencia a un hermano como quien pasa una botella de refresco, es la derrota más cruda del anhelo democrático.

—¿Y por qué lo votarías a él o a uno de sus hermanos? ¿Crees que el país está mejor que antes? —insistí.
El joven, detenido en un semáforo, se quitó la gorra y me mostró dos cicatrices.
—Viví en Apopa mucho tiempo. Los muchachos me verguearon dos veces; las dos terminé en el hospital. Como dicen, siempre se puede mejorar, pero ahora que uno puede andar en las calles tranquilo, ¡ey!, eso no se puede negar.

Ese es el ancla del bukelismo: la desarticulación de las pandillas. Como hecho social, abre un resquicio para imaginar otro país; como política pública, está llena de fragilidades y excesos. Cuando encarcelar pandilleros ya no alcance para ofrecer mejores salarios, educación o vivienda, el respaldo popular buscará otros rumbos.

Pero, como se le atribuye decir a Bernard Shaw, lo único que aprendemos de la experiencia es que no se aprende nada de la experiencia. No es solo que los proyectos dictatoriales hayan fracasado antes aquí; están fracasando hoy en otros lugares. Creer que un autócrata se irá solo cuando “el pueblo lo decida” es un espejismo. En un país sin cambios estructurales a la vista, el descontento llegará… y enfrente habrá un gobernante que, sin la silla presidencial, tendría demasiado que perder, volviéndolo más peligroso de lo que sus seguidores ahora suponen.

miércoles, 30 de julio de 2025

Una vivienda propia

 

Llevo algunos días viendo entrevistas grabadas en los primeros años de la posguerra. Entrevistas a hombres y mujeres que, al final del conflicto armado, rondaban los treinta, acaso treinta y cinco años. Muchos regresaban del exilio; otros trataban de recomponer sus vidas entre las ruinas de una paz reciente. Artistas, médicos, ingenieros, filósofos: poco importaba la profesión. Todos compartían un privilegio que a quienes hoy rozamos esa misma edad nos resulta cada vez más lejano, casi exótico: una vivienda propia.

No pretendo generalizar. Pero háganse el ejercicio. En esas entrevistas, a menudo aparecen en su casa. No importa si fue heredada o comprada; lo que cuenta es que ya tenían un lugar que podían llamar suyo. Un techo, un espacio íntimo. Hoy, en cambio, las entrevistas suelen ocurrir en cafés, en plazas, en escenarios prestados. Tal vez se deba a una estética, a una convención visual o a una mera comodidad. Pero no deja de ser sintomático: nos cuesta más tener un lugar propio, y no siempre lo decimos en voz alta.

Sé que hay una infinidad de razones para explicar esta diferencia generacional. Tampoco pretendo descubrir el fuego. Que a nuestra generación le cuesta cada vez más adquirir una casa respecto a la de nuestros padres es un hecho. Pero me queda la sensación —incómoda, persistente— de que es un fenómeno que sentimos como algo injusto, incluso como una pérdida, pero al que no le hemos dedicado la reflexión estructural que merece.

Los economistas —y me incluyo— tendemos a explicar el fenómeno como una falla de mercado: cuando no hay competencia suficiente, los precios suben. En este caso, el gran ausente es el Estado. Sin políticas públicas para garantizar el derecho a una vivienda digna, sin límites a la especulación, el mercado impone sus propias reglas. Joan Robinson decía que muchos economistas se concentran en disertaciones elegantes sobre problemas menores, mientras evitan mirar de frente las realidades más desagradables. Y una de esas realidades es que hemos normalizado que un techo sea un privilegio y no un derecho.

Claro que eso es solo una parte del problema. La otra tiene que ver con una fractura más profunda: somos un país partido en dos. El llamado "boom inmobiliario" que vivimos no está pensado únicamente para los salvadoreños que habitan aquí, sino para esos tres millones que viven fuera. A veces lo olvidamos, pero un tercio de nuestra población reside en el extranjero, y sobre todo en Estados Unidos, donde una cuota mensual de 1,200 dólares no resulta impagable. Son casas diseñadas para ese otro mercado —el de la nostalgia, el del retorno imaginado—, que también tiene sus límites. Y cuando esos límites aparezcan, se desinflará la burbuja.

Hay muchas más aristas, difíciles de resumir en pocas líneas, pero una de ellas tiene que ver con las dinámicas del trabajo. Por ejemplo, no solo importa la estrechez de nuestro mercado en términos de compradores potenciales, sino la precariedad de nuestros ingresos. Y no basta con ver el salario nominal: hay que mirar las condiciones de empleabilidad. Los bancos frotan las manos si sos empleado público con plaza fija. Dudan si trabajás en la empresa privada: hoy estás, mañana no. Y ni hablar si sos freelance o trabajador independiente: tu signo es la volatilidad, sin importar que tus ingresos superen los de los otros dos. En esas condiciones, adquirir un crédito con buenos términos es solo un sueño.

Y no olvidemos que también hay transformaciones culturales en juego. Seguimos deseando una casa, sí, pero no necesariamente para vivir solos. Nuestras relaciones han cambiado: las parejas son menos estables, los hijos menos numerosos, los afectos más líquidos. Compartir casa con amigos ya no parece extravagante. A veces es incluso deseable: una forma distinta de vivir y resistir.

Una pareja de amigos compró hace unos años una casa en las afueras de la capital. Les pregunté cómo les estaba yendo en su nueva casa, qué sentían ahora que tenían un espacio propio, un punto de arranque para su nueva vida de casados. Sin mucha emoción me dijeron que más que una casa, lo que tenían era un lugar donde dormir. Se levantaban a las cuatro de la mañana para llegar a sus trabajos. Solían regresar a las 9 de la noche, porque evitaban el tráfico de vuelta. Alguna gente dirá que es una queja, que tener una casa también implica sacrificios, pero el punto es que ese sacrificio debería ser una excepción y no la norma. Después de todo, como dijo uno de los personajes de Muerte de un viajante de Arthur Miller: «trabajas durante toda la vida para pagar una casa, y cuando por fin es tuya no queda nadie para vivir en ella». 

La crisis de vivienda que atravesamos no es un accidente ni una anomalía: es la cristalización de un modelo social y económico que fracasó. La vivienda —ese lugar desde donde se planifica la vida— se ha convertido en un privilegio. La dificultad de conseguir una se convirtió en el signo de una generación – mi generación. En ella vemos los muchos males que arrastramos como sociedad. La falta, por ejemplo, de políticas públicas que pongan en su centro a la vida y no al lucro, o el profundo estancamiento salarial que vivimos, o el de nuestra condición perenne de ser migrantes.

Por eso dolió —y con razón— el escándalo de los créditos blandos otorgados a funcionarios para levantar sus mansiones. Fue una bofetada a la decencia. Una prueba flagrante del cinismo institucionalizado. Que no se nos olvide. Que no lo dejemos pasar.

lunes, 21 de julio de 2025

Glosas IX

 

Imagínese una mesa donde coincidan Trump, Milei, Bukele, Petro, Maduro y Ortega. Agréguele —aunque no lleguen a entenderse— a Putin y a Netanyahu. Una mesa de machos autócratas. Son líderes mundiales, algunos con un respaldo masivo. Hay otros de esta calaña. Se ganan la simpatía de los pueblos. La sociología lo explica como un «momento carismático»; la Escuela de Frankfurt lo teorizaba como la figura del hombre heroico, reducto del bonapartismo. Pero quizá sea más sencillo llamarlos, como lo hace Héctor Abad Faciolince: machos requetemachos.

 

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«Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano». La frase, atribuida a George Orwell, aparece citada en el último libro del ya mencionado Héctor Abad: Ahora y en la hora. El autor de El olvido que seremos vuelve sobre una experiencia que le cambió la vida. Durante una visita a Ucrania en julio de 2023, en la ciudad de Kramatorsk, un misil supersónico estalló en la pizzería donde cenaba con cuatro amigos. Todos salieron ilesos, excepto la escritora ucraniana Victoria Amélina. El libro habla de ese momento trágico, de las conexiones que Héctor forjó con Ucrania. También reflexiona sobre las agresiones imperiales, la cobardía, el azar, y la necesidad de mantenerse humanos en medio de la barbarie.

 

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Hay que ser bastante cínico para autodenominarse intelectual, como lo hacen ciertos personajillos que semana tras semana ensayan una defensa burda de su admirado Bukele. No solo carecen de un gramo de intelectualidad, sino que además son adalides declarados de la narrativa oficial. Están, por supuesto, en su derecho de creer y defender al gobierno. Pero que no nos vengan con cuentos. Muéstrense como son: plumas serviles al poder.

 

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«Qué maneras tan curiosas de recordar tiene uno», dice una canción de Silvio Rodríguez que recordé hace unos días, cuando fuimos con unos amigos a Búhos, el bar que ahora opera en la antigua casa donde funcionó La Luna Casa y Arte, epicentro artístico de la posguerra salvadoreña. Fue, como dije, algo curioso. Recordé La Luna como si hubiera sido un asiduo de sus noches efervescentes. Todo lo contrario: la visité a lo mucho cinco veces, y cuando abrió yo ni siquiera había nacido. Pero su irradiación estuvo presente en mi infancia y adolescencia. Supe por otros lo que ese lugar significó: la idea de un país distinto, un sitio donde cabía la imaginación desbordada. Fue casa de personas a quienes años después admiraría. No solo artistas, sino profesionales de todo tipo. No hubo otras lunas. El país imaginado dejó de existir hace mucho. Después de Búhos, caminamos por las inmediaciones de la Buenos Aires y la San Luis. Rememoramos otras épocas —no necesariamente mejores— y también a los amigos que ya no están.

 

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Sovereign me puso a pensar en los peligros del fanatismo ideológico. Junto a Civil War y The Order, podría formar una suerte de trilogía sobre la radicalización política en Estados Unidos —y también en el mundo. El protagonista predica un panfleto anarco-libertario donde el enemigo principal del individuo es el poder institucionalizado. Llámese gobierno, banca o escuela. Cree que la vida se resume en una serie de transacciones entre individuos. Obliga a su hijo a estudiar en casa, para evitarle las “mentiras” de los programas escolares. Asesora a familias por perder su casa, convenciéndolas de que nadie puede quitarles lo que han ganado con esfuerzo. No tiene licencia de conducir, porque no se debe a nadie. Hasta que la confrontación con la autoridad tiene un desenlace fatal. Como puede suceder en la vida real. Como ya sucede. Fanatismos contaminando nuestra convivencia.

 

viernes, 18 de julio de 2025

Disquisición sobre Nicolas Cage

Si hay un actor al que bien podría atribuírsele el dicho de que mejora con los años, acaso ese sea Nicolas Cage. Como otros contemporáneos suyos —pienso, de forma paradigmática, en Liam Neeson, convertido en súper agente especial, asesino despiadado y, en general, en cualquier cosa que se le ocurra a los productores—, Cage ha protagonizado en los últimos años una filmografía salpicada de cintas desechables. Pero, al menos para mí, a diferencia de los Neeson de nuestra época, no deja de asombrar su capacidad para reinventarse.

Sospecho que, hasta su retiro, Cage vivirá suspendido en ese movimiento pendular entre papeles irrelevantes y otros prodigiosos. No niego que buena parte de mi continuo asombro por sus actuaciones viene de muy atrás, pues dio vida a varios personajes que tengo grabados desde mi infancia y adolescencia: el terrorista Castor Troy (Face/Off), el ladrón de autos Memphis Raines (Gone in 60 Seconds), el traficante de armas Yuri Orlov (Lord of War), el sargento John McLoughlin (World Trade Center), el clarividente Cris Johnson (Next). No son, ni de lejos, sus mejores papeles ni las mejores películas en las que actuó, pero eran las que miraba en la programación de los domingos, o las que conseguíamos con mi padre a bajo precio en los puestos de DVD piratas.

Últimamente, sin embargo, la versatilidad de Cage ha alcanzado un punto de maduración evidente. Encarna personajes que ni siquiera son prototípicos, sino más bien alternativos, algo under, bastante singulares; muchos de ellos en películas de terror. Esta etapa —si es que podemos hablar de una fase coherente en su carrera— inicia con la lovecraftiana Color Out of Space, que es maravillosa. Le sigue Pig, una excelente antítesis y deformación creativa del modelo John Wick. Continúa con The Unbearable Weight of Massive Talent, donde interpreta una versión de sí mismo, y con una de las películas que, a mi parecer, ha capturado con gran siniestralidad las consecuencias de la fama —más aún hoy, en tiempos de viralización constante—: Dream Scenario. Este recorrido parece cristalizar en Longlegs, una película que, no obstante, se hunde en su propia premisa y no termina de despegar. Pero Cage, en los pocos minutos en los que aparece, deslumbra.

No la había visto —salió antes que Longlegs—, pero creo que The Surfer también merece un lugar entre las cintas del Cage renovado. A simple vista, parece que será una película de venganza, pero en realidad es un relato sobre el trauma, sobre las imposibilidades de llegar a ser lo que uno quiere. Cage interpreta a un hombre que regresa a una playa australiana que recuerda de su infancia, con la esperanza de recuperar su vida familiar y surfear con su hijo. Pero al llegar, se topa con una pandilla local que no permite que ningún forastero surfee en su territorio. Esta banda, en connivencia con los lugareños —incluida la policía—, lo somete a todo tipo de humillaciones hasta despojarlo de sus intenciones. Uno pensaría que, en algún momento, algo se le meterá a Cage y comenzará una masacre como venganza, pero no ocurre nada de eso. Y, aun así, el papel es formidable. Tiene múltiples facetas de la desgracia. Cage vuelve a lucirse en una interpretación más, sin que eso signifique, claro está, que mañana no pueda aparecer en una película terrible.

Mientras tanto, sigamos disfrutando de su talento descomunal. Como escribió el crítico David Ehrlich, Cage tiene la dosis necesaria de temeridad para incendiar la pantalla, aun y cuando la película nos decepcione. Y eso, en tiempos de fórmulas repetidas y automatismos actorales, no es poca cosa.


martes, 1 de julio de 2025

Vidas que alumbran

El pasado 30 de junio se presentó la biografía de María Isabel Rodríguez, mujer que está próxima a cumplir 103 años. Pionera en las investigaciones sobre fisiología vascular y una de las doctoras más reconocidas en el ámbito de la salud pública latinoamericana, fue también ministra de Salud y es, quizás, la mujer viva más emblemática del país. El libro se titula María Isabel Rodríguez, su vida, sus tiempos y recoge, con esmero, los múltiples rostros de una vida entregada al conocimiento y al servicio público.

Me acordé de la Dra. Rodríguez —como se la conoce con cariño— luego de leer dos libros sobre otras mujeres notables, quienes, a su manera, rompieron paradigmas y enfrentaron entornos hostiles, dominados por hombres de corbata incapaces de tolerar que una mujer pudiera ser mucho más que un ama de casa.

Nunca había oído hablar de María Moliner hasta que encontré un retrato suyo en la más reciente novela de Andrés Neuman, Hasta que empieza a brillar. Moliner fue una mujer extraordinaria: filóloga, bibliotecaria, madre de cuatro hijos y autora de una de las hazañas más quijotescas de la filología hispánica, el Diccionario de uso del español. Un compendio de más de ochenta mil entradas —palabras, locuciones y expresiones de uso real—, pensado y revisado enteramente por ella. Sí, una obra hecha por una sola persona que, según expertos y escritores —como Gabriel García Márquez—, fue y sigue siendo, en muchos sentidos, superior al diccionario de la Real Academia Española.

Neuman novela su vida, llena de adversidades y de momentos de genialidad absoluta. Moliner fue una madre abnegada, marcada por la ausencia de su padre —que se quedó a vivir en Buenos Aires—, fue acusada de comunista, y dejó una huella notable en su trabajo como bibliotecaria: escribió manuales mínimos para el cuidado de bibliotecas pequeñas y propuso una red nacional para conectarlas en toda España. Vivió las desdichas del franquismo y padeció, claro, el conservadurismo y el machismo de la Real Academia, que se negó a aceptarla entre sus miembros. Su legado, sin embargo, queda recobrado con sensibilidad por Andrés Neuman, un escritor al que siempre vuelvo. Él también practica una suerte de orfebrería verbal. Malabarista del lenguaje, nos invita a pensar la infancia como un «cuaderno con páginas arrancadas» y el jardín como nuestro «perímetro de confianza». Es autor de Barbarismos, un diccionario alternativo, y poseedor de un estilo aforístico que seduce. Moliner, estoy seguro, sonreiría al ver que uno de sus herederos en el amor por las palabras le dedica este homenaje.

La otra historia es la de Beatriz Sarlo, quien publicó póstumamente su autobiografía No entender, con un título fiel a ese inconformismo y escepticismo con que abordó casi toda idea que se cruzó en su camino. La vida de Sarlo fue muy distinta a la de Moliner. Para empezar, no tuvo hijos. Además, recibió desde muy temprano una educación elitista. Criada en una familia de clase media porteña, tuvo una formación trilingüe que pronto le permitió incursionar en lecturas fundamentales: James Joyce, Ezra Pound, Rimbaud, Stendhal. Nunca necesitó salir del país para entender otras culturas. De hecho, según ella misma confesó, nunca pudo pasar más de seis meses lejos de Buenos Aires —un caso similar al de Borges.

Si Moliner fue genialidad, Sarlo fue tenacidad. Con su estilo irónico y audaz, desafiaba el pensamiento dominante. Fundó y dirigió la revista Punto de Vista, faro intelectual durante la dictadura argentina, donde muchos pensadores de izquierda hallaron refugio discursivo. No temía sentarse a debatir en una mesa repleta de hombres: se aseguraba de que su voz contara. Militó en el marxismo y el maoísmo, y luego viró hacia una visión socialdemócrata. Le fascinaba pensar desde lo cotidiano: una conversación en el metro o la aparición de un nuevo artilugio tecnológico. Fue una entusiasta del jazz y de la arquitectura. Su pensamiento fue siempre disperso, expansivo. No se dejó encasillar jamás.

Celebré con emoción la aparición de la biografía de la Dra. Rodríguez, un proyecto que tardó demasiado en ver la luz. Es otra mujer ejemplar, cuya vida nos alumbra en estos días sombríos. Recuerdo que, durante la celebración de su centenario —a la que fui invitado por añadidura de mis padres—, la doctora brindó en un momento y dijo: “¡Por cien años más de vida y dedicación!”. No podrán serlo, pero su legado perdurará, como el de Moliner y Sarlo, y el de tantas, tantas más.

viernes, 20 de junio de 2025

El ogro ya está en casa

 

Decir que algo está podrido en nuestro país no es ninguna novedad, pero ¿qué tan podrido debe de estar para que, con cada vez más frecuencia, encontremos paralelismos entre nuestra realidad y diversas obras de ficción distópica o apocalíptica?

Miraba el otro día El Eternauta y no podía dejar de pensar que esos bichos alienígenas que parecen poseer a los seres humanos hasta doblegarlos por completo son una representación de los diversos aparatos mediáticos de nuestro gobierno, serviles al que detenta el poder absoluto. Claro: esto no solo ocurre en El Salvador. Tiene alcances globales. Tal vez por eso El Eternauta generó tanta conversación cuando se estrenó: porque, en cierta forma, nos habla de nuestro comportamiento como colectividad, bastante egoísta en momentos de zozobra, como lo fue la pandemia, como lo son las guerras actuales.

También me ha pasado leyendo la novela El cantar del profeta, de Paul Lynch, ganadora del premio Booker 2023. En este caso no hay exactamente un paralelismo, sino una especie de exacerbación de lo que ya estamos viviendo como país. La historia se sitúa en Irlanda, que ha sucumbido a un gobierno totalitario. No sabemos qué condujo a ese totalitarismo, pero sí lo que empieza a provocar —de forma paulatina— en una familia de clase profesional. Un día, el organismo de inteligencia del régimen desaparece al padre, un sindicalista del gremio de profesores. Su esposa, doctora en biología molecular, debe lidiar con la desaparición de su marido, el cuidado de su padre enfermo (con síntomas de demencia) y la crianza de sus cuatro hijos. A través de ella vemos cómo la maduración del régimen va contaminando todos los espacios de la sociedad hasta volverlos cascarones vacíos: censura en las escuelas, persecución de voces críticas, cierre de medios de comunicación, hostilidad en los lugares de trabajo.

No hay que pensar demasiado casi ninguna situación descrita por Lynch para caer en la cuenta de que mucho de lo que narra ya ocurrió aquí. El listado es amplio, y quien lea la novela sabrá identificarlos. Pero no he dejado de pensar en algunos momentos que no solo sé que el régimen de Bukele los ha propiciado, sino que han ocurrido in crescendo, casi tal como son representados en la novela.

Al inicio, el régimen totalitario impone un régimen de excepción (¿suena?). Luego, los noticieros van enturbiando la realidad como si fuera agua: repiten que una cosa es otra, insisten hasta que la gente lo acepta como verdad (¿suena?). Cuando comienzan los atropellos físicos, alguien se pregunta: ¿por qué se les permite hacer lo que hacen?, ¿por qué nadie grita que paren? (¿suena?). Las persecuciones se intensifican: se llevan a médicos, profesores, periodistas. Alguien dice: «Se supone que el Estado tiene que dejarte en paz, no entrar en tu casa como un ogro, coger a un padre de un zarpazo y devorarlo» (¿suena?). También están los cómplices del régimen. No hay régimen sin encubridores, a quienes podemos saludar en la calle con una sonrisa, pero sobre los que yace, detrás, “la sombra del Estado” (¿suena?).

Si hay un logro importante en la novela de Lynch, es cómo nos va descubriendo poco a poco que los regímenes totalitarios se infiltran en nuestras vidas. Con el tiempo, ni siquiera nuestro grupo familiar estará a salvo y se tendrá que actuar. Los casos en el país son abundantes. Sabemos que el régimen no solo se ha encargado de encarcelar a inocentes, tener presos políticos, acosar a periodistas y voces críticas, sino que ya hay muertos en las cárceles en situaciones sospechosas, espionaje, intimidación activa. La pregunta es: ¿cuándo nos va a tocar a nosotros y qué estaremos dispuestos a hacer?

lunes, 9 de junio de 2025

Memoria y advertencia desde “Calle Londres 38”

 

Llegué a Calle Londres 38 gracias a la recomendación de Juan Gabriel Vásquez, quien, de tanto en tanto, se convierte en una especie de brújula en su columna de El País, orientándonos hacia los libros que nos conciernen, o que al menos deberían interesarnos. No dudé en buscarlo para adentrarme en uno de los episodios que marcó un antes y un después en el derecho penal internacional: la captura en Londres de Augusto Pinochet por crímenes de lesa humanidad y su posterior desenlace judicial.

Quisiera decir que no, que no se trata de un libro que hoy nos hable a los salvadoreños. Pero tiene tantos vasos comunicantes con nuestra gris realidad política que resulta imposible no contrastarla con lo que el libro narra. Por eso quiero compartir algunas impresiones sobre este pertinente y necesario relato.

Su autor es Philippe Sands, abogado experto en derecho internacional y también escritor de Calle Este-Oeste y Ruta de Escape, dos libros que, según él, conforman junto a Calle Londres 38 una trilogía. En estos textos, Sands entrelaza hechos y personajes históricos con pasajes de su vida personal y profesional, intentando descubrir conexiones —como suele hacerlo la mejor literatura—entre lo íntimo y lo colectivo.

Calle Londres 38 es un gran logro en ese sentido. Sands formó parte del proceso judicial que llevó a Pinochet ante los tribunales británicos y fue testigo de primera mano —junto con algunos de sus amigos más cercanos— de aquellas deliberaciones que sentaron un precedente para enjuiciar a exjefes de Estado por crímenes de lesa humanidad. El relato de su participación en el juicio, y las razones que condujeron a Pinochet a enfrentar a la justicia —para luego salir, lamentablemente, libre— se entrelaza con una minuciosa investigación sobre un personaje temible: el nazi Walther Rauff.

Rauff, ya presente en otros libros del autor, también aparece en obras como Nocturno de Chile de Roberto Bolaño y En la Patagonia de Bruce Chatwin. Fue un oficial de las SS, ingeniero, espía y empresario. Participó en el desarrollo de las llamadas “furgonetas de gas” (camiones cerrados donde se introducían gases tóxicos), siendo responsable directo de la muerte de al menos 100,000 personas —aunque algunas estimaciones lo responsabilizan de hasta 250,000. Tras la Segunda Guerra Mundial, escapó a Sudamérica, residiendo en varios países hasta establecerse definitivamente en Punta Arenas, Chile. En los años 60, la República Federal de Alemania solicitó su extradición, pero la Corte Suprema chilena la rechazó. Más tarde, durante la dictadura iniciada en 1973, fue protegido por el régimen de Pinochet.

Decir que fue protegido es quedarse corto. Lo que Philippe Sands documenta con una impresionante cantidad de referencias es que Rauff mantuvo una relación cercana con Pinochet al menos desde la década de 1950, cuando coincidieron en una misión militar en Quito. Años después, no solo fue amparado por el régimen, sino que habría participado activamente en su sistema represivo. Aunque no existen pruebas documentales concluyentes, Sands entrevista a decenas de testigos que lo vinculan con funciones estratégicas: desde haber sido el arquitecto del campo de concentración en Isla Dawson hasta el diseño de sistemas de traslado y desaparición de prisioneros políticos en cámaras frigoríficas. Sobrevivientes del centro de detención de Londres 38 reconocen, de forma inequívoca, su voz y su presencia gélida.

Por supuesto, lo que une a Pinochet y a Rauff —además de su historial criminal— es que ambos murieron sin haber sido condenados por sus crímenes. Sands los retrata como dos hombres que alguna vez fueron poderosos, pero que luego vivieron bajo el temor persistente de rendir cuentas. Nos recuerda, dolorosamente, que quienes hoy abusan de su cuota de poder, encarcelan sin pruebas o se enriquecen a costa del Estado, también enfrentarán su hora. El poder, lo sabemos, enceguece; pero también sabemos que no es eterno. Siempre termina.

Con Calle Londres 38, Sands nos advierte que la inmunidad no es sinónimo de impunidad perpetua. A los dictadores y a los nazis les llega su hora. A sus aprendices también. Que no se nos olvide. Solo esperemos que quienes sufrimos las consecuencias tengamos aún tiempo de ver que se haga justicia.

 


jueves, 22 de mayo de 2025

Consecuencias del tecnocapitalismo

 

Los episodios de la séptima temporada de Black Mirror han recobrado la esencia con la que esta serie inició: mostrarnos los peligros de introducir la tecnología en nuestra vida cotidiana. No porque la tecnología sea mala en sí, sino porque está embebida con nuestros defectos, pasiones y fragilidades humanas.

Del repertorio de capítulos, tengo mis favoritos y otros que me aburrieron y ni siquiera terminé. Los mejores —al menos para mí— son aquellos donde la distopía se siente más cercana, más posible. Los que nos hacen pensar: “esto podría pasar en dos o tres años”. Los que inquietan no por lo fantástico, sino por lo familiar.

Es el caso —del que para mí es el mejor— de Common People, el capítulo que inaugura la temporada. Nos presenta una tecnología médica ficticia que permite extirpar tumores cerebrales y reemplazar parte del cerebro con un dispositivo conectado a la red. Suena esperanzador: una segunda oportunidad para personas condenadas. Pero la tecnología, como todo en el mundo actual, viene con condiciones. Requiere cobertura, actualizaciones, pagos mensuales. La pareja que lo compra empieza a desvivirse para pagar el servicio, que además comienza a quedarse obsoleto. La versión económica reduce la autonomía de la receptora, la hace dormir más, limita sus movimientos a una zona geográfica... y, en situaciones específicas, la obliga a pronunciar anuncios publicitarios.  Todo ello hace que la pareja viva un verdadero infierno y termine por resignarse a lo que, naturalmente, era inexorable: la muerte.

Igual de impactante me resultó Eulogy, con Paul Giamatti en el papel de un hombre que recibe una llamada inesperada: ha muerto una mujer a la que amó en su juventud, y le piden colaborar para almacenar sus recuerdos. Para eso existe una tecnología que permite “entrar” en fotografías, habitarlas como si uno estuviera allí. Solo pensar en esa posibilidad le pone a uno los pelos de punta y, creo yo, despierta un profundo deseo de que esa tecnología exista. Es un arma de doble filo, claro, pues no todas las fotografías capturan momentos felices. El viaje al pasado puede también producir sus propios monstruos.

Los demás episodios me parecieron irregulares, pero siguen apuntando en la misma dirección: mostrarnos las consecuencias del tecnocapitalismo en su forma más cotidiana. Black Mirror nunca ha sido realmente sobre el futuro, sino sobre lo que ya estamos viviendo. Sobre cómo nuestras emociones, nuestros vacíos y nuestras ansias de control terminan moldeando las herramientas que creamos, hasta que se vuelven indistinguibles de nuestras propias pesadillas.

martes, 13 de mayo de 2025

Sobre "El loco de Dios en el fin del mundo", de Javier Cercas

 

Comentar a estas alturas El loco de Dios en el fin del mundo, el nuevo libro de Javier Cercas, puede parecer un gesto oportunista. No ha pasado mucho desde la muerte de Jorge Bergoglio —el papa Francisco— y es probable que este suceso haya impulsado las ventas del libro y multiplicado las reseñas en las revistas dominicales. Pero Cercas ha logrado algo más que un pertinente retrato. Ha trazado una caracterización del hombre, Bergoglio, y del pontífice, Francisco, ahondando en su complejidad, sus contradicciones, su personalidad huidiza —como debe hacerlo todo buen libro que intente explicar a alguien, o a algo, en este caso al cristianismo, a través de su líder. El resultado es una obra estupenda, que acompaña con lucidez a los obituarios y las despedidas.

Lo cierto es que, sin proponérmelo, empecé a leer el libro poco antes de la muerte del papa y lo terminé durante las cinco horas que me tomó viajar de San Salvador a California. Sus páginas se devoran como si fueran parte de una novela policial: está construida con sus artificios, tiene suspenso, personajes rocambolescos, un enigma que se va revelando poco a poco —y uno debe llegar hasta el final para develarlo por completo. Está salpicada de humor, ironía y mucha inteligencia.

Quien esté familiarizado con la literatura de Cercas reconocerá en este libro resonancias de muchos de sus anteriores: Soldados de Salamina, El impostor, Anatomía de un instante, El monarca de las sombras. En todos ellos, como aquí, Cercas parte de una premisa: «la novela no es el género de las respuestas, sino el de las preguntas». A lo largo de quinientas páginas, explora la pregunta central del cristianismo —si existe o no la resurrección de la carne y la vida eterna—, aprovechando una oportunidad única que le fue concedida: escribir un libro sobre el papa.

Para buscar esa respuesta, el autor de La velocidad de la luz acompaña al papa Francisco en un viaje a Mongolia, un país que se convierte, a su manera, en personaje del libro. Allí descubre el tipo de Iglesia que Francisco predica: una Iglesia desde y para la periferia, donde los misioneros —los soldados de Bergoglio— tienen un papel medular. Entrevista a personas muy cercanas al pontífice, religiosos profundamente comprometidos con el mensaje del papa argentino, y se adentra en su pensamiento a través de conceptos que definen su papado: «sinodalidad», «discernimiento», «anticlericalismo», «periferia».

Una de las intrigas principales del libro es la propia entrevista que Cercas logra con Francisco. ¿Quién, si no él, tiene la autoridad para hablar de la vida eterna y de la resurrección de la carne? Cercas lo entrevista y le formula, al fin, la pregunta que atraviesa el libro. La respuesta no la comparte con el lector directamente, sino con su madre —y es en ese gesto donde se resuelve, de forma conmovedora, el enigma central.

(Pues, en realidad, este es un libro que Javier Cercas también escribió para su madre viuda. Un libro para llevarle la respuesta que le dio al papa a esa pregunta fundamental, si —una vez muerta— ella se encontraría con su difunto esposo).

Ateo como Cercas, esta lectura no me hizo ni más ni menos creyente. Pero me reconectó con episodios decisivos de mi vida: la conmoción de leer San Manuel Bueno, mártir de Unamuno, mi formación jesuita, los debates escolares sobre la Teología de la Liberación y la Teología del Pueblo, y aquellas jornadas universitarias donde discutíamos si el marxismo y el cristianismo eran opuestos o, por el contrario, complementarios.

Al final, Cercas nos recuerda que no se escribe para responder, sino para no estar solos frente a la pregunta. Porque, en el fondo, incluso los incrédulos tenemos alguien a quien nos gustaría volver a ver.

miércoles, 23 de abril de 2025

Sobre "La mujer incierta", de Piedad Bonnett

 

Del título del libro autobiográfico de Piedad Bonnett, La mujer incierta, tomo una distancia a medias. Primero, porque —al menos eso creo— no he sido, ni soy, ni seré una mujer. Pero sí me reconozco plenamente en la incerteza: en ese estar siempre al borde de una situación, carcomido por la duda, por la indecisión. A veces, incluso, en asuntos triviales: elegir una película, un destino turístico, el color de una camisa.

El libro es autobiográfico, pero no es una autobiografía al uso. Bonnett escoge temas —la maternidad, la familia, la docencia, la escritura, la muerte, las clases sociales, la amistad, la enfermedad— y los entrelaza con episodios de su vida. Aunque hay uno que quizá atraviesa todos los demás: el cuerpo.

No es la primera vez que se adentra en este territorio. Ya lo había hecho en Lo que no tiene nombre, un relato tan hermoso como doloroso sobre el suicidio de su hijo menor, quien padecía esquizofrenia.

Creo haber crecido en un contexto social muy parecido al de Piedad, por eso sus temas me resultan tan cercanos. Me reconozco en sus recuerdos de infancia, cuidados por trabajadoras domésticas —algunas tan jóvenes que bien pudieron ser hermanas mayores. Me resultan familiares también sus remilgos, sus contradicciones, las tensiones de haber crecido y luego formado una familia dentro de un molde tradicional, burgués, a veces demasiado convencional, pero útil para sostener cierto confort desde el cual pudo ejercer como docente y escritora.

Es extraño, pero por momentos sentía que algunos párrafos de Bonnett podrían haber sido escritos por mi madre. Hay una afinidad en la sensibilidad, sobre todo en los pasajes dedicados a la universidad. Y también en las quejas: como esa advertencia, tomada de Natalia Ginzburg, de que las universidades están repletas de charlatanes, embaucadores, vendedores de «ideas artificiosas» —especialmente si son hombres.

Natalia Ginzburg, Siri Hustvedt, Oliver Sacks, Rosa Montero: son nombres que atraviesan las páginas de La mujer incierta y que ayudaron a forjar su tono confesional y reflexivo.

Una de las definiciones del arte citadas en el libro, tomada de Deleuze, quizá sirva para explicar lo que me produjo su lectura: «una percepción ampliada». A pesar de la brecha generacional que me separa de la autora de Donde nadie me espere, no veo por qué este libro no habría de interpelarnos de múltiples maneras a quienes somos más jóvenes. Creo que lo esencial es eso: nos enseña —desde una mirada íntima, pero lúcida— a valorar los fragmentos que componen una vida. Esos que, al final, nos acaban definiendo.

 

lunes, 21 de abril de 2025

Adiós al último del boom

Tengo la impresión de que todos guardamos en la memoria algún momento marcado por la lectura de una novela de Mario Vargas Llosa. El mío ocurrió la primera vez que lo leí. Corría el año 2011; yo tenía diecisiete años. Un año antes le habían otorgado el Premio Nobel y, como efecto inmediato, la casa de mis padres comenzó a llenarse de libros del autor peruano.

En medio de un temporal —con las clases suspendidas y el mundo afuera en alerta amarilla— me entregué a La ciudad y los perros. La impresión que me dejó esa lectura aún perdura. Aunque el universo castrense que retrata —con su brutalidad, su jerarquía implacable y su machismo exacerbado— me resultaba ajeno, no así la intensa camaradería, las lealtades tácitas y las complicidades que tejían sus personajes. Tal vez solo The Grapes of Wrath, de Steinbeck, me ha tocado con una profundidad comparable.

Después vinieron otras, leídas en desorden, como suelo hacerlo: La fiesta del chivo, Pantaleón y las visitadoras, El pez en el agua, Conversación en La Catedral, ¿Quién mató a Palomino Molero?... y la que, sin duda, es para mí su obra más entrañable: La guerra del fin del mundo. En esa novela encontré la descripción más poderosa que haya leído sobre el fanatismo, sobre cómo las ideas pueden transformarse en carne y pólvora, en guerras y absolutos. Ahí están, también, los límites —y los peligros— de las revoluciones.

Tampoco se queda atrás el Vargas Llosa ensayista, el pensador. Yo lo leí ya convertido en un liberal convencido y contumaz, con ideas apasionadas —y, a mi juicio, tristemente equivocadas— sobre las virtudes del libre mercado. Con frecuencia disentía de sus postulados, pero aun así lo leía con avidez. Nunca me perdía su columna quincenal, Piedra de toque, donde a veces encontraba afirmaciones certeras, iluminadoras, y casi siempre esa coherencia férrea que lo caracterizaba.

El último libro suyo que leí, La llamada de la tribu, ilustra bien sus principales fuentes intelectuales. Fue su intento de trazar un recorrido personal por el liberalismo que tanto defendía, en un estilo que evocaba el de Edmund Wilson en Hacia la estación de Finlandia, un libro que no se cansaba de recomendar.

De los autores del boom latinoamericano, Vargas Llosa fue siempre con quien más afinidad sentí como lector. Recuerdo uno de sus últimos relatos, Los vientos, donde el narrador es un octogenario disminuido físicamente —se tira gases sin darse cuenta— y con evidentes problemas de memoria. El cuento está escrito con repeticiones, con vacíos, justo como alguien que ya no recuerda con claridad lo que cuenta. Nunca dejó de buscar nuevas formas de narrar, de afinar la técnica según lo exigiera la historia que tuviera entre manos.

Nos dejó mucho. Sus libros nos sobrevivirán.

Que en paz descanses, Sartrecillo valiente.


martes, 25 de febrero de 2025

Flow o el gen cooperativo

 

Vi Flow. La película del animador letón Gints Zilbalodis admite múltiples interpretaciones que nos interpelarán por años—o al menos deberían. Entre la fábula y el viaje onírico, nos recuerda que la cooperación es nuestra mejor defensa contra la catástrofe. Probablemente sea una de las mejores representaciones de lo que el neurobiólogo Joachim Bauer llamó el «gen cooperativo», la idea según la cual «todos los sistemas vivos se caracterizan por la cooperación permanente y la comunicación molecular, hacia adentro y hacia fuera».

Por eso, me resultó imposible desvincular la película de nuestra época, marcada por pandemias, guerras y fenómenos extremos derivados del cambio climático. Un tiempo en el que, si no aprendemos a escuchar nuestra naturaleza cooperativa—y a actuar en consecuencia—, deberíamos empezar a prepararnos para que los cataclismos venideros nos exterminen.

La cinta también me recordó uno de los mejores cuentos de Alejo Carpentier, Los advertidos, donde se imagina un diluvio planetario que reúne, en distintas embarcaciones, a seres humanos de diversos continentes. Pero lejos de ser un encuentro amistoso, la historia de Carpentier desemboca en un desenlace fatal. En Flow, donde también ocurre un diluvio, no sucede lo mismo. Tal vez porque sus protagonistas no son humanos, sino animales. Y sus diferencias se dirimen en términos de sobrevivir o perecer, más o menos como ocurre con nosotros hoy, sin importar si votamos a Trump o a Lula, si vamos a la iglesia o si creemos que la Tierra es plana.

Algo nos une: la necesidad de sobrevivir. Para ello, más nos vale cooperar y no sucumbir a las seducciones individualistas del tecnocapitalismo.

miércoles, 12 de febrero de 2025

Sobre "La mala costumbre", de Alana S. Portero

 

Lo más fácil es encasillar. Nos da una orientación, nos permite identificarnos con algo o alguien. Pero casi siempre aburre, nos hace menos creativos, clasificar —cada vez más— es pensar desde lugares comunes.

Le pasó a la escritora española Alana S. Portero con la publicación de su primera y elogiada novela, La mala costumbre (Seix Barral, 2023), leída casi en todos lados como un manifiesto trans, como un panfleto sobre el sufrimiento travesti, como una novela más de quienes escriben desde los márgenes y las disidencias. Aunque quien la lea no se sorprenderá con que la clasifiquen como tal, lo cierto es que La mala costumbre es eso, pero también mucho más.

Habla de lo que a cualquier adulto vivo le pasó: nacer, vivir la infancia, cruzar la adolescencia, llegar a ser “grande”, es decir, vivir hasta una edad en la que llevamos a cuestas un cúmulo de alegrías, sufrimientos e inseguridades. Eso que llaman «experiencia».

Me decía el otro día mientras la leía que esta es una novela, como muchas otras, que intenta responder a la repetida pregunta de quiénes somos. Y en esa búsqueda aparecen fantasmas que son únicos de cada persona, pero también otros compartidos que nos hermanan de formas extrañas.

En La mala costumbre, la narradora nos cuenta sobre sus presencias fantasmales: haber crecido en un barrio obrero de Madrid, no sentirse cómoda con su cuerpo y su sexualidad, ser súper fan de Morrissey y The Smiths, y rodearse de niños-ángeles, hombres-dragón y mujeres-nigrománticas. Esas cosas que a uno le pueden parecer ajenas, y que, no obstante, es imposible no conmoverse e inquietarse por la voz única que las cuenta. Esa voz que nos dice que en su barrio las madres «no abrazaban a sus hijos muertos como las vírgenes en las piedades renacentistas. Lo hacían volcadas sobre los cuerpos, a gritos, despeinadas, con los ojos hinchados y babeando». La voz que describe a uno de los personajes como el que «olía a flores muertas abandonadas en un cajón». La voz melancólica que no oculta una pena: «todas las niñas trans crecemos solas». También la voz que prefigura un destino: «la comunidad había tejido algo hermoso con las sombras a las que había sido condenada». Y la voz también que enuncia la rabia con esos hombres que salían de sus casas como poseídos por «demonios de la sevicia».

La mala costumbre no es, como he leído en algunas críticas, solo un libro sobre la identidad, sino también sobre la memoria, esa otra condena inevitable. La memoria que transforma las heridas en historias, las ausencias en espectros, los silencios en gritos. La que nos recuerda que, por más que nos empeñemos en clasificar, lo vivido siempre desborda los márgenes. Y en ese desborde, en ese caos íntimo, se encuentra lo verdaderamente humano.

Glosas VIII

 

Esta mañana tomé un Uber para ir al trabajo. Por lo general, intento platicar con el conductor durante el viaje. Me sirve: los Uber son, muy a menudo, como señales del clima emocional de la ciudad. Hoy, sin embargo, no lo hice. Iba leyendo y no me apetecía iniciar una conversación. Pero no pude: me distrajo el programa de radio que iba escuchando el conductor. El programa consistía en pasar una o dos canciones que pedía su público y en el intermedio hablaban de cualquier cosa. Supongo que estaba dirigido a millenials por los temas que sonaron: algo de Panda, algo de David Guetta. Pero quise entender qué hilo dirigía sus pláticas y no pude. Pasaron hablando, cerca de media hora, sobre novios y novias imaginarias. ¿Habrá sido la materia del día? Una locutora confesó que su novio imaginario es Jason Momoa. Supongo que a eso le llamarán entretenimiento. O humor. O ingenio. No lo tengo claro. A veces nos quejamos demasiado de YouTube y Tik Tok y los influencers y su contenido desechable. ¿Y la radio? Me alarmó. Digo, si pasamos —en promedio— dos horas en tráfico escuchando hablar a tres personas sobre sus novios y novias imaginarias, ¿no es también una continuación del brain rot, o podredumbre mental, eso que la Oxford University Press nombró palabra del año 2024?

 

*

 

Pasarelas. De lunes a viernes, durante la hora del almuerzo, me cruzo una calle de dos carriles. La calle tiene varios pasos de cebra, lo cual debería ser suficiente para cruzar a la otra acera sin ningún problema. Pero no. Para solucionar esto, a alguien se le ocurrió hacer una pasarela. «Construye una», habrán dicho. «Esta calle es muy transitada». Entonces yo hago lo que supongo correcto: perder unos cuantos minutos para ir a la pasarela y cruzar. Pero tampoco. Las pasarelas son el símbolo de la irrelevancia del peatón. La lógica es irrefutable: si los autos no paran, que los transeúntes pasen por encima. Asunto arreglado: ni el señor que va a toda prisa en coche tiene que detenerse, ni el peatón corre el riesgo de morir atropellado. Después, claro, vienen otros asuntos. ¿Qué tiene que hacer la persona en silla de ruedas? ¿Y el no vidente? ¿Y los que también van apresurados y tienen que caminar dos o tres cuadras para buscar la susodicha pasarela? En eso, también, se condensa la victoria de lo que André Gorz llamó la ideología social del automóvil.

*

 

Una de estas tardes estaba por finalizar un informe. La maña, pese al transcurso de los años, no se me quita: suelo dejar la redacción de esos informes hasta último momento. Termino enviándolo, vía correo, a los diez minutos antes de cumplir la fecha y hora acordada, o a veces incluso más, sobre la hora, o unos minutos después, con la manida disculpa: «lamento la demora, adjunto encontrará el informe solicitado». Postergué el informe porque no podía pensar sino en la novela que acababa de terminar la noche antes, La luz difícil, sexta novela del escritor Tomás González, y la que lo convirtió en un escritor reconocido. La novela es asombrosa; está escrita, como en las mejores, con una voz que nos suena al mismo tiempo familiar y única. El narrador es un septuagenario pintor que está perdiendo la vista. Y nos relata sus días de vejez mientras también escribe sus recuerdos de cuando su hijo Jacobo puso fin a su vida vía la eutanasia. González construye un notable artificio, pues la novela parece autobiográfica por la intimidad que genera. Tiene oraciones que no parecen inventadas, sino sentidas.

«El infortunio es siempre como el viento: natural, impredecible, fácil…».

«La verdad no existe, además, y el mundo es sólo música».

«Un mundo sin aflicción, pensé, estaría tan incompleto y sería tan poco armonioso, tan feo, como una escultura o un árbol que no tuviera sombra».

«En este momento, a pesar de los hechos que voy escribiendo, o tal vez por eso mismo, veo que tiendo a divertirme. La verdad es que ha pasado mucho tiempo desde aquello, diecinueve años, y la pena en mi corazón solo en ciertos instantes se hace tan punzante como fue entonces; las llamas y el agobio, sólo por momentos, tan asfixiantes como en esos días. Todavía me abruma lo ocurrido, por supuesto, y me hace fumar y acostarme a dormir un poco, pues fue duro, pero la alegría aflora siempre, o casi siempre, como trozo de madera en el agua, no importa lo profundo del horror de lo vivido».

Y entonces nos damos cuenta de que no: Tomás González escribió la novela de sesenta años, nunca tuvo un hijo al que se le practicara la eutanasia y el relato triste, conmovedor, por momentos gracioso, es nada más que ficción; es decir, lo más auténtico: literatura.

*

 

Una de estas noches soñé con Bukele. No me había pasado, tampoco lo he querido. Contrario a lo que hubiera creído, en mi sueño no quería asesinarlo, ni torturarlo, ni desearle algún mal menor. En mi sueño, yo iba en mi auto camino a casa de mis padres. Entonces lo vi por una cuesta empinada, caminando como cualquier otro, usando gafas oscuras y una gorra para atrás.  Me paré a la par suya y le ofrecí aventón. No hablamos (vaya suerte, qué le hubiera dicho, qué me hubiera dicho a mí), solo subí esa cuesta y doblé para entrar a una colonia y dejarlo en su destino. De pronto, el lugar al que llegué con el señor presidente empezó a derruirse, las paredes de las casas se desvencijaban, los techos se desvanecían, las plantas y los árboles se marchitaban. El lugar se moría. Al despertar, entonces, entendí: ese lugar donde lo dejé era nuestro país.

 

 

*

Leo, en un intercambio epistolar, que una reconocida escritora mexicana confiesa que no puede recordar más rostros. La otra escritora, argentina, le dice: «Me gusta eso que dijiste de que tu cerebro probablemente ya no registre más rostros, después de haber visto tantos. ¿No te parece curiosísimo que todos los días de nuestras vidas veamos caras distintas? ¿No te parece extraordinario que existan infinitas combinaciones de ojos narices bocas? Como alias bancarios o patentes vehiculares». Las escritoras son Jazmina Barrera y Camila Fabbri, pero eso no viene al caso para lo que voy a contar. El día de hoy vi un rostro de los cientos nuevos que vemos al día, pero este no lo voy a olvidar. Seguro que no. Almorzaba en un restaurante de comida mexicana. Fue un buen almuerzo: sopa de res, carne suave, bastante verdura, toque de limón. A un costado, dos hombres también almorzaban. Uno de ellos tenía la mitad de la cara cubierta por una gasa blanca. Disimuladamente, alcancé a verlo mejor. Parecía como si la mitad de la cara se le hubiera hundido, o como si no existiera más tejido en esa parte, algo así —pensé— como el rostro de Gus Fring luego de ser explotado por Héctor Salamanca. La mitad de su rostro era un hueco negro —o así parecía—, sin ojo, sin mejilla, sin boca, sin dientes. Justo a la mitad.

 

*

 

No me extraña que, en su última columna, Federico Hernández Aguilar escriba un obituario destacando solo la faceta reprochable de Mauricio Funes. El autor de Síndrome de pulso mantuvo varios desacuerdos durante la gestión del expresidente, quien por cierto se refería a él despectivamente como «el poeta». Las antipatías vienen de tiempo atrás. Federico Hernández siempre ha estado en contra de que el Estado tenga un rol más activo en las esferas económicas. Ese fue su principal móvil de enfrentamientos con el primer gobierno del FMLN, el cual, aun sin ser progresista, no sucumbió a administrar la cosa pública para favorecer a los intereses empresariales. Eso, claro, FHA no lo dice, sino que solo sostiene que Funes «jamás entendió...cómo funcionaba la economía», sin mencionar una sola razón de por qué afirma tal cosa. Su apreciación crítica cae en el lugar común de la crítica sin crítica, esa posición oportunista que Caparrós llama «honestismo», y que consiste en la idea de que la corrupción y la desfachatez de los políticos es la causa de todos nuestros males. Es una posición cómoda porque permite calificar rápido. Nos ahorra el debate de si un programa o un proyecto fue bueno o no, es decir, nos evita pensar. Así cualquiera es malo.

 

 

 

 

lunes, 27 de enero de 2025

Glosas VII

 

Donald Trump se convirtió en el 47° presidente de los EE. UU. Hubo fotos, sobre todo preocupaciones. El mismo día, desde su despacho, firmó varias órdenes ejecutivas que trasladaron sus invectivas a la acción. Viene, como anticipamos, un Trump reloaded. Pero, de todo lo que se vio y se masticó, una imagen dio más que hablar que otras. En la toma, se ve —de izquierda a derecha— a Mark Zuckerberg y su esposa Priscilla Chan; a Jeff Bezos y su prometida Lauren Sánchez; y los dos últimos: a Sundar Pichai y Elon Musk. Estaban, en una sola toma, unos cuantos billones. Los multimillonarios tecnológicos arropando al líder de la ultraderecha global. Y recordé, entonces, lo que también se viene: políticas contra la humanidad mientras los multimillonarios imaginan estéticas y utopías hiperfuturistas. Se trata de eso que Michel Nieva llamó «ciencia ficción capitalista», un descalabro planetario.

 

 

Comedores hay por doquier. A veces no es fácil encontrar uno bueno. Recuerdo el primero que frecuenté. Se llamaba, como tantos otros, «La bendición de dios». (Dice un amigo que sabe de estas cosas, que según el Centro Nacional de Registros no hay otro nombre que se repita más para nombrar a un negocio en El Salvador). Era un comedor sencillo, ubicado en los alrededores de las Tres Torres del ministerio de Hacienda, donde hacían desde mariscadas hasta fideos estilo Singapur, pasando por tripa guisada y tortitas de chipilín. Entonces aun se podía almorzar con dos dólares. Luego una de esas torres se incendió, me fui de ahí y no volví. Frecuenté otro, en otra zona, los dos dólares ya no me alcanzaban. Este se llamaba, como la calle en la que estaba, «El mirador». Menos variado, porciones más grandes, si algo tuvo de inolvidable fue su picante. Servían, a gusto del cliente, una cebolla combinada con chiles chiltepes, tomate y rábano picado. Fue un deleite. Vino en tromba un virus y nos encerramos y comedores de aquí y allá quebraron. Ese fue uno. Cuando nos quitamos las mascarillas y volvimos a las calles, encontré otro. Este, aparte de comedor, era un centro de meditación. Se llamaba —se llama— «Chandra Bala Green» y era, of course, vegetariano. Prefiriendo más una chuleta que una colifor, tuve mis dudas. Pero ahí aprendí a encontrarle gusto —más gusto— a cosas que rara vez comía: remolacha, pacayas, lentejas, jícamas, garbanzos, güisquiles, chícharos, moras, calabacines. Lo visité hasta mediados del 2023. Salí del país, volví e hice home office, me volví más o menos experto en cocinar algunas comidas, este año regresé a una oficina y desde entonces busco sin encontrar un comedor entrañable.

 

 

Memorias. Recuerdo algunas. Por ejemplo, las de Edmundo Barbero que se publicaron bajo el título Crónicas. Unas que consulto de vez en cuando: la Autobiografía de Bertrand Russell. Están las del novelista que quiso ser presidente en el Perú: El pez en el agua de Mario Vargas Llosa. Y así. Pero con las de Martín Caparrós me ha sucedido algo extraño. Quizá porque, a diferencia de Barbero o Russell, aun está vivo y lo llevo leyendo varios años. Y creo que leer mucho a un escritor, aunque no se le conozca en persona, establece en cierto modo una amistad cómplice. Esas memorias tienen, además, otra connotación: fueron escritas cuando Caparrós supo que tenía una enfermedad terminal. Tienen su estilo, están fabulosamente bien escritas. Como sucede con sus libros, tiene frases a las que no le sobran palabras. Pero dejan una sensación extraña. No sé qué es, no puedo describirla. Puede ser esto: sentir que alguien conocido está por dejar de escribir, por dejar de decir, por apagarse.

 

 

Creo que la mayoría conocimos a uno. El que era tildado en el colegio como raro. Alguien que se salía del libreto, alguien que, se supone, no era como los demás. Por eso eran —son— el blanco de bromas y acusaciones. Monsieur Hire es uno. Calvo, de trajes impecables, silencioso, tez pálida, se convierte en el principal sospechoso de un asesinato. El vecindario lo repudia. Tiene alguna manía: le gusta espiar a una vecina. Día y noche la ve desde su ventana. La ve llegar del trabajo, desvestirse, cocinar, coger. Ella se da cuenta y se acerca a él. No son muy distintos: ella también está sola. Él terminará enamorándose. Y después sabrá que ella se ha acercado a él porque ella intuye que, cuando el crimen, él estaba observando. Con la figura del tipo extraño, Patrice Leconte, basándose en un relato de George Simenon, termina hablando de los grandes temas: la soledad, el amor, la perversidad, el erotismo. Monsieur Hire es de esos pequeños clásicos que se atesoran para toda la vida.